El siglo de Oro. José Ribera, Demócrito 1630

El reconocimiento de la identidad de la Escuela Española, es del XIX, muy reciente.

Antes de eso no se encuentra mención en la literatura artística.

Quizás el motivo es el recelo que suscita el temible poder alcanzado por España en el XVI, ni al aislamiento de nuestro país en la decadencia.

José de Ribera. El patizambo, 1642. Museo del Louvre

Tras el caravaggismo del XVII, se impone el clasicismo, que se mantiene hasta mitad del XVIII.

José de Ribera. San Sebastián, 1636. Museo Nacional del Prado

En Europa del XVII, todas las corrientes naturalistas en arte tienen un fundamento religioso, aunque fuera de signo contrario.

José de Ribera. Sileno ebrio, 1626. Museo de Capodimonte, Nápoles

Reformista en el centro y el norte, a causa de la iconoclastia protestante, y contrarreformista en el sur católico, dada la necesidad de oponer una visión providencialista a la del humanismo paganizante, pero también de insuflar nuevo brío a la piedad popular.

José de Ribera. Santa Inés en la prisión, 1641. Gemaeldegalerie Alte Meister, Dresde

Pero el sentido artístico renovador de estas corrientes naturalistas, no alcanzan el aprecio critico hasta el XIX.

Un murciélago y dos orejas. JOSÉ DE RIBERA

En el encauzamiento de la pintura naturalista del XVII tiene un papel crucial José de Ribera, nacido en Játiva (Valencia) y del que se desconoce todo sobre su consolidación en Italia, salvo que era hijo de un zapatero.

‘Cabeza grotesca’. JOSÉ DE RIBERA

1616 esta activo en Italia, deambulando por Parma, Roma o Nápoles.

San Andrés (c. 1616)

Sin saber quienes son sus maestros, durante su estancia en Roma, ciudad en la que no solo reside desde 1613, sino en la que es apreciado como demuestra su ingreso en la Academia de San Lucas, Ribera queda deslumbrado por Caravaggio.

Martirio de San Andrés (1628)

Mas tarde y consagrado como pintor, consolida el naturalismo caravaggista en Nápoles.

En esta urbe del virreinato español se instala definitivamente en 1616, en ella se casa, tiene encargos y crea escuela.

Por lo que aunque se pasa tres cuartos de su vida fuera de España, tiene una clientela española y su pintura desde la distancia influye decisivamente en nuestro país, de manera directa o indirecta durante el siglo XVII.

Velázquez joven lo visita en Nápoles durante su primera visita a Italia entre 1630-1631, cuando Ribera acaba de pintar la serie de filósofos de la Antigüedad en la que destaca este, que ahora se identifica la obra que aquí pongo, que se identifica con Demócrito.

Firmado y fechado en 1630 el cuadro, el personaje parece ser un tipo popular de baja extracción y con rasgos meridionales, quizás un campesino napolitano.

Es una obra de madurez, época en la que Ribera comienza a atenuar el claroscuro de Caravaggio de su primera época y a ampliar su repertorio barroco, como lo demuestra esta estrambótica figura del sabio miserable, muy en consonancia del antihumanismo contrareformista.

Pintado en 1630, esta representación de Demócrito forma parte de un conjunto identificado que Ribera ejecuta para el duque de Alcalá, virrey de Nápoles entre 1629-1631.

Estas series que suelen ser una docena, están destinadas a decorar los gabinetes de trabajo studiolo, bien los muros de las grandes bibliotecas.

Existe una gran tradición humanística, reflejada en la pintura italiana y de los Países Bajos, pero no en la española, hasta Ribera, que le da un fuerte y original impulso.

La fuente clásica que utiliza para crear los prototipos de estos filósofos griegos es Vidas, doctrinas y sentencias de los filósofos ilustres de Diógenes Laercio, aunque el asunto tiene un trasfondo cultural mucho mas amplio y complejo, ampliamente explotado por la erudición humanista.

La interpretación que hace Ribera es de Caravaggio, dentro de un clima ideológico y moral neoestoico.

Al filosofo se le atribuye la eutimia, buen humor, lo que deriva en la imagen que de él acuñan los artistas.

En relación con este estereotipo, Ribera genera uno propio, donde el sabio antiguo no solo aparece a la manera Caravaggio, sino como un rudo campesino de época o un mendigo urbano, sino como una figura de medio cuerpo, de tez arrugada y despojado de toda identidad histórica, desentendiéndose de todos los atributos que suelen acompañar su representación, salvo en el detalle de su risa maliciosa y también de un equivoco compas en su mano derecha, razón por la que se ha querido ver en él a Arquímedes.

La preocupación de Ribera es acentuar la expresividad en su rostro, como reflejo de un temperamento característico, muy en consonancia con la preocupación del XVII de fijar con precisión individiluadizadora la singularidad de la persona humana y el complejo entramado de sus reacciones emotivas.

De esta manera el tópico del filósofo cuya sabiduría contrasta con su vida miserable cobra gracias al pintor una nueva dimensión moral, de displicente indiferencia ante la pompa mundana y de aceptación ante los embates negativos de la fortuna.

Es paralelo a la literatura del XVII que hace de la novela picaresca el descarnado realismo sarcástico uno de sus mejores géneros.

Calvo Serraller Francisco, Juan Pablo Fusi Aizpurua, El espejo del tiempo, Editorial Taurus, Madrid 2009.

Trianart fotografía

Publicado por ilabasmati

Licenciada en Bellas Artes, FilologÍa Hispánica y lIiteratura Inglesa.

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