Fauvismo. Henri Matisse, André Derain y Maurice Vlaminck

Significa fiera y los integrantes del grupo no se perciben como grupo organizado, ni firman ningún manifiesto, ni aun menos se presentan como un movimiento artístico.

Fauves viene del comentario jocoso del crítico francés, Louis Vauxcelles hace cuando visita una de las salas de los Salones de Otoño de 1905 en Paris.

En la sala que había una escultura de un niño Retrato de Jean Baignerés, de Marque, exhiben los cuadros algunos de los pintores nombrados, produciendo una tensión entre una obra muy ingenua y serena y los encendidos colores de las pinturas que la rodean.

Es entonces cuando exclama la frase famosa de Vaya Donatello en medio de las fieras (fauves).

Al contrario de lo que Louis Leroy escribe de la primera exposición de los impresionistas de 1874, Vauxcelles está lejos de ser enemigo de estos emergentes jóvenes, a los que en medio de todo les agrada, pero arraiga su etiqueta y como tal pasan a la historia.

Aunque la crítica y el público reacciona de forma hostil por lo expuesto por estos emergentes pintores, consiguiendo que se reafirmen más en sus posturas.

Está constituido el grupo por tres focos: el de los discípulos del taller de Gustave Moreau y el de Eugene Carrére, formado por Henri Matisse (1869-1954), Albert Marquet (1875-1947), Henri Manguin (1874-1949), Jean Puy (1876-1960), Charles Camoin (1879-1965) y Henry Rouault (1871-1958).

Hay otro grupo que es el de dos amigos procedentes de Chatou, Andre Derain (1800-1954), y Maurice Vlaminck (1876-1958).

Y en tercer lugar los procedentes de la localidad normanda de El Havre, Emile Othon Frietsz (1879-1949), Raoul Dufy (1877-1956) y George Braque (1882-1963).

Prácticamente todos nacidos en la década de 1870 y por lo tanto más jóvenes que Matisse que es el que más influencia artística posee sobre ellos.

Convergen en los Salones de 1905, su procedencia es distinta y no es simultánea, ni desde el punto de vista físico ni el artístico.

Se van conociendo y tratando desde principios de 1890, pero el escándalo producido por El Salón de Otoño de 1905, hace que pasen a la historia como grupo.

Es a partir de la polémica de 1905 cuando se cohesionan de forma más homogénea sus diferentes posiciones artísticas, siendo la muestra colectiva del año siguiente la más fauve.

Pero dado los acontecimientos lo normal habría sido que su cohesión hubiera sido efímera, pues era fruto de la casualidad, pero tienen algo en común y es el uso no descriptivo del color, es decir que el color ya no tiene nada que ver con lo visible en el motivo, sino que responde al puro arbitrio del artista.

Desde el Impresionismo, la aplicación del color ya no tiene que ver con la tradición académica ni con la visión espontanea, sino que responde a las leyes de los complementarios, o si se quiere al estudio de las reglas que rigen el funcionamiento de los colores entre sí.

Los pintores postimpresionistas acentúan esa autonomía del color, buscando su aplicación de las leyes de los complementarios, o si se quiere de las reglas que rigen el funcionamiento de los colores entre sí.

Los pintores postimpresionistas acentúan esa autonomía del color, buscando su aplicación inmediata tonos puros y planos, que se alejan cada vez más de la visión natural o convencional.

En esa línea las últimas piezas de Gauguin llevan esa posición al límite extremo.

Así la supuesta rebelión fauvista es mas de grado de intensidad que de auténtica invención o novedad.

El color siempre ha estado asociado a la emoción, a lo subjetivo, que el dibujo, la línea, que es más analítica, intelectual y racional y constructiva.

La inundación de colores arbitrarios y vivos, yuxtapuestos de manera chocante y violenta sobre el lienzo tal y como lo ejercitan los fauves, genera un efecto excitante y emocional, de naturaleza expresionista.

La manera en la que cada miembro libera ese caudal de color es muy distinta y explica porque evolucionan de forma tan diferente.

En el grupo hay quien responde a una visión apasionada y subjetiva del color como Vlamick y el holandés Kees van Dongen (1877-1968) que se une a los fauvistas en 1906, siendo ambos los más expresionistas.

También esta Georges Rouault con violentas tintas negras a la manera de Rembrandt.

Pero el resto del grupo más que un desahogo emocional, buscan un nuevo orden o síntesis a partir del color, temperando lo emocional muy en la línea de la tradición francesa.

Es el caso de Henry Matisse de los mejores pintores del XX, pero tambien destaca Andre Derain y George Braque que no se demora en unirse con Picasso para iniciar un movimiento antitético como el Cubismo.

En cuanto a Matisse que antes que fauve es neoimpresionista, destaca el orden y el ritmo en la distribución del color resultan básicos como señala en un texto de 1908 titulado Notas de un pintor, donde muestra la intención de realizar algo armonioso, estable, controlado.

Aconseja a sus discípulos que por encima de todo mantengan el orden en el color.

Esos presupuestos le llevan a interesarse por lo que la pintura tiene de mecanismo, en el sentido de que ha de ser fabricado con rigor y disciplina, se puede comprender que Matisse transforme esa liberación del color en una depuración estructural y armoniosa del cuadro en su conjunto en el que el color se puede usar puro.

En 1907 pinta El lujo, donde se percibe una nueva vía muy alejada de los fauves, entendido como un apasionamiento sentimental y anárquico.

En esta pieza retorna en la composición a valores del clasicismo, aunque lo realiza estilizando y simplificando las figuras, como quien vuelve a lo bien planificado.

La primera versión de este cuadro, y la que pinta al año 1808 El Lujo II, hay un cambio sutil, pues mientras el primer cuadro tiene un perfil áspero e inseguro, en el segundo es rotundo.

André Derain también es complejo y no escamotea en la tensión emoción y orden, naturaleza y clasicismo, o primitivismo y civilización.

Aunque sus principios junto al apasionado Vlaminck son más expresionistas y caóticos, quizás a diferencia de Matisse posee un carácter más oscuro, neurótico y desequilibrado, pero también sabe virar llegado el momento.

Derain en La danza de 1906 (que no es tan famoso como el de Matisse), combina todos los elementos primitivos, no solo por el tema una danza ancestral, con figuras que se retuercen de manera salvaje y entre cuyas piernas se enreda una serpiente, además de los violentos contrastes de color, sus tintas puras y planas y sus afilados contornos de las siluetas, con la visión de estar todo en movimiento por un ritmo feroz.

Nadie lleva hasta el límite como este cuadro los presupuestos de los Fauves, y este cuadro marca la evolución futura de Deraim que de alguna manera está atrapado por la memoria de esta obra excepcional.

Braque como Matisse el más marcado por el orden que está a punto de inaugurar el cubismo, se libra pronto de esos excesos emocionales y algo similar le ocurre a la mayoría de los otros fauves, salvo a Vlaminck, Rouault y Van Dongen.

El refinado Dufy evoluciona a luminosas composiciones marinas, mientras que los demás se convierten en paisajistas amables, con tonos muy apagados y una organización compositiva previsible.

Publicado por ilabasmati

Licenciada en Bellas Artes, FilologÍa Hispánica y lIiteratura Inglesa.

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