Eugenio Lucas Velázquez, La Revolución, 1850

Es difícil encontrar en el XIX un artista más esquivo y polémico que el madrileño Eugenio Lucas Velázquez, del que hasta hace nada se desconoce todo.

780 Eugenio Lucas Velázquez – 2 Condenados de la inquisición 1833-1866 M. Prado

1840 irrumpe en la escena artística española, con tanta determinación, fecundidad y fortuna que no tarda en ser reconocido y apoyado incluso por las más altas instancias -la familia real.

780 Eugenio Lucas Velázquez – 1 El Rosario de la Aurora 1860 M. Carmen Thyssen. Nace en Madrid, el 9 de febrero de 1817.
Es uno de los más grandes maestros de la pintura española del siglo XIX.

1850-1860 despliega una actividad frenética, que no solo se limita a pintar, sino que animado por los más diversos lances y aventuras, entre los que se cuenta su afición al viaje.

780 Eugenio Lucas Velázquez – 1 Sermón a las máscaras 1855 – M Prado. Hasta hace unas décadas la figura de Eugenio Lucas ha estado envuelta en el desconocimiento y la leyenda, hecho que ha provocado durante muchos años graves confusiones sobre su biografía, su obra y su propio nombre.

Pero a pesar de estos éxitos la fama de Lucas Velázquez cae en picado con la misma rapidez que su ascensión, sobre todo por la parodia que hace de Goya, lo que muchos atribuyen a su deliberada intención de engaño o por oportunismo.

780 Eugenio Lucas Velázquez – La diligencia bajo la tormenta. Ha sido mencionado desde el pasado siglo como Eugenio Lucas Padilla o Eugenio Lucas “el Viejo” para distinguirlo de su hijo, y como oriundo de Alcalá de Henares.

No hay duda de su talento para parodiar a Goya, cuyo prestigio internacional crece a lo largo del XIX.

Eugenio Lucas Velázquez – Auto de Fe – 1853. Inició su formación artística en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en la que tuvo como maestro al neoclasicista José de Madrazo, aunque en desacuerdo con el frío clasicismo del academicismo imperante, la abandonó para estudiar directamente a los grandes genios de la pintura española en el Museo del Prado; copió en numerosas pinturas de Diego Velázquez, pero sobre todo las de Goya, que marcarían definitivamente su estilo y su capacidad de creación.

De formación autodidacta, fraguada a la sombra del Prado, que se inaugura a finales de 1849, Lucas tiene al alcance, no solo a Goya, sino a todos los maestros quienes también empiezan entonces a producir una admiración universal.

780 Eugenio Lucas Velázquez – La comunión. Realizó viajes de estudio a París e Italia
Pudo encontrar en la obra del de Fuendetodos un enorme filón que le permitió crear una pintura imaginativa, de pasiones desatadas, visiones fantásticas, con escenas de intenso dramatismo, imbuidas del más genuino espíritu romántico, sobre todo en escenas de la Inquisición, los aquelarres, las de brujerías, romerías, manolas y toros y toreros, temas todos ellos inspirados por los de Goya, y que constituyen el núcleo más interesante de su prolífica carrera.

1830 lo español y no solo sus artistas, se pone de moda por todo el mundo, lo que determina que los nacionales, fuera cual fuera el papel asignado, se acomoden al papel asignado.

Eugenio Lucas Velázquez – Una corrida de toros 1868 .En el año 1850 pintó el techo (desaparecido) del Teatro Real de Madrid, y posteriormente la reina Isabel II le nombró pintor honorario de cámara y caballero de la orden de Carlos III.

Hay seguidores de Ribera, Velázquez, Murillo, Goya y a la vez para realizar toda clase de visiones pintorescas de lo español, fuera de sus paisajes o costumbres.

Eugenio Lucas Velázquez – Los horrores de la guerra. Estuvo casado de 1844 a 1853, separándose  de su mujer para convivir desde el año siguiente con Francisca Villaamil,  de la que tuvo cuatro hijos, uno de ellos, Eugenio Lucas Villaamil, que siguió el oficio y el estilo de su padre, confundiéndose a veces las obras de ambos artistas, aunque con aptitudes más escasas y bastante eclécticas.

Lo que le distingue del montón de artistas españoles que desde entonces hasta ahora explotan la vena castiza, en la interpretación goyesca de la misma, circunscrita no solo a la manera de pintar sino a la manera de juzgar la historia y la vida de su país.

Murió en Madrid, el 11 de septiembre de 1870.
El Museo del Prado de Madrid alberga  las obras más interesantes y representativas del artista, la mayor parte procedentes del desaparecido Museo de Arte Moderno, en 1969.

Es uno de los representantes de la veta brava o el costumbrismo goyesco que se contrapone al costumbrismo andaluz, de acento folclórico más amable y en las antípodas de cualquier atisbo crítico.

En el Museo Carmen Thyssen de Málaga y el Museo del Románticismo de Madrid podemos ver así mismo, notables obras del pintor.

Los seguidores y falsificadores de Goya abundan en mayor número de lo que se cree, por lo que no tiene sentido convertir a Lucas en chivo expiatorio.

Pero en el siglo XIX no son tantos los que dan una visión agria de lo español.

Leonardo Aleza (1807-1845) se aproxima al talento artístico goyesco de Lucas, ocupando ambos el protagonismo del costumbrismo de veta brava.

En la pieza con el equívoco título de La Revolución, hay que puntualizar que el cuadro, el estilo o el tema nada tiene que ver con Episodio de la revolución de julio de 1854, exhibido con éxito de crítica en la Exposición Universal de París de 1855 junto a Plaza Partida.

Detalle en el cuadro de La revolución, del abate Marchena. Aparece en los Episodios Nacionales de Pérez Galdós y ocupa páginas en la Historia de los heterodoxos españoles de Menéndez y Pelayo, en la obra de Carpentier, Baroja y hasta en la de Pérez Reverte.José Marchena y Ruiz de Cueto nació en noviembre de 1768 en Utrera (donde se celebra por todo lo alto su 250 aniversario con un Año Cultural) y falleció en la miseria en Madrid, en 1821. Se enfrentó constantemente a la Inquisición y en los púlpitos de las iglesias sevillanas se lanzaban sermones contra ese “hereje” al que todos llamaban, con sarcasmo, el Abate Marchena.la vida de este poeta, ensayista, dramaturgo, periodista, traductor, erudito e historiador de la literatura española atraviesa una época clave: el paso del Antiguo al Nuevo Régimen, una transición en la que él participó como polemista incansable, agitador y teórico de las ideas, primero de la Ilustración más avanzada y, más tarde, del liberalismo revolucionario cuyas ideas introduce de manera clandestina en España. Y eso sin olvidar su participación en el gran acontecimiento de ese tiempo: la Revolución Francesa. Fue un personaje que no dejó indiferentes a sus coetáneos.un intelectual ácrata que se formó en Sevilla y en Madrid pero al que Salamanca, donde estudió la carrera de Leyes, marcó definitivamente. Allí comenzó a leer literatura clandestina (Voltaire, Rousseau o Montesquieu, que traducirá al castellano) y conoció a profesores como Juan Meléndez Valdés y Ramón de Salas, que fueron grandes amigos suyos, o como Diego Muñoz Torrero, más tarde diputado liberal en las Cortes de Cádiz. Ese foco ilustrado, al que el Santo Oficio perseguirá pronto, estimuló la creatividad del Abate Marchena, que lanzó en Salamanca el primero de los periódicos con que quiso contribuir a formar la opinión pública siguiendo el ejemplo de su amigo Blanco WhiteEl Observador, que aparece a finales de 1787 y tuvo seis entregas, alguna de ellas dedicada al papel reformador del teatro en el Siglo de las Luces. Célebre es su cuarta entrega, un hito literario donde planteaba un viaje imaginario a la luna en el que se encuentra con la sociedad de los selenitas
 

No está claro que el cuadro aún necesitado de investigación, pues ni siquiera está datado ni por conjetura ni por el Prado, ni por el catálogo razonado de Arnaiz, aunque supongamos que se hace en la década de 1850, representa un episodio revolucionario contemporáneo.

Se ven exaltados grupos de hombres armados, uno de los cuales, muy realzado, es un fraile que lleva en la mano derecha un crucifijo, mientras que en la izquierda porta un mosquetón, dejando ver una pistola asomando en la faltriquera.

El resto de los personajes, en su mayoría, tipos populares mal encarados, excepto uno que lee ávidamente un papel provisto de antiparras, poniendo así de relieve otro cariz.

Estamos ante un motín popular presidido por un cura trabucaire, de aquellos que pululan desde la guerra de la independencia y cuya presencia se prolonga, por uno u otro motivo, hasta décadas posteriores.

Sea cual sea el verdadero motivo representado, el de una acción revolucionaria o contrarrevolucionaria, el cuadro es una fiel estampa de esa España atribulada y levantisca, interpretada de manera goyesca.

Por lo demás no solo el ardor guerrero de los españoles contra el invasor francés, esta motivado mayoritariamente por un patriotismo monárquico y religioso, sino que toda la secuencia de acontecimientos posteriores, por lo menos hasta mitad del XIX.

Eugenio Lucas se contagia por el estilo goyesco tanto en la forma como en la visión   moral reticente de la alocada, violenta e impredecible fiebre popular.

Foto Trianart

CALVO SERRALLER Francisco, FUSI AIZPURÚA Juan Pablo, El espejo del tiempo. Editorial Taurus. MADRID 2009.

Publicado por ilabasmati

Licenciada en Bellas Artes, FilologÍa Hispánica y lIiteratura Inglesa.

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