La invencion del alfabeto

Nace el alfabeto

3500-3200 a.C.

Nace la escritura cuneiforme sumeria, con cientos de signos, algunos de tipo ideográfico y otros con valor fonético (silábico).

3300 a.C. 

Surge la escritura jeroglífica egipcia, formada por logogramas, signos consonánticos y determinantes.

1850 a.C. 

Uso del alfabeto protosinaítico, de carácter consonántico, según testimonia un yacimiento arqueológico del Sinaí.

1500 a.C.

Inspirado tal vez en el protosinaítico, el alfabeto ugarítico cuenta con 31 letras y se escribe sobre arcilla en cuneiforme.

Siglos XII-XI a.C.

Uso del alfabeto cananeo-fenicio de 22 letras, surgido a partir del protosinaítico. Será el origen de los alfabetos occidentales.

Siglo VII a.C.

A través del etrusco, los latinos adoptan la variante occidental del alfabeto griego para elaborar el alfabeto latino.

Inscripcion fenicia. Copia de una tablilla de terracota con el alfabeto de Ugarit. Siglo XIV a.C. Scala, FIrenze

Hace casi cuatro mil años, gentes que hablan una lengua semítica se inspiran en los jeroglíficos egipcios para crear un sistema de escritura adaptado a su propio idioma.

Monte Sinai

Los primeros sistemas de escritura que se desarrollan en el Próximo Oriente, tanto en el área de Mesopotamia como en Egipto, se caracterizan por su complejidad. La escritura cuneiforme sumeria, que tal vez ya existe en 3500 a.C. y que más tarde es adaptada por los acadios y por otros pueblos, se basa en un conjunto de signos pictográficos que representan palabras y objetos originalmente relacionados con el comercio. Con el paso de los siglos, esos signos se estilizan. Al mismo tiempo, los signos, junto al valor ideográfico que tenían originalmente, adquieren un valor fonético, el signo «cabeza» representaba esta parte del cuerpo y también el sonido sag, como se decía cabeza en sumerio, por lo que el signo se puede usar para escribir palabras que contienen ese sonido. Era un sistema ingenioso, pero tiene el inconveniente de requerir un gran número de símbolos. En la época neoasiria (después del siglo X a.C.), cuando la escritura cuneiforme se estandariza, se alcanza el millar de signos. 

Jerogrifico egipcio. Estela de la Victoria del faraón Merneptah (1213-1203 a.C.), descubierta por Flinders Petrie en 1896. Amir Makar / Getty Images

1905 se hallan en una mina egipcia de la península del Sinaí varios textos escritos con el alfabeto más antiguo de la historia, el protosinaítico. 

La escritura jeroglífica egipcia, contemporánea en su origen a la cuneiforme sumeria, también cuenta con un complejo sistema que combina los símbolos ideográficos y los consonánticos, esto es, signos que representan una o más consonantes. Se conocen más de 6.000 signos diferentes en el período más tardío de la escritura jeroglífica, aunque el repertorio usado habitualmente por los escribas nunca superó los 700-1.000 signos. En estas condiciones, el uso de la escritura estaba reservado a unos pocos privilegiados que aprendían complicadas reglas en escuelas y templos. 

Inscripcion protosinaitica En la imagen, inscripción en la mina faraónica de Serabit al-Khadim, en la península del Sinaí (Egipto), con signos pertenecientes al alfabeto protosinaítico. Bridgeman / ACI.

La invención del alfabeto, el sistema por el que cada símbolo o letra expresa un sonido, permite simplificar toda la dificultad de las escrituras cuneiforme y jeroglífica. Frente a los cientos de símbolos que utilizan estas, con el alfabeto se podía escribir de manera exitosa cualquier idea mediante un sistema simple compuesto por poco más de dos docenas de signos diferentes. Ello supone una revolución social y cultural sin precedentes, pues el privilegio de leer y escribir se democratiza y se extiende a otras clases sociales, fuera de la élite de los escribas. Hoy se piensa que en la época de los orígenes del alfabeto mucha gente llega a ser capaz de entender y reproducir estos nuevos textos. 

Serabit al-Khadim. Los pilares con inscripciones jeroglíficas de esta imagen pertenecen al templo de Hathor, erigido junto a unas ricas minas de turquesa en la actual Serabit al-Khadim. Erich Lessing / Album

Pese a las grandes diferencias que presentan a primera vista, los alfabetos que se utilizan hoy en día –como el latino, el griego, el árabe o el hebreo– están emparentados entre sí y proceden de un mismo alfabeto originario. Desde el siglo XIX, los estudiosos demostraron el papel fundamental que el alfabeto fenicio tuvo en el triunfo del sistema alfabético. En efecto, de ese alfabeto fenicio primitivo, desarrollado en torno a 1100 a.C. en las grandes ciudades mercantiles de la costa del actual Líbano e Israel, derivan el griego, origen a su vez del etrusco y el latín, y el arameo primitivo, del que surgen los diversos alfabetos que se usan en el Próximo Oriente, como el siriaco, el árabe primitivo y el judío (o hebreo). Durante mucho tiempo se acepta que son los fenicios los que crean el alfabeto inspirándose en los caracteres egipcios. Hoy sabemos, sin embargo, que el alfabeto fenicio fue el resultado de una evolución que se inicia siglos antes. El alfabeto más antiguo conocido se remonta al menos a 1800 a.C. y su rastro se encuentra en un yacimiento arqueológico del desierto del Sinaí.

Fragmento de ladrillo votivo de fayenza con una inscripción jeroglífica hallado en Serabit al-Khadim por Flinders Petrie. Album

En diciembre de 1905, en el transcurso de una prospección en varios lugares arqueológicos de la península del Sinaí, el egiptólogo británico Flinders Petrie y su esposa Hilda hallaron unos extraños grafitos en un templo dedicado a la diosa Hathor, en la actual localidad de Serabit al-Khadim, cerca de una mina de turquesa que los antiguos egipcios explotaron desde tiempos del faraón Sesostris I (1920-1875 a.C). En total, aparecieron unas 40 inscripciones en los caminos de acceso del templo y cuatro en dos estatuillas de forma humana y en una esfinge que se encontraba dentro del recinto. Los especialistas actuales datan esas inscripciones entre los siglos XVIII y XVI a.C. 

Los textos de Wadi el-Hol. Calco de las inscripciones halladas en 1999 cerca de Luxor por los egiptólogos estadounidenses John y Deborah Coleman. Alamy / ACI

Petrie determinó rápidamente que esos símbolos tenían el aspecto de jeroglíficos egipcios, pero le extrañó que solo se usan unos pocos signos. Además, estos están realizados de manera rudimentaria, sin la disposición ni la proporción que requieren la norma y la elegancia de la escritura jeroglífica. En un artículo escrito un año después de su hallazgo, Petrie ya sugiere que probablemente se trata de un primitivo alfabeto, tal vez utilizado por gentes iletradas. 

Detalle de la inscripción del sarcófago de Eshmunazar II. En los dos años que siguieron a su hallazgo diversos especialistas propusieron once traducciones diferentes. Raphaël Chipault / RMN-Grand Palais

Once años después, Alan Gardiner, gran especialista en jeroglíficos egipcios, ofreció la demostración definitiva de que se trataba de un alfabeto cuando publicó su propia interpretación de los símbolos hallados en las minas y el templo de Serabit al-Khadim. Gardiner demuestra que, esos torpes signos son una versión primitiva de los que unos siglos más tarde usan los cananeos y los fenicios para escribir sus lenguas. Según su interpretación, en ese asentamiento perdido en el desierto trabajan prisioneros de guerra semitas que sienten la necesidad de poner por escrito sus dedicatorias religiosas en el templo de Hathor, y para ello se sirven del único sistema de escritura que existe entonces, los jeroglíficos egipcios, que probablemente algunos conocen de manera muy rudimentaria. El origen de los primeros textos alfabéticos conocidos tiene, una finalidad religiosa.

Biblioteca de Éfeso. Uno de los usos que dieron los griegos a la escritura fue el de las inscripciones en monumentos públicos. Sobre estas líneas, columna de la biblioteca de Celso en Éfeso, ciudad griega de Asia Menor. Gokhan Dogan / Alamy / ACI

Para adaptar los jeroglíficos egipcios a su lengua, los trabajadores semitas de Serabit al-Khadim utilizaron un método que los lingüistas llaman acrofonía, o sonido inicial. Su principio consiste en dar a un símbolo un valor fonético que coincide con el primer sonido de la palabra que expresa. En cierto modo, los egipcios utilizan este mismo método para dar valor fonético a sus signos, por lo que a esos semitas no debió de resultarles demasiado difícil aplicar la misma técnica a su propio sistema de escritura.

Escritura hebrea. Fragmento de los rollos del mar Muerto, realizados entre los siglos III y I a.C. principalmente con escritura hebrea. Museo de Israel, Jerusalén. Aurimages

La dificultad reside en que ellos hablan una lengua distinta del egipcio, por lo que deben establecer nuevas correspondencias entre los símbolos y los sonidos. Así, el agua, en egipcio nt, era en lengua semita maym, por lo que el jeroglífico egipcio para agua, 𓈖, escrito ahora de forma más simple M, adoptó el valor m. Del mismo modo, la cabeza se llamaba en egipcio tp, mientras que en la lengua que hablaban esos anónimos escribanos era ra’, por lo que el jeroglífico egipcio 𓁶 , escrito R, tomó el valor r. Por otra parte, puesto que el egipcio jeroglífico no escribía las vocales, los semitas de Serabit al-Khadim tampoco representaron los sonidos vocálicos, por lo que su alfabeto era solo consonántico.

Matthew Flinders Petrie y su esposa Hilda en 1934, en la época en la que desarrollaban su trabajo arqueológico en Palestina. Bridgeman / ACI

El hallazgo de Serabit al-Khadim demuestra, pues, que el primer alfabeto de la historia, conocido como protosinaítico, deriva de los jeroglíficos egipcios. Una cuestión diferente es si fue la comunidad de trabajadores semitas en Serabit al-Khadim fue la que ideó por sí misma el alfabeto. 

Descubierto en 1855, el sarcófago de Eshmunazar II, rey de la ciudad fenicia de Sidón en el siglo VI a.C., destaca por sus inscripciones en escritura fenicia. El texto, el segundo en fenicio más extenso que se conserva, es una invocación de ultratumba puesta en boca del difunto. Franck Raux / RMN-Grand Palais

Esta es la hipótesis que se mantiene durante mucho tiempo después de los hallazgos de Flinders Petrie. Sin embargo, un descubrimiento realizado hace algunos años invita a corregir ese planteamiento. Se trata de dos inscripciones que los egiptólogos norteamericanos John y Deborah Coleman encontraron en 1999 en Wadi el-Hol, un valle al noroeste de Luxor, y que llaman la atención por la gran semejanza formal de sus signos con las inscripciones de Serabit al-Khadim. Ambos textos están datados entre 1900 y 1800 a.C., por lo que son probablemente más antiguos que las inscripciones halladas por Petrie. 

Tablilla con escritura en el alfabeto cuneiforme de Ugarit. 1300 a.C. Museo del Louvre, París. DEA / Scala, Firenze

Cabe pensar que estos textos también los escribieron semitas que vivían en Egipto. Si fuera así, la invención del sistema alfabético habría tenido lugar en el reino de los faraones. Podría incluso pensarse que el primer alfabeto surgió en Canaán (el territorio del Próximo Oriente entre el Mediterráneo y el río Jordán), y sería patrimonio común de las poblaciones semitas de origen cananeo, tanto las asentadas de manera más o menos pacífica en el valle del Nilo durante el Reino Medio como las que permanecieron en sus lugares de origen, y no la invención de los mineros de turquesa que trabajaban de manera forzada o voluntaria en la península del Sinaí.

British Museum / Scala, Firenze. Alfabeto: Alamy / ACI

De lo que no cabe duda es de que existe una conexión directa entre los antiguos símbolos hallados en el Sinaí y Luxor y el sistema alfabético de 22 letras utilizado en Canaán y Fenicia, atestiguado en esa zona en torno a 1200 a.C. Frente a la antigua tesis de que los fenicios crearon el alfabeto inspirándose directamente en los caracteres egipcios, hoy sabemos que su alfabeto se entronca con el que usaban los pueblos de Canaán desde siglos atrás. En las áreas del interior se han hallado inscripciones en una escritura con signos que recuerdan los de Serabit al-Khadim y de Wadi el-Hol. Es el caso del óstracon hallado en 1976 en Izbet Sartah, un yacimiento situado en el centro del actual Israel. Contiene 80 signos escritos en cinco líneas difícilmente descifrables, la última de las cuales es un alfabeto escrito de izquierda a derecha. Por el entorno arqueológico en el que se halló se ha datado en el siglo XI a.C

Las inscripciones halladas por Flinders Petrie demuestran que el primer alfabeto de la historia derivó de los jeroglíficos egipcios

En las ciudades fenicias se desarrolla un estilo caligráfico que tiene más seguidores e imitadores y que da lugar a posteriores evoluciones del alfabeto. La escritura fenicia se escribe de derecha a izquierda y se basa en un número preciso de letras que recuerdan vagamente a las mayúsculas del alfabeto latino. La precisión y la facilidad en el trazado de los signos, su excelente adaptabilidad a diferentes soportes como la piedra, la madera, el pergamino o el papiro, y la clara diferenciación entre letras fueron posiblemente el secreto del éxito de la escritura fenicia. 

Alan Gardiner. Formado en Inglaterra, Francia y Alemania, Alan Gardiner se convirtió en el máximo experto en escritura jeroglífica en su época. Además, estudió hebreo y árabe, lo que le ayudó en su tarea de descifrar el alfabeto protosinaítico. National Portrait Gallery, London / Scala, Firenze

Por ello, muchos pueblos del Mediterráneo que estaban en contacto con los mercaderes procedentes de Fenicia acabaron por adoptar su sistema de escritura y adaptarlo para escribir su lengua. Fue así como se origina la escritura cursiva aramea, que utilizan los imperios asirio, babilónico y persa aqueménida. La utilización de esta escritura en la cancillería y en las administraciones del Imperio persa hizo que tuviera que adaptarse al uso de la pluma de tinta y a soportes como el papiro o el pergamino. Esto provoca que los signos se estilicen, se simplifiquen o se reduzcan, al tiempo que se eliminan los trazos cerrados o triangulares.

Los griegos también adoptan el alfabeto tal y como lo habían diseñado los fenicios. Ellos mismos son conscientes de ese origen de su alfabeto: Heródoto recoge la tradición de que los griegos han aprendido la escritura a partir de un grupo de fenicios que se asienta en Beocia. Incluso hablan de las phoinikeia grammata, letras fenicias. El nombre griego de las letras evoca igualmente el origen fenicio. Así, el nombre de la a, alfa, deriva del fenicio alef; y el de la b, beta, del fenicio bet. Cabe destacar que, en comparación con los alfabetos semíticos que surgen en la misma época, la escritura griega conserva mucho mejor la forma original de los trazos fenicios.

Los griegos también deben adaptar el alfabeto fenicio a su propia lengua. El rasgo específico más notable fue la decisión de representar también los sonidos vocálicos, en contra del carácter consonántico de los alfabetos semíticos. Con tal fin, los griegos cambiaron el valor de algunos signos fenicios, convirtiendo en vocales aquellos signos que representaban sonidos consonánticos parecidos a las vocales griegas, o bien los que representan sonidos inexistentes en griego. De este modo, la consonante fenicia he se convirtió en la vocal griega épsilon (E), mirando hacia el lado contrario; la consonante fenicia het  se convirtió en la vocal eta (H); la yod (𐤉), en iota (I); la ayin (𐤏), en ómicron (O) –para la o larga, omega, añadieron simplemente un trazo debajo (V)–; mientras que la waw (ω) se convirtió en ípsilon (Y). Además, se añaden algunos signos nuevos que no existen en el original semítico, como phi (w), khi (x) o psi (ψ). 

Por otra parte, los griegos acaban decidiéndose por una dirección de escritura que va de izquierda a derecha, aunque se conservan muchos ejemplos de escritura de derecha a izquierda o incluso en el llamado boustrofedon, es decir, el modo en el que «aran los bueyes», en las dos direcciones a la vez. 

Como es bien sabido, del alfabeto griego proceden el alfabeto latino (a través del etrusco) y también el cirílico, y, por consiguiente, todas las escrituras modernas empleadas en Europa. De este modo, cuando escribimos en nuestro alfabeto, debemos pensar que estamos reproduciendo unas letras que idearon antiguos semitas que vivieron entre Egipto y el Sinaí hace casi cuatro mil años: nuestra A sigue recordando a un buey, nuestra K a la palma de la mano, la M al agua, la N a una serpiente y la O a un ojo vacío… Reproducir estas y otras letras nos une con antiguas culturas que nos dejaron un legado.

En su trabajo de campo como arqueólogo, Flinders Petrie contó con la notable colaboración de su esposa Hilda, una geóloga que a los 25 años se había incorporado a su equipo como dibujante. Desde 1896, Hilda había intervenido en varias excavaciones en Egipto, principalmente copiando inscripciones, relieves y pinturas. En 1905, Petrie dejó a su esposa y otros colaboradores en Saqqara mientras él iba a investigar las minas de turquesa y cobre del Sinaí. Pero cuando, tras terminar su trabajo en Wadi Maghara, comunicó a su esposa que iba a Serabit al-Khadim, donde sabía que había numerosas inscripciones, Hilda decidió sumarse a la expedición. Con una compañera arqueóloga, Lina Eckenstein, tomaron un tren hasta Suez y luego un barco hasta El Shatt. A continuación se internaron en el Sinaí en camello, con unos beduinos como guías y armadas con revólver, fusta, un libro de notas, una brújula y una cantimplora. Petrie agradeció enormemente la llegada de dos nuevas colaboradoras que le ayudarían a copiar las inscripciones de la antigua mina faraónica, entre ellas las escritas en algo parecido a un alfabeto. 

Descubierto en 1855, el sarcófago de Eshmunazar II, rey de la ciudad fenicia de Sidón en el siglo VI a.C., destaca por sus inscripciones en escritura fenicia. El texto, el segundo en fenicio más extenso que se conserva, es una invocación de ultratumba puesta en boca del difunto.

Hacia mediados del siglo XVI a.C., surgió en la ciudad costera de Ugarit (al noroeste de la actual Siria) un sistema alfabético ideado principalmente para escribir la lengua semítica local. El alfabeto ugarítico, usado hasta la invasión de los Pueblos del Mar en el siglo XII a.C., que contribuye al colapso de la ciudad, consta de 31 letras y se escribe de izquierda a derecha.
Se basa en la escritura cuneiforme, la más apropiada para escribir sobre arcilla con un estilete, como hacían los ugaríticos. De ella se seleccionaron una treintena de signos como letras con valor fonético; era un alfabeto consonántico, ya que las letras solo representaban las consonantes. Se han planteado diversas hipótesis sobre el origen de este sistema de escritura. Hay expertos que apuntan a una fuente en Mesopotamia (la región entre el Tigris y el Éufrates donde nació y se empleó el cuneiforme), mientras que otros sostienen que deriva de escrituras locales como la de Biblos. Hoy se cree que el ugarítico fue una adaptación local y con signos cuneiformes del alfabeto protosinaítico que dio lugar al alfabeto cananeo-fenicio. 

En 1916, el egiptólogo Alan Gardiner descifró por primera vez una inscripción en alfabeto protosinaítico. Figura en una pequeña esfinge procedente de Serabit al-Khadim, junto a otras inscripciones jeroglíficas que ayudan a Gardiner a determinar el significado de la primera.

 Esta esfinge de arenisca rojiza,con la cara parcialmente desfigurada, fue descubierta por Flinders Petrie entre 1905 y 1906 en el interior de las ruinas del templo de Serabit al-Khadim. Las inscripciones que la adornan y sus pequeñas dimensiones (23 cm de largo) hacen pensar que era una ofrenda a la diosa egipcia Hathor, la señora del lugar. Lo más interesante de esta pieza, conservada hoy en el Museo Británico de Londres, es que en ella hay inscripciones realizadas con dos escrituras diferentes: jeroglíficos puramente egipcios y alfabeto protosinaítico. Cuando el egiptólogo Alan Gardiner estudió la pieza en 1916, supuso que esas inscripciones en las dos escrituras estaban relacionadas entre sí, lo que planteaba la posibilidad de descifrar el texto alfabético a la luz del jeroglífico, de un modo parecido a lo que se hizo con la Piedra de Rosetta, que contenía un mismo texto en griego, en demótico y en jeroglífico.

Formado en Inglaterra, Francia y Alemania, Alan Gardiner se convirtió en el máximo experto en escritura jeroglífica en su época. Además, estudió hebreo y árabe, lo que le ayudó en su tarea de descifrar el alfabeto protosinaítico.

La inscripción jeroglífica contenía una invocación a la diosa Hathor: «Amado de Hathor [señora] de las turquesas». Gardiner pensó que el extraño texto que aparecía justo debajo del primero debía de contener una invocación del mismo tipo, dirigida quizás a una diosa propia de los cananeos. La clave la encontró en la inscripción completa del otro lado de la esfinge, cuyo último signo T se parece a la letra T en los alfabetos latino y hebreo. Gardiner recordó el nombre de una diosa cananea, Baalat, lo que significaría que los cuatro últimos signos  B[LT debían de contener el nombre de la diosa. Observó además que el primero de esos signos, B, era prácticamente igual que el jeroglífico 𓉐. En la escritura egipcia, este signo representa una casa, llamada en egipcio pr. En lenguas semitas, en cambio, casa es bet. Por ello, los autores de la inscripción adoptaron ese jeroglífico para representar el sonido b en su propia lengua. La transcripción completa del término seríab’lt, o baalat.

Hoy se piensa que este término, más que ser el nombre de una diosa, significa «dueña», en referencia a que Hathor era la dueña del cobre y las turquesas que los mineros extraían de la mina de Serabit al-Khadim. Por ello, el texto completo en alfabeto protosinaítico era una traducción aproximada en semítico del texto jeroglífico: Amado de la Dueña. 

Alfred C. Moorhouse. Historia del alfabeto. Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2016.

Ignace J. Gelb. Historia de la escritura.Alianza Editorial, Madrid, 1995.

VV. AA. Leyendo el pasado. Antiguas escrituras del cuneiforme al alfabeto. Akal, Madrid, 2003.

https://historia.nationalgeographic.com.es/edicion-impresa/articulos/alfabeto_19658

La piedra Rosetta

Jean-François Champollion, logró dar con la clave para descifrar la escritura jeroglífica que cubría, templos y tumbas milenarios.

Champolion

Fue posible gracias a la Piedra Rosetta, una estela que contenía un decreto del faraón Ptolomeo V escrito en alfabeto jeroglífico y demótico (derivado del primero) y en una tercera forma de escritura conocida por los investigadores de la época, el griego.  

En el 394 d.C., el 24 de agosto, en los muros del hermoso templo de la isla de File dedicado a Isis –cerca de la primera catarata, en el Alto Egipto– se grabó la última inscripción en lengua jeroglífica. El triunfo del cristianismo y la prohibición de los ritos paganos en todo el Imperio romano por parte de Teodosio I relegaron al olvido la milenaria escritura, y con ella a toda una civilización, que no tendría voz prácticamente durante los mil quinientos años siguientes.

Tomas Young estudioso ingles de la piedra Rosetta

Siglos después, los viajeros que recorrían el país del Nilo creían que aquellas ilegibles inscripciones grabadas en los viejos monumentos en ruinas eran pictogramas, signos que representaban ideas o conceptos, pero que de ningún modo podían reflejar los sonidos de un lenguaje hablado. Entonces, en 1799, tuvo lugar el hallazgo que lo cambiaría todo.

En la localidad de Rosetta, en el delta del Nilo, soldados franceses del ejército de Napoleón localizaron una enorme piedra con inscripciones en una de sus caras, dividida en tres registros. Se trataba de un decreto promulgado por Ptolomeo V en 196 a.C. Uno de los registros estaba escrito en un lenguaje perfectamente conocido por los historiadores, el griego. Los otros dos eran el demótico, la última fase cursiva de la escritura egipcia, derivada del hierático, y el último estaba escrito en jeroglíficos.

Jeroglíficos trazados por Champollion en su cuaderno de notas.

Foto: Cordon Press

A partir del hallazgo fueron muchos los eruditos de varias nacionalidades que empezaron a estudiar este monumento para intentar sonsacar sus secretos.

Entre todos ellos destacó el francés Jean-François Champollion. Nacido en la localidad francesa de Figeac en 1790, el joven, que desde pequeño demostró ser un auténtico genio de la lingüística, estaba decidido a esclarecer los entresijos de la misteriosa escritura egipcia (hasta entonces solo se habían logrado descifrar algunos nombres y términos del Período Tardío) y además estaba convencido de que el conocimiento del copto era la clave para lograr el desciframiento de la antigua escritura faraónica.

Así, en 1821, tras años de estudiar multitud de textos egipcios, Champollion se topó con la piedra de Rosetta. Este decreto había despertado asimismo el interés de numerosos eruditos, entre ellos el británico Thomas Young y el francés Silvestre de Sacy (que sería profesor de lenguas orientales del propio Champollion). Young (con quien Champollion cruzó una abundante correspondencia, e incluso trabó amistad, aunque al final acabarían convertidos en encarnizados rivales) avanzó bastante en el estudio del documento, e hizo descubrimientos importantes como el hecho de que los nombres propios se enmarcaban en un «cartucho».

También dedujo que el demótico derivaba del jeroglífico. Por su parte, Champollion descubrió que algunas grafías y sonidos del copto se correspondían con algunos de los signos de la piedra. Así, pudo corregir y transliterar fonéticamente un nombre real del edicto, el de Ptolomeo, lo que sería el punto de partida para avances posteriores.

Champollion descubrió que algunas grafías y sonidos del copto se correspondían con algunos de los signos de la piedra de Rosetta. Así, pudo corregir y transliterar fonéticamente un nombre real del edicto, el de Ptolomeo.

El 14 de septiembre de 1822, Champollion se hallaba trabajando en una inscripción copiada del templo de Ramsés II en Abu Simbel. El joven sabía que los egipcios habían estado grabando jeroglíficos desde la antigüedad y no pudo evitar hacerse una pregunta: ¿La egipcia siempre fue una escritura fonética o los símbolos sonoros fueron un desarrollo más tardío? Champollion tropezó entonces con un nombre real que no le resultaba familiar (sabía que se trataba del nombre de un faraón porque estaba envuelto en un «cartucho» ovalado). El erudito francés reconoció los dos últimos signos como «s-s».

Teniendo en cuenta sus estudios anteriores en miles de textos jeroglíficos, Champollion vio que el singo precedente muy probablemente era «ms». Faltaba el primer símbolo del nombre, que era un dibujo estilizado del Sol. El sabio sabía que en copto la palabra para «sol» es «re» (como el nombre del antiguo dios solar egipcio). Así, el nombre que tenía ante sus ojos podía leerse «Re-ms-s-s» (Ramsés).

Emocionado, Champollion miró el segundo cartucho, que también contenía los signos «ms» y «s». El primer glifo representaba un ibis (animal sagrado del dios egipcio de la escritura, Tot). El joven investigador pensó que si el ibis realmente significaba el nombre de Tot, e iba seguido de «ms» y «s», el nombre resultante sería «Tot-ms-s», Tutmosis, otro gran faraón egipcio.

El joven Champollion salió corriendo de su estudio para ir a ver a su hermano, con quien estaba muy unido. Entró a toda velocidad en el despacho de su hermano Jacques-Joseph en el Instituto de Francia, en París, gritando «¡Lo tengo!», y a continuación cayó desmayado a causa de la emoción y de las arduas jornadas de trabajo.

Días después,el 27 de septiembre, Champollion presentó los resultados de su investigación ante la Academia de Inscripciones de París. El joven lingüista escribiría sobre la escritura jeroglífica, cuyo desciframiento tanto debía a su esfuerzo:

Es una escritura que es a la vez pictórica, simbólica y fonética dentro del mismo texto, la misma frase, y me atrevería a decir incluso dentro de la misma palabra.

Aunque el desciframiento de los jeroglíficos egipcios no puede considerarse obra de una sola persona, puesto que en realidad debe mucho al trabajo colectivo de numerosos eruditos, Jean-François Champollion está considerado a día de hoy el padre de la lingüística egipcia.

Continuó con sus estudios sobre los jeroglíficos, e incluso pudo cumplir el sueño de su vida y viajar a Egipto. Pero su brillante carrera quedaría muy pronto truncada, ya que murió a causa de un ataque al corazón cuando solo tenía 41 años…

La Piedra de Rosetta es uno de los objetos más importantes de la historia de la egiptología, ya que fue clave para descifrar el antiguo lenguaje de los jeroglíficos. Fue descubierta en julio de 1799 durante la campaña de Egipto de Napoleón Bonaparte, quien había llevado no solo a sus tropas, sino también a un grupo de científicos y estudiosos, conocidos como la Comisión de las Ciencias y las Artes, para documentar la riqueza cultural y natural del país.

Durante la construcción de fortificaciones en un viejo fuerte otomano llamado Fort Julien, los soldados desenterraron una gran losa de basalto negro con inscripciones en tres escrituras diferentes: griego, demótico y jeroglífico. El descubrimiento se realizó cerca de la ciudad de Rosetta, hoy conocida como Rashid, por la cual recibió su nombre.

La Piedra Rosetta contiene el mismo texto en tres escrituras distintas: jeroglíficos (la lengua sagrada de los egipcios), demótico (la escritura común del pueblo) y griego (usado por los gobernantes de la dinastía ptolemaica, de origen helénico). Esta inscripción proporcionó la clave para comenzar a descifrar los jeroglíficos y la antigua lengua egipcia, traduciendo a partir del griego.

La Piedra Rosetta contiene un decreto del faraón Ptolomeo V, conocido como Decreto de Menfis, emitido en el año 196 a.C. El decreto proclama al faraón como gobernante por derecho divino y elogia sus actos, como la pacificación del país, las reformas administrativas y la provisión de bienes para los templos y el pueblo. También menciona una serie de medidas tomadas por el faraón en favor de su pueblo, como la reducción de impuestos y el perdón de deudas.

Este hecho, que en principio formaba parte de la normalidad – los faraones eran considerados encarnaciones divinas – cobra especial relevancia por el contexto histórico en el que se produjo, ya que recientemente había tenido lugar una rebelión de la población egipcia contra la dinastía. Las medidas buscaban asegurar la lealtad de sus súbditos, en especial en un momento de inestabilidad política y económica.

El decreto tenía un doble propósito: consolidar el poder del joven Ptolomeo V, quien había ascendido al trono con apenas 5 años, y reforzar la alianza con los sacerdotes egipcios, que eran una fuerza clave en el control del país. Egipto estaba en un período de conflictos internos y amenazas externas, y el decreto sirvió como un acto político para estabilizar el reino y legitimar al monarca.

La dinastía ptolemaica no era nativa de Egipto, sino que descendía de uno de los generales de Alejandro Magno, Ptolomeo I. Durante la mayoría de su gobierno, fueron percibidos como gobernantes forasteros ya que ni siquiera se molestaron en aprender la lengua egipcia: de hecho, la última gobernante ptolemaica, Cleopatra VII, destacó por ser la excepción, ya que aprendió la lengua y las costumbres de su pueblo.

El Decreto de Menfis es el testimonio de un gobernante que intenta ganarse el favor de un pueblo bajando los impuestos a la vez que reafirma su autoridad religiosa del mismo modo que lo habían hecho los faraones nativos. También menciona numerosos beneficios a los templos, el puntal del poder en el antiguo Egipto. Lo que nos habla, en definitiva, de lo precaria que llegó a ser en ocasiones la situación de los Ptolomeos.

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/que-dice-piedra-rosetta_21188

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/piedra-rosetta-champollion-desciframiento-escritura-jeroglifica_17610

Los sapiens sapiens se fusionaro con los neandertales en Eurasia durante 7000 años, en un intercambio genético que sucedió hace 470 siglos

La investigación del ADN antiguo ha revolucionado nuestra comprensión de la evolución humana, desentrañando los intrincados lazos genéticos entre los humanos modernos y sus parientes más cercanos, los neandertales. Un estudio reciente realizado por científicos del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva y la Universidad de California, Berkeley, revela cómo la interacción entre ambas especies dejó una huella indeleble en la genética de los humanos modernos no africanos.

Los investigadores identificaron regiones con ascendencia neandertal en más de 300 individuos. Evaluaron los segmentos compartidos, dedujeron el flujo genético y analizaron la variación para identificar candidatos a la selección positiva y negativa. Crédito: Leonardo Iasi et al.

Hace aproximadamente 50.000 años, los primeros humanos modernos que emigraron de África encontraron a los neandertales en Eurasia. Este encuentro no solo resultó en un intercambio cultural, sino también genético. Según el análisis de 300 genomas actuales y antiguos, se identificó un evento significativo de flujo genético que tuvo lugar alrededor de hace 47.000 años, dejando entre un uno y dos por ciento de ADN neandertal en los humanos modernos no africanos.

Este evento único, que ocurrió poco después de la salida de África, coincide con evidencia arqueológica que muestra la coexistencia de ambas especies en Europa y Asia durante este período. Los fragmentos de ADN neandertal, cuya longitud disminuye con cada generación, fueron fundamentales para determinar que este intercambio genético se extendió durante unos 7.000 años.

El impacto del ADN neandertal en los humanos modernos no fue uniforme. Algunas variantes heredadas resultaron beneficiosas y ayudaron a los humanos a adaptarse a los entornos fuera de África. Estas variantes incluyen genes relacionados con la pigmentación de la piel, la función inmunitaria y el metabolismo. Estos cambios facilitaron la supervivencia en climas más fríos y expuestos a diferentes patógenos.

Sin embargo, no todas las contribuciones genéticas fueron positivas. Amplias regiones del genoma humano moderno están completamente desprovistas de ADN neandertal. Esto sugiere que muchos de estos segmentos genéticos fueron perjudiciales y rápidamente eliminados por la selección natural.

Curiosamente, estas regiones también están ausentes en los genomas de humanos antiguos de hace entre 30.000 y 45.000 años, lo que refuerza la hipótesis de que ciertas secuencias neandertales eran desfavorables para los humanos modernos.

Los investigadores identificaron regiones con ascendencia neandertal en más de 300 individuos. Evaluaron los segmentos compartidos, dedujeron el flujo genético y analizaron la variación para identificar candidatos a la selección positiva y negativa. Crédito: Leonardo Iasi et al.

El análisis de este intercambio genético no solo ayuda a entender la relación entre humanos modernos y neandertales, sino que también proporciona claves sobre la dispersión humana fuera de África. Los datos sugieren que la gran migración hacia Eurasia ocurrió no más tarde de hace 43.500 años, estableciendo un marco temporal para la colonización de nuevas regiones.

Además, la diversidad genética observada entre las poblaciones no africanas podría explicarse por la estructura de las poblaciones durante el evento de flujo genético. Por ejemplo, la diferenciación temprana de grupos humanos fuera de África puede haber comenzado simultáneamente con la mezcla genética con neandertales, lo que explicaría las variaciones en la proporción de ADN neandertal entre distintas poblaciones modernas.

La investigación también señala direcciones futuras: el estudio de más genomas antiguos de Eurasia y Oceanía podría aportar una visión más detallada sobre cómo los humanos modernos se expandieron por el mundo. Este enfoque promete desentrañar los capítulos aún desconocidos de nuestra compleja historia evolutiva.

Max Planck Institute for Evolutionary Anthropology

Leonardo N. M. Iasi, Manjusha Chintalapati, Laurits Skov, et al., Neanderthal ancestry through time: Insights from genomes of ancient and present-day humans. Science, 2024; 386 (6727) DOI: 10.1126/science.adq3010

 El código genético que comparten todos los seres vivos es el resultado de la supervivencia de uno entre varios códigos primitivos

En la historia de la Tierra, hace miles de millones de años, un paisaje árido, dominado por volcanes y charcas poco profundas, pudo haber sido testigo del inicio de algo extraordinario: la vida. Un ilustrativo cuadro generado por inteligencia artificial captura esta visión, con una costa primitiva como telón de fondo para los primeros pasos evolutivos que definirían el destino del planeta. Sin embargo, el cómo y el cuándo del surgimiento del código genético que une a todos los organismos vivos sigue siendo un misterio envuelto en controversias científicas.

Una nueva investigación liderada por Sawsan Wehbi, estudiante doctoral de la Universidad de Arizona, está sacudiendo los fundamentos de las teorías clásicas sobre la evolución del código genético. Publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), el estudio desafía el modelo tradicional del desarrollo de este “lenguaje universal” y propone una perspectiva que revisa los pasos evolutivos de los bloques que forman la vida tal como la conocemos.

El código genético es, en palabras de Joanna Masel, coautora del estudio y profesora de ecología y biología evolutiva, un proceso asombrosamente complejo y sorprendentemente eficaz. Este sistema traduce cadenas de ADN o ARN en proteínas utilizando 20 aminoácidos específicos, y su optimización para diversas funciones lo convierte en una joya de la biología molecular. Pero este “lenguaje” no surgió de la noche a la mañana. La evolución del código genético ocurrió por etapas, un proceso que, según Wehbi y su equipo, es mucho más intrincado de lo que hasta ahora se había asumido.

La investigación concluye que, en sus inicios, la vida primitiva prefería aminoácidos más pequeños y simples. A medida que el código genético evolucionaba, se incorporaron moléculas más grandes y complejas. Sorprendentemente, aminoácidos que interactúan con metales, como la cisteína, entraron en escena mucho antes de lo que postulaban las teorías previas.

Además, los científicos sugieren que el código genético actual es el resultado de la supervivencia de uno entre varios códigos genéticos primitivos, ahora extintos. Esto plantea preguntas fascinantes sobre los sistemas biológicos previos a nuestra “versión moderna” de la vida.

Uno de los aspectos más impactantes de esta investigación es la crítica a los experimentos históricos que han cimentado la visión convencional del origen de la vida. El famoso experimento de Urey-Miller de 1952, que demostró cómo moléculas orgánicas podían formarse a partir de compuestos inorgánicos bajo condiciones simuladas de la Tierra primitiva, ocupa un lugar central en el debate.

Aunque el experimento fue revolucionario, no generó aminoácidos que contienen azufre, un elemento abundante en los océanos primigenios. Esta omisión llevó a los científicos a asumir que los aminoácidos sulfurados, como la metionina, se integraron al código en etapas posteriores. Sin embargo, la investigación de Wehbi argumenta que esta conclusión subestima el papel temprano del azufre en la química de la vida, dado que dicho elemento fue excluido deliberadamente del experimento.

Según Dante Lauretta, coautor del estudio y experto en ciencias planetarias, la riqueza en azufre de los primeros organismos podría ser crucial para entender posibles formas de vida extraterrestre. 

Dice Lauretta:

En mundos como Marte, Encélado o Europa, donde abundan los compuestos sulfurados, esto podría guiar nuestra búsqueda de vida al destacar ciclos biogeoquímicos similares o metabolismos microbianos análogos.

Para rastrear la evolución del código genético, el equipo adoptó un enfoque innovador, centrándose en dominios de proteínas en lugar de secuencias completas. Los dominios, equivalentes a las ruedas en un automóvil, son partes reutilizables que han existido desde mucho antes que las estructuras más complejas de las proteínas.

Mediante herramientas estadísticas avanzadas, los investigadores analizaron las secuencias de aminoácidos desde el ancestro común universal (LUCA, por sus siglas en inglés), un organismo hipotético que vivió hace unos 4 mil millones de años y del cual descienden todas las formas de vida actuales. Este análisis reveló que algunos aminoácidos, especialmente aquellos con estructuras de anillos aromáticos como el triptófano y la tirosina, ya estaban presentes en códigos genéticos más antiguos que el de LUCA.

Uno de los hallazgos más intrigantes del estudio es que la vida primitiva parecía favorecer aminoácidos con anillos aromáticos. Estas moléculas, aunque llegaron tarde al repertorio del código genético actual, fueron prominentes en códigos anteriores ahora extintos. Según Masel, este descubrimiento apunta a la existencia de otros códigos genéticos que, con el paso del tiempo geológico, han desaparecido sin dejar rastro.

Estos hallazgos ofrecen pistas sobre sistemas biológicos que precedieron al nuestro y que ya no existen, explicó. Es fascinante pensar que la evolución experimentó con diferentes códigos antes de llegar al que hoy compartimos todos los organismos vivos.

Este replanteamiento del origen de la vida desafía la percepción lineal de la evolución, mostrando un camino mucho más dinámico, lleno de experimentación y adaptaciones perdidas en el tiempo. Al mirar hacia atrás, más allá de LUCA, los científicos están comenzando a descubrir un rico tapiz de posibilidades evolutivas que podrían redefinir nuestra comprensión de la biología universal.

The University of Arizona

Sawsan Wehbi, Andrew Wheeler, et al., Order of amino acid recruitment into the genetic code resolved by last universal common ancestor’s protein domains. Proceedings of the National Academy of Sciences, 2024; 121 (52) DOI: 10.1073/pnas.2410311121

240 dólmenes del río Gor en Granada forman una red de demarcación del territorio en el Neolítico y la Edad del Bronce

Un reciente estudio arqueológico muestra detalles sobre el fascinante y complejo paisaje megalítico del valle del río Gor, en la provincia de Granada, un enclave que alberga una de las mayores concentraciones de dólmenes de la Península Ibérica. Los resultados combinan tecnologías avanzadas como Sistemas de Información Geográfica (GIS) y análisis probabilísticos para desentrañar el papel de estos monumentos funerarios en la configuración del territorio durante la Prehistoria Reciente.

Localización del paisaje megalitico del Río Gor en Granada. Crédito: C. Cabrero González et al.

El valle del río Gor, con una extensión de 17 kilómetros, alberga 151 dólmenes conservados, aunque investigaciones históricas sugieren que el número original rondaba los 240. Este descenso, atribuido a la mecanización agrícola y a la falta de protección legal, no ha impedido que el área se convierta en un laboratorio arqueológico único.

Dolmen de la Majadilla, Granada

Los investigadores, liderados por equipos de las universidades de Granada y Complutense de Madrid, se propusieron entender cómo las antiguas comunidades neolíticas y de la Edad del Bronce usaron estos monumentos para marcar y dominar su territorio.

En la parte superior, Llano de la Ermita 5 (izquierda) y 9 (derecha), en Baños de Alicún, hipogeo y presentando un gran tamaño. En la parte inferior, El Baúl 193 y 194, de pequeñas dimensiones y presentando una tipología cuadrada sin pasillo. Crédito: C. Cabrero González et al.

El análisis de visibilidad, uno de los aspectos más innovadores del estudio, reveló que los dólmenes no estaban diseñados para ser vistos a grandes distancias, sino para establecer conexiones visuales dentro de áreas específicas. A través de técnicas de modelado de la visibilidad, considerando factores como la distancia y el tamaño de los túmulos, los arqueólogos concluyeron que estas estructuras funerarias formaban una red densa de interconexión visual.

Explican los investigadores

Más que ser puntos de referencia visibles para toda la región, los dólmenes parecen haber sido marcadores internos destinados a reforzar la cohesión territorial y social de las comunidadesEste patrón sugiere que el paisaje fue transformado no solo como un espacio de explotación económica, sino también como un escenario simbólico.

Los investigadores identificaron 13 clusters o grupos de túmulos utilizando algoritmos de análisis estadístico. Cada grupo muestra características únicas, desde diferencias en el tamaño de los túmulos hasta patrones de visibilidad y prominencia topográfica.

En la necrópolis de Majadillas, por ejemplo, los túmulos son notablemente más grandes y ricos en bienes funerarios, lo que podría reflejar una jerarquía social más marcada. En contraste, áreas como el Llano de Olivares contienen túmulos más pequeños, situados estratégicamente en bordes de mesetas para maximizar su visibilidad inmediata.

No encontramos una relación consistente entre el tamaño de los túmulos y su ubicación en zonas prominentes del paisaje, señalan los arqueólogos. Esto refuerza la idea de que la monumentalidad de estos sitios no buscaba destacar individualmente, sino como parte de un sistema colectivo.

Los megalitos serían un elemento identificador de la misma comunidad, no identificable por grupos ajenos y ajenos a ella. Esta hipótesis va en la línea ya apuntada de la existencia de diferentes grupos, probablemente vinculados a diferentes nichos ecológicos o cauces fluviales. De todas formas, esto está más relacionado con la perceptibilidad (la visibilidad hacia los megalitos) que con la visibilidad desde los megalitos, por lo que serían necesarias investigaciones específicas para explorar esta línea.

 Los resultados aquí presentados sugieren que el conjunto megalítico del río Gor fue diseñado con el fin de delimitar el territorio propiedad de una (o varias) comunidades.

A pesar de su valor histórico, el paisaje megalítico del río Gor enfrenta desafíos significativos. La erosión natural y las actividades humanas, especialmente la agricultura intensiva, han afectado severamente la conservación de muchos túmulos. Los investigadores estiman que solo el 60% de los monumentos originales han sobrevivido, y muchos de ellos presentan daños considerables.

La preservación de estos sitios es fundamental para entender las dinámicas sociales y culturales de las comunidades prehistóricas del sudeste de la Península, advierten los autores. Además, abogan por la ampliación de estudios a áreas vecinas, como el valle del río Fardes, para comparar patrones culturales y constructivos en un contexto más amplio.

Carolina Cabrero González, Juan Antonio Cámara Serrano, Enrique Cerrillo Cuenca, A larger-scale study of the visual dominance at the Gor River megalithic landscape (Granada, Spain). Journal of Archaeological Science: Reports, Volume 61, February 2025, 104912. doi.org/10.1016/j.jasrep.2024.104912

Moluscos hallados revelan que los cretenses del Bronce empleaban posidonias para hacer ladrillos resistentes al fuego

Un estudio reciente liderado por Rena Veropoulidou (Museo de Cultura Bizantina de Tesalónica) y Maud Devolder (Universidad de Gante), ha revelado una técnica innovadora para desentrañar los misterios de la arquitectura en la Edad del Bronce en la región del Egeo. Investigadores han utilizado restos de moluscos marinos como indicadores indirectos para identificar los vestigios de ladrillos de barro desintegrados, empleados en construcciones de aquella época.

Fotografía aérea de la llanura de Malia desde el norte, con la ubicación de Malia en el mapa de Creta. Crédito: M. Devolder / S. Déderix / IMS-FORTH

La arquitectura de la Edad del Bronce en el Egeo, especialmente en Creta, se caracteriza por su fragilidad. Muchas edificaciones utilizaban ladrillos de barro secados al sol, materiales que han desaparecido casi por completo debido al paso del tiempo y las condiciones ambientales. Estas estructuras, a menudo apoyadas sobre bases de piedra, han dejado un rastro mínimo en los yacimientos arqueológicos, dificultando la reconstrucción precisa de su diseño original.

Selección de restos de moluscos asociados a praderas marinas procedentes de los sondeos del Edificio Dessenne de Malia, que muestran (1) Bittium reticulatum, (2) Alvania cimex, (3) Gibbula sp., (4) Tritia reticulata, (5) Tricolia pullus, (6) Odostomia sp. Crédito: M. Devolder / Ministerio de Cultura de Grecia

Sin embargo, este desafío ha impulsado a los arqueólogos a buscar métodos alternativos para rastrear la presencia de estos materiales. Entre las estrategias más recientes se encuentra el uso de restos de moluscos, específicamente aquellos asociados con plantas marinas como las praderas de Posidonia oceánica. Estas plantas, utilizadas como aditivos en la fabricación de los ladrillos, albergaban pequeños moluscos cuyas conchas permanecieron preservadas en los depósitos arqueológicos.

El caso de estudio se centró en Malia, un asentamiento minoico en el norte de Creta. Allí, se recolectaron muestras de suelo en capas que datan de los periodos Temprano y Medio de la Edad del Bronce. Estas muestras fueron cuidadosamente tamizadas y analizadas mediante flotación, una técnica que permite separar partículas ligeras como conchas de moluscos.

El análisis reveló una variedad de taxones de moluscos que habitan exclusivamente en praderas de posidonia. Estos hallazgos se correlacionaron con restos de ladrillos de barro, sugiriendo que los moluscos fueron transportados de forma accidental junto con las plantas marinas utilizadas en la construcción. Las evidencias, como fragmentos de barro con impresiones de Posidonia, refuerzan la hipótesis de que las plantas marinas no solo se empleaban como un aditivo estructural, sino también para mejorar las propiedades térmicas y mecánicas de los ladrillos.

La investigación revela que el uso de estas plantas marinas estaba intrínsecamente ligado a las prácticas arquitectónicas y al entorno natural de la región. Las praderas de Posidonia, comunes en las costas mediterráneas, ofrecían un recurso accesible y sostenible. Su incorporación en los ladrillos proporcionaba resistencia al fuego, aislamiento térmico y una mayor durabilidad frente a las inclemencias climáticas.

El asentamiento de Malia destaca como un laboratorio natural para explorar estas prácticas. Desde estructuras domésticas hasta edificaciones palaciegas, los ladrillos de barro fueron un componente esencial de la arquitectura minoica. A través del análisis arqueomalacológico, los investigadores no solo reconstruyen los materiales y técnicas de construcción, sino que también arrojan luz sobre las conexiones entre los habitantes de la isla y su entorno marino.

El uso de moluscos como indicadores indirectos plantea un enfoque revolucionario para estudiar materiales arquitectónicos perecederos. Además, subraya la importancia de adoptar metodologías interdisciplinarias en la arqueología. Los hallazgos en Malia tienen implicaciones más amplias para el estudio de otros sitios del Mediterráneo, donde los restos de plantas marinas y moluscos podrían desvelar más secretos sobre la vida y las tecnologías del pasado.

Sin embargo, los investigadores advierten que es necesario realizar estudios comparativos modernos para entender mejor las asociaciones entre los moluscos y sus hábitats marinos. Asimismo, la implementación sistemática de protocolos de muestreo en excavaciones futuras podría ampliar considerablemente la base de datos arqueomalacológica, permitiendo interpretaciones más robustas.

Veropoulidou, R., & Devolder, M. (2024). Molluscan Remains as Indirect Proxy for Identifying Disintegrated Mudbricks in Aegean Bronze Age Archaeological Contexts. Environmental Archaeology, 1–15. doi.org/10.1080/14614103.2024.2434427

Hallan tumbas en Dijon y bajo la iglesia románica otra más antigua, y bajo ella tumbas merovingias, y bajo sarcófagos romanos

Ubicada en la rue Michelet, cerca de la imponente catedral de Saint-Bénigne en Dijon, la iglesia de Saint-Philibert no es solo un lugar de culto, sino también un testigo silencioso de siglos de historia y evolución arquitectónica. Su pasado, marcado por intervenciones humanas y transformaciones naturales, revela los vestigios de épocas que abarcan desde la Antigüedad tardía hasta el período moderno.

A pesar de su carácter histórico, Saint-Philibert no ha estado exenta de deterioro. En los siglos XVIII y XIX, el almacenamiento de sal en sus instalaciones dejó una huella dañina, impregnando el suelo con cloruros que lentamente ascendieron por las estructuras a través de la capilaridad.

En la década de 1970, la instalación de una losa de hormigón calefactada exacerbó el problema al atrapar los restos de sal en el suelo, intensificando su impacto en las piedras y pilares del edificio. Aunque la losa fue demolida y se implementaron diversas medidas de mitigación, los daños —como el estallido de las piedras— persisten, desafiando los esfuerzos de conservación.

Saint-Philibert, fundada en la segunda mitad del siglo XII, destaca como un ejemplo sobresaliente del arte románico en Borgoña. A lo largo de los siglos, su diseño evolucionó con la adición de elementos arquitectónicos notables: un porche del siglo XV modificado en el XVII, un campanario rematado por una majestuosa aguja del XVI y capillas laterales en el lado norte construidas en el XVIII.

El suelo de la iglesia y sus inmediaciones han servido como lugar de descanso final para generaciones de habitantes de Dijon. Excavaciones recientes en la nave revelaron inhumaciones en ataúdes de madera, datadas entre los siglos XIV y XVIII, dispuestas en alineaciones este-oeste. Los cuerpos, principalmente adultos, fueron enterrados con sencillez, envueltos en sudarios, y acompañados de pocas ofrendas, como monedas y rosarios.

En el transepto, se descubrió un antiguo osario del siglo XV o XVI, donde los restos de los difuntos eran reorganizados para dar espacio a nuevas inhumaciones. Aún más atrás en el tiempo, las excavaciones identificaron tumbas a dalles —bloques de piedra— correspondientes a los siglos XI al XIII, conectando el lugar con una comunidad cristiana temprana que coexistió con la construcción de la iglesia actual.

Antes de la construcción de la actual iglesia románica, el lugar albergó al menos dos estructuras eclesiásticas más antiguas. Descubrimientos realizados en 1923 incluyeron una ábside atribuido al siglo XI, alrededor de la cual se encontraron tumbas que indican la existencia de un cementerio contemporáneo a esta iglesia.

El descubrimiento más reciente, sin embargo, es aún más sorprendente. Bajo los cimientos del siglo XI, se hallaron muros construidos en opus spicatum —una técnica característica de la Alta Edad Media— que sugieren la presencia de una iglesia primigenia, posiblemente del siglo X.

Además, las excavaciones sacaron a la luz una serie de sarcófagos que datan de la Antigüedad tardía y el período merovingio (siglos VI al VIII). Estos relicarios de piedra fueron colocados sobre otros aún más antiguos, pertenecientes al final del Imperio Romano. Uno de ellos destaca por su tapa esculpida, una rareza que subraya la importancia del lugar como un centro de enterramiento de élite.

Estos sarcófagos se encontraban dentro de estructuras ahora desaparecidas, lo que sugiere que el sitio fue ocupado por edificios religiosos o funerarios que funcionaron durante la transición entre la Antigüedad y la Alta Edad Media.

Hoy, la iglesia de Saint-Philibert enfrenta un delicado equilibrio entre la preservación de su patrimonio histórico y la mitigación de los daños estructurales. Los trabajos arqueológicos y restaurativos, liderados por el Instituto Nacional de Investigaciones Arqueológicas Preventivas (Inrap), continúan desvelando secretos enterrados mientras se lucha por proteger lo que queda.

Sin embargo, el impacto persistente del salitre y la fragilidad de las piedras plantean preguntas sobre las estrategias a largo plazo para la conservación del edificio.

Institut National de Recherches Archéologiques Préventives (INRAP)

La brujula verde

Arqueólogas españoles hallan 52 momias con lenguas de oro en Egipto

Tras finalizar los trabajos de excavación en el yacimiento egipcio de Oxirrinco, el equipo de arqueólogos ha anunciado el descubrimiento de objetos funerarios como lenguas y uñas de oro, además de diversos amuletos y pinturas murales en un excelente estado de conservación.

Conjunto de amuletos y escarabeos de corazón (parte superior izquierda) descubiertos durante las excavaciones. Archivo Fotográfico de Oxirrinco

La Misión Arqueológica del yacimiento de Oxirrinco (El-Bahnasa), situado a 190 kilómetros al sur del Cairo, y dirigida por las arqueólogas-egiptólogas Maite Mascort y Esther Pons, ha finalizado la presente temporada con fantásticos descubrimientos. 

Las excavaciones se han llevado a cabo entre noviembre y diciembre, y han sacado a la luz restos únicos que permitirán a los arqueólogos profundizar en las prácticas funerarias, la vida religiosa y la actividad monástica del antiguo Egipto. 

Imagen de las doce plaquitas de oro que cubrían las uñas de algunas de las momias.

Archivo Fotográfico de Oxirrinco

Entre los hallazgos destacan cincuenta y dos momias localizadas en las tumbas 64 y 65 del periodo romano, trece de las cuales aún tenían lenguas de oro en la boca como símbolo de la preparación para la vida eterna, e incluso una de ellas tenía dos lenguas de oro (hasta el momento se han encontrado un total de diecinueve). 

Esta era una práctica ritual poco habitual encaminada a proteger la lengua para que el difunto pudiese hablar en el Más Allá y tener todos sus sentidos activados para renacer. 

Durante la presente campaña, el equipo arqueológico también ha descubierto en Oxirrinco dos individuos momificados que tenían sobre sus uñas pequeñas láminas de oro, así como una figura de terracota completa que representa al dios Harpócrates.

Además de estos hallazgos, los arqueólogos han localizado dos tumbas de época ptolemaica formadas por tres cámaras funerarias y un techo abovedado. Una de ellas contenía en su interior unas trescientas momias, mientras que la otra, perteneciente a un hombre llamado Wen-Nefer, tenía las paredes de la cámara principal decoradas con textos y escenas polícromas que representan ceremonias funerarias y diversos dioses como Anubis, Osiris, Atum, Horus, Thot, Isis, Neftis y Nut rodeada de estrellas.

Asimismo en la tumba se han descubierto cuatro sarcófagos de piedra caliza, tres de ellos totalmente cerrados, y con algunos restos momificados depositados en su interior además de en otros lugares del sepulcro.

Por otro lado, en el Hipogeo 5 de época Ptolemaica se han recuperado otros objetos de gran valor como dos escarabeos de corazón (un amuleto con carácter mágico y ritual que se ponía sobre el corazón del difunto) y veintinueve amuletos entre los que destacan once pilares Djed (la columna vertebral del dios Osiris), dos tríadas, tres ojos Udjat, y diversas divinidades como Horus, Neftis, Thot e Isis. 

Finalmente se han reemprendido las excavaciones en el monasterio copto de San Ciriaco, una basílica cristiana datada entre los siglos V y VII. Esta edificación, de grandes dimensiones y con ricas decoraciones en madera de sicomoro, aporta nuevas pistas para comprender el nacimiento del eremitismo en Egipto, un modo de vida nacido en Oriente, particularmente en Egipto y Siria hacia el siglo III, así como el papel económico y administrativo que desempeñaron los monasterios durante aquel período. 

Tras la finalización de esta exitosa campaña, las arqueólogas han destacado:

 los hallazgos no solo contribuyen a enriquecer el patrimonio arqueológico egipcio, sino que ofrecen nuevas perspectivas sobre las prácticas rituales y las creencias de la época ptolemaica y romana. 

La Misión Arqueológica de Oxirrinco cuenta con el apoyo del Ministerio de Cultura, IPOA (UB) de Barcelona, la Fundación Palarq, la Sociedad Catalana de Egiptología y AIXA Serveis Arqueològics, además de la colaboración del Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto y la Universidad de El Cairo.

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/equipo-arqueologos-espanoles-descubre-52-momias-lenguas-oro-egipto_22771

Dólmenes

 Los monumentos funerarios de la prehistoria

Dolmen de PoulnabroneEste monumento megalítico se alza en el condado de Clare, en Irlanda, y data del IV milenio a.C. Durante su excavación se hallaron los restos de al menos 33 personas que fueron enterradas allí.Michel Seelen / Adobe Stock

Hace 6.000 años, los hombres del Neolítico empezaron a erigir grandes construcciones en piedra para enterrar a sus muertos. Hoy se las conoce por su nombre en bretón: dolmen, «mesa de piedra»

A finales del siglo XVIII, algunos eruditos franceses se interesaron por unas piedras de gran tamaño que abundaban en el noroeste de Francia, en la región de Bretaña. Eran grandes bloques verticales, a menudo de más de dos metros de altura, con grandes losas horizontales que los cubrían a modo de techo.  A primera vista evocaban la figura de una enorme mesa de piedra. De ahí el nombre que se les dio: dolmen, que en la lengua de la zona, el bretón, significa «mesa (dol) de piedra (men)». 

Uno de los dólmenes de Mané-Kervilor, en Bretaña. Dibujo de Henri Raison du Cleuziou. 1878. RMN-Grand Palais

Los dólmenes son una de las principales manifestaciones de un fenómeno más amplio, el megalitismo. El término megalito (en griego, «piedra grande») hace referencia a las construcciones con grandes bloques de piedra que, en el caso de los dólmenes, se levantaron principalmente entre hace 6.800 y 4.000 años, durante la fase final del Neolítico y en el Calcolítico (la Edad del Cobre). Entre estas construcciones figuran los menhires, bloques verticales que aparecen aislados o en alineamientos como los que se encuentran en Carnac (Bretaña), así como recintos sagrados formados por círculos de piedras, como el célebre henge de Stonehenge. 

Chabola de la hechicera.Este dolmen de corredor, descubierto en 1935, se alza en la localidad alavesa de Elvillar. El nombre procede de la creencia popular de que en el dolmen vivían brujas que celebraban un aquelarre a mediados de agosto.Adobe Stock

Los dólmenes se identifican por la cámara, un espacio interior delimitado por grandes piedras verticales (ortostatos) hincadas en los lados, con una cubierta formada por una o varias losas dispuestas horizontalmente. Hay que tener en cuenta que los dólmenes que vemos hoy son en cierto modo el esqueleto de los antiguos monumentos, puesto que originariamente las estructuras pétreas se cubrían siempre con un túmulo, un montículo artificial hecho con piedras y tierra. Aunque hoy se conservan muchos túmulos de grandes dimensiones, otros han desaparecido, dejando a la vista las piedras que formaban la estructura interna, la cámara.

Dolmen de Newgrange. Este gran sepulcro, construido hacia 3200 a.C., pertenece al conjunto megalítico de Brú na Bóinne, en el noreste de Irlanda. El túmulo circular, con un diámetro de 85 m, cubre una tumba de corredor. Shutterstock

Existen dólmenes en muchas regiones del mundo. En Asia, abundan en Corea del Sur (hay más de 30.000) y se encuentran ejemplos destacados en la India. También se han hallado en Rusia (en la cultura de Maykop), así como en Túnez, Somalia y varios países del Próximo Oriente. Pero los más significativos y de mayor antigüedad son los que se encuentran en la Europa occidental.

Dolmen de Antequera

Los dólmenes se sitúan principalmente en las regiones de la fachada atlántica europea: Dinamarca, el norte de Alemania, la Bretaña francesa, el sur de Gran Bretaña y el norte de la península ibérica, llegando al sur de Portugal y la provincia de Huelva. En la Península se encuentran algunos de los dólmenes más monumentales, como el de Soto de Trigueros (Huelva), la Anta Grande de Zambujeiro o los de Antequera (Málaga). En el ámbito mediterráneo tenemos ejemplos en Italia, en particular en las islas de Cerdeña y Sicilia.

Dolmen de Dombate

Los dólmenes de Europa occidental presentan una gran diversidad de formas, empezando por la de la cámaraDolmen de Dombate misma, que podía ser cuadrangular, circular o pentagonal (de cinco lados). Los más simples estaban compuestos por tres o cuatro piedras verticales que aguantaban una losa horizontal, como el de Sorginetxe en Álava o el de Axeitos en Galicia. Cada bloque de piedra pesaba varias toneladas. Las cubiertas podían alcanzar las 15 toneladas, como sucede con el dolmen de Lanyon Quoit (Cornualles).

Dolmen de Prado de Lacara

Un segundo tipo de dolmen es el de corredor. Se caracteriza por disponer de un pasillo que, a través del túmulo, conducía a la cámara desde el exterior. El corredor se construía con losas verticales que definen el acceso a la cámara, la cual tenía un techo bajo de madera o losas de piedra.

Dolmen de Santa Ines de Bernardos

Algunos dólmenes de corredor llegaron a alcanzar proporciones monumentales. Por ejemplo, el de Newgrange, en el este de Irlanda, está formado por un túmulo circular de 85 metros de diámetro, bajo el que se extiende un corredor de 19 metros de longitud. En Carnac, muchos dólmenes están cubiertos por grandes túmulos de piedra, llamados cairn, que contienen en su interior varios dólmenes. El túmulo del dolmen de Saint-Michel mide 125 metros de largo, 60 de ancho y 10 de altura. 

La Roche aux Fees

Otro modelo es el dolmen de galería, en el que la cámara y el corredor forman un único espacio a modo de largo pasillo de techo plano. A veces, las losas que lo cubrían estaban sostenidas por pilares. Un ejemplo de este tipo de dolmen es el de La Roche-aux-Fées, en Essé (Bretaña), de casi 20 metros de longitud. Existieron también los llamados tolo o tholos (término griego que significa cúpula o cono), en los que la cubierta de la cámara circular es una falsa cúpula realizada mediante aproximación de hiladas o filas de bloques de piedra. 

Dolmen de Bagneux

Los dólmenes han asombrado siempre por el descomunal volumen de trabajo exigido para edificarlos. Gracias a la arqueología experimental, en los últimos años se ha avanzado mucho en el conocimiento del proceso de construcción. Hoy se sabe que los pesados bloques procedían de afloramientos geológicos (formaciones rocosas visibles) usados como canteras, donde se extraían usando mazas, cuñas y percutores y aprovechando fracturas naturales.

Newgrange

En ese mismo lugar se hacía muy posiblemente una primera configuración de los bloques para definir su forma general. Los estudios geológicos muestran que las piedras se obtenían en lugares muy cercanos al de la construcción, pero en algunos casos eran trasladadas desde puntos más alejados; por ejemplo, las del dolmen de Menga (Antequera) fueron transportadas unos dos kilómetros.

Para su traslado, los bloques se colocaban sobre una estructura simple de madera, semejante a un trineo, que se desplazaba sobre troncos usados a modo de rodillos. Personas y animales aportaban la fuerza de tracción. Una vez en el emplazamiento seleccionado, los bloques de piedra eran arrastrados hasta un foso, en el que se colocaban en posición vertical haciéndolos caer de lo alto de una rampa. Luego, la base de los bloques se aseguraba con piedras o tierra prensada. Paralelamente se construía el túmulo; de hecho, el primer nivel de este se usaba como rampa para colocar los bloques verticales.

Transportar y colocar piedras grandes y pesadas, recorriendo a veces distancias considerables, y construir un túmulo implicaba una notable planificación del trabajo. Toda la comunidad debía dedicar el tiempo y el esfuerzo humano necesarios para ejecutar una obra de tanta envergadura. La construcción de dólmenes de corredor o galería requería asimismo una alta capacidad técnica para lograr una construcción estable. 

Por otra parte, la decoración interior que incorporaban muchos dólmenes evidencia una auténtica habilidad artística. En efecto, en numerosas tumbas megalíticas las losas del corredor o la cámara sepulcral están grabadas con formas geométricas que se extienden por todas las superficies. Destacan en este sentido los dólmenes de Newgrange y Gravinis, entre otros. De modo excepcional se encuentra decoración figurativa, con figuras de animales como el bóvido del dolmen de la isla de Gavrinis, en la costa de Bretaña. Aunque es más frecuente el grabado, existen algunos ejemplos de decoración de las losas con pintura, como sucede en el dolmen de Dombate, en Galicia.

En la actualidad sabemos que los dólmenes se usaron como espacios funerarios en los que se enterraba a los miembros de la comunidad. En sus cámaras se han encontrado restos de hombres y mujeres, adultos y niños. Pero eso no significa que fueran un cementerio para todo el grupo. Los esqueletos encontrados en su interior pudieron corresponder a personas relevantes de la comunidad, lo que manifestaría la existencia de una élite, fruto de la desigualdad social que se venía desarrollando en el seno de los últimos grupos cazadores-recolectores y de las primeras comunidades del Neolítico. 

Esto mismo indica el rico ajuar funerario que se ha hallado en algunos dólmenes, como sucede en el Alentejo portugués, donde se han recuperado hachas de piedra, puntas de sílex, recipientes cerámicos, huesos trabajados y decorados con exquisita maestría e incluso placas de piedra profusamente decoradas, los llamados ídolos-placa característicos de la península ibérica. 

Estas construcciones arquitectónicas, que a veces fueron usadas durante centenares de años, implican una voluntad destacada de los grupos humanos para lograr que perdurasen los cuerpos de sus ancestros, una búsqueda de trascendencia temporal de los difuntos. Y son también un reflejo de la relación que mantenían las comunidades neolíticas con el territorio en el que se habían establecido.

Los túmulos implicaban una modificación y «domesticación» del entorno. Durante el Neolítico, las comunidades de agricultores afianzaron su sedentarismo y desarrollaron una vinculación especial con el territorio. Al mismo tiempo, se dio un proceso de crecimiento demográfico y de reforzamiento de la identidad grupal. Una consecuencia de esta evolución fue el empeño por «marcar» el paisaje mediante monumentos que delimitaban el territorio. El espacio así definido no era solo del mundo de los vivos, sino también de los muertos, que reposaban para el futuro acompañando a las generaciones venideras y actuando como mecanismo simbólico de integración social. 

Guía visual de la arquitectura en el mundo antiguo

L. de la Plaza (ed.).

Cátedra, Madrid, 2020.

Ensayo

The megalithic architectures of Europe

Luc Laporte y Chris Scarre.

Oxbow Books, 2022.

https://historia.nationalgeographic.com.es/edicion-impresa/articulos/dolmenes-colosos-prehistoria_22543

Reflexión sobre la romanizción de Hispania

Hay un cometido inicial de integración y síntesis entre Roma y los súbditos hispanos.

Una parte de la población, la más meridional, la ibera, se mimetiza rápido fascinada por el progreso y cultura romanos.

La interior, celtas y celtiberos, se romanizan por la fuerza, por lo que se subraya la singularidad de lo diferente.

Asi la conquista requiere de casi 200 años, pero las reservas de la península, justifican el esfuerzo.

De toda la herencia de las culturas que han atravesado la península ibérica, es la de los romanos la que perdura en el paisaje, a través de los diferentes obras de ingeniería que más tarde remozan los árabes, por su excelente diseño, como acueductos, vías de comunicación, puentes, teatros, circos etc.

Su realización supone una programación moderna y rigurosa con objetivos ambiciosos, erigidos con materiales duraderos y técnicas sofisticadas.

Muchas iglesias se erigen sobre los templos romanos, cambiando las divinidades.

Pero sobre todo es el marco político, la capacidad de impulsar las instituciones indígenas con la iniciativa privada y la convivencia colectiva bajo el imperio de la ley.

El concepto ciudad que ellos importan, se convierte en el modelo a seguir, compendio de civilización y orden, bajo la unidad del emperador, emanación y encarnación del centro urbano.

Hay una persistencia de la diversidad en las poblaciones de la Hispania, de sus reacciones y adaptaciones, que se leen por sus reacciones a través de los acontecimientos que marcan el devenir de los siglos.

El substrato inicial de divinidades indígenas, marcan la complejidad de la síntesis, más abundantes en el norte e interior que en los meridionales, que participan más en la construcción política.

La violencia supuso un rol importante. Roma no la importa, pero recurre a ella cuando la necesita. Expolios, confiscaciones, malversaciones y abusos de poder jalonan la historia incluso en épocas de paz.

El interior de Hispania se mantuvo más indígena y su despegue económico fue menor que en las zonas costeras. Gobernar se convirtió en técnica y estrategia, para lo que se requirió homogeneización administrativa.

Las provincias necesitaron del latín para la asimilación del modelo romano, porque las disposiciones administrativas que emitia la metrópoli necesitaban de este instrumento para su recepción, aunque la asimilación fue desigual.

El derecho privado romano supuso también otra forma de asimilación, mediante su ejercicio, pues era reflejo del sentir imperial.

El concepto de auctoritas (que no potestas), la autoridad moral, que es muy romana, guarda la esencia de Roma, ya que supone adscripción, adhesión a un principio, a un reconocimiento que no siempre es evidente.

Este aprendizaje sobrevive a sus fundadores, señal que los destinos de Roma e Hispania no estaban indisolublemente ligados.

Despliega desde la singularidad de las diferentes zonas de la Hispania y las distintas velocidades de adscripción al imperio, los modos de producción de las  fases de la romanización, a través de las nuevas instituciones que se crean y el imperio de la ley que rige a través del derecho privado romano.

La ciudad actúa como eje civilizador e integrador y centro administrativo y cultural.

Su organización espacial reticular y sus valiosas y modernas infraestructuras ilustran la funcionalidad de Roma y el buen hacer de sus ingenieros civiles.

Se tantea como se erige el patrón de organización fiscal y política a través de la fundación de colonias y los posteriores municipios para una mejor articulación de una centralizada y eficiente administración imperial.

Se busca que las elites locales se mimeticen con el modelo de Roma porque facilita su asimilación, lo que mejora la cohesión del imperio.

Eso en Hispania se hace de forma irregular y discontinua por lo heterogéneo de su substrato indígena que subyace, lo que alarga la romanización 200 años por lo desigual del proceso.

Pero el esfuerzo merece la pena, porque Hispania además de ser rica en vid, olivo y cereales, (no entro en la producción de garum), tiene importantes recursos con las reservas de oro y plata, que la hacen aún más deseable.

Roma es sinónimo de progreso y organizara un modelo exportable haciéndolo atractivo a ojos extraños, mediante el despliegue de vías de comunicación, infraestructuras y acceso al agua, con la creación de presas, acueductos etc y el acceso a la cultura mediante la construcción de teatros, circos etc.

Bajo la dominación de Roma Hispania conoce tiempos diferentes.

Pero la experiencia romana en la Peninsula consistió en difundir primero y en instituir un marco político cuya solidez se debió a su capacidad para impulsar la evolución de las instituciones indígenas y la organización colectiva basadas en la conjunción de la reglay la practica del derecho y la iniciativa individual, del arte de gobernar y del arte de delimitar espacios nuevos y de tratar de delimitar en la medida de lo posible, la interferencia entre los ámbitos de los publico y lo privado.

En el seno de esta tarea lenta de construcción, modelada a medida de los acontecimientos, se sitúa el togatus, el ciudadano romano de origen italico, integrado en el sistema de la ciudad imperial a distintos niveles de la jerarquía política y social de Roma. Pero no hay afán unificador.

Sin esta dimensión original e inherente a la concepción y a la práctica política del poder romano, no se entiende la persistencia de la diversidad de las poblaciones peninsulares, ni su variedad de reacciones y de sus adaptaciones a los acontecimientos que marcan una evolución de siglos.  

La Peninsula Iberica conoce un enriquecimiento bajo el Imperio Romano.

El progreso de la urbanización es testigo de una evolución de la agricultura y de la superficie cultivada, que son los responsables de una mejora en la producción y de la extensión de la vid y el olivo, tanto como de los cereales.

La paz de Augusto facilito la continuidad y revalorización de los productos del suelo.

La introducción de técnicas y practicas de Italia tuvo un rol importante y uno de los indicios de su difusión es la villa, la casa rural noble, que combina la residencia urbanizada y las dependencias.

Son el centro de las explotaciones agrícolas que practican un policultivo sabio, los siglos II III corresponden  la expansión de las villae.

A la decoración de mármol y esculturas se les añaden los mosaicos, las pinturas decorativas, los jardines y las termas.

Reflejan la integración de las zonas rurales vinculadas a la aristocracia urbana.

La prosperidad agrícola supo aprovechar la apertura de los intercambios y su incorporación a los circuitos comerciales interprovinciales con destino a los centros urbanos.

El impulso vino de Roma pero los comerciantes supieron hacerlo negocio propio, acatando los contratos para la anona.

También el artesanado vivió una época de promoción. En las sociedades urbanas el artesanado a menudo eran liberto o de origen servil, alguien dependiente.

En las ciudades mas rurales, con importante población de origen peregrino, el artesano era un hombre libre con su taller y su tienda. La circulación y ventas de productos se hacia con un comerciante también especializado que estipulaban contratos con los productores.

Pero el artesanado estuvo vinculado a las villae y a las ferias locales y siguió estando muy regionalizado.

Este despegue económico no fue uniforme ni regular ni se trató de la aplicación automática de un modelo importado. La organización de las relaciones administrativas, sociales, económicas y políticas fue el resultado de diferentes adaptaciones disociadas entre sí.

No se privilegiaron ni los individuos, ni las técnicas, ni las estructuras.

Antes de promulgar una regla se deja un tiempo y un espacio para que la practica hable y la experimentación.

Así la invención de las provincias por parte de Roma es el concepto que mejor se adapta y que mejor se adpata a lo que es el concepto de integración.

La provincia fue un pilar orgánico que permitió tener vivas las células experimentales que eran las ciudades concentradas alrededor de su oppidum.

Este concepto designa un centro urbano de origen indígena que sugiere una aglomeración fortificada protegida y emplazada en lugares escarpados.

Es distinto a la urb, en el centro romano ordenado.

Pero esa mirada cambia y los centros urbanos de origen colonial también quedan englobados en la categoría de oppidum (que Plinio designa sin matices).

El centro urbano se considera obra de las poblaciones locales favorecidas por la gestión romana que la promueve.

En eso radicaa la diferencia entro lo indígena y lo provincial. La pertenencia a la ciudad local depara una doble percepción de la historia y de la política: la existencia de la patria chica solo es concebible en el contexto de la gran ciudadanía imperial, del derecho de ciudadanía romana.

La integración supone la adquisición de la ciudadanía romana. El estatus de civis romanus no era un molde vacio ni una formula de prestigio desprovista de contenido real. Suponía una asimilación de los usos y la lengua,  se basaba en la aceptación de una cultura política política asociada a un código de conducta social definido por la comunidad, e incluye adhesión a la religión de los romanos basada en la piedad, es decir los patronos divinos del centro urbano.

Era una cuestión de ambición y tiempo. Suponía afirmar que la organización social, basadas en las familias y en las gerarquias de actividad, no disponía de autonomía, solo recuperaba su verdadera dimensión dentro de un edificio comunitario, en función del cual se distribuían los roles respectivos.

Por lo que la ciudadanía solo era valiosa e interesante en la ciudad, donde se suponía que debía ejercerse.

Aun estando en la misma situación que sus vecinos, el ciudadano provincial de pleno derecho, con la toga no era igual.

Dentro del Imperio, Roma solo reconoce como interlocutores a los representantes de una comunidad de estatuto poliado, una civitas o res publica, y siempre se niega a mantener con los súbditos otra cosa que no fueran relaciones bilaterales.