Palmaroli, Retrato de Amadeo de Saboya, 1872

Amadeo de Saboya tiene 26 años en la pintura. Carlos  Luis de Ribera: Amadeo I de Saboya (1871) | Joaquín Agrasot: Amadeo I de Saboya (1871) | Vicente Palmaroli: Amadeo I de Saboya (1872)

1830-1840 la generación de esta época -muy cosmopolita y con un registro pictórico variado- que es paralela al Impresionismo francés, es notable artísticamente en nuestro país, con pintores como Rosales, Fortuny, Martín Rico, Beruete, Jiménez Aranda, Muñoz Degrain, Domingo Marqués, Palmaroli o Raimundo Madrazo.

Palmaroli, La confesión. Nace en Zarzalejo, Madrid, en 1834.
Pintor que ya desde sus inicios camina en su carrera artística alejado del academicismo pictórico de su tiempo.

Sus componentes se dan a conocer en 1860, pero la mayoría alcanza la plenitud de madurez y éxito durante la Restauración, época cuya estabilidad en todos los órdenes favorece el mecenazgo artístico.

Palmaroli, La sonata.

XIX si a principios de este siglo muchos pintores han puesto sus miras en París, ciudad convertida en esta época en capital internacional de la vanguardia, son pocos los que pueden permitirse el lujo de completar sus estudios en ella y aún menos aspirar a ser reconocidos allí.

Palmaroli, El martirio de Santa Cristina. Se dedica fundamentalmente al género histórico, para en su etapa más madura volverse más intimista realizando escenas de género cercanas al simbolismo, con obras tan significativas como su Martirio de Santa Cristina.

Pero la situación cambia durante la segunda mitad del XIX, en concreto en el último tercio, cuando empezó a ser habitual que infinidad de pintores españoles triunfan en París, cuyo mercado dejó de ser local.

Palmaroli, La familia feliz. Era hijo del pintor de origen italiano, Gaetano Palmaroli, litógrafo del Museo del Prado de Madrid; en 1853, sucedió a su padre en este cargo y fue nombrado director del Museo en 1894, cargo que desempeño hasta 1896.

Así pasa con Fortuny, Raimundo Madrazo, Ignacio Zuloaga, Joaquín Sorolla o Hermenegildo Anglada Camarasa.

Realizó sus estudios en la a Escuela Superior de Bellas Artes de la Academia de San Fernando desde partir de 1848.

Pero los que no consiguen la sanción internacional o no de forma clara por variados motivos que fueran, ya no viven a espaldas de lo que ellos hacían se realizaba en París.

En 1867 formó parte de la delegación española en la Exposición Universal de París. Entró en contacto Ernest Meissonier, que ejercería una notable influencia en su obra posterior.

Hay que insistir en esto, porque estos artistas son los que preparan el camino al posterior aluvión de vanguardistas españoles del XX.

Vicente Palmaroli (1834-1896) hijo de un litógrafo italiano afincado en España es un ejemplo de esa renovada y cosmopolita generación de artistas españoles.

En 1857 tras pedir una excedencia en el Prado, viajó a Roma para ampliar su formación, uniéndose al grupo de artistas españoles que se reunían en el Café Greco de la Via Condotti, entre estos estaban: Luis Álvarez Catalá, Dióscoro Puebla, José Casado del Alisal, Eduardo Rosales, Benito Mercadé, Mariano Fortuny, y Alejo Vera Y Estaca.

Formado en la escuela de Bellas Artes de San Fernando, completa su formación en Roma, donde acude acompañado de Eduardo Rosales

Años después entre 1863-1866 vuelve a residir en Italia.

El momento culminante de su proyección internacional es cuando se establece en París en 1873, donde su interpretación preciosista de cuadro de género, siguiendo la vía de Fortuny, le proporciona una amplia clientela y el prestigio necesario para ser nombrado diez años después director de la Academia de España en Roma y en 1894, director del Museo del Prado cargo que ocupa hasta su muerte en 1896.

Una carrera institucional refleja la alta consideración personal y artística que suscita Palmaroli entre sus compatriotas, a los que deslumbra no solo por su calidad artística sino por su proyección a la sombra de París de la naciente III República.

1873-1883 durante su etapa parisina, hay un debate artístico en el que los Naturistas y los Impresionistas le dan la réplica al Simbolismo y a las diversas corrientes postimpresionistas.

Y aunque Palmaroli se afinca en ese estilo preciosista adecuado a su virtuosismo técnico, también lo es que fue refractario a muchas innovaciones que se estaban produciendo en el último tercio del XIX.

Palmaroli, Sacra conversacione. Volvió a España en 1862 para participar en la Exposición Nacional con dos obras pintadas en Italia; logró una medalla de primera clase con «Pacuccia»,y otra de segunda clase con «Sacra Conversazione». En 1863 volvió a Italia en donde residiría hasta 1866.

El refinamiento de Palmaroli lo convierte en representante de la elegancia del Paris de la Belle Epoque, aunque sin caer en decadentismo.

Palmaroli. Doña Juana la loca, 1884. En 1867 logró una nueva medalla de primera clase en la Exposición Nacional, con «El sermón de la capilla Sixtina», actualmente en la sede de Caja Duero en Salamanca.

Su registro pictórico es muy variado ya que además del talento para las escenas costumbristas, cultiva el retrato y la pintura histórica.

Hoy es recordado por sus condición de autor de cuadros de escenas costumbristas contemporáneas, que lo hace famoso en su época.

En esos años comenzó a pintar numerosos retratos de gran calidad que le dieron fama y prestigio; entre ellos sobresalen los la infanta Isabel de Borbón, el de la duquesa de Bailén, de doña Hersilia Castilla, el de Amadeo I de Saboya y el de Antonio Alcalá Galiano.

Pero no se puede desdeñar su trabajo como retratista, demostrando en ese género la versatilidad que ponía en el resto.

Como retratista queda oscurecido por Madrazo, quizás en parte por su afán de agradar a sus modelos, no defraudando sus expectativas, lo hace acomodaticio.

Palmaroli, Un dia de playa. Logró una tercera medalla en la Exposición de 1871, con su lienzo «Los fusilamientos del tres de mayo en la montaña del Príncipe Pío», actualmente en el Ayuntamiento de Madrid.

En ese sentido funciona con un doble registro, cuando se enfrentaba con un encargo oficial, se arrimaba al modelo impuesto por Federico Madrazo.

En 1872 se convirtió en académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
En 1873 se instaló en París donde permaneció diez años, tras los cuales fue nombrado Director de la Real Academia Española de Bellas Artes en Roma, cargo en el que permaneció hasta 1891, que fue sustituido por Alejo Vera y Estaca.

Mientras que cuando no estaba intimidado, daba más holgura a su natural instinto realista velazqueño.

Palmaroli. El concierto. Son muy notables sus óleos: «El concierto» y «Confesión» de 1883, en este último la figura del chico es un retrato de su hijo con catorce años, en una escena situada en la playa de Trouville, lugar de vacaciones habitual de la burguesía parisina, cuadro que donó al Museo del Prado en 1931.

De este tipo son los dos retratos que hace a su mujer Sofia Reboulet o el de Concepción Miramón.

Palmaroli, El hallazgo de Moisés. En 1894 fue nombrado Director del Museo del Prado cargo que ejerce hasta su muerte.

Entre los encargos oficiales están los de la Duquesa de Bailen, el de Hersilia Castilla o el del Rey Amadeo I de Saboya que es del que tratamos aquí.

Palmaroli, La carta. Murió en Madrid el 25 de enero de 1896, siendo enterrado en el cementerio de San Justo.

Es un retrato de aparato, aunque sin que la majestad del conjunto borren el sello individualizador moderno en la representación de la figura.

Sus cuadros además de los citados se pueden encontrar en importantes colecciones privadas e importantes museos, entre ellos L’Hermitage de San Petersburgo, el Museo Carmen Thyssen de Málaga, que posee una de sus más bellos cuadros: » Días de verano «.

En el cuadro hay mucho de tradición española, desde el troquel velazqueño, a los pintores del XVII, tan imbuidos de la barroca suntuosidad flamenca a lo Van Dick, en especial Carreño de Miranda.

Palmaroli. En e l Museo del Romanticismo de Madrid con su retrato de Gustavo Adolfo Bécquer muerto.

1872 cuando Palmaroli pinta este retrato ya es un artista consagrado.

Aunque cabe pensar que previsiblemente influye en el encargo la simpatía que puede suscitar en el rey la resonancia italiana del apellido paterno que lleva el pintor.

Trianart foto

CALVO SERRALLER Francisco, FUSI AIZPURÚA Juan Pablo, El espejo del tiempo. Editorial Taurus, Madrid 2019.

Publicado por ilabasmati

Licenciada en Bellas Artes, FilologÍa Hispánica y lIiteratura Inglesa.

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