Théodore Géricault (1791-1824). La balsa de la Medusa

A la vez que el Ultraclasicismo o el Romanticismo Lineal de Ingres, hay otra corriente antitética en el arte francés, denominada como Romanticismo del color, de inspiración barroca y basada en el movimiento y en el color, cuyo precursor es Antoine Jean Gros discípulo de David pero cuyos representantes son Géricault y Delacroix.

Théodore Géricault desarrolla el malditismo (maudi), un perfil romántico, hipersensible, turbulento, apasionado, melancólico, rebelde y valiente hasta la temeridad, que apenas vive 32 años y solo 10 pintando, dejando al arte con la incertidumbre de que habría llegado a pintar si hubiera vivido más.

Una estrella joven que acentúa el dramatismo en sus obras, dejando a todo el mundo sorprendido, huye de los grandes encargos oficiales y se centra en escenas de la vida cotidiana, en la actualidad, con temáticas poco populares y escabrosas (naufragios, retratos de perturbados, trata de negros, cadáveres).

Su vida está repleta de leyendas, se dice que muy joven tiene relación con su tía dejándola embarazada.

Es reacio a toda figura de autoridad, pero sus maestros alaban su genio pictórico, su primera obra es un autorretrato.

Sus referencias son Rubens y Goya y pinta retratos de perturbados, oscuros y depresivos que dotan al lienzo de gran expresividad y profundidad sicológica.

Se hace famoso con La balsa de la medusa (1818) que se convierte en la insignia del Romanticismo en Francia.  

Frente a las costas de África permanece extraviado días antes de ser rescatados, una odisea del horror llena de suicidios, asesinatos y canibalismo que conmociona a Francia todavía convaleciente del desastre napoleónico.

El naufragio conmueve a la opinión pública por el comportamiento de los tripulantes que para su supervivencia incurren en canibalismo, lo que lo convierte en un asunto político del que todo el mundo habla.

La fragata Medusa forma parte de una flotilla de cuatro navíos que parte de Rochefort al norte del golfo de Vizcaya, para tomar posesión del puerto senegalés de Saint Louis.

Esta ciudad acaba de ser devuelta por los británicos a los franceses como señal de apoyo a la reciente restauración de los Borbones en el trono.

El 2 de julio la Medusa embarranca en la poco profundas aguas del banco de Arguin, a 160 kilómetros de la costa africana.

La fragata se ha alejado del resto de la flota y nadie va a acudir al rescate de inmediato.

Al capitán de la Medusa Hugues Duroy de Chaumereys, se le presenta un grave problema, los seis botes salvavidas no pueden albergar a las 400 personas que se encuentran a bordo.

Se decide entonces que el pasaje mas ilustre entre el que figura el nuevo gobernador de la colonia y su família, ocupe estas balandras.

El resto principalmente marineros y soldados viajarán en una balsa remolcada por los botes.

La idea de la balsa se muestra poco viable. En una superficie de 20 por 7 metros se hacinaban 150 personas prácticamente de pie sobre un soporte inestable e inundado.

Su peso era un lastre para los botes y demorarse en llegar a la costa supone el riesgo de agotar los víveres.

El descontento de los balseros se alza como una amenaza y en cualquier momento podía haber un motín y abordar las balandras.

El capitán De Chaumereys finalmente da la orden de cortar la cuerda y abandonar la balsa a su suerte.

Asi los botes llegan a Africa sin demasiados contratiempos. En la balsa mientras se vive una pesadilla.

Se suceden los actos mas inhumanos y desesperados: suicidios, asesinatos (los enfermos son arrojados por la borda) y canibalismo (los víveres se agotan al cuarto día).

El 17 de julio, trece días después de que las cuerdas sean cortadas, el Argus uno de los navíos que forman parte de la flotilla de La Medusa, se topa con la balsa.

A bordo solo quedan quince hombres, de los que cinco fallecen a los pocos días. Dos de los diez supervivientes, el medico Henri Savigny y el armador Alexander Correard, se encargan de difundir el desastre y relatan los hechos en un panfleto que se convierte en superventas.

El suceso se politiza y pasa a ser un escándalo. Los antimonárquicos achacan la culpa a los favoritismos del nuevo régimen.

El capitán de la Medusa ha sido nombrado por su incondicional apoyo a Luis XVIII y su ferviente oposición al régimen napoleónico.

Pero lleva 20 años sin embarcarse y su experiencia en navegación es mínima. De Chaumereys jamás tendría que haber adentrado La Medusa en el banco de Arguin, tumba de centenares de navíos, ni haber abandonado a sus hombres a su suerte.

Una corte marcial hace pagar su negligencia con tres años de prisión.

Dos años después del suceso en febrero de 1818 Gericault empieza los trabajos para plasmar el horror en un lienzo enorme.

El interesarse por representar un asunto de actualidad en vez de refugiarse en los mitos y leyendas, se comporta Gericault como un artista moderno, es decir el de otorgar a la actualidad el mismo rango artístico que hasta entonces se le concede al pasado mítico.

Comienza a trabajar con gran meticulosidad y una obsesión neurótica y enfermiza para plasmar el horror en un lienzo enorme.

El artista atormentado tiene la excusa perfecta para proyectarse en el trabajo y plasmar su mundo interior de pasión contenida y trabaja un año sin parar en reflejar la pesadilla llegando a enfermar.

Él como Delacroix no solo trabajan la actualidad sino que no hacen ningún tipo de boceto previo, es decir trabaja directamente sobre el lienzo.

Incluso el tamaño de 4,88 por 7,10 metros es desproporcionadamente grande para tratar un tema de actualidad clasificado tradicionalmente de género, lo que significa que el autor ejerce otra escala de valores, otra jerarquía y utiliza la dimensión de los cuadros de historia para algo que se representa en formato pequeño.

Con la misma idea de dignificar una tragedia actual, para elaborar el cuadro Gericault usa todos los recursos técnicos e intelectuales a su alcance.

Construye una réplica exacta de la balsa en su estudio, entrevistando a algunos supervivientes y acudiendo a morgues para ver el color de la carne putrefacta para dar realismo a la pintura.

Analiza los despojos humanos (los de ajusticiados que sirven para investigación forense) pues quiere ser fiel a la narración de los supervivientes y conseguir el máximo realismo en la representación de la tragedia donde acontece el canibalismo.

También se inspira en la tensión que fomenta la grandeza de lo terrible que ya está en Miguel Ángel.

Utiliza la iluminación de claroscuro que es muy útil para subrayar el dramatismo de la acción, con lo que le da un sentido barroco al cuadro, además del romanticismo que anima la representación con la pasión desmesurada, la fatalidad por bandera, su sentimiento sublime y su tensión dramática.

Este cuadro culmina una serie de años de representaciones temas épicos de naturaleza trágica, como los retratos monumentales de jinetes que cabalgan al combate o heridos se retiran de él.

El lienzo es aceptado en el salón de 1819 pero con una condición, su título será Escena de un naufragio, sin referencia alguna a la Medusa.

Claúsula inútil pues el público rápidamente identifica el tema.

El cuadro levanta una gran polémica pues acostumbrado a las evocaciones historicistas jamás tiene un suceso tan de actualidad ante sus ojos.

Los monárquicos toman esta obra como una crítica al régimen borbónico.

En realidad Gericault plasma el desencanto total de un país a la deriva herido por la megalomanía de Napoleón y el nepotismo de Luis XVIII.

Las muestras de rechazo son mas poderosas que las alabanzas y Gericault se lleva el cuadro a Londres.

Allí tiene gran aceptación exhibido en el Egiptian Hall, en Picadilly Circus, ante él desfilan unas 40000 personas, una barbaridad para la época.

Un acaudalado caballero hace una oferta para comprar el lienzo.

Un consorcio de nobles franceses también puja, su intención era partir La balsa de la Medusa en pedazos.

De manera sorprendente Luis XVIII es quien acaba comprando el cuadro y donándolo al Louvre donde sigue.

Hasta el final de su corta vida y prematura muerte por las lesiones de montar a caballo, Gericault compagina los asuntos épico-trágicos, dotándolos de ímpetu salvaje de salvaje de los instintos.

Por ello logra ser un pintor de animales excepcional porque capta la energía de la fuerza bruta que el hombre civilizado encerrado en las ciudades y de espalda a la naturaleza añoran.

Los caballos son otra de sus pasiones, pinta cientos de ellos y practica la hípica con el mismo ímpetu que la pintura y quizás una de sus caídas es lo que provoca su muerte.

El testigo de su trabajo lo recoge Delacroix siete años menor.

Publicado por ilabasmati

Licenciada en Bellas Artes, FilologÍa Hispánica y lIiteratura Inglesa.

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