El estigma español

 La imagen que los europeos tiene de España de finales del siglo XVIII no puede ser peor, por mantener nos ideales contrapuestos con los humanistas que triunfan en la Europa moderna que no solo ha hecho la revolución burguesa sino la científica, España permanece aislada, en decadencia y despreciada.

Sin olvidar que las nuevas potencias hegemónicas como Holanda y Reino Unido son los tradicionales enemigos del imperio español.

Da igual la causa, en el siglo XIX apenas nadie viaja a nuestro país y se concibe contra él los prejuicios más extraños.

Pero con la Guerra de la Independencia, el país se llena de contingentes militares extranjeros británicos y franceses y otras muchas nacionalidades.

Pero al finalizar la contienda, muchos de los que estuvieron en nuestro país difunden por palabras o por escrito una imagen muy distinta a que tenía la mayoría que era muy negativa.

Con el triunfo del Romanticismo muchos de los considerados defectos del país empezaron a ser contemplados con admiración y simpatía.

La moda romántica orientalista que genera un ambiente de adoración por la cultura del norte de África y el Próximo Oriente beneficia a España que tras siete siglos de musulmanes tiene considerables huellas artísticas y antropológicas.

También el estigma del retraso español se convierte en un aliciente para los visitantes que proceden de países industrializados y añoran las viejas costumbres campesinas que en su lugar de origen han desaparecido, con lo que encuentran aquí un buen caudal de rasgos típicos tradicionales ancestrales, monumentos antiguos interesantes y una hospitalidad desinteresada.

Con la Fundación del Museo del Prado en 1819 el extranjero descubre la maravilla de la Escuela Española antes apenas conocida fuera o poco valorada.

España se pone de moda en el Romanticismo, con ella su arte, su literatura, el paisaje y el folclore tienen éxito e influencia en todo el mundo.

Comienza en el siglo XIX, pero alcanza su máximo entre 1830-60, etapa en la que afluye la primera oleada masiva sin precedente a nuestro país.

Pero aunque de puertas para afuera nuestro arte muera de éxito, el país con la muerte de Goya en Burdeos en 1828, sin el más mínimo clima de libertad para que pueda florecer el arte romántico autóctono al menos hasta después de la muerte de Fernando VII en 1833, hace que el Romanticismo nazca en España con retraso y débil.

En pintura debido a las circunstancias antes descritas de la moda romántica española, emerge un primer grupo de pintores costumbristas que especializados en pintar escenas de genero con temas típicos del folclore local, intentan satisfacer la gran demanda de los turistas.

Este núcleo radica en Cádiz y Sevilla y sus representantes son los gaditanos Juan Rodríguez Giménez El panadero (1765-1830) y J.M Fernández Cruzado (1781-1856) y los ciudadanos oriundos o radicados en esa ciudad, José Roldan (1808-1871), Manuel Barrón (1814-44) y la dinastía familiar de los Domínguez Becker, José (1805-45), Joaquín (1817-79) y Valeriano (1833-1870), José Elbo (1802-1841), Manuel Rodríguez Guzmán (1818-67) y Manuel Cabral Bejarano (1827-91).

Paralelo a esta idea complaciente y comercial de lo popular surge una alternativa inspirada en Goya que se conoce como el costumbrismo de veta brava.

Aquí la imagen de España no es ni amable ni convencional, sino más bien terrible y muy crítica.

Los pintores que resucitan a Velázquez y Goya son los madrileños Leonardo Alenza (1807-45) y Eugenio Lucas Velázquez (1817-70).

Hay también un paisajismo romántico representado por Genaro Perez Villaamil (1807-54) que adopta las maneras del británico David Robert cuando este recorre España e  

Villaamil además consigue que se cree la primera catedra de paisaje en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando futura cantera de buenos paisajistas españoles.

La pintura oficial de prestigio académico es imposible que se desarrolle pues tras la muerte de Fernando VII y la instauración de un régimen político liberal, se producen enseguida las guerras carlistas.

Pero así y todo en Madrid destacan los pintores Federico Madrazo (1815-1894) y Carlos Luis Ribera (1815-91), ambos hijos de son grandes representantes del Neoclasicismo español, José de Madrazo y J.A. Ribera, lo que además de permitirle nacer en Roma y estudiar en Paris junto a Ingres, Gros y Delaroche, facilita su instalación, aceptación y triunfo social.

A pesar de ello tampoco pudieron hacer otra cosa que retratos, aunque lo realizaron con minuciosidad y según un patrón romántico muy cosmopolita.

En Sevilla el grupo no dedicado a pintura costumbrista tuvo también dos nombres singulares que se afanan por adoptar la influencia de Murillo, la gloria local, hablo de José Gutiérrez de la Vega (1791-1865) y Antonio María Esquivel (1806-1857).

La pintura de historia que tan popular es en la pintura romántica europea no se desarrolla en España hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando ya está en crisis en el resto de Europa.

Publicado por ilabasmati

Licenciada en Bellas Artes, FilologÍa Hispánica y lIiteratura Inglesa.

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