La primavera y el otoño, la transicion

Sugerencia de escritura del día
¿Cuál es tu estación favorita del año? ¿Por qué?

 Transición supone dos estados simultáneos antes de un cambio

Mi provincia es tierra de fronteras, mas africana que europea y quizás por ese provincianismo chovinista, adore los periodos de transición y tránsito, donde lo imperceptible es norma.

Es atractiva la incertidumbre de lo impreciso, de lo que no está consolidado, sin saber al día siguiente si lloverá o hará bueno. Potenciando el devenir del proceso y no el resultado, el dejarse arrastrar por el instante sin un objetivo.

Donde vivo, llover poco, pero se nubla y hay truenos. Y si llueve peor, porque casi son los monzones y las infraestructuras son dudosas.

Todo es exagerado, nunca llueve y nos come el polvo, pero si cae agua es un disparate, el diluvio universal se apodera de todo, y si hace calor tres cuartos de lo mismo, el Sahara a nuestro lado no es nadie…todo es extremo.

El carácter del lugar proviene de esa vehemencia intempestiva de esa Andalucía de Lorca de sangre y fuego que, a la mínima, saca la faca de la cincha y llega a las manos.

Pero también indolentes y estoicos en la tradición romana de Seneca.

Solo el Mediterráneo isotermo y placido, atempera el clima y el chalado animo de esta sociedad de aluvión que fluye en ciclos.

Isabel emperatriz

Era nieta de los Reyes Católicos e hija del rey Manuel I de Portugal y de su segunda esposa, María.

Isabel de Portugal (Museo del Prado)

En 1526, Isabel de Portugal fue llevada a la frontera hispano-lusa, donde cambió su séquito por uno español que se dirigió a Sevilla, donde se celebró el matrimonio (10 de marzo de 1526) con su primo hermano, Carlos I de España y V de Alemania, nieto también de los Reyes Católicos.

La nobleza de Castilla aprobó este matrimonio dada su condición de castellana. La boda supuso la continuación de las relaciones matrimoniales entre las coronas portuguesa y española.

Isabel con Felipe II

Debido a las múltiples ocupaciones de Carlos V, desde 1529 hasta la fecha de su muerte se hizo cargo con éxito del gobierno de los reinos de la Península Ibérica durante las ausencias del emperador.

Isabel de Portugal, en efecto, ejerció como regente de Castilla y de Aragón en dos periodos: 1529-1533 y 1535-1536. Intervino en el tratado con Portugal sobre las Molucas (1529) e influyó en la firma de la paz de Cambray.

En 1527 nació su primer hijo, el futuro Felipe II (1556-1598), en cuya persona la Corona de España se uniría a la de Portugal, donde reinaría como Felipe I (1580-1598), hecho pretendido desde el reinado de los Reyes Católicos.

Su segundo hijo, Juan (1528), falleció en el mismo año de su nacimiento. Su hija María (1529) contrajo matrimonio con el emperador Maximiliano II (1564-1576), y Juana (1537) fue esposa del príncipe Juan de Portugal y madre del futuro Sebastián I de Portugal (1557-1578).

Isabel de Portugal, la “ayudadora” de Carlos V (msn.com)

Portuguesas destinadas a reinar en España (lavanguardia.com)

No es fácil enterrar a un rey (lavanguardia.com)

Leche fresca de cabra o vaca

Sugerencia de escritura del día
¿Cuál es ese pequeño lujo sin el que no podrías vivir?

Debe ser adictiva, muero por un buen vaso.

Sé que es un veneno, llena de pus, estrógenos, antibióticos etc, que para los músculos es nefasta, que produce inflamación, colesterol, arterioesclerosis, que las enzimas de un adulto ya no están preparadas para su absorción, que para el intestino es nefasto, y que hay mil productos con calcio como las almendras, el guisante seco que puede sustituirla sin merma para el cuerpo.

Pero está tan rica.

Que dilema que siempre me gustan cosas que no siempre son buenas para mi cuerpo.

Mi condición de alérgica al polen, hace que tenga que evitarla en periodos como la primavera o el otoño, pues provoca mucosidad y fomenta un desastre en los pulmones.

Pero el desierto donde vivo, un vaso de leche, después de una larga caminata al sol, es un manjar de dioses.

La culpa de esta afición horrenda, me viene de un periodo en el que viví en un pueblo que ni está en el mapa, en un chalet con dos niñas pequeñas, en el que diariamente dejaba un cacharro en la puerta y me lo llenaba el lechero con leche recién ordeñada de vacas saludables y hermosas.

Al principio la hervía como hacia mi madre, y me comía la nata con azúcar, como de pequeña, porque sabía que era fácil pillar hepatitis.

Pero mi vecino el vet, me dijo que no era necesario, porque llevaba a las vacas y el establo estaba como una patena, el mismo pasaba de hervirla y como yo, bebía litros.

El caso que desde pequeña, en mi cortijo, Mamalela, la cortijera que paso los 100 años sin ir nunca al médico ni tomar pastilla alguna, me daba leche de cabra recién ordeñada, que me sabia a gloria…mi padre que había hecho 4 años de medicina pero le pillo la guerra me decía que pillaría unas maltesas si seguía así…

Mamalela, ciega por un ataque de glaucoma de joven, me decía que no le hiciera caso a mi padre que era un buen hombre, pero de ciudad y no sabía nada.

Cuando me caía y me hacía sangre, Mamalela me lavaba con jabón y me ponía miel de ella, sin refinar y mis heridas nunca se infectaban.

Si me quemaba la lengua, Mamalela me ponía miel y tres cuartos de lo mismo.

Ahora de lejos me asombra esa cercania a la naturaleza, sin filtro, ese conocimiento.

Cultivaba el campo y recolectaba ella sola y si me dolía algo me hacia una infusión y se me pasaba.

Mi padre me volvía a advertir de que Mamalela era ciega y cualquier día me haría una infusión de cicuta y la palmaría.

Nunca ocurrió, tenía un tacto muy desarrollado. Por la noche ponía un cubo con legumbres y quizás un caldo de huesos, para que los perros comieran, tenía varios.

En una ocasión me conto, que un zorro astuto se metía en el grupo para ingerir el rancho, y que a sabiendas se hacia la loca, porque quien era ella para impedir que el animal hambriento comiera judías.

Pero al oscurecer atrancaba el gallinero…por si las moscas.

Francia aprueba una ley para devolver a sus legítimos propietarios miles de obras de arte robadas por los nazis

Permitirá restituir a sus antiguos propietarios o herederos piezas expoliadas por el Tercer Reich que son todavía propiedad del Estado galo

El abogado Cédric Fischer muestra uno de los seis cuadros pintados por Camille Pissarro recuperados por Jean-Jacques Bauer, nieto del coleccionista Simón Bauer, que habían sido expoliados durante el nazismo (EFE/MARÍA LUISA GASPAR)

Francia se dispone a aprobar una ley que permita devolver a sus antiguos propietarios o sus herederos obras de arte robadas por los nazis que terminaron en las colecciones propiedad del Estado, todavía hoy.

«El Padre», de Marc Chagall, fue restituida por Francia y vendida por 7,4 millones de dólares en una subasta realizada en Nueva York

Entre el 10 de mayo de 1940, cuando la Wehrmacht (fuerzas armadas en la Alemania nazi) inicia la ocupación de Holanda, Luxemburgo y Bélgica, dirigiéndose hacia París, y los días 7, 8 y 9 de mayo de 1945, los jornadas de la capitulación del Tercer Reich, el ejército alemán, las SS y las fuerzas del orden del gobierno de Vichy, sumiso a Hitler, robaron más de 100.000 obras de arte a familias francesas, judías y simpatizantes, en su gran mayoría.

Entre esas obras había más de un millar de muy grandes maestros del canon universal, de Picasso a Monet, Degas, Manet, Chagall, entre muchos otros.

Durante la inmediata posguerra de la Segunda Guerra Mundial, más de 60.000 de esos bienes y obras de arte fueron descubiertas en Alemania y devueltas a Francia. 45.000 de esas obras fueron devueltas con relativa rapidez a sus auténticos propietarios.

Ante un largo rosario de dudas e incertidumbre, sin olvidar la ignorancia total o parcial, unas 2.200 obras fueron depositadas a los Museos Nacionales de Recuperación (MNR). Muchas piezas se pusieron a la venta, iniciándose una amarga dispersión. Dos centenares de esas obras pudieron ser devueltas a sus propietarios entre 1950 y 1990.

Andando el tiempo, esa inmensa tragedia tomó otra dimensión. Víctima de su presumida ignorancia burocrática, el Estado francés llegó a comprar, en el mercado internacional, obras que habían sido robadas a los nazis, integrándolas en los museos nacionales, como propiedades estatales.

Con amarga lentitud, ese gigantesco expolio militarizado, consumado por los nazis, contando con la colaboración policial de la Francia fiel a Hitler, fue descubriéndose parcialmente.

En 1999 se creó una Comisión Nacional para la Indemnización de las Víctimas de la Expoliación durante la Ocupación y sus legislaciones antisemitas (CIVS), que comenzó a aconsejar, a sucesivos gobiernos, el «estudio» y «devolución» a sus auténticos propietarios de un patrimonio nacional «acumulado con cierta ligereza».

El 2019, el ministerio de Cultura devolvió a sus legítimos propietarios una obra de Gustav Klimt (1862-1918), Rosal bajo los arboles que había sido comprada, a primeros de los años 80 del siglo pasado, en una subasta internacional, desconociendo el origen crapuloso de la venta.

Wasserschlangen II (Serpientes de agua II), de Gustav Klimt, fue expoliada por los nazis y regresó a Austria 60 años después (Foto: EFE/ Fung Macbook / Homeart)

Esa compra puso en evidencia un «problema» de gran calado: el Estado no podía desprenderse de obras del patrimonio nacional, incluso sabiendo que había sido robadas, sin adoptar una nueva legislación que justificase tales operaciones, de estricta moral cívica.

Ese es el proceso iniciado por el Senado, adoptando por unanimidad un proyecto de Ley que permitirá devolver a sus antiguos propietarios obras de arte robadas por los nazis y terminaron en las colecciones propiedad del Estado.

Tras la primera votación, en el Senado, el proyecto de Ley debe ser discutido y aprobado en la Asamblea Nacional (AN), antes del verano, previsiblemente. Aprobado por las dos cámaras del Parlamento, la Ley pudiera entrar en vigor a finales de año o primeros del que viene.

Los herederos de los primeros propietarios de las obras de arte podrán negociar con el gobierno alguna forma de «compensación» financiera, por los daños y perjuicios de los que han sido víctimas, desde hace más de noventa años.

Rima Abdul Malak, ministra de Cultura, francesa de origen libanés, ha comentado el proyecto de Ley, en curso de aprobación, de este modo:

Detrás de cada obra de arte, objeto, libro, o recuerdo, hay una historia familiar. Y detrás de cada robo un drama humano. La restitución de esas obras de un acto de justicia, justo, indispensable.

https://www.larazon.es/cultura/arte/20220126/6s4uifllsbd77m434f4xgu5cpa.html

https://www.infobae.com/cultura/2023/05/23/francia-promueve-una-ley-para-facilitar-la-restitucion-del-arte-expoliado-por-los-nazis/

Lo que buscas te esta buscando

Sugerencia de escritura del día
Si todo el mundo tuviera un lema, ¿cuál sería el tuyo?

Es una frase del místico sufí Rumi que me gusta y que proyecta el deseo de
ser.

Define lo que en apariencia es arbitrario en la elección y que se convierte
en hilo conductor del guion inconexo de la existencia que termina teniendo
sentido.

Es la misión, el proyecto que el universo me reserva (ahora ser youtuber,
espero que pronto pintar).

El propósito que me procura sosiego y me permite trascurrir en paz.

Y es que el cosmos tiende a la armonía, hay que hacer que suceda y dejar que fluya

 

Alemania restituye un Renoir robado por los nazis a los herederos de un banquero judío

Tras la devolución de Vista al mar desde Haut Cagnes la ciudad de Hagen ha comprado el cuadro del impresionista francés para el Museo Osthaus, en cuya colección se expone desde 1989

La ciudad de Hagen, en el norte de Alemania, ha restituido un paisaje de Auguste Renoir a los herederos de un banquero judío perseguido por los nazis y se lo ha recomprado después con el fin de que el cuadro pueda permanecer en el Museo Osthaus, donde se exhibía desde 1989.

Pintado por el impresionista francés en 1910, Vista del mar desde Haut Cagnes, se expondrá en la colección permanente de la institución con información sobre su antiguo propietario, Jakob Goldschmidt, que se vio obligado a huir de la Alemania nazi.

 Goldschmidt un destacado banquero en la Alemania de Weimary estuvo en el punto de mira del Tercer Reich. 

Huyó a Suiza en 1933, poco después de que Hitler llegara al poder, y emigró a Nueva York en 1936. Fue despojado de su ciudadanía alemana en 1940 y sus propiedades fueron confiscadas al año siguiente.

Los herederos de Jakob Goldschmidt están contentos de haber llegado a un acuerdo satisfactorio para ambas partes en este asunto tras más de 15 años de intensas discusiones», ha señalado su abogada, Sabine Rudolph, en un comunicado.

La restitución del cuadro es un reconocimiento al hecho de que su abuelo sufrió grandes agravios bajo el régimen nazi, incluidas enormes pérdidas económicas.

Goldschmidt fue uno de los principales mecenas de la Neue Nationalgalerie de Berlín empezó su colección de arte en la década de 1920.

 Una parte de esa colección, en la que se incluía el Renoir, permaneció en Berlín como garantía de un préstamo contra un banco acreedor.

Fue subastada el 25 de septiembre de 1941 en la casa Hans W.

Lange. La compradora fue Hildegard Diehn, la esposa del oficial de la Wehrmacht Wilhelm Diehn.

El cuadro se volvió a ofrecer a la venta en Galerie Nathan en Zúrich en 1960, y luego fue comprado por Fritz Berg. Después de la muerte de su viuda, la colección de Berg fue al Museo Osthaus, en Hagen.

La recompra de Vista del mar desde Haut Cagnes fue financiada por el estado de Renania del Norte-Westfalia, el ministerio de cultura alemán y la Fundación Cultural de los Estados Federales.

https://www.abc.es/cultura/alemania-restituye-renoir-robado-nazis-herederos-banquero-20230608100338-nt.html

Dinero

Sugerencia de escritura del día
¿Qué es lo más importante para tener una buena vida?

Porque te permite vivir varias vidas en una.

Me encanta viajar y el dinero me pone alas.

Adoro salir de compras y una buena tarjeta es una delicia, no tienes que mirar precios.

Hay gastos imprevistos que una buena cuenta corriente soluciona.

Frente a una enfermedad, puedes elegir médico y clínica.

Da independencia y seguridad.

Da otra perspectiva de la vida.

Mejora el humor.

Permite maniobrar en cualquier momento, en función de los intereses.

Permite inversiones.

Libertad para elegir

Mejora la calidad de vida.

Sé que no es lo único pero el resto me lo sé de memoria, amor, familia, bla, bla

Carlos V

Este retrato ecuestre de Carlos V lo muestra con su armadura y portando una lanza en la batalla de Mühlberg, en 1548. Óleo por Tiziano. Museo del Prado, Madrid.

Carlos V fue el nombre de Carlos de Habsburgo como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Como rey de España, cargo que ocupó entre 1517 y 1556, recibió el nombre de Carlos I.

Este monarca tuvo un rol protagónico en la política del siglo XVI en gran parte del mundo conocido en la época, ya que sus posesiones abarcaban además de buena parte de Europa algunos sectores de la costa mediterránea de África, Asia y gran parte de América.

El futuro Carlos V fue bautizado el 7 de marzo de 1500 en la iglesia de San Juan de Gante, hoy catedral de San Bavón. El cortejo reunió a los líderes de los 52 gremios de la ciudad y a una infinidad de nobles flamencos. 

Heredó de sus padres los reinos de Aragón, Navarra y Castilla con sus posesiones hispanoamericanas, el condado de Flandes, los Países Bajos y Austria, así como el derecho a ser elegido emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, dignidad que obtuvo en 1519 a la muerte de su abuelo paterno, Maximiliano de Habsburgo.

La familia de Carlos V

Este retrato de Bernhard Strigel muestra al emperador Maximiliano I de Austria con sus hijos y nietos, entre ellos el futuro Carlos V, en el centro. Real Academia de San Fernando, Madrid.

Dedicó su vida a lo que consideraba su obligación como soberano: restaurar un imperio cristiano universal del que el emperador sería el poder político y el papado el espiritual. Con este objetivo, luchó incansablemente para mantener la unidad religiosa del mundo cristiano, amenazada tanto por el protestantismo como el imperio romano. 

Medalla con la efigie de Carlos V, por Leone Leoni. Museo Arqueológico Nacional, Madrid.

Sin embargo, para enfrentar ambas amenazas necesitaba el apoyo de todos los Estados europeos que, en ese momento, estaban más interesados en consolidar sus propias naciones que en mantener una unidad espiritual más cercana a los ideales de la Edad Media que a los del mundo moderno. 

Carlos era fruto del matrimonio entre Juana de Castilla y el archiduque Felipe de Habsburgo. En la imagen, retrato de la reina de Castilla en su juventud. Museo Histórico, Trieste.

Pasó la mayor parte de su vida recorriendo los territorios sobre los que gobernaba para enfrentar los innumerables conflictos que se fueron sucediendo durante su reinado: las rebeliones flamencas, las pretensiones francesas sobre los territorios españoles en Italia, el apoyo de los príncipes alemanes a la reforma protestante, las crisis con el papado por su apoyo a Francia y el avance del Imperio otomano.

El retrato bajo estas líneas muestra al futuro emperador cuando tenía 15 años. Óleo por Bernard van Orley. Museo de Capodimonte, Nápoles.

Si bien aparece en los testimonios como una personalidad conciliadora, no dudó en enfrentar con las armas a quienes se oponían a sus objetivos y, con el apoyo de la Inquisición persiguió implacablemente los focos de protestantismo que surgieron en España.

La imperial Toledo

La ciudad del Tajo acogió en varias ocasiones la corte de Carlos V. Allí falleció Isabel de Portugal, el 1 de mayo de 1539, por las complicaciones de un parto. Entonces el emperador se retiró un tiempo al monasterio de Santa María la Sisla, en los alrededores de Toledo.

Carlos V fue el primogénito de la infanta Juana la Loca (1479-1555), hija de los Reyes Catolicos y de Felipe el Hermoso (1478-1506) duque de Borgoña e hijo de Maximiliano I de Austria, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

Por encargo de Carlos V, Tiziano realizó este retrato de la emperatriz Isabel en 1548, nueve años después de su muerte, basándose en un retrato preexistente. Museo del Prado, Madrid.

Nació en Gante, capital del condado de Flandes, en 1500. En 1506, cuando sus padres se dirigieron a España a reclamar la corona de Castilla tras la muerte de la reina Isabel, Carlos quedó al cuidado de su tía, Margarita de Austria.

La sorpresiva muerte de su padre ese mismo año y la imposibilidad de Juana de asumir la corona por su condición mental, tuvieron como consecuencia que Fernando de Aragón asumiera el gobierno de Castilla en nombre de su hija y Carlos permaneciera en Flandes.

La casa del rey, en Bruselas

Este edificio civil fue reconstruido por orden de Carlos V, por lo que se denominó Casa del Rey. Tras sufrir múltiples peripecias, a finales del siglo XIX fue reconstruido en estilo neogótico.

Allí, recibió una educación basada en los valores de la caballería todavía vigentes en el norte de Europa en aquella época. Esos valores incluían un sentido del honor, del heroísmo, del fervor religioso que resultaban un poco anticuados para los ideales de los aristócratas de la Edad Moderna.

Después de pasar en Granada su luna de miel con Isabel de Portugal, Carlos V hizo construir en el recinto del palacio de la Alhambra un espectacular palacio del que destaca su patio circular interior.

Su tutor fue un noble flamenco, Guillermo de Croy, y su preceptor fue Adriaan Floriszoon, también conocido como Adriano de Utrech, quién fue luego el papa Adriano VI.

Juana de Austria

Hija de Carlos V e Isabel de Portugal, Juana de Austria se casó con el heredero de la Corona portuguesa, Juan Manuel. Retrato por Sofonisba Anguissola.Colección privada.

En 1516, a la muerte de Fernando de Aragón, Carlos partió hacia España para reclamar sus derechos sobre la corona aragonesa y reclamar la de Castilla. En 1518 fue coronado como Carlos I rey de Aragón y, junto con su madre, de Castilla. El reinado de Juana fue, sin embargo, nominal, ya que permaneció recluida en Tordesillas hasta su muerte, ocurrida en 1555.

Cansado del peso del poder

El emperador Carlos, ya en su madurez, ataviado con armadura. Copia contemporánea de un retrato obra de Tiziano. Galería de Retratos del palacio de Ambras, Innsbruck.

La coronación de Carlos I dio inicio al reinado en España de la Casa de Austria que finalizó con la muerte de Carlos II sin herederos en 1700.

Grabado que muestra a Carlos V y a su amante Barbara Blomberg, madre de don Juan de Austria.

Su llegada a España, a los 17 años, no fue bien vista en la corte. Carlos no hablaba español y desconocía las costumbres de los castellanos. Llegó rodeado de consejeros y aristócratas flamencos e impuso en la austera corte castellana el complejo ceremonial y la moda de la Borgoña y de Flandes que incluía banquetes, ceremonias ostentosas, ropajes lujosos y coloridos y torneos de caballería.

Este rechazo se hizo efectivo en los levantamientos que se produjeron en Castilla cuando, en 1519, fue Carlos fue elegido emperador del Sacro Imperio y viajó a Alemania para asumir este cargo. Los comuneros que se rebelaron reclamaban la presencia del rey en España y la incorporación de funcionarios españoles en los cargos de gobierno. Además, se oponían a la utilización de fondos castellanos para financiar la actividad imperial.

Retrato de Carlos V por Christoph Amberger. 1532. Museos Estatales, Berlín.

Aunque la sublevación fue reprimida y sus líderes ejecutados, Carlos comprendió la necesidad de contar con el apoyo castellano para lograr sus objetivos e inició una política de acercamiento a sus súbditos españoles: aprendió español, se rodeó de consejeros españoles y, en 1526, se casó con una princesa portuguesa, Isabel de Portugal.

El príncipe Felipe en un retrato de juventud obra de Antonio Moro. Museo de Bellas Artes, Bilbao.

Isabel, además de ser muy querida por los españoles, fue una colaboradora inteligente y capaz que gobernó España con eficiencia durante los frecuentes y largos viajes del rey.

Tuvieron cinco hijos de los cuales tres llegaron a la adultez: Felipe que sucedió a su padre como Felipe II, María y Juana. La muerte de Isabel, en 1539, fue un golpe duro para el rey quien no quiso volver a casarse.

«Tres soldados y un perro», grabado por Hans Sebald Beham (ca. 1540) que muestra a un grupo de lansquenetes, una de las principales fuerzas de combate del emperador Carlos. Eran soldados de infantería especializados en el combate con armas largas, como alabardas, picas y la temible zweihänder, una espada de dos metros que se blandía con ambas manos (de ahí su nombre).

Carlos tuvo además cinco hijos extramatrimoniales, antes y después de su matrimonio, algunos de los cuales, como Margarita de Parma o Juan de Austria, llegaron a ocupar importantes funciones tanto en España como en Flandes.

«Del saqueo de Roma», óleo por Francisco Javier Amérigo y Aparici (1887), Museo del Prado. La pintura retrata un grupo de mercenarios que saquean una iglesia y, después de matar a quienes se habían refugiado en ella, se visten con sus ropas y violentan a una monja.

En su defensa del catolicismo, Carlos V no pudo impedir el avance del protestantismo, de modo que trató de conciliar las posturas de protestantes y católicos para lograr la unificación de ambas iglesias.

En 1548, Tiziano retrató al emperador Carlos V vestido con armadura de gala, un óleo hoy desaparecido del que sólo se conserva esta copia realizada por Rubens en 1603. Museo Histórico Alemán, Berlín.

El emperador conquista Tunez

Sin embargo, tanto los intentos pacíficos como la convocatoria al Concilio de Trento,  como los bélicos fracasaron y Carlos V tuvo que firmar la Paz de Ausburgo con lo que la ruptura de la Iglesia quedó sellada.

El emperador reune sus tropas en Barcelona

Tampoco logró detener el avance musulmán ni impedir que el emperador otomano Solimán se aliara con Francia para enfrentarlo.

 Decepcionado por los fracasos en las grandes metas de su vida, Carlos V decidió retirarse de la vida política.

El 22 de octubre de 1555 se despojó del título de Gran Toisón de oro y a los pocos días renunció al de duque de Borgoña y soberano de los Países Bajos.

El 16 de enero de 1556 abdicó en su hijo Felipe II la corona de Castilla, Aragón, Sicilia y las Indias y entregó el título de emperador del Sacro Imperio a su hermano, Fernando de Austria.

Luego se retiró al monasterio de Yuste, en Cáceres, España donde llevó una vida sencilla hasta su muerte, el 21 de septiembre de 1558.

https://historia.nationalgeographic.com.es/edicion-impresa/articulos/carlos_19508

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/carlos-habsburgo-apogeo-emperador_16089

https://historia.nationalgeographic.com.es/edicion-impresa/articulos/editorial-numero-234-historia-national-geographic_19579

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/carlos-v-la-gran-coronacion-del-emperador_7521

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/carlos-i-y-conquista-tunez_7561

Con 7 gatos y Jacob, mi podenco

Sugerencia de escritura del día
¿Con quién pasas la mayor parte del tiempo?

Hace 3 años mi marido murió y al año siguiente mi madre.

Fue desconcertante porque es un capitulo para el que no nos preparan de pequeños.

Un día por casualidad, conocí a un vecino que de forma repentina su pareja había enfermado y pensaba llevar el cachorro callejero que tenían a la protectora.

Me ofrecí para quedarme con él. Las protectoras, con ese nombre engañoso, es un lugar donde por lo general, los perros están hacinados, y mueren de desamor de forma lenta.

Jakob provenía de una no zone de mi ciudad, donde un día paseando, mi vecino se encontró un cachorro totalmente desamparado en los huesos, y sin pensarlo se lo llevo.

Cuando llego a casa el peque, lo primero que hizo fue destrozar todo lo que encontró a su paso, estaba por devolver la adquisición…

Ya entonces tenía dos gatos también de la calle que se adaptaron al instante al salvaje inquilino.

Un día como Teresa de Calcuta, vi a una gatita albina en la calle y la adopte, para ese Arca de Noe que estaba creciendo (por la caridad entra la peste).

La llevé al vet y me dijo que había que castrar para evitar agrandar la familia, pero como vivimos tiempos de feminismo, decidí que fueran los machos.

Pero después la gata se reprodujo ¿cómo es posible? Alguna bala quedo en la recamara…

4 inquilinos más, Glauco, Miércoles, Siam y Gador ocupan mi vida desde entonces y mi yo se diluye como un azucarillo en ese entorno de caos y risas.

Cesar

La transición de la República al Imperio Romano tuvo como principal protagonista a una de las figuras más célebres de la Antigüedad, cuya fama ha perdurado hasta nuestros días: Julio César (100-44 a.C.).

Excepcionalmente dotado como estratega, político, orador y prosista, su carrera política y militar lo llevaría, tras dirigir la victoriosa campaña de las Galias y derrotar a Pompeyo en la guerra civil (49-46), a imponerse sobre las debilitadas instituciones republicanas y a hacerse con el control absoluto del poder, desde el que se propuso acometer reformas que posibilitasen mantener la creciente influencia de Roma sobre el Mediterráneo.

El complot que terminó con su vida dos años después le impidió ver realizados sus proyectos; sin embargo, aquel a quien había designado como su sucesor, Octavio Augusto, acabaría por convertirse en el primer emperador romano.

Cayo Julio César nació el 13 de julio del año 100 antes de Cristo (según la fecha más comúnmente aceptada) en un barrio no muy aristocrático de Roma, cercano a la actual vía Cavour.

Se sabe poco de su infancia, transcurrida en el seno de una familia patricia, la gens Julia, que pretendía descender de Eneas (a quien se consideraba hijo de Venus), y en la cual, en algún momento, se había insertado una rama que agregó el nombre de César.

Los miembros de la familia habían vivido al margen de la lucha continua por los cargos que permitían hacer carrera pública hasta llegar al consulado, la aspiración máxima.

La infancia y la primera juventud eran breves en aquellos tiempos. Desde los diez años, César fue puesto al cuidado de un ilustre maestro especialista en literatura griega y romana, Marco Antonio Gnifón, para que se ocupase de su educación.

Aprendió a leer y escribir en la traducción de la Odisea hecha por Livio Andrónico. Seguramente sus dotes naturales le permitieron aprovechar al máximo las enseñanzas de su maestro, de modo que fue perfeccionando su lenguaje y aprendiendo los rudimentos de la oratoria, fundamentales para una carrera política.

Si bien su familia no había ocupado altos cargos, las inclinaciones del grupo le volcaban hacia el partido popular. Julia, una hermana del padre de César, se había casado con Cayo Mario, plebeyo de origen pero hombre muy poderoso por su capacidad militar. La familia ingresó, probablemente a través de Mario, en los círculos del partido popular.

El padre de Julio César no pudo sino acceder al segundo cargo de mayor importancia del Estado, la pretura. Ostentaba dicho cargo cuando su hijo, de quince años, debió asistir a la ceremonia por la que se abandonaban las vestiduras infantiles orladas de púrpura y se recibía la toga viril.

A los quince años, en aquel 85 en el que moriría su padre, César era un hombre. Inmediatamente tomó por esposa a Cornelia, hija de Cinna, uno de los dirigentes máximos (junto con Cayo Mario) del partido popular y hombre todopoderoso en Roma.

Con esta decisión, la gens Julia terminó por asociarse en forma definitiva con los intereses del pueblo, enfrentándose al corrompido patriciado romano. Todo esto debió de resultar algo duro para Julio César, que era un joven que llevaba una vida libre de prejuicios, liberado ya de la rigidez de su maestro e inclinado hacia todo tipo de lecturas, incluido el teatro.

Para casarse con Cornelia tuvo que romper un compromiso anterior, lo que provocó tensiones en el seno de la familia. César tuvo con ella una hija, Julia, a la que estuvo vinculado toda su vida y por la que siempre sintió un profundo afecto, a pesar de que su relación matrimonial con Cornelia fue casi circunstancial.

Al iniciarse su vida matrimonial, César debió de ingresar en el círculo de hombres importantes de los que se rodeó su tía Julia, viuda ya de Mario.

En esa época fue designado flamen dialis, es decir, sacerdote de Júpiter, el más importante de los dioses romanos.

En el año 82, el cónsul y general romano Sila (que había vencido a Mitrídates, haciéndole retroceder a las primitivas fronteras de su reino en el Ponto) regresó victorioso a Roma y, como era habitual, tomó cumplida venganza sobre sus adversarios «populares»; los asesinó, proscribió el ascenso a cargos públicos de sus descendientes, incautó sus bienes e instauró una nueva forma de estado, inaugurando un tipo de dictadura absoluta por tiempo indefinido, concepto jurídico que Julio César no olvidaría en el futuro.

Pero de momento Sila, que tuvo algunas consideraciones con las familias patricias inclinadas hacia el populismo, exigió a César que repudiara a Cornelia. César respondió al mensajero de Sila con un famosa frase («dile a tu amo que en César sólo manda César») y optó por el exilio en Asia.

Nada de esto fue fácil; César fue perseguido y se puso precio a su cabeza. Tuvo que comprar su libertad a un soldado que le había encontrado, y finalmente, por ruegos de familiares cercanos al dictador y la intermediación de sacerdotisas de la diosa Vesta, Sila indultó «al joven de la toga suelta», epíteto que aludía a la costumbre de César de no ajustarse el cinturón de su toga, que caía así libremente, según un uso que entonces se consideraba poco viril. Fue un perdón a regañadientes.

Sila había columbrado el temible porvenir del muchacho cuando afirmó, según Suetonio, que Caesari multos Marios inesse (en César hay muchos Marios), queriendo significar con esa frase el peligro que entrañaba su resuelta personalidad. César, no obstante, no se abrevió a regresar a Roma y pasó al servicio del propretor Termes, el cual, por ser César hijo de un miembro del Senado, le confirió el grado de oficial. Participó así en la toma de Mitilene de Lesbos, ciudad aliada con Mitrídates, y su comportamiento militar le valió una condecoración.

Termes decidió entonces enviarlo a la corte de Nicomedes IV, rey de Bitinia (reino situado en la costa sur del mar Negro y el mar de Mármara), a fin de afianzar relaciones. Entre Nicomedes y César se trabó una íntima amistad que fue objeto de rumores, algo muy habitual de la época, por otra parte.

El hecho es que César volvió un par de veces a Bitinia y que, a la muerte de Nicomedes, el reino fue incorporado a Roma como una provincia más, pasando todos sus habitantes a ser «clientes» de César.

Esto ocurriría en el 74 a.C., cuando ya Julio César era dictador absoluto de Roma, y aun en las grandes celebraciones (una curiosa muestra de la libertad de la que algunos gozaban en la Roma de aquellos días) sus propios soldados cantaban coplas en las que burlonamente se referían a sus probables relaciones homosexuales con Nicomedes.

Sus enemigos le recordarían a menudo este oprobioso episodio, llegando a bautizarle con el infamante sobrenombre de Bithynicam reginam (la reina de Bitinia).

Muerto Sila, César regresó a Roma en el 78. En su corta vida había ya adquirido bastante experiencia en los negocios públicos y había ejercitado su capacidad de mando. Sin duda César pensó que la muerte de Sila le permitiría un rápido progreso entre los populares, pero se equivocaba.

Sila había dejado todo bien atado, y el poder de los conservadores optimates («hombres excelentes»), que dominaban el Senado, detenía al partido popular. Julio César, político nato (y así hay que entenderlo siempre para comprender el sentido de muchos de sus actos), se propuso profundizar en la comprensión del laberinto de la cosa pública. Consideró que su formación aún no había sido completada y viajó a Rodas para estudiar retórica con Apolonio de Molón, un brillante y renombrado maestro quien encontró en su discípulo excelentes cualidades innatas para la elocuencia.

Sólo Cicerón, que también había recibido lecciones de Apolonio, le superó entre sus contemporáneos en el arte de la oratoria.

En el viaje fue raptado por los piratas que asolaban el Mediterráneo y que vivían del rescate que exigían por sus víctimas. La historia ha sido sin duda exagerada, pero el temor y el respeto que, según se ha repetido, los piratas llegaron a sentir por él, son ilustrativos de la arrogancia de César y de su capacidad para fascinar incluso a sus enemigos. Una vez libre reunió un pequeño ejército, fletó barcos y arremetió contra los piratas, a los que venció, quedándose él y sus soldados con todo cuanto poseían.

Los supervivientes de la aventura fueron finalmente crucificados en Mileto, y César emprendió una inmediata campaña contra Mitrídates, que volvía a levantarse contra el imperio.

Desconocía entonces el testamento de Nicomedes IV, hecho de singular importancia para él, ya que el rey de Bitinia le dejaba un legado que, junto con el botín de los piratas, saneaba su situación económica, siempre maltrecha.

No obstante, la campaña contra Mitrídates fue confiada a otras manos, porque la muerte en el 74 de su tío Aurelio Cota dejaba vacante un cargo en el Colegio de Pontífices de Roma, cargo que solicitó y que le fue concedido, como también, al año siguiente, el de tribuno militar.

Estas designaciones no hicieron más que acelerar la carrera política de César. En el 68 era cuestor y viajó a la Hispania Ulterior. Se cuenta que César lloró ante la estatua de Alejandro Magno, erigida en la ciudad de Cádiz, pensando en qué poco podía parangonarse su carrera con la del conquistador de Oriente y cuánto deseaba emular en su fuero interno al invencible general macedonio. En cierta ocasión quedó trastornado por un sueño en el que aparecía violando a su propia madre, pero los adivinos le profetizaron por ello buenos augurios, puesto que interpretaron que la madre simbolizaba la Tierra, madre de todas las cosas, y ello significaba que se adueñaría del mundo. Y lo cierto es que, vertiginosamente, fue acumulando dignidades en los años sucesivos. En el 65 fue designado edil curul; en el 63 murió el presidente del Colegio de Pontífices, y César, con veintisiete años, presentó su candidatura enfrentado a Catulo, dirigente de los optimates.

César sabía que emprendía una aventura económica (la lucha por el poder exigía siempre dinero) y que si perdía sería implacablemente perseguido. Pero la elección mostró la popularidad de que gozaba entre el pueblo, y fue nombrado pontifex maximus. La pretura, el peldaño inmediatamente anterior al consulado, llegó en el 62, y fue enviado como propretor a Hispania Ulterior, territorio que ya conocía muy bien, donde no sólo hizo sólidas amistades, sino que enriqueció el erario público (con gran satisfacción de Roma) y fortaleció notablemente su pecunia personal y su capacidad de mando sobre un gran ejército, condición indispensable para el éxito político en Roma. Cuando en el año 60 regresó a la Ciudad Eterna, el camino estaba abierto para la gran aventura.

El paso a la condición máxima de cónsul lo dio en el año 59. Consciente de las fuerzas del Senado (dominado siempre por los conservadores), en el que César se había librado inteligentemente de sus desafortunadas vinculaciones con el rebelde Catilina, comprendió que sólo una alianza entre poderosos podía neutralizar a los équites. Propuso entonces a su viejo amigo y valedor, Craso, constituir juntamente con Pompeyo una sociedad de defensa mutua que los obligara a actuar siempre por unanimidad (institución luego conocida como «triunvirato»). La alianza fue efectiva y César, en compañía de Calpurnio Bíbulo (un candidato de los équites), fue designado cónsul.

El triunvirato se fortaleció, además, con el matrimonio de Pompeyo con Julia, la hija de César. César, a su vez, se casó con Calpurnia. Había repudiado por infidelidad a Pompeya, su segunda esposa, en el 62, después de un escandaloso episodio: durante los misterios de la Bona Dea, una fiesta nocturna exclusiva para mujeres que tenía lugar en casa del propio Julio César, una de las sirvientas descubrió la presencia de un intruso disfrazado de mujer, Publio Clodio, lo que provocó la indignación de las asistentes. Se acusó a Pompeya de ser amante de Clodio, extremo éste que nunca pudo probarse. César no quiso dar crédito a la denuncia y absolvió a ambos del delito de adulterio en el que se habían visto inculpados. Todo el mundo se asombró de que aun así repudiara a su esposa, pero él contestó con una frase que se ha hecho famosa: «la mujer de César no sólo debe ser casta, sino parecerlo».

La legislación progresista de César tenía una base agraria. Hizo votar leyes de reparto de tierras a los veteranos y de asentamiento de colonos en tierras conquistadas, práctica que luego se extendió a toda Italia, concediendo además a los colonos la plena nacionalidad romana. Bíbulo, ante la imposibilidad de oponerse a César, optó por el retiro. El tribuno de la plebe, Publio Vatinio, antiguo amigo y asociado de César, a fin de evitar el juicio de César por los conservadores después de su consulado, propuso una ley que el Senado no pudo sino aprobar, por la que se le concedían en calidad de procónsul (lo que impedía su juicio posterior), y por el término de cinco años, tres legiones, las provincias de las Galias cisalpina y transpadana y la Iliria. Estas concesiones fueron renovadas por cinco años más en abril del 56, en la reunión de Lucca, a la que asistieron los «triunviros».

Craso, mientras tanto, seguía destinado en Siria, donde dirigió la guerra contra los partos y en la que murió en el 53, y Pompeyo continuaba en el proconsulado de Hispania. Estas condiciones permitieron que César se hiciera con todo el poder. Para ello todo medio podía ser útil: como pontifex maximus autorizó a Clodio, antiguo amante de su esposa Pompeya, a que fuese adoptado por un plebeyo, para poder así, a pesar de su condición original de patricio, acceder al cargo de tribuno de la plebe. Y así fue como el agradecido Clodio se ocupó de limpiar de enemigos el camino de César.


Vercingetórix arroja sus armas a los pies de César (Lionel Royer, 1899)

Ya en su provincia de la Galia, Julio César parecía decidido a no intervenir en problemas bélicos, pero lo hizo cuando así lo pidieron sus habitantes. Los eduos comenzaban a sentir la amenaza de los helvecios, los cuales a su vez buscaban nuevos territorios, empujados por la invasión de los germanos acaudillados por Ariovisto. Las legiones de César acudieron en ayuda de los eduos, y vencieron a helvecios y suevos. Esto marcó el comienzo de la ocupación sistemática de la Galia por las fuerzas de César, ayudado por sus lugartenientes Labieno y Craso.

Fue una lucha prolongada en la que el país fue literalmente saqueado, un tercio de su población murió luchando y otro tercio probablemente fue vendido como esclavo. Sucesivamente, en acciones en las que César conoció también la derrota, fueron sometidos todos los pueblos galos. En medio de esta lucha, entre los años 55 y 54, César desembarcó en Inglaterra y peleó hasta más allá del Támesis, pero finalmente tuvo que retirarse. Al año siguiente (invierno del 54-53), volvió a agitarse la Galia. Se sublevaron eburones y trevinos, y finalmente todos los pueblos galos, bajo el caudillaje de Vercingetórix. Los romanos conocieron el desastre en la batalla de Gergovia, pero las fuerzas de Vercingetórix fueron sitiadas largo tiempo y finalmente vencidas en Alesia. La rendición de los belovacos (belgas) en Uxellodunum (51) puso punto final a la dominación de las Galias, aunque el sometimiento total sólo se logró en el invierno de diciembre del 51 a febrero del 50, tras reducir pertinaces focos de resistencia.

Los soldados romanos salieron enriquecidos de estas campañas; los oficiales, naturalmente, aún más. César saneó sus finanzas, enriqueció las arcas del Estado, fue largamente generoso con sus amigos y hasta reservó una importante cifra para el futuro. Inundó con tanto oro la ciudad de Roma que el noble metal se depreció en por lo menos un treinta por ciento. La guerra de las Galias fue registrada en De bello gallico, una de las dos obras conservadas de César, escrita en 52-51, que no sólo es el documento más valioso para el conocimiento de aquel hecho, sino que también debe ser considerada como una pieza maestra del latín clásico.

La otra obra conservada de Julio César, De bello civili (literariamente inferior a la primera, tal vez porque no tuvo siquiera tiempo de revisar sus manuscritos), se refiere a los hechos que cubren la guerra civil entre los años 49 y 45. El inmenso poder acumulado por César provocó el pánico del partido senatorial, sus enemigos de siempre. Por otra parte, muchos republicanos vieron en este poder el más grave peligro para la república. Y además, circunstancias internas tenían convulsionada a la ciudad. El Senado designó en el 52 a Pompeyo como cónsul único, y cuando el bando senatorial volvió a sentirse fuerte, entre el 51 y el 50, Pompeyo (ahora enemigo de César) le pidió que licenciara a sus legiones y regresara a Roma.


César cruza el Rubicón

En esa tesitura, vacilante e indeciso, Julio César se hallaba frente al pequeño río Rubicón, que separa la Galia Cisalpina de Italia, cuando, según unos por su proverbial osadía y según otros por imperativo de los hados, fue presa de un impulso irrefrenable y arrastró sus tropas tras de sí exclamando Alea jacta est! (¡la suerte está echada!). Esta acción desencadenaría la guerra civil: ocupó Picenas, Umbría y Etruria, se dirigió a Brindisi para interceptar el paso a Pompeyo, aunque no lo consiguió, y volvió sobre sus pasos para entrar en Roma, donde convocó al Senado e impuso sus condiciones.

La batalla definitiva tendría lugar en Farsalia, epopeya cantada por Lucano en versos inmortales. El poeta describe a Pompeyo «en el declinar de sus años hacia la vejez», como «sombra de un gran nombre», y a César como «fogoso e indomable», un hombre que acudía a actuar «dondequiera que le llamara la esperanza o la cólera». Allá se encontraron «enseñas leonadas frente a enseñas iguales y hostiles, idénticas águilas frente a frente y picas amenazando idénticas picas». César venció y Pompeyo huyó a Alejandría, donde murió el 28 de septiembre del año 48 a.C. a manos de soldados de Ptolomeo, quien mantenía un contencioso con su hermana y esposa, Cleopatra, sobre el trono de Egipto. Al enterarse del trágico final de Pompeyo, César lloró su muerte.

César llegó a Egipto acompañado por dos legiones, la décima y la duodécima; en total, unos seis mil hombres. Tras acomodar a sus hombres en el palacio real, se dispuso a poner orden en la difícil situación interna del país del Nilo, dividido por el enfrentamiento entre los dos hermanos y esposos reinantes, Ptolomeo XIII y Cleopatra VII. César y Cleopatra mantuvieron una intensa y famosa relación amorosa que daría como fruto un hijo: Cesarión. César dio el trono a Cleopatra (47 a.C.), lo que, unido a la presencia de las tropas romanas en el palacio de los faraones y a la deposición de Ptolomeo XIII, hizo que el pueblo, dirigido por los consejeros fieles al rey, se amotinase y tratase de tomar el palacio.


César y Cleopatra (Jean-Léon Gérôme, 1866)

Durante cuatro meses, César resistió atrincherado en el palacio frente a los sesenta mil hombres del egipcio Aquiles. Finalmente, cuando llegaron los refuerzos dirigidos por Mitridates de Pérgamo, César protagonizó una de sus geniales acciones militares y logró atravesar el cerco egipcio para reunirse con Mitridates, tras lo cual las fuerzas combinadas de ambos destrozaron a las tropas egipcias en una sangrienta batalla en la que falleció Ptolomeo XIII. Cleopatra se trasladó después a Roma, donde vivió hasta la muerte del dictador.

Aquella guerra entre romanos no había terminado aún. César desempeñaba su tercer consulado cuando tuvo que volver a luchar contra las fuerzas senatoriales en Tapso, en abril del 46, y contra las últimas fuerzas de los hijos de Pompeyo en Manda, en marzo del 45, cuando ya era cónsul por cuarta vez. En términos guerreros no quedaba prácticamente nada por hacer. Incluso en medio de la guerra civil, en el 47, había derrotado definitivamente a Farnaces, el eterno enemigo rey del Ponto. Cinco días después de llegar, le presentó batalla y en unas cuantas horas devastó las tropas enemigas. Inmediatamente cursó al Senado romano una célebre y lacónica relación de los hechos: veni, vidi, vici, (llegué, vi, vencí). Jamás fue derrotado personalmente en ningún combate que entablase, aunque sí lo fueran sus generales.

César fue, pues, dueño absoluto de la república romana y del mundo mediterráneo. Se había cumplido el sueño de su juventud: la totalidad del poder, dentro del marco legal de la república. César era imperator y dictador. Como tal, volvió a ejercer su típica clemencia con sus enemigos; no olvidó su política agraria y de asentamiento de colonos; aumentó el número de fiestas populares, aunque cuidándose de no incurrir en gastos ruinosos para el Estado; dispuso normativas económicas y financieras que protegían a los menos fuertes, trató de morigerar el lujo de los poderosos y limitó los gastos en banquetes; diseñó profundas transformaciones políticas, dictó leyes que ampliaban la ciudadanía romana a capas más vastas de la población, y comenzó a pensar en un mundo distinto al hasta entonces conocido dentro de los límites de la ciudad romana.

César estaba convencido de que, para mantener el dominio en Oriente y poder llevar a cabo con éxito la expedición final contra los partos (la única amenaza para el imperio), necesitaba ser rey absoluto fuera de los confines territoriales de Roma. Y éste fue el detonante. Unos sesenta miembros de familias importantes, casi todos senadores, se conjuraron para eliminar a César y restaurar la legitimidad y legalidad de la república, temerosos de que la abrumadora acumulación de cargos y privilegios que recaían en su persona terminase por darle la puntilla a la desvencijada República y César se proclamase a sí mismo rey.

De hecho, algunos comentaristas ponen en su boca estas jactanciosas y desafiantes palabras: «La República no es nada, es sólo un nombre sin cuerpo ni figura». Pero para muchos de ellos fue sin duda un pretexto que disimulaba sórdidos resentimientos y apetitos. Dirigían la conjura Casio, Bruto y Casca. Bruto era hijo de Servilia, la más famosa de las amantes de César, y el propio Julio César lo había acogido como hijo adoptivo y colmado de honores. Casio había luchado junto a César siempre en busca de botín, por lo que no fue difícil comprarlo. Casca, por último, era un tradicional enemigo de Julio César. Otros conjurados no tenían probablemente otro objetivo que el de eliminar al dictador y se comprometieron, como impuso Bruto, a respetar a su lugarteniente Marco Antonio.


Muerte de Julio César (Vincenzo Camuccini, 1798)

César concurrió al Senado el día 15 (los idus de marzo), fecha para la que se había fijado la sesión que discutiría la expedición contra los partos. Fue al Senado a pesar de los ruegos de Calpurnia en el sentido de que no lo hiciera, ya que durante la noche había tenido sueños premonitorios. Alguien retuvo a Marco Antonio en la antesala del Senado. Cuando César se hubo sentado, lo rodearon y lo atacaron con sus puñales y dagas. Según la tradición, ante la puñalada de Bruto, César exclamó kai su teknon, frase en griego que posteriormente se latinizó en la famosa ¡tu quoque, fili mi! (¡tú también, hijo mío!). César emitió un quejido a la primera puñalada, luego se mantuvo en silencio.

Había recibido 23 puñaladas; posiblemente una sola de ellas había sido mortal. Mientras los aterrorizados senadores huían (hecho que no entraba en el plan de los conjurados), César, envuelto en su toga, caía al pie de la estatua de Pompeyo. La sanguinaria escena, augurada por los adivinos y que desataría una nueva guerra fratricida, acredita, siguiendo la descripción de Suetonio, la postrera elegancia del héroe: «Entonces, al darse cuenta de que era el blanco de innumerables puñales que contra él se blandían de todas partes, se cubrió la cabeza con la toga, y con la mano izquierda hizo descender sus pliegues hasta la extremidad de las piernas para caer con más dignidad.» El hombre que había ganado un mundo y había contribuido a modificar irreversiblemente el destino de Occidente y de buena parte de Oriente era ya nada más que un despojo sangrante.

El 17 de marzo el Senado se reunió de forma urgente para tratar la crítica situación del estado a raíz del asesinato de César. Se aprobaron medidas de compromiso entre los dos bandos opuestos: los tiranicidas no eran castigados y, a su vez, no se condenaba ni la persona ni la obra de César. El poder recayó en Marco Antonio, que en ese momento ocupaba el consulado junto con César. El testamento de César legaba 300 sestercios a cada ciudadano necesitado de Roma y entregaba sus jardines del Trastevere al pueblo romano, lo que estimuló la devoción popular por su figura hasta extremos impresionantes; se pidió la ejecución de los tiranicidas y se rechazó el compromiso de Marco Antonio con los asesinos de César, lo que a la larga le costaría el poder. Al no tener César herederos varones, en su testamento quedó establecido que su sobrino nieto, Octavio, se convirtiera en su sucesor. Octavio llevaría a cabo las reformas de César y se convertiría en el primer emperador de Roma, con el nombre de César Augusto.

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