Hallan en Egipto la base de la estatua de Ramsés II y una esfinge en su honor

Los objetos arqueológicos fueron encontrados en las ruinas de la antigua ciudad de Heliópolis, donde los habitantes del antiguo Egipto habrían erigido el templo del sol más importante de los tiempos faraónicos.

Una misión arqueológica egipcio-alemana ha descubierto en El Cairo la base de una estatua del  del faraón Ramses II y una esfinge hecha de cuarzo que lo representa, según informó recientemente el Ministerio de Antigüedades de Egipto.

Excavaciones en el templo de Heliópolis, en el barrio cairota de El Matariya.Ministerio de Turismo y Antigüedades de Egipto

El director de la investigación Dietrich Raue, profesor de la Universidad de Leipzig (Alemania), destacó también el descubrimiento de una pieza que pertenece al faraón Ramsés IX y un trozo de piedra de granito rosa con una gran inscripción que probablemente sea la parte superior de un obelisco, objetos que serán estudiados próximamente para determinar su fecha.

a misión arqueológica alemana y egipcia, codirigida por Dietrich Raue, ha excavado nuevos fragmentos pertenecientes a la estatua colosal del faraón Psamético I, de la dinastía XXVI, hallada en marzo en el barrio de Matariya, en el noreste de El Kayro. Las excavaciones en la antigua Heliópolis, hoy sepultada en el barrio de Matariya, han sacado a la luz unos 1.920 fragmentos de cuarcita de la parte inferior de la estatua, entre ellos partes de la falda real, tres dedos y partes del pilar que había detrás del torso, entre los cuales aparece grabado el Nombre de Horus de Psamético I, que confirma la identificación del coloso, que fue destruido en una época aún por determinar.

Estatua colosal de Ramses II en Menfis

En la antigua cultura egipcia, los habitantes construían templos dedicados al dios del Sol, llamado Ra. En la ciudad de Heliópolis, donde se encontraron los restos arqueológicos

 

Según la antigua creencia egipcia, en ese lugar se creó el mundo, con el primer amanecer. Ahí se celebró la conexión de la realeza con el creador y el dios sol

El arqueólogo alemán, quien se encuentra trabajando en esta misión arqueológica desde 2012, agregó:

Idealmente, ningún gobernante de Egipto debería estar en el cargo sin la bendición del dios del Sol.

Es probable, que muchos de estos objetos arqueológicos descubiertos hayan sido colocados frente a las puertas de un templo del sol o al costado de los obeliscos. Asimismo, estas estatuas habrían sido destruidas en algún momento de la historia y reusadas como materiales de construcción.

Por su parte, el secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades, Mustafa Waziri, explicó:

La misión está programada para completar su trabajo de excavación en las próximas temporadas, para estudiar y documentar lo que ha sido revelado. 

Están pendientes de los trabajos de excavación en el área que rodea el museo abierto y el obelisco, lo que contribuirá a un conocimiento más claro de la historia de esta región.

En 2017, esta misión encontró lo que el Ministerio de Antigüedades calificó como uno de los descubrimientos más importantes de la historia. 

Eran dos estatuas de la dinastía XIX: un busto de unos 80 centímetros de altura que pertenece al faraón Seti II (1200-1194 a.C.), nieto de Ramsés II (1279-1213 a.C.); y una segunda, que pertenece al templo de Ramsés II, encontrada partida en decenas de pedazos de cuarcita, y que mide unos 8 metros, en esta vetusta urbe dedicada a Ra, el dios del Sol.

JU (efe, National Geographic, Live Science)

https://www.dw.com/es/arque%C3%B3logos-hallan-en-egipto-la-base-de-la-estatua-de-rams%C3%A9s-ii-y-una-esfinge-en-su-honor/a-65117580#:~:text=Una%20misi%C3%B3n%20arqueol%C3%B3gica%20egipcio%2Dalemana,Ministerio%20de%20Antig%C3%BCedades%20de%20Egipto.

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/descubren-la-base-de-una-estatua-de-ramses-ii-en-el-matariya-la-antigua-heliopolis_19323

Teletrasportarme y modificar el espacio tiempo

Sugerencia de escritura del día
Cuéntanos una habilidad secreta que tengas o que te gustaría tener.

Visitaria la pitonisa de Delfos, viviria en la Grecia de Pericles, en la Roma de Augusto, en la corte de Leonor de Aquitania, en el Harem de algun sultan turco, en la Bauhaus, en el mayo del 68 pero en San Francisco, en los juegos olimpicos de Munich, en el Chile de Allende, en el Nueva York de los 80, un año sabatico en Estambul, pasaria una temporada en Goa, nadaria en Costa Rica y Cuba, visitaria Islandia en verano.

la combinacion entre desierto y mar, salitre y sol mediterraneo

Sugerencia de escritura del día
¿Cuál es tu clima favorito?

Es un clima subtropical, que va a mas por el cambio de temperatura donde el invierno es cada vez mas corto.

Permite una vida sencilla al aire libre con mucha luz y escasa de ropa, un placer para los sentidos, unido a la gastronomia de cazón el adobo, pimenton, brotolas, gallinetas y boquerones fritos y calamares en aceite.

La luz tan intensa que impregna la retina, hace que seamos mas felices con independencia de lo que la vida nos reserve.

Vivir en el sur, con un Mediterraneo exultante y una temperatura agradable es un placer para los sentidos.

Una profesora de Latín

Sugerencia de escritura del día
¿Qué docente te marcó más en la vida? ¿Por qué?

Fui expulsada como persona non grata del colegio Las Jesuitinas. Era el lugar de entrenamiento de mi equipo de balonmano, o de la pandilla de gente con la que me relacionaba desde mi infancia, mi universo y me quede desarraigada de pronto.

Cruce recta el malecón desde mi colegio de monjas vascas hacia el Instituto después de repetir dos cursos, y sacar peores notas en el segundo que en el primero, que ya era difícil.

El caso es que la esperanza es lo último que se pierde y yo era entonces una adolescente dispuesta a reconstruirme moralmente, nada perdía intentando por tercera vez subir el Everest del 4 y revalida, que parecía una oposición a notaria lo menos.

Las clases eran muy antiguas, el ambiente mas caótico pero también mas alegre y libre. La clase la constituíamos todos los quinquis de todos los centros de enseñanza que como yo éramos problemáticas, no se si con el mundo, con nosotras o con todo.

Los profesores que se enfrentaban a este grupo eran voluntarios, todos muy curtidos y muy relajados además de muy respetuosos con nosotras, algo que me llamo la atención porque no estaba acostumbrada.

Los libros los compre de segunda mano, hablando con gente de otros cursos y no tenia uniforme, podía vestir como quisiera, un alivio.

Mi madre presidenta de las antiguas alumnas del colegio del que me habían dado la patada, me anuncio que al colegio de pobres donde me había mudado me iba a ir fatal…con la familia no necesitamos enemigos.

Me sorprendieron muchas cosas, pero sobre todo había un día para cine club, que era muy serio, porque tenías que opinar lo que quisieras, pero siempre argumentando, y fue un estupendo ejercicio de retórica.

Podíamos rebatir las opiniones, pero siempre argumentando. Y a la vez podíamos ser rebatidos, ahí, conocí cine de primera, Napoleón de 1921, La diligencia, Un tranvía llamado deseo, La gata sobre el tejado de zinc etc me educaron y estimularon la pasión por el cine.

Pero la mejor experiencia que me aconteció, fue con el latín. No podía cruzar la barrera tan alta de memorizar infinidad de desinencias que caracterizan nuestra lengua flexiva.

Pero la profesora que me toco, acababa de quedarse viuda, era vecina de mi abuela, era pequeñita y gordita ya entrada en los 50, pero pura pasión y alegría por lo que hacía.

Le conté la verdad, que no esperara mucho de mí que estaba condenada al fracaso.

Ella me dijo que era catedrática de latín, por vocación, pero su marido militar nunca tolero que trabajara por lo que tuvo que dejarlo con gran pesar.

Ahora que había muerto de forma repentina, estaba triste, pero alegre a la vez de volver a su vocación, llevaba muchos años sin poder dar clases.

Me dijo que lo que me ocurría era fácil de solucionar. Me proporciono varias fotocopias de declinaciones, adjetivos etc que tenía que pegar en la pared y no preocuparme de mas.

De forma natural lo integraría sin memorizar, mientras recorría con Cesar la Galia, o con Virgilio en su libro séptimo de la Eneida el viaje de Eneas, o con Marcial con sus epigramas, llorando a la pequeña esclava muerta, o traduciendo a Catulo soñaría, o las Catilinarias.

Mientras ella me explicaría las instituciones romanas, para que no me perdiera.

Me explico que cada autor tenía su música y lo mismo que un pianista joven comienza por Mozart, yo tenía que empezar con Cesar y así poco a poco ir subiendo la escala musical.

Y así lo hice.

Integre toda la información de manera relajada y placentera y en vez de fumar escondida o faltar a clase, vivía para traducir.

A partir de ahí, todo me resulto sencillo, aprendí a concentrarme, a no dar demasiada importancia a la adversidad y a ser feliz con poco.

Saque buenas notas y después fui a la Universidad.

Cuando cuento esta historia a alguien, nunca me creen porque adoro estudiar, por eso cuando oigo a los padres ponerse severos con los hijos adolescentes, les digo que sea pacientes, porque no han encontrado a la persona adecuada o quizás están todavía madurando.

Fernando VII

Noveno hijo de Carlos IV y María Luisa de Parma. Al nacer era el tercer descendiente varón de los reyes, pero la muerte prematura de sus hermanos Carlos y Felipe, gemelos, posibilitó que al acceder su padre al trono (diciembre de 1788), Fernando fuera el primero en el orden sucesorio. El 23 de septiembre de 1789 fue jurado Príncipe de Asturias en San Jerónimo el Real en una solemne ceremonia de acuerdo con el ritual histórico.

Sus preceptores, el escolapio Felipe Scío de San Miguel y su sucesor, el obispo Francisco J. Cabrera, le impusieron un estricto régimen de estudio y de vida. Si bien algunos de sus maestros, la mayor parte clérigos, como era usual en este tiempo, demostraron capacidad para desempeñar su cometido, la educación del príncipe distó de ser excelente. Pero no fue un ignorante, ni menospreció la cultura. En su juventud se aficionó a las ciencias experimentales y pasó mucho tiempo en un laboratorio puesto a su disposición, dirigido por el reputado científico Gutiérrez Bueno. Continuamente se preocupó por incrementar su biblioteca, hasta formar una apreciable colección bibliográfica. Adquirió un conocimiento suficiente de francés como para traducir textos de esta lengua. Sintió curiosidad por conocer en persona el estado económico de su reino, que plasmó en los diarios de sus viajes, y continuando la tradición de su padre, se interesó por las artes (durante su reinado fueron creados el Museo del Prado y el Conservatorio de Música de Madrid).

Jura de Fernando VII como principe de Asturias

Sin embargo, la imagen de este monarca transmitida por sus contemporáneos es la de un hombre vulgar, sin grandeza, dado al trato familiar con criados, aficionado al lenguaje zafio, apasionado por las diversiones populares –en particular, los toros–, adicto a las salidas nocturnas en busca de aventuras galantes y, al mismo tiempo, imbuido de una religiosidad beata rayana en la superstición.  Quienes lo trataron lo han presentado como una persona de débil carácter, muy influenciable por sus allegados, hipócrita, sumamente desconfiado, tímido y cobarde, incapaz –al decir de lord Holland– de sentir afecto hacia los demás, incluidos sus padres, quienes le correspondieron con la misma moneda. Retraído ante las dificultades hasta caer en la abulia, si las circunstancias le eran favorables se imponía a los demás hasta dominarlos, mostrándose entonces déspota y cruel, dispuesto a cualquier cosa para satisfacer su egoísmo. Fue un hombre muy consciente de su elevada condición, preocupado en extremo por su imagen pública, terco, autoritario. No careció –dijo de él Mesonero Romanos– de sagacidad interesada y traviesa para servirse de los hombres de la más diversa condición.

Busto oficial de Fernando VII, por F. Elías, en la Real Academia de Bellas Artes de Madrid

Apartado de los asuntos públicos, su papel en la corte fue insignificante durante su juventud, pero su matrimonio con María Antonia de Nápoles en octubre de 1802, a los 18 años de edad, cambió radicalmente esta situación. Influido por su esposa, comenzó a interesarse por la política, y como le estaba vedada esta actividad, todo lo hizo en secreto, mediante intrigas. Con el auxilio de un grupo de aristócratas y clérigos, al que podemos denominar “facción” o “partido fernandino” (los más destacados fueron el canónigo Escoiquiz, los duques del Infantado y de San Carlos, y el marqués de Ayerbe) los príncipes de Asturias se fijaron como principal objetivo acabar con el desorden, los abusos y vicios derivados –según dijeron– del gobierno despótico de Godoy, un advenedizo sin méritos encumbrado hasta lo inexplicable por el favor de la reina. No obstante, el móvil principal de los fernandinos consistió en impedir que Godoy obstaculizara el acceso al trono del príncipe de Asturias, posibilidad propalada por ellos mismos sin fundamento alguno. Pretendieron asimismo poner fin al reformismo de raíz ilustrada emprendido durante los últimos años del reinado de Carlos IV, incrementar el peso de la aristocracia en el gobierno de la monarquía, y satisfacer las aspiraciones del clero, radicalmente contrario a la política regalista desarrollada por los monarcas españoles del siglo XVIII. 

Fernando VII por Goya

España pasaba al inicio del siglo XIX por serias dificultades económicas, que provocaron el generalizado descontento de la población. En otro plano, se vio sometida a una fuerte presión diplomática por parte de Napoleón, quien amparado en la alianza hispano-francesa formalizada en 1796, condicionó considerablemente la política de Carlos IV y le comprometió de lleno en la guerra contra Inglaterra. Los fernandinos aprovecharon este escenario para lanzar una dura ofensiva contra Godoy, plasmada inicialmente en el terreno de la opinión. Organizaron una intensa campaña propagandística inspirada en los procedimientos empleados durante la revolución en Francia, fundada en la dicotomía entre el Bien y el Mal, encarnados respectivamente por Fernando y Godoy. Al despótico y depravado “valido” de los reyes, responsable de todos los males, se contrapuso la figura del príncipe virtuoso e inocente, condición esta última justificada por su alejamiento de la política. Los dardos lanzados contra Godoy alcanzaron a los soberanos, especialmente a la reina. En este punto destaca un proyecto costeado desde 1802 por el propio Fernando. Consistió en la elaboración de varias decenas de estampas a color en las que en tono procaz se criticó a Godoy de manera inmisericorde. En realidad, la más vituperada fue la reina, presentada como la autora del encumbramiento del Choricero, y, por consiguiente, responsable en última instancia de todas las desgracias del reino. Es más, la culpabilidad de la reina no se achacó a error o contingencia política, sino a su depravación sexual; era, pues, producto de su voluntad. El tema central de la sátira no dejaba lugar a dudas: Godoy había ascendido a lo más alto porque dio a la reina “ajipedobes”, neologismo que debe ser leído de derecha a izquierda. Nada más elocuente que esta zafiedad para ponderar hasta dónde eran capaces de llegar el príncipe Fernando y su entorno para satisfacer su ambición.

En 1807 los fernandinos dieron un paso adelante en su plan de acabar con Godoy y obtener, al mismo tiempo, el apoyo de Napoleón, requisito este último que estimaron imprescindible para cubrir el objetivo anterior, que era el primordial. Pensaron lograr lo primero mediante la denuncia ante Carlos IV de los crímenes del odiado advenedizo. Lo segundo, gracias al matrimonio del príncipe Fernando, viudo desde mayo de 1806, con una dama de la familia del emperador francés. Alertado por informaciones diversas, el 27 de octubre de 1807 el rey ordenó el registro del cuarto del príncipe de Asturias. Se hallaron papeles que pusieron al descubierto parte de la trama, la cual abocaba en último término al destronamiento de Carlos IV. Fernando fue arrestado y se abrió un proceso judicial para esclarecer los hechos, conocido como “Causa de El Escorial”. Todo lo confesó el príncipe, pero oficialmente la opinión pública solo tuvo noticas fragmentarias de lo ocurrido a través, para mayor confusión, de dos reales decretos publicados en la oficial Gazeta de Madrid. En el primero, del 30 de octubre, el rey mencionaba una operación para destronarle en la que estaba implicado su hijo, sin especificar en qué consistía tal acción. Por el segundo, del 5 de noviembre siguiente, Carlos IV perdonaba al príncipe y ordenaba seguir la causa contra el resto de los comprometidos en la trama, todos ellos delatados por el propio Fernando, entre quienes se contaban Escoiquiz y el duque del Infantado. Este último Real Decreto incluía sendas cartas del príncipe a su padre y a su madre, en las que se reconocía autor de un “gravísimo delito” e imploraba su perdón en términos vergonzantes.

Mal informada sobre lo sucedido, la población juzgó inverosímil la participación del príncipe de Asturias en una operación contra el rey, y todo lo redujo a una maniobra de Godoy para denigrar al “príncipe inocente”, víctima  de la ambición del déspota y de la depravación de la reina. El fracaso de la conspiración, que a primera vista podría juzgarse un triunfo de los reyes y Godoy, se tornó de inmediato en éxito del príncipe de Asturias, claro vencedor en la batalla de la opinión. Además, Fernando creyó haber obtenido el apoyo de Napoleón, pues los comprometidos en la trama de El Escorial habían contado con el concurso del embajador francés, François de Beauharnais.

Tras los sucesos de El Escorial, la posición de los fernandinos ante la opinión pública era inmejorable. Todo dependía de aprovechar cualquier oportunidad para lanzar una nueva acometida contra Godoy. La ocasión la propició el intento de trasladar la corte al sur de la Península en previsión de cualquier actuación inesperada de las tropas francesas que, según lo estipulado en el tratado de Fontainebleau firmado en octubre de 1807, estaban entrando en España, oficialmente para atacar Portugal. Fernando y sus partidarios se negaron en redondo al viaje de los reyes. En la noche del 17 de marzo de 1808 la población de Aranjuez, donde estaban la familia real y Godoy, incrementada por gentes de pueblos vecinos reunidas ex profeso, asaltó la residencia de este último. Para acallar las voces que pedían su cabeza por traidor, y forzado por los partidarios del príncipe de Asturias, el 19 de marzo abdicó Carlos IV. Reunida la multitud ante el palacio de Aranjuez, aclamó al nuevo rey con extraordinario entusiasmo. Acto seguido, se hizo lo propio en el resto del país. El suceso, conocido como “Motín de Aranjuez”, fue calificado por los fernandinos de acción espontánea del pueblo, dispuesto heroicamente a sanear la monarquía (posteriormente también los liberales se adherirían con matices a esta interpretación). El motín, en realidad, estuvo organizado por los individuos de la corte y de la nobleza próximos a Fernando, con la apreciable participación de nuevo del embajador de Francia. 

Fernando VII inició su reinado obsesionado por terminar definitivamente con Godoy y garantizarse el respaldo de Napoleón. En lo primero no halló dificultades; en lo otro fracasó. Destituido de todos sus cargos y honores, y secuestrados sus bienes, Godoy fue encarcelado y se anunció la apertura de una causa judicial contra él, cuyo resultado no cabía imaginar otro que la pena de muerte. Pero Napoleón no reconoció a Fernando rey de España, si bien le dio a entender que así lo haría tras celebrar ambos un encuentro personal en territorio español para tratar sobre la situación de la monarquía. La entrevista con el emperador se convirtió en el objetivo prioritario de Fernando, de modo que se despreocupó del gobierno. Las medidas adoptadas en los primeros meses de su reinado, de marzo a mayo de 1808, se limitaron a derogar planes reformistas iniciados en el tiempo de Godoy, satisfacer ciertas aspiraciones de la aristocracia y el clero, y complacer con disposiciones de escaso relieve algunas demandas populares. Pero lo más destacado de estos meses fue el sometimiento de Fernando VII a la voluntad de Napoleón. Como resultado de ello, las tropas francesas consolidaron su control sobre la mitad septentrional del país y sin consentimiento del nuevo rey se instalaron en Madrid.

Ante el anuncio de Napoleón de entrar en España para celebrar la proclamada entrevista y reafirmar la alianza entre ambos países, Fernando VII salió de Madrid a su encuentro el 10 de abril. El viaje finalizó el 20 del mismo mes en Bayona, donde lo esperaba el emperador ya con la idea de sustituir la dinastía Borbón por la suya. A esa ciudad francesa había convocado Napoleón asimismo a Carlos IV y al resto de la familia real española.

Napoleón consiguió la corona española con relativa facilidad. El 5 de mayo Carlos IV le cedió sus derechos, al día siguiente Fernando renunció en su padre, y el 10 se adhirió a la cesión efectuada por este en Napoleón, mediante un convenio en el que se establecía que Fernando, su hermano Carlos María Isidro y su tío don Antonio fijarían su residencia en el castillo-palacio de Valençay, y cada uno de ellos recibiría mensualmente un subsidio de las arcas francesas. Desde su llegada, el 18 de mayo de 1808, hasta su salida, el 13 de marzo de 1814, esto es, durante todo el tiempo de la Guerra de la Independencia, “les princes espagnols”, como les denominaron las autoridades imperiales, pues continuaron sin reconocer rey de España a Fernando, permanecieron ininterrumpidamente en Valençay.

La conducta de Fernando durante su estancia en Valençay estuvo determinada por la sumisión a Napoleón y por la desconfianza propia de su carácter. Se acopló sin resistencia a las órdenes recibidas, invariablemente se negó a considerar cualquier plan de fuga (se idearon varios), felicitó por escrito a Napoleón por sus victorias en España y a José por su acceso al trono, y nada hizo por contactar con los españoles que luchaban en su nombre. Durante los seis años pasados en Valençay, “todo lo que se puede decir de los príncipes españoles es que vivieron”, escribió Talleyrand en sus memorias. 

A fines de 1813 se produjo un giro inesperado. Ante el acoso de la coalición internacional, Napoleón tuvo necesidad perentoria de finalizar la guerra en España para disponer de sus tropas allí destinadas, y negoció un tratado con Fernando VII, cuyas cláusulas fueron establecidas por el emperador. Para forzar a Fernando a asumirlo, le prometió que facilitaría su vuelta a España “con la misma autoridad que tuvo su padre,” esto es, como rey absoluto. El tratado, firmado en Valençay el 11 de diciembre de ese año, no fue ratificado por la Regencia constitucional, el poder ejecutivo legalmente establecido en España. No obstante, Napoleón autorizó el regreso de Fernando VII. El 24 de marzo de 1814 llegó el rey a Gerona. Fue recibido de la manera más entusiasta.  Lo mismo sucedió en las restantes poblaciones de su itinerario hasta Madrid, a donde llegó el 13 de mayo, tras pasar en Valencia un par de semanas que resultaron decisivas para preparar el golpe de Estado que posibilitó su instauración como rey absoluto. El regreso del “príncipe inocente” simbolizaba la victoria española sobre Napoleón. Fernando volvía, pues, muy fortalecido ante la opinión pública. Era el rey “legítimo”, frente al “intruso” José Bonaparte y al “tirano” Napoleón, y sobre todo el “príncipe inocente,” que sin ser responsable de los males de la patria, se había inmolado por ella sometido a un duro cautiverio.

Durante la ausencia del rey, las Cortes de Cádiz habían resuelto la crisis de la monarquía tradicional española, crisis a la que tanto había contribuido Fernando en su etapa de príncipe de Asturias, mediante su transformación en monarquía constitucional. Así quedó establecido en la Constitución de 1812. Pero Fernando y su entorno no aceptaron esta solución e interpretaron que el deseo general de los españoles era ver a su rey dotado de plena soberanía, sin las limitaciones contempladas en la Constitución. La promesa recibida de Napoleón en Valençay y la manifiesta antipatía hacia la Constitución de 1812 y, en general, hacia la obra de las Cortes profesada por Wellington, generalísimo de las tropas aliadas hispano-británicas y en consecuencia el hombre con mayor poder militar en España en ese momento, le facilitaron el camino para derogar la Constitución, declarar nulas las decisiones de las Cortes y restaurar la monarquía absoluta.  Así lo anunció Fernando VII en un manifiesto fechado el 4 de mayo de 1814 en Valencia, preludio del golpe de Estado perpetrado a continuación, preparado por el rey y los suyos de acuerdo con sus procedimientos habituales: intrigas, negociaciones secretas, intensa campaña propagandística. 

Fernando VII nunca acató la Constitución de 1812, ni aceptó un sistema representativo, cualquiera que fuera su carácter. No obstante, tras el pronunciamiento de Riego en 1820 se vio obligado a jurarla. Inmediatamente, sin embargo, alentó todo tipo de operaciones en su contra, incluyendo la formación de partidas armadas. Durante los casi cuatro años de vigencia del régimen constitucional (de enero de 1820 a septiembre de 1823, periodo denominado Trienio Liberal), se consideró prisionero de los liberales y privado de sus prerrogativas regias. Insistentemente solicitó ayuda a otros soberanos europeos, en especial al zar Alejandro I, para variar el régimen político español, dominado según él por revolucionarios “anarquistas” y “republicanos,” que odiaban la religión y los tronos y amenazaban su vida y la de su familia. Esa sensación de inseguridad personal, mezclada con un odio visceral a los liberales y al constitucionalismo, caracterizó el resto del reinado.

En 1823 Fernando VII derogó por segunda vez el sistema constitucional. Al igual que en 1814, contó con una parte importante de la población española, en particular el clero, pero para lograr su propósito precisó de la ayuda exterior. En 1814 había dispuesto del impulso inicial de Napoleón y del soporte, más por omisión que por acción, de Wellington, quien a pesar de estar informado sobre la preparación del golpe de Estado contra el constitucionalismo, nada hizo para impedirlo. En 1823 fue decisiva la intervención militar de un ejército extranjero, los “Cien Mil Hijos de San Luis”, acordada por las potencias europeas el año anterior en el Congreso de Verona.

Si bien no cabe hablar de victoria completa de los absolutistas en 1814 y en 1823, dio la impresión de que retornaba la monarquía absoluta tradicional, encarnada en un monarca dotado de plenos poderes, solo limitados por la doctrina católica y por las leyes tradicionales garantes de los privilegios de personas y territorios. Ello se hizo patente en símbolos y ritos, en medidas sociales, y en la retórica de las abundantes disposiciones oficiales de las dos etapas del reinado absoluto de Fernando VII: 1814-1819 y 1823-1833.

Ahora bien, como ha hecho notar Miguel Artola, el sistema político  resultante no respondió al modelo de monarquía del Antiguo Régimen. A partir de 1814, con el intervalo constitucional del Trienio, Fernando VII estableció un nuevo sistema. Gobernó con plena autoridad, sin limitaciones ni ataduras de ningún tipo ni procedencia: desmanteló la obra de los constitucionales, desvirtuó hasta hacerlos inoperantes en la práctica los organismos históricos que atemperaban el poder del monarca, fundamentalmente los antiguos Consejos, no satisfizo las aspiraciones de la aristocracia, y a pesar de las numerosas concesiones a la Iglesia y de la retórica sobre la alianza del trono y el altar, mantuvo el tradicional regalismo. Fernando VII centró su política en el control personal del poder, valiéndose de la represión de toda disidencia, y de unos servidores cuya única pauta de comportamiento fue la fidelidad ciega a su señor. El rey gobernó a su manera, como un déspota, escuchando los consejos que en cada momento le convenían, en particular los de su “camarilla”, sin ajustarse a ningún precedente específico y como ningún soberano lo haría después de él. El régimen político de Fernando VII –ha escrito Brian Hamnett– “nunca llegó a adquirir un carácter definible”, fue sui generis.

Al igual que en otras monarquías europeas, la restauración de 1814 en España no supuso, pues, la vuelta del Antiguo Régimen, sino el nacimiento de un nuevo tiempo político. Pero a diferencia de lo sucedido en otros lugares de Europa, donde se produjo algún tipo de transacción entre lo antiguo y lo nuevo, y se estableció un orden constitucional muy favorable a la Corona, en España se eliminó a los disidentes y se descartó cualquier rastro de sistema representativo. Todo se fundamentó en un rey que se impuso a todos y rechazó las propuestas que pudieran limitar su voluntad, aun cuando procedieran de los sectores contrarrevolucionarios con los que ideológicamente coincidía.

La actitud de Fernando VII ante la cuestión de la jurisdicción señorial y la Inquisición ilustra este último extremo. La obra de las Cortes fue derogada en su conjunto en 1814, y nuevamente en 1823, pero los titulares de señoríos no recuperaron sus derechos jurisdiccionales suprimidos por un decreto de las Cortes en 1811. Estos derechos fueron incorporados a la Corona en 1814, y cuando algunos nobles reclamaron su reversión, la Junta Consultiva, nuevo organismo creado por Fernando VII, respondió que la jurisdicción era inherente exclusivamente a la soberanía y, en consecuencia, solo correspondía al rey. Por su parte, la Inquisición, símbolo del Antiguo Régimen, suprimida en 1808 por Napoleón y en 1813 por las Cortes de Cádiz, fue restituida en 1814, porque Fernando VII la consideró necesaria para perseguir a los liberales. En 1820 el gobierno constitucional la eliminó de nuevo, pero el rey no la restableció en 1823, a pesar de las muchas representaciones en este sentido, procedentes sobre todo del clero. En esta última fecha, el rey disponía de otros organismos de control y represión, entre ellos la policía, que a diferencia de la Inquisición -tribunal mixto eclesiástico y civil- dependía enteramente del monarca. En la decisión real pesó asimismo la presión internacional contra el odiado tribunal.

El sistema político creado por Fernando VII, en suma, se caracterizó por el ejercicio personal del poder regio, un acusado espíritu contrarrevolucionario y la práctica sistemática de una dura política represiva. No hubo rastro de voluntad pacificadora. Fernando VII pretendió borrar de raíz las ideas y la obra de los revolucionarios (“quitarlas de en medio del tiempo”, dijo en su Manifiesto del 4 de mayo de 1814). Para salvar su vida o evitar la cárcel, los liberales que pudieron se exiliaron, mayoritariamente a Inglaterra y Francia. Antes, en 1813, habían hecho lo propio los seguidores del rey José. El exilio político y los intentos de los liberales de levantar a la población española contra el absolutismo (hubo varios, todos saldados en fracaso) constituyeron rasgos sobresalientes del reinado de este monarca. Otros, no menos relevantes, fueron la pérdida de América, salvo Cuba y Puerto Rico (también en este caso se optó por la fuerza militar, sin ofrecer alternativas políticas) y el acusado retroceso internacional de España, hecho este bien patente ya en el Congreso de Viena (1814-1815).

A pesar de la dureza de la represión, de la depuración de la administración y de la  consolidación de los privilegios del clero, pronto se alzaron voces en el interior contra el rey, la mayoría de eclesiásticos. Le exigían mayor firmeza contra el liberalismo y el establecimiento de un sistema absoluto de signo teocrático. Acorralado por la doble oposición de liberales y ultrarrealistas, y por una grave crisis económica y social, el rey dio vía libre a partir de 1826 a una política reformista encaminada a modernizar la administración. Los ejecutores de esta política fueron individuos de talante ilustrado, firmes partidarios de la monarquía absoluta y enemigos declarados del liberalismo, tildados por la historiografía de “absolutistas moderados” o “pragmáticos”, aunque quizá lo más apropiado sea calificarlos de “fernandinos”, por su fidelidad al rey (Martín de Garay, García de León Pizarro, Cea Bermúdez, el conde de Ofalia, López Ballesteros, Javier de Burgos…). Las medidas, algunas apreciables, como la creación del Consejo de Ministros y del Ministerio de Fomento, la ley de minas, el código de Comercio, la fundación de la Bolsa de Madrid, etc., estuvieron encaminadas a garantizar la pervivencia del régimen fernandino. Nunca se abogó por el cambio a un sistema constitucional, pues el rey jamás renunció a sus plenos poderes. 

El reformismo de los “moderados” no contentó a los liberales y tampoco tranquilizó al realismo extremista. Aprovechando el descontento de campesinos, artesanos, clero y notables locales, en 1827 los ultras de Cataluña organizaron un movimiento que amenazó con extenderse a otros puntos, en el que abundaron las críticas al gobierno e incluso al propio rey, a quien acusaron de incapacidad para imponerse a los enemigos de la religión y del trono. Fue la conocida como revuelta de los Agraviats o Malcontents. Sin renunciar a la vía represiva, practicada a veces con suma dureza por el conde de España, Fernando VII decidió visitar personalmente Cataluña. El viaje, prolongado por Navarra y el País Vasco, fue para él un clamoroso éxito, pues el entusiasta recibimiento de la población en todas partes le confirmó su fidelidad. A su regreso a Madrid en agosto de 1828 había recuperado gran parte de la popularidad perdida y los realistas más moderados se forjaron la ilusión de que se abrirían cauces a la participación política y finalizaría la represión. Las líneas maestras de la política real, sin embargo, no se alteraron un ápice.

Uno de los grandes problemas de Fernando VII, convertido al final de su vida en el mayor de todos, fue el de su sucesión. Sus tres primeras esposas: María Antonia de Nápoles (1802-1806), Isabel de Braganza (1816-1818) y María Josefa Amalia de Sajonia (1819-1829) no le dieron descendencia; solo de la segunda tuvo una niña, que no superó los dos meses de vida. De su cuarta esposa, su sobrina María Cristina de Borbón, con quien casó en 1829 arropado por el entusiasmo popular, tuvo dos hijas (Isabel y Luisa Fernanda), pero ningún varón. Meses antes del nacimiento de la primera, que reinaría con el nombre de Isabel II, Fernando VII publicó una Pragmática Sanción (marzo, 1830) por la cual suprimía la ley sálica, vigente en España desde 1713, y restablecía el derecho sucesorio castellano, según el cual, en ausencia de varón por línea directa, podían reinar las mujeres de mejor línea y grado, sin quedar postergadas a los varones más remotos. El rey justificó su decisión aludiendo a que así lo habían decidido las Cortes de 1789, las reunidas para jurarlo como príncipe de Asturias, aunque entonces no se publicó el acuerdo. En contra se manifestaron tajantemente los ultrarrealistas, declarados ya firmes partidarios de su hermano Carlos María Isidro, cuyo acusado talante conservador era bien conocido. A favor se situaron los absolutistas moderados y los liberales, pues creyeron que a la muerte del rey –que se presumía próxima, debido a su precario estado de salud- gobernaría María Cristina, sin otra opción para consolidar el trono de su hija que proceder al cambio político mediante la implantación de un sistema constitucional. Corroboraron esta impresión las medidas adoptadas por María Cristina en 1832, cuando debido a la enfermedad del rey asumió la dirección del gobierno, entre ellas la reapertura de las Universidades y un decreto de amnistía, que si bien resultó muy restrictivo, posibilitó el regreso del exilio de algunos liberales. 

Desde 1830 la política española transcurrió en un ambiente de acusada agitación, provocada por la división entre los que serán llamados “carlistas,” defensores del derecho al trono del infante don Carlos, y los “isabelinos” o “cristinos”, partidarios de la futura Isabel II. La fractura se manifestó en el seno de la familia real y en la corte, y dio lugar a sucesos rocambolescos: derogación y promulgación por segunda vez de la Pragmática Sanción, cambios de gobierno, sorprendentes negociaciones para compaginar los derechos de Isabel con los de don Carlos, etc. Por supuesto, la división afectó asimismo al conjunto del país. Junto a las noticias sobre la formación de círculos carlistas, y el hallazgo de armas en conventos e iglesias, surgieron rumores de distinto signo, unos acerca de la constitución de una Regencia “carlista” que en distintos puntos del país preparaba sublevaciones, otros sobre las maniobras de individuos sospechosos de llevar a cabo innovaciones políticas destinadas a restringir los derechos del trono.

Al margen de la cuestión sucesoria, los liberales prosiguieron en su intento de provocar el cambio político. Amparados en el ambiente creado en Europa por los movimientos revolucionarios de 1830, ensayaron distintas acciones coordinadas entre el exilio y el interior. Todas fracasaron, y muchos de los comprometidos en ellas fueron ejecutados. Muy sonados fueron los casos de Mariana Pineda y el general Torrijos, una y otro elevados por el liberalismo posterior, al igual que Riego, a símbolos de la lucha por la libertad (“mártires de la libertad”).

El 29 de septiembre de 1833 murió Fernando VII, tras padecer durante varios meses graves problemas de salud. La reina María Cristina asumió la función de regente durante la minoría de edad de su hija Isabel II, nacida en 1830. Pero don Carlos declaró con firmeza su derecho al trono. El enfrentamiento, que no fue solo de carácter sucesorio, dio lugar a una guerra civil, prolongada durante siete años.

https://dbe.rah.es/biografias/10096/fernando-vii

 https://historia.nationalgeographic.com.es/a/fernando-vii-rey-que-derogo-constitucion-1812_7646#:~:text=El%20Rey%20Fel%C3%B3n%20conspir%C3%B3%20contra,muerte%20estallaron%20las%20guerras%20 carlistas

https://www.lavanguardia.com/historiayvida/historia-contemporanea/20180919/47312655476/fernando-vii-el-peor-rey-de-espana.html

El libro de Kells o Libro de Columba

Más allá de las ilustraciones, el Libro de Kells busca reverenciar a Dios y aleccionar a sus fieles. Las representaciones de Jesús, la Virgen, los evangelistas y los arcángeles tienen significados obvios. Pero incluso las figuras aparentemente aleatorias ofrecen una lectura simbólica.

Los animales que a menudo decoran los márgenes o los espacios en blanco, encarnan distintas nociones cristianas.

El pavo real simboliza la pureza incorruptible de Jesús, el pez, el propio Cristo y el bautismo.

Pero lo que distingue este manuscrito de otros es la incorporación de motivos celtas, de origen pagano, que el cristianismo reinterpreta

El trisquel una triada de espirales y la triqueta, compuesta por tres arcos entrelazados, representan aquí, la Santísima Trinidad.

El libro de Kells en Dublín es el manuscrito medieval de estilo celta más apreciado del mundo.

Sus coloridas paginas atraen a medio millón de visitantes al año.

Los libros sagrados no siempre son heraldos de paz. Cuenta la leyenda que un manuscrito de salmos, tal vez el Cathach, el segundo salterio en latín más antiguo del mundo, causo la primera disputa conocida de copyright a mediados del siglo VI, en el condado de Donegal, Irlanda.

San Finnian tenía bajo su custodia ese ejemplar en la abadía de Moville y permitió a San Columba que lo copiara.

No tardó mucho en surgir disputa: ¿a quién pertenece la copia al dueño del original o al copista?

Consultado por tan espinoso asunto, el rey Diarmait mac Cerbaill sentencio a favor de Finnian:

A cada vaca su ternera y a cada libro su copia

Columba lejos de aceptar el fallo instigo una revolución que cobró 3000 vidas en la batalla de Cul Dreimhne.

Este sangriento balance no impidió al Vaticano canonizar a ambos clérigos tras su muerte, pero tampoco es que lo vieran con buenos ojos.

De hecho, según la tradición a San Columba lo enviaron a hacer penitencia a Escocia, donde fundo la Abadía de Iona.

Su misión, salvar tantas almas como las que había condenado a morir.

Iona prospero lo suficiente como para atraer la codicia vikinga. Los escandinavos la asaltaron en el 795, 802 y 806 cobrándose la vida en esta última ocasión de 68 monjes.

Alguno de los supervivientes, hartos se mudaron a Irlanda y fundaron una nueva comunidad religiosa en Kells.

En algún momento de este ajetreado proceso, no se sabe si en Iona o en Kells, si a finales del siglo VIII o a principios del IX, se crearon las paginas de uno de los libros mas hermosos de la Edad Media.

El Libro de Kells o el Libro de Columba, como también se le conoce, habría hecho las delicias del santo bibliófilo.

Consiste en la recopilación de los cuatro evangelios en 340 hojas profusamente decoradas con la representación de Jesús, la Virgen y los cuatro evangelistas, letras ornamentales, animales y seres fantásticos, y motivos geométricos de origen celta.

Esta joya del arte anglo celta se exhibe en la biblioteca del Trinity College de Dublín, la más grande de Irlanda que cumple el cometido de la Biblioteca Nacional de España: depósito legal y conservación de ejemplares valiosos.

La sala larga que atesora los doscientos mil volúmenes de la colección, ya sería por si sola una atracción digna de ver, con sus anaqueles oscuros y sus bustos de filósofos y escritores.

Pero el libro de Kells, es sin la menor duda, es la joya de la corona, la que atrae medio millón de visitantes al año.

Antes de llegar ahí, el libro sufrió peripecias y modificaciones.

Los vikingos que ya habían atacado Iona, tampoco perdonaron Kells, pero el ejemplar sobrevivió a sus incursiones.

Los anales del Ulster, una crónica medieval en gaélico, mencionan el robo de un lujoso manuscrito en 1006, que se suele identificar como el Libro de Kells.

Los ladrones poco interesados en el contenido se quedaron con las cubiertas que eran de oro y pedrería y ocultaron el resto bajo un montón de tierra, de donde pudieron rescatarse las paginas. Durante la rebelión irlandesa de 1641, los altercados entre católicos y protestantes dañaron la iglesia de Kells.

12 años más tarde, Cronwell la emplea como cuartel general para su caballería.

Temiendo por la integridad de la reliquia, el gobernador de la ciudad la envía a Dublín y el obispo Henry Jones la entrega al Trinity College.

Allí permanece discretamente hasta que el gusto neo medieval del Romanticismo dispara su popularidad en el siglo XIX.

La Reina Victoria y su consorte firman las guardas del libro en 1849.

Esta rubrica no es la única alteración memorable.

En 1742 se reencuaderna el manuscrito para incorporar una hoja perdida.

En 1826 un tal Georg Mullen perpetra una restauración catastrófica por la que percibe 22 libras y 15 chelines.

Muller lava las paginas, lo que hace que se encojan y arruguen de forma desigual y después las plancha, lo que desluce el color de las ilustraciones.

Pinta algunos márgenes con oleo blanco o alterando el color original del pergamino, pero su pecado capital es recortar varios bordes con el fin de igualarlos todos para sobredorar las paginas, un tijeretazo que suprime parte de la decoración.

Tras nuevas intervenciones en 1874, 1895 y 1953, se encarga la presentación actual al conservador Roger Powell, que hidrata las hojas cuidadosamente y encuaderna cada uno de los cuatro evangelios por separado, para facilitar su estudio y exhibición.

En el 2000 un viaje a Australia con motivo de una exposición, daña levemente el pigmento del Evangelio de San Marcos, probablemente a causa de las vibraciones del avión.

Ademas de algunas perdidas, el manuscrito también ha experimentado adicciones.

En el siglo XI y XII, se le añaden escrituras de propiedad en gaélico.

En el XV un poema satirico sobre las tasas en tierras eclesiales.

En el XVI un tal Gerald Plunket agrega profusamente su nombre, entre otras anotaciones.

Mas tarde un tal Richardus Whit incluye una crónica de eventos de los siglos XVI y XVII.

El primer conde de Londonderry deja su autógrafo y el arqueólogo y entomólogo John O. Westwood, su monograma.

Por vandálicas que puedan resultar las intervenciones, hay que tener en cuenta que El libro de Kells nunca fue concebido como un proyecto monolítico

Para los copistas medievales, añadir corregir, reaprovechar y trasformar eran practicas habituales, en un mundo en el que el pergamino escaseaba, algunas tintas costaban fortunas y los libros eran objeto de lujo, elaborados y reelaborados con lenta minuciosidad.

Se cree que en la elaboración de los evangelios y los textos e índices preliminares participaron 4 escribas que trabajaron sin un plan previo coherente, probablemente en momentos distintos.

En cuanto a los miniaturistas la historiadora del arte Francoise Henry identifica a tres artistas distintos anónimos, a los que denomina El Orfebre, El Retratista y El Ilustrador.

Al Orfebre se le atribuyen los diseños geométricos de páginas, como la cruz de ocho círculos o el monograma Chi Ro, que recuerda el trabajo metalúrgico de tradición celta.

Su uso de azul plateado y el amarillo dorado acentúan la semejanza de estos diseños con la orfebrería medieval.

Pero no se utilizan láminas de oro ni de plata, su brillo es producto de la habilidad de los artistas con los pigmentos y el pincel.

El retratista habría pintado las figuras a toda página de Jesucristo, San Mateo y San Juan Evangelista.

La Virgen y el Niño y las escenas narrativas (las tentaciones de Cristo, el huerto de los olivos etc) serían obra del ilustrador.

Otros estudiosos consideran que el Retratista y el Ilustrador fueron una misma persona.

Las hipótesis siguen abiertas.

Tampoco se sabe si los encargados de la ornamentación escribieron los textos o hubo división de tareas,

El Libro de Kells no es el libro conservado más antiguo del mundo, como proclamaron erróneamente los británicos en algún momento del siglo XIX, aunque si contiene miniaturas de la Virgen María más antigua de Occidente.

Su factura es desigual con páginas de gran sofisticación y otras de ejecución menos hábil.

Pero no cabe duda de su poder de fascinación que se ha mantenido intacto durante más de 1200 años, indiferente a robos, incursiones, guerras, cambios de gustos y giros políticos.

Sus páginas todavía guardan muchos misterios por desvelar.

(Extraido de La Joya del Trinity College, Historia y Vida numero 659)

Emiliano Zapata

(San Miguel Anenecuilco, México, 1879 – Morelos, 1919) Revolucionario mexicano. En el complejo desarrollo de la Revolución mexicana de 1910, los llamados líderes agraristas recogieron las justas aspiraciones de las clases rurales más humildes, que se habían visto abocadas a la miseria por una arbitraria política agraria que los desposeía de sus tierras. De todos ellos, Emiliano Zapata sigue siendo el más admirado.

Frente a la ambición sin escrúpulos o la inconsistencia ideológica de Pancho Villa o Pascual Orozco, y frente a una idea de revolución más ligada a la guerra por el poder que a la transformación social, Emiliano Zapata se mantuvo fiel a sus ideales de justicia y dio absoluta prioridad a las realizaciones efectivas.

Díaz, presidente eterno. Retrato de Porfirio Díaz obra de un pintor desconocido. Museo de las Culturas de Oaxaca. Foto: DEA / Album.

Desgraciadamente, esa misma firmeza y constancia frente a los confusos vientos revolucionarios determinaron su aislamiento en el estado de Morelos, donde acometió fecundas reformas desde una posición de virtual independencia que ningún gobierno podía tolerar.

Un hombre de convicciones arraigadas. Zapata nunca aspiró a un puesto en la política nacional, sino a satisfacer las demandas de los campesinos morelenses, que siempre le fueron fieles. Foto: Prisma / Album.

Su asesinato, instigado desde la presidencia, conllevó la rápida disolución de su obra y la exaltación del líder, que entraría en la historia como uno de los grandes mitos revolucionarios del siglo XX.

Emiliano Zapata y su estado mayor. En esta fotografía, tomada por Casasola hacia 1914, el jefe revolucionario está sentado en el centro; a su derecha se sienta su hermano Eufemio, que fue asesinado en 1917. Foto: Kharbine-Tapabor / Album.

Miembro de una humilde familia campesina, era el noveno de los diez hijos que tuvieron Gabriel Zapata y Cleofás Salazar, de los que sólo sobrevivieron cuatro.

El plan de Ayala. Manuscrito con el Plan de Ayala, promulgado en noviembre de 1911, que justificaba la rebelión contra Madero y contenía los objetivos de la rebelión zapatista. Foto: Alamy / ACI

En cuanto a la fecha de su nacimiento, no existe acuerdo total; la más aceptada es la del 8 de agosto de 1879, pero sus biógrafos señalan otras varias: alrededor de 1877, 1873, alrededor de 1879 y 1883.

El 6 de diciembre de 1914, Villa y Zapata, al frente de más de 50.000 hombres, partieron de Xochimilco para entrar en Ciudad de México.

Emiliano Zapata trabajó desde niño como peón y aparcero y recibió una pobre instrucción escolar. Quedó huérfano hacia los trece años, y tanto él como su hermano mayor Eufemio heredaron un poco de tierra y unas cuantas cabezas de ganado, legado con el que debían mantenerse y mantener a sus dos hermanas, María de Jesús y María de la Luz.

Los dos caudillos accedieron al Palacio Nacional, donde Agustín Casasola tomó esta icónica imagen, con Villa en la silla presidencial y Zapata junto a él. 

Su hermano Eufemio vendió su parte de la herencia y fue revendedor, buhonero, comerciante y varias cosas más. En cambio, Emiliano permaneció en su localidad natal, Anenecuilco, donde, además de trabajar sus tierras, era aparcero de una pequeña parte del terreno de una hacienda vecina.

Luego participaron en un banquete ofrecido por el entonces presidente interino, Eulalio Gutiérrez, a quien vemos flanqueado por ambos dirigentes.

En las épocas en que el trabajo en el campo disminuía, se dedicaba a conducir recuas de mulas y comerciaba con los animales que eran su gran pasión: los caballos. Cuando tenía alrededor de diecisiete años tuvo su primer enfrentamiento con las autoridades, lo que le obligó a abandonar el estado de Morelos y a vivir durante algunos meses escondido en el rancho de unos amigos de su familia.

Homenaje al «centauro del norte». La estatua de Pancho Villa en el cerro de la Bufa, en Zacatecas, conmemora la victoria decisiva del ejército villista sobre las tropas del presidente Huerta en esa ciudad, en 1914. Foto: Album.

Una de las causas de Revolución mexicana fue la nefasta política agraria desarrollada por el régimen de Pofirio Díaz, cuya dilatada dictadura da nombre a todo un periodo de la historia contemporánea de México: el Porfiriato (1876-1911).

Al amparo de las inicuas leyes promulgadas por el dictador, terratenientes y grandes compañías se hicieron con las tierras comunales y las pequeñas propiedades, dejando a los campesinos humildes desposeídos o desplazados a áreas casi estériles. Se estima que en 1910, año del estallido la Revolución, más del noventa por ciento de los campesinos carecían de tierras, y que alrededor de un millar de latifundistas daba empleo a tres millones de braceros.

Venustiano Carranza, sentado, y el general Álvaro Obregón, que perdió un brazo luchando contra Villa y en 1920 llegaría a la presidencia. Foto: Roger Viollet / Aurimages

Tal política condenaba a la miseria a la población rural y, aunque era un mal endémico en todo el país, revistió particular gravedad en zonas como el estado de Morelos, donde los grandes propietarios extendían sus plantaciones de caña de azúcar a costa de los indígenas y los campesinos pobres. En 1909, una nueva ley de bienes raíces amenazaba con empeorar la situación. En septiembre del mismo año, los alrededor de cuatrocientos habitantes de la aldea de Zapata, Anenecuilco, fueron convocados a una reunión clandestina para hacer frente al problema; se decidió renovar el concejo municipal, y se eligió como presidente del nuevo concejo a Emiliano Zapata.

Héroe popular. Un grabado mexicano contemporáneo evoca la figura de Emiliano Zapata y el lema asociado a su lucha en favor de los campesinos y en contra de los latifundios.Foto: Granger / Album.

Tenía entonces treinta años y un considerable carisma entre sus vecinos por su moderación y confianza en sí mismo; pasaba por ser el mejor domador de caballos de la comarca, y muchas haciendas se lo disputaban. Como presidente del concejo, Zapata empezó a tratar con letrados capitalinos para hacer valer los derechos de propiedad de sus paisanos; tal actividad no pasó desapercibida, y posiblemente a causa de ello el ejército lo llamó a filas. Tras un mes y medio en Cuernavaca, obtuvo una licencia para trabajar como caballerizo en Ciudad de México, empleo en el que permaneció poco tiempo.

Cartografía: eosgis.com

De regreso a Morelos, Emiliano Zapata retomó la defensa de las tierras comunales. En Anenecuilco se había iniciado un litigio con la hacienda del Hospital, y los campesinos no podían sembrar en las tierras disputadas hasta que los tribunales resolvieran. Emiliano Zapata tomó su primera decisión drástica: al frente de un pequeño grupo armado, ocupó las tierras del Hospital y las distribuyó entre los campesinos. La atrevida acción tuvo resonancia en los pueblos cercanos, pues en todas partes se daban situaciones similares; Zapata fue designado jefe de la Junta de Villa de Ayala, localidad que era la cabeza del distrito al que pertenecía su pueblo natal.

Foto: AKG / Album.

La política agraria y las abismales desigualdades sociales que trajo consigo el Porfiriato figuran entre las causas profundas de la Revolución mexicana, pero su detonante inmediato fue la decisión de Porfirio Díaz de presentarse a las elecciones de 1910. Tales «elecciones» eran en realidad una farsa pseudodemocrática para prolongar otros seis años su mandato; el viejo dictador, tras reprimir y eliminar la libertad de prensa y cualquier atisbo de disidencia política, mantenía el formalismo de hacerse reelegir periódicamente.

Asesinato a traición. El cadáver de Emiliano Zapata, fotografiado en Cuautla por José Mora Caracas (el primero que lo retrató) el 10 de abril de 1919, día de su asesinato. Foto: Denis Chevalier / AKG / Album.

Francisco Mdero, fundador del Partido Antirreeleccionista (formación política que aspiraba precisamente a interrumpir esa perpetuación), había presentado su candidatura a la elecciones de 1910, pero fue perseguido y obligado a exiliarse. Comprendiendo la inutilidad de la vía democrática, Francisco Madero lanzó desde el exilio el Plan de San Luis, proclama política en la que llamaba al pueblo mexicano a alzarse en armas contra el dictador el 20 de noviembre de 1910, fecha de inicio de la Revolución mexicana. La clave del éxito de su llamamiento en las zonas rurales radicaba en el punto tercero del Plan, que contemplaba la restitución a los campesinos de las tierras de que habían sido despojados durante el Porfiriato.

El entierro de Zapataun corrido satírico compuesto en 1914, cuando se difundió la falsa noticia de su muerte.Foto: UIG / Album.

En Morelos, muchos se sumaron de inmediato a la insurrección; no fue el caso, sin embargo, de Zapata. No confiaba plenamente en las promesas del Plan de San Luis, y quería previamente ver reconocidos y legitimados con nombramientos los repartos de tierras que había efectuado al frente de la Junta de Villa de Ayala. Para la dirección del levantamiento en Morelos, Francisco Madero escogió a Pablo Torres Burgos; tras ser nombrado coronel por Pablo Torres, Zapata se adhirió al Plan de San Luis y en marzo de 1911, a la muerte de Torres, fue designado «jefe supremo del movimiento revolucionario del Sur».

Con ese rango tomó en mayo la ciudad de Cuautla, punto de partida para extender su poder sobre el estado, y procedió a distribuir las tierras en la zona que controlaba. En el resto del país, mientras tanto, se extendía y triunfaba rápidamente la Revolución: el ejército del dictador fue derrotado en apenas seis meses. En mayo de 1911, Porfirio Díaz partió al exilio después de traspasar el poder a Francisco León de la Barra, que asumió interinamente la presidencia (mayo-noviembre de 1911) hasta la celebración de las elecciones.

 Tras la caída de la dictadura de Porfirio Díaz, y ya durante la presidencia interina de León de la Barra, surgieron prontamente las discrepancias entre Zapata, quien reclamaba el inmediato reparto de las tierras de las haciendas entre los campesinos, y Francisco Madero, que por su parte exigía el desarme de las guerrillas. Finalmente, Zapata aceptó el licenciamiento y desarme de sus tropas, con la esperanza de que la elección de Madero como presidente abriera las puertas a la reforma.

Pero, pese al triunfo revolucionario, buena parte de la maquinaria del régimen seguía en manos de antiguos porfiristas (comenzando por León de la Barra), que ocupaban altos cargos en la administración y en el teóricamente vencido ejército. Cuando, en julio de 1911, gran parte de los zapatistas habían entregado las armas, empezó el acoso del ejército sobre los campesinos y luego sobre el propio Zapata, que escapó por poco a su detención; a lo largo de aquel verano, las tropas gubernamentales echaron por tierra la obra de Zapata, pero su acción unió en su contra a los campesinos que, tomando de nuevo las armas, recuperaron posiciones y resultaron a la postre fortalecidos.

En noviembre de 1911, Francisco I. Madero resultó elegido y accedió a la presidencia (1911-1913). Zapata esperaba que el nuevo gobierno asumiría sus compromisos en materia agraria; pero Madero, sometido a la presión del ejército y de los sectores reaccionarios, hubo de exigir de nuevo la entrega de las armas.

Ante el fracaso de nuevas conversaciones, Zapata elaboró en noviembre del mismo año el Plan de Ayala, en el que declaraba a Madero incapaz de cumplir los objetivos de la revolución (particularmente, la reforma agraria) y anunciaba la expropiación de un tercio de las tierras de los terratenientes a cambio de una compensación, si se aceptaba, y por la fuerza en caso contrario.

Los que se adhirieron al plan, que eligieron como jefe de la revolución a Pascual Orozco, enarbolaron la bandera de la reforma agraria como prioridad y solicitaron la renuncia del presidente.

El resultado de ello fueron nuevos y continuos enfrentamientos armados; las fuerzas gubernamentales obligaron a Zapata a retirarse a Guerrero; el gobierno controlaba las ciudades, y la guerrilla se fortalecía en las áreas rurales. Pero ni la brutalidad inicial ni los gestos reformistas encaminados a restarle apoyo lograrían debilitar el movimiento zapatista.

Atrapado entre los revolucionarios agraristas y los porfiristas reaccionarios, e incapaz de satisfacer a nadie, el presidente legítimo difícilmente podía sostenerse durante mucho tiempo.

Madero cayó víctima de la traición de un antiguo militar porfirista, Victoriano Huerta, general de su confianza prestigiado por su victoria sobre Pascual Orozco. En febrero de 1913, con el apoyo de Estados Unidos, Huerta derrocó a Madero (al que mandó ejecutar) e instauró una férrea dictadura contrarrevolucionaria (1913-1914). Con Huerta en el poder, los ataques del ejército gubernamental sobre los zapatistas se recrudecieron, pero sin éxito. Nombrado jefe de la revolución en detrimento de Orozco, que había sido declarado traidor, Emiliano Zapata frenó la ofensiva huertista y fortaleció su posición en el estado de Morelos.

Mientras tanto, en el resto del país, la traición del usurpador Huerta suscitó el unánime rechazo de los revolucionarios. El gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, se erigió en el líder de los constitucionalistas, cuyo primer objetivo era expulsar a Huerta y restablecer la legalidad constitucional; Carranza obtuvo el apoyo de Pancho Villa, que lideraba a los revolucionarios agraristas del norte. Entre ambos lograron derrotar a Victoriano Huerta en julio de 1914.

El apoyo de Zapata había sido más tácito que efectivo, pues exigía a Carranza la aceptación del Plan de Ayala, que no llegó a producirse. Por otra parte, las campañas contra Huerta habían provocado numerosas fricciones entre figuras de tan distinto ideario y condición como Venustiano Carranza, un político procedente de la abogacía, y Pancho Villa, un popular bandolero convertido en revolucionario. Vencido Huerta, el país quedaba en manos de tres dirigentes escasamente afines.


Venustiano Carranza aspiraba a asumir la presidencia y continuar la labor reformista de Madero. Consciente de las dificultades, convocó una convención en busca de acuerdos, pero sólo logró unir, momentáneamente, a los agraristas: en la Convención de Aguascalientes (octubre de 1914) se concretó la alianza de Zapata y Pancho Villa, representantes del revolucionarismo agrario, contra Carranza, de tendencia moderada. Carranza no tuvo más remedio que abandonar la recientemente ocupada Ciudad de México y retirarse a Veracruz, donde estableció su propio gobierno.

Poco después, en noviembre de 1914, Zapata y Villa entraron en la capital, pero su incapacidad política para dominar el aparato del Estado y las diferencias que surgieron entre los dos caudillos, a pesar de que Villa había aceptado el plan de Ayala, alentaron la reacción de Carranza. La ambición de Villa produjo la ruptura casi inmediata de su coalición con Zapata, el cual se retiró a Morelos y concentró su acción en la reconstrucción de su estado, que vivió dieciocho meses de auténtica paz y revolución agraria mientras luchaban villistas y carrancistas.

El aporte de algunos intelectuales, como Antonio Díaz Soto y Gama y Rafael Pérez Taylor, dio solidez ideológica al movimiento agrarista, y ello permitió a los zapatistas organizar administrativamente el espacio que controlaban. En este sentido, el gobierno de Zapata creó comisiones agrarias, estableció la primera entidad de crédito agrario en México e intentó convertir la industria del azúcar de Morelos en una cooperativa. William Gates, enviado de Estados Unidos, destacó el orden de la zona controlada por Zapata frente al caos de la zona ocupada por los carrancistas.

Sin embargo, la guerra proseguía; en 1915, la derrota de Villa permitió que Carranza centrara sus ataques contra Zapata, que por su dedicación exclusiva a Morelos carecía de proyección nacional. En febrero de 1916, Zapata autorizó conversaciones entre representantes suyos y el general Pablo González, a quien Carranza había encomendado la recuperación de Morelos. Estas conversaciones terminaron en fracaso y, al frente de sus tropas, González se adentró en Morelos. En junio de 1916 tomó el cuartel general de Zapata, el cual reanudó la guerra de guerrillas y logró recuperar el control de su estado en enero de 1917.

Tras esta nueva victoria, Zapata, que preveía erróneamente la inmediata caída de Carranza, llevó a la práctica un conjunto de avanzadas medidas políticas, agrarias y sociales, tanto para incrementar su base en Morelos como para buscar apoyos en el resto de México. En diciembre de 1917, Carranza ordenó a Pablo González una nueva ofensiva, que tomó ahora otro talante, buscando la negociación y la aceptación de las nuevas leyes del gobierno, pero los avances fueron exiguos.

Ante la imposibilidad de acabar con el movimiento y la amenaza que Zapata suponía para el gobierno federal (en la medida en que radicales de otros estados podían seguir su ejemplo), Carranza y González urdieron un plan para asesinar a Zapata. Haciéndole creer que iba a pasarse a su bando y que les entregaría municiones y suministros, el coronel Jesús Guajardo, que dirigía las operaciones gubernamentales contra él, logró atraer a Zapata a un encuentro secreto en la hacienda de Chinameca, en Morelos. Cuando Zapata, acompañado de diez hombres, entró en la hacienda, los soldados que fingían presentarles armas lo acribillaron a quemarropa.

Pablo González trasladó el cuerpo a Cuautla y ordenó fotografiar y filmar el cadáver para evitar que se dudase de su muerte. Pero, igualmente, muchos de sus paisanos y correligionarios no creyeron que hubiera muerto. Unos decían que era demasiado listo para caer en la trampa y que había enviado a un doble; otros encontraban a faltar una característica en el cadáver exhibido.

Genovevo de la O sucedió al fallecido líder al frente del movimiento, pero la guerrilla perdió de inmediato su fuerza e independencia política al apoyar a Álvaro Obregón, que derrocó a Carranza y asumió la presidencia (1920-1924). Aunque varios de los principios del movimiento zapatista fueron formalmente recogidos en las primeras legislaciones revolucionarias mexicanas (empezando por la Constitución de 1917), ni Venustiano Carranza ni sus sucesores, que ejercerían la presidencia a la sombra del influyente Plutarco Elías Calles, los llevarían a sus últimas consecuencias; hubo que esperar a la llegada de un estadista de la talla de Lázaro Cárdenas (1934-1940) para asistir a decididas políticas de redistribución de la propiedad agrícola.

Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. Biografia de Emiliano Zapata. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea [Internet]. Barcelona, España, 2004. Disponible en https://www.biografiasyvidas.com/biografia/z/zapata.htm [fecha de acceso: 23 de marzo de 2023].

https://historia.nationalgeographic.com.es/edicion-impresa/articulos/rebelion-emiliano-zapata_19132

A dibujar

Sugerencia de escritura del día
¿A qué te gustaría dedicar más tiempo todos los días?

En orden seria dibujar, escribir y hacer deporte.

Los tres me ponen en conexion conmigo misma, me hacen ver la vida con optimismo y de forma creativa.

El problema es que llevo tiempo sin dibujar y ahora cuando empiece hasta ser mejor, tengo que pasar un proceso lento.

En esta ocasión voy a desdeñar el lapiz y voy a empezar con pinceles de acuarela del 25, asi me obligo a sintetizar mas rapido, y tambien hare uso de los semitonos cuando quiera sombreados.

Es que el lapiz o cualquier punta condiciona perimetros, hace mas analitica, pero tambien es muy limitante.

No quiero aburrir. Para mi dibujar es como cuando el mago saca un conejo de la chistera, magia pura, un placer para los sentidos.

Nada, me dan terror las agujas

Sugerencia de escritura del día
¿Qué te gustaría tatuarte? ¿Dónde?

Solo hago una excepción con la acupuntura, quitando que estos dibujos en la piel con el tiempo se desdibujan y hay que repintarlos o borrarlos, son un horror de feos y desagradables.

Pero para gustos colores, aunque no trasgreden nada, hablan de narcisismo con el cuerpo, y me parece aburridisimo.

Errol Flynn

El actor australiano alimenta todos los rumores de su ideología.

En 1937 es uno de los actores más admirados de Hollywood.

Irrumpe allí con la misma energía desbordante que los personajes que interpreta en sus películas.

En solo dos años con taquillazos como El capitán Blood (1935) y La carga de la brigada ligera (1936) dirigidas por Michael Curtiz, estaba en la cumbre.

Tenía dinero y estaba casado con una de las mujeres más guapas del mundo (la actriz francesa Lili Damita) pero estaba harto.

De temperamento inquieto y aventurero (antes de llegar a Hollywood con 26 años había sido boxeador, marino mercante, buscador de oro, plantador de tabaco, contrabandista etc) tomo una decisión que dejo perplejo al mundo del cine.

Se fue a la guerra civil española.

La idea no fue suya, lo convenció su íntimo que era un individuo turbio y misterioso que en sus memorias nombra como el Dr Gerrit H Koets, aunque se llamaba Hermann F. Erben.

Este médico naval austriaco, pendenciero y buscavida le causo honda impresión cuando lo conoce en un carguero en Nueva Guinea.

Erben se convierte en un hermano mayor (se llevaban doce años) en su cicerone de los bajos fondos.

Juntos recorren burdeles y fumaderos de opio más afamados de sureste asiático.

Es Erben quien propone ir a la Guerra Civil española como corresponsales.

El actor pasa por un mal momento en su matrimonio y ansia escapar de Hollywood.

Quiere vivir aventuras de verdad sobre el terreno no sobre un plato de cine. Además, se siente escritor frustrado. Siempre ha querido escribir, ser un novelista al estilo Hermingway, por lo que el viaje a España le parece una buena oportunidad para probar su talento.

Gracias a su amistad con Marion Davies, quien convence a su pareja, el magnate de la prensa William Randolph Hearst para que confíe en la competencia periodística del actor, Flynn viaja a España como corresponsal. Erben lo acompaña como fotógrafo.

El actor llega a Barcelona el 29 de marzo de 1937.

Tras ser recibido con todos los honores por la oficina de propaganda que incluso le organizan una velada flamenca, se traslada a Madrid en un coche oficial.

Se aloja en el hotel Gran Vía, puede ver personalmente los bombardeos de la aviación alemana contra el edificio de Telefónica, el centro de comunicaciones del ejercito republicano.

Apenas pasa una semana en España pero su estancia alimenta todo tipo de especualaciones y noticias falsas.

La primera que el actor difunde la noticia de su muerte con el fin de promocionarse.

La segunda que ha traído un millón de dólares, fruto de una colecta en Hollywood, para ayuda a la causa republicana.

Y la tercera publicada tras su muerte por su biógrafo Charles Higham (Errol Flynn: The untold Story, 1980) que el actor colabora con los nazis como espía.

Detrás de todos estos rumores esta Erben.

El medico es quien difunde de que Flynn había muerto, cuando en realidad solo sufre una conmoción por el impacto de un cascote en un bombardeo.

También es quien expande el bulo del dinero.

Según cuenta el actor lo hace a sus espaldas, para que las autoridades españolas les faciliten los desplazamientos y las estancias.

Y en cuanto a la colaboración con los nazis, tras la II Guerra Mundial se sabe que Erben había estado afiliado al partido nazi y que había trabajado como espía para los alemanes.

No se sabe si actúa como tal en la Guerra Civil española, pero si que algunas de las fotografías que hace en España sirven para que la Gestapo identifique a los exiliados antifascistas.

¿Sabía Errol que su amigo era nazi?

Según sus más recientes biógrafos, no hay pruebas de ello. Quizás intuyera sus simpatías hacia el nazismo, pero parece improbable que desconociera su militancia.

Lo que si descartan es que el actor hubiera ido a España con el objetivo de espiar para Hitler.

A Flynn no le mueve la ideología sino la aventura. La promesa de emociones fuertes, diversión y romances. No la de cambiar el mundo con ideales.

Escribe en sus memorias:

El gobierno republicano tenía todas mis simpatías, pero solo por salir de allí me habría ido con cualquiera de los dos bandos.

El principal motivo para ir a la guerra española es que quería escapar a mi mujer.

Aquella aventura española no sale como espera. El tema del millón de dólares y la falsa noticia de su muerte causa gran malestar entre las autoridades republicanas, hasta el punto de que el comisario de propaganda Jaume Miravitlles, llega a enviar un comunicado al sindicato de actores de Hollywood quejándose del comportamiento de la estrella.

Además, el actor apenas puede publicar una crónica.

Hearst se niega a hacerlo porque considera que sus escritos son muy de izquierdas.

Finalmente, gracias a la intermediación de la familia Roosvelt (el actor es amigo de Franklin el hijo mayor del presidente) consigue publicar un artículo en la revista de cine Photoplay.

Regresa a los platos de Hollywood y aumenta aún más su leyenda en la pantalla.

Éxitos extraordinarios como Robín de los bosques (1938) o Murieron con las botas puestas (1941) le convierten en uno de los actores más admirados y mejor pagados del mundo.

Pero la estrella no dura demasiado.

Su encasillamiento como héroe de acción y el daño a su imagen que sufre por el juicio por estupro en 1943 aunque fuera absuelto y su desenfrenado estilo de vida con múltiples adicciones y dispendios económicos y problemas sentimentales, se casa tres veces y mantiene muchas amantes, le pasan factura.

En los 50, prematuramente envejecido, endeudado y enfermo, emprende su última aventura, se marcha a Cuba dispuesto a entrevistarse con el líder de la revolución cubana Fidel Castro.

El respeto como reportero que no puede lograr en España, informar sobre un conflicto bélico.

Con la excusa de rodar una película, la olvidable cinta de aventuras de la serie B Cuban Rebels Girls (1959), el actor viaja a Cuba en plena revolución para escribir sobre ella.

Gracias a sus contactos en la zona (Errol había sido un habitual de los casinos y los proveedores de droga de la Habana) consigue entrevistarse con Castro en su cuartel general de Sierra Maestra.

Publica varias crónicas sobre ese encuentro, en las que alaba al líder cubano calificándolo como una amante de la libertad y la humanidad (Castro todavía no se reconoce públicamente como comunista) e incluso afirma que le da lecciones de oratoria para sus discursos.

También realiza un documental sobre la revolución, Cuban Story (1959) mucho más interesante que la película de ficción por su valor testimonial, aunque solo se estrena en Moscú.

Muere pocos meses después de volver de Cuba. Acuciado por las deudas, ha viajado a Vacouver para negociar la venta de su yate.

El 14 de octubre de 1959 sufre un ataque al corazón. Tiene 50 años.

En el último capítulo de sus memorias escribe una frase en la que resume su vida.

Vivir he vivido muchísimo, como un glotón comiéndome el mundo y no creo que sea ególatra sugerir que pocos de los que han vivido en este siglo hayan tragado mas mundo que yo.

Historia y vida 660.Errol Flynn un actor en la Guerra Civil española