Gladiadores

Se les había privado de libertad, eran bienes de mercado y estaban entrenados para matar. Sin embargo, encarnaban los valores de masculinidad exaltados por la sociedad romana, y podían convertirse en héroes populares y objetos de deseo para las mujeres. Su profesión, la gladiatura, no estaba destinada tan sólo al combate, sino que ofrecía un entrenamiento dirigido a desarrollar las virtudes guerreras y a fomentar el arte de la espada (gladium, de la que toman el nombre), según unas reglas estrictas.

El ingreso en el oficio podía deberse a circunstancias muy dispares, aunque no todos los que perdían la vida en la arena de un anfiteatro podían ser considerados gladiadores. Numerosos criminales de condición libre, condenados a morir degollados por la espada a la vista del pueblo (damnatio ad gladium), eran ejecutados durante el intermedio que separaba el fin del combate matutino con fieras (venatio), y el espectáculo gladiatorio (munus), que se desarrollaba a partir de mediodía.

 Seneca presenció con horror una de aquellas matanzas.

Los luchadores no tienen nada con que protegerse. Todo su cuerpo queda expuesto a los golpes, y la mano no acomete sin herir. Mandan que los que han matado luchen con los que ahora los han de matar, reservando al ganador para otra matanza (Epístola VII). 

A diferencia de aquéllos, los condenados a trabajos forzados podían convertirse en luchadores profesionales al cumplir parte de su pena en una escuela de gladiadores o ludus, donde un maestro los entrenaba para luchar de forma ejemplar. Junto a ellos figuraban esclavos vendidos por piratas a un comerciante de gladiadores (lanista) o entregados por sus propios amos, así como libertos y hombres libres que buscaban en la gladiatura un medio seguro para conseguir un sueldo fijo, premios sustanciosos y gran popularidad. 

Para que un hombre libre pudiera ejercer como gladiador, un tribuno de la plebe tenía que concederle permiso tras valorar si cumplía unas condiciones mínimas de edad, salud y fuerza. Si era aceptado, firmaba un contrato de alquiler por servicios (auctoramentum) con un organizador de espectáculos o con un lanista, al que concedía el derecho de vida y muerte sobre su persona, y renunciaba a ciertos derechos: no podría ingresar en la clase ecuestre, ocupar un puesto de honor en los juegos, contar con un defensor en caso de juicio ni tener una sepultura honorable. 

Para cerrar el contrato pronunciaba una fórmula en la que se declaraba listo para ser quemado, encadenado, azotado y muerto con el hierro. Pues, dice Séneca:

a aquellos que alquilan sus brazos para la arena, que comen y beben para vomitarlo en sangre, se les exige testimonio de que deberán sufrir todo ello aun de mala gana.

Pero en este caso, el alquiler de los servicios se podía interrumpir, incluso antes de haber combatido, a cambio de devolver al lanista el precio del reclutamiento y las tasas del entrenamiento. Quintiliano (Institutio oratoria VIII.5) relata el caso de un gladiador que había sido liberado en cuatro ocasiones por su hermana, la cual terminó por cortarle el dedo pulgar para obligarle a dejar de combatir.

Los condenados a trabajos forzados y los esclavos debían permanecer al servicio del lanista hasta que éste, en premio por sus victorias, les otorgara una espada de madera (rudis) como símbolo de su libertad, aunque los primeros, si habían sido dispensados del combate al cabo de tres años, tenían que permanecer obligatoriamente dos años más en la escuela. El rudiarius, o gladiador liberado, podía volver a ser contratado para luchar y su precio variaba en función de su condición física. 

El precio mínimo por la compra a tiempo indefinido de un gladiador con las fuerzas diezmadas era de mil sestercios, mientras que las estrellas de la arena podían cobrar hasta quince mil, según los precios establecidos por la Lex gladiatoria de Marco Aurelio. Pero la organización de un combate resultaba más económica si se recurría al alquiler de los luchadores. Se pagaban al lanista unos ochenta sestercios por los que salían de la arena vivos y sin heridas graves, y cuatro mil por cada uno de los muertos. 

Petronio describe un combate ridículo protagonizado por gladiadores de aspecto lamentable y bajo precio:

Eran tan decrépitos que un soplo de aire los hubiera abatido. Uno era tan gordo que no se podía menear; otro tenía los pies torcidos; un tercero estaba medio muerto, porque tenía ya los tendones cortados. Al final, todos se hicieron alguna herida para terminar el combate. Eran gladiadores vendidos por docenas, verdaderos desechos.

Forzados, esclavos, libertos o libres, todos podían formar parte de una misma familia gladiatoria, que convivía en el seno de una escuela. Al ingresar en el ludus, cada alumno se especializaba en un arma distinta, que distinguía a cada tipo de gladiadores: samnitas, provocatores, retiarios, tracios, murmillones, essedarii o sagitarios. 

El adiestramiento estaba confiado a un maestro, el doctor o magister, cargo desempeñado generalmente por un antiguo gladiador veterano, que sólo iba al ludus durante los entrenamientos. Los aprendices practicaban con una espada de madera y se batían contra una estaca fijada en el suelo. Con una mano sostenían la espada y con la otra, un escudo de mimbre. Estos ejercicios recibían el nombre de batualia, del que deriva nuestra palabra batalla. Los luchadores también aprendían un lenguaje técnico con el que se designaba cada movimiento y cuyo conocimiento era imprescindible para comprender las órdenes del instructor. 

Las armas se mantenían siempre fuera de su alcance, custodiadas en un arsenal (armamentarium) del que únicamente podían extraerse con la autorización y vigilancia de un procurador, elegido entre los tribunos de la legión o los intendentes de finanzas. Existía una vigilancia férrea para evitar cualquier insurrección; la desobediencia de las órdenes del jefe de tropa podía conllevar la muerte, o el suplicio con el látigo o el hierro candente.

En muchos aspectos, la vida en un ludus era semejante a la vida en la prisión. Los gladiadores se alojaban en pequeñas celdas y los condenados pasaban la mayor parte del tiempo encadenados. Sin embargo, puesto que al propietario de los gladiadores le interesaba que éstos tuvieran un aspecto saludable y vencieran en el combate, les ofrecía comidas sustanciosas y mantenía en la escuela a un buen número de médicos y masajistas que se ocupaban de su bienestar. Además, en vísperas de un combate, el organizador ofrecía a los gladiadores un banquete o cena libera, al que podía acudir el público. Algunos aprovechaban la ocasión para expresar a sus compañeros sus últimas voluntades, encomendar el cuidado de sus esposas e hijos, disponer la herencia o liberar a sus esclavos.

Todo gladiador que aún no se hubiera jugado la vida en público o que hubiera muerto en el primer combate recibía el nombre de tiro (aprendiz). Si salía con vida de uno o varios combates se convertía en veteranus, independientemente de que hubiera sido vencedor (victor) o perdonado (missus) por el organizador de los juegos. Un tal Flamma llegó a combatir treinta y cuatro veces, de las cuales venció en veintiuna, quedó en tablas en nueve y fue indultado en cuatro. No se sabe qué porcentaje de luchadores moría y cuántos recibían el perdón. En una lista conservada en Pompeya se lee que de ocho gladiadores vencidos, cinco fueron perdonados y tres ejecutados. Pero también hubo combates en los que el organizador decidía que ningún vencido saliera con vida (munus sine missione), costumbre suprimida por Augusto. 

Los mejores combatientes o los veteranos con grado servían como contrincantes durante los entrenamientos en las luchas cuerpo a cuerpo, en sustitución de la estaca de los principiantes; por ello recibían el nombre de primus o secundus palus. Los gladiadores retirados eran contratados en la escuela como instructores. Sus epitafios demuestran que podían llegar a vivir más de sesenta años. 

Algunos fueron tan populares que merecieron poemas, en los que eran comparados con héroes míticos como Meleagro o Jasón, modelo de virtudes guerreras, y los niños grababan sus figuras y nombres en las paredes de sus casas. Otros, por su bravura o belleza, recibieron la protección imperial o hicieron perder la cabeza a emperatrices como Faustina, esposa de Marco Aurelio, de la que se dice que engendró a Cómodo con un gladiador del que estaba enamorada. 

La gloria, sin embargo, la alcanzaban pocos, pues la mayor parte moría tras algunos combates. Y la muerte suponía un verdadero problema. Los hombres libres renunciaban en su contrato a una tumba honorable, y a los esclavos y condenados ningún ciudadano les concedía un espacio en su tumba familiar. Sólo algunos propietarios de tropas, después de un munus, hacían enterrar a las víctimas de la jornada en un mismo monumento. 

Para asegurarse una tumba digna y los rituales dictados por la religión, los gladiadores de una misma escuela, unidos por lazos fraternales, solían asociarse en colegios funerarios, en los que cada uno se comprometía a reclamar el cadáver de un compañero y a darle sepultura con el dinero de la cotización mensual que todos aportaban. 

La dureza de la vida en el ludus y el miedo a morir en combate llevó a muchos gladiadores a quitarse la vida antes de salir a la arena. Pero sin armas a su alcance y sometidos a una férrea vigilancia, el suicidio resultaba difícil. Algunos usaron un gran ingenio para morir, como en este caso narrado por Séneca (Epístola 70):

Un germánico, que se preparaba para el espectáculo, se apartó a la letrina para una necesidad del cuerpo, que era el único momento en que lo dejaban sin guarda, y tomando el bastón que tiene adherida la esponja para limpiarse se lo hundió en la garganta, muriendo asfixiado.

Sólo algunos, con el dinero obtenido por las victorias y el sueldo pagado por los propietarios, amasaron pequeñas fortunas y pudieron retirarse de la vida del anfiteatro.

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/gladiadores-roma_22608

Hallan una calzada romana de 2.000 años bajo una centrica calle de Londres

Londinium (actual Londres) es el nombre que los romanos dieron a la ciudad que fundaron cerca de las aldeas celtas de Llyn Din, en Britania (actual Inglaterra). La ciudad fue construida en un sitio habitado por tribus aborígenes que llamaban Llyn Din al lugar (‘fortín del lago’).

Aquellos celtas habían elegido el emplazamiento como sitio propicio para sus actividades comerciales. La ciudad fundada por los romanos es la actual Londres, que con el paso de los años acabó por absorber las pequeñas aldeas de las inmediaciones.

Cuando los romanos llegaron a la isla para conquistarla hicieron grandes obras de ingeniería según era su costumbre para facilitar la marcha de las tropas y para organizar el país a su modo. Una de estas obras fue la construcción de un puente sobre el rio Tamesis, en un lugar donde no lo afectaran las mareas, es decir en Llyn Din. Los romanos latinizaron, el nombre del sitio como Londinium.

Londinium siguió desarrollándose como ciudad hasta el año 60, en que tuvo lugar un enfrentamiento entre el ejército romano y las tribus sublevadas con la reina Boadicea al frente durante el cual desalojaron la ciudad al tiempo que le prendían fuego. Tras el triunfo de los romanos en la Batalla de Watlin Street la reina se suicidó envenenándose. Las excavaciones han revelado la evidencia de fuego, descubriéndose una capa de ceniza roja. También fue descubierto el emplazamiento militar. La ciudad fue restaurada al cabo de los 10 años y se estableció en ella la sede del gobierno imperial de Britania. Se cree que por entonces contaba con unos 15 000 habitantes. El historiador romano Tacito (55-120) describió la ciudad alabando su grandeza como centro comercial con un magnífico puerto fluvial.

Hacia el año 200 Londinium era ya una de las más ricas y prósperas ciudades del Imperio Romano. En esa época estaba amurallada y su muralla rodeaba 153 hectáreas, equivalente a un círculo de 1400 m de diámetro. Se conservan restos en Wall St., en la actual City, entre Wood St. y Aldermanbury. Las antiguas puertas de entrada a la ciudad han conservado su topónimo en sitios como Ludgate, Dourgate y Beluisgate.

Cuando los sajones invadieron Britania en el siglo V hubo grandes luchas en todo el país. Londinium fue defendida y protegida más que ninguna otra ciudad pero a finales del siglo la ciudad era ya una ruina con pocos habitantes. En el siglo VII sin embargo parece que había recuperado su esplendor —los sajones la habían nombrado capital de su nuevo reino— y es mencionada en algunos documentos como una próspera ciudad sajona de gran riqueza comercial.

Construida poco después de la invasión romana de Gran Bretaña en el año 43 d. C., ha quedado sepultada por las calles modernas y ha sido difícil de localizar para los arqueólogos.

Un equipo de arqueólogos del Museo de Arqueología de Londres ha descubierto un tramo de una importante calzada romana bajo Old Kent Road, una de las calles principales en el sureste de Londres. La calzada, de casi 2.000 años de antigüedad, formaba parte de una de las vías romanas más importantes construidas en Gran Bretaña, que iba desde el antiguo puerto romano de Dover hasta las West Midlands pasando por Londres.

El reciente descubrimiento se realizó durante las primeras obras para una instalación de calefacción de bajas emisiones de carbono, que debe llegar a 3.000 viviendas municipales a lo largo de Old Kent Road, con el objetivo de reducir la huella de carbono del distrito en 11.100 toneladas de carbono cada año.

El tramo de la calzada romana descubierto se encuentra al sur de la intersección de Old Kent Road con Ilderton Road. Mide 5,8 metros de ancho por 1,4 metros de alto y se encuentra en un buen estado de conservación, lo cual permite ver las distintas capas que cuentan la historia de la construcción de la calzada. Según Dave Taylor, director de proyectos del Museo de Arqueología de Londres:

es sorprendente que esta sección de la carretera haya sobrevivido durante casi 2.000 años

La base de la calle moderna se apoya directamente sobre la calzada romana, formada por una base sólida de grava compactada sellada por dos capas de tiza y, en la parte superior, otra capa de arena y grava compactadas. La superficie original de la calzada, que no se ha conservado, probablemente estaba hecha del mismo material y se asentaba a un nivel similar al de la calzada moderna.

Esta es la primera prueba física de que aún sobreviven secciones de esta importante calzada romana, construida poco después de la invasión romana de Gran Bretaña en el año 43 d. C., que ha quedado sepultada por las calles modernas y ha sido difícil de localizar para los arqueólogos. explicó en declaraciones a la BBC el responsable de arqueología del Ayuntamiento de Southwark, el doctor Chris Constable:

Al planificar este proyecto, esperábamos resolver esta cuestión, pero el grado de conservación de la calzada es notable. Esperamos que este proyecto responda a otras preguntas arqueológicas en el distrito

Añadió Gillian King, directora de arqueo Ltd:

El descubrimiento de una sección intacta de la calzada romana de Watling Street, directamente debajo de la actual Old Kent Road, ha rediseñado el mapa de carreteras romanas de Southwark y proporciona información sobre las técnicas de construcción romanas en general,  el descubrimiento es un hallazgo clave para la investigación arqueológica en Londres. El descubrimiento estará marcado por un cartel Road.

El nombre de Watling Street, que es como conocen los arqueólogos este antiguo camino, deriva de la antigua palabra sajona Wæcelinga, que significa extranjero. Esto se debe a que esta calzada conducía hacia el territorio que hoy es Gales, un territorio que permaneció bajo control de los celtas durante mucho tiempo.

https://es.euronews.com/cultura/2024/11/21/los-arqueologos-descubren-un-tramo-de-calzada-romana-de-2000-anos-de-antiguedad-en-londres

https://www.infobae.com/espana/2024/11/19/una-obras-en-londres-sacan-a-la-luz-una-calzada-romana-de-2000-anos-de-antiguedad-es-increible-que-haya-sobrevivido/

National Geographic

Recobran una colección etrusca que casi es vendida en el mercado negro

La oficina de protección del patrimonio cultural de los Carabinieri (la policía militarizada italiana) ha recuperado, tras una complicada operación, un conjunto de objetos funerarios de origen etrusco.

En las sombras del mercado negro del arte, una red de operaciones ilegales reveló un hallazgo arqueológico extraordinario. Restos humanos, sarcófagos y objetos funerarios de la antigua civilización etrusca salieron a la luz en la Città della Pieve, en Umbría, gracias a una investigación exhaustiva liderada por los Carabinieri italianos.

Vasijas y espejos etruscos incautados en la operación.

Marco Di Gianvito / Cordon Press

Todo comenzó en abril de 2024, cuando la oficina de protección del patrimonio cultural de este cuerpo policial recibió fotografías que mostraban urnas cinerarias de estilo etrusco circulando en el mercado ilícito de antigüedades.

Decoradas con figuras semirreclinadas, estos pequeños recipientes despertaron sospechas, ya que coincidían con objetos documentados en la región de Chiusi, conocida por su rica herencia etrusca.

No fue hasta que un profesor de la Universidad de Roma, Tor Vergata, se incorporó a la investigación cuando la teoría quedó confirmada: la policía había recuperado una colección única, datada del siglo III a.C., excavadas ilegalmente en un hipogeo descubierto por un agricultor en el año 2015.

El tesoro recuperado incluye: 8 urnas líticas etruscas, dos sarcófagos y una colección de material funerario relacionado con la época helenística. Las urnas, hechas de travertino blanco de Umbría, están ornamentadas con altorrelieves que muestran escenas de batallas o caza, como también con frisos, algunos de los cuales conservan pigmentos policromados y recubrimientos de pan de oro. Otros, además, contienen representaciones del mito de Aquiles y Troilo.

Por su parte, los sarcófagos contienen restos humanos y ofrecen información invaluable sobre las prácticas funerarias etruscas. Además, el mobiliario funerario incluye espejos de bronce con representaciones de la mítica loba amamantando a Rómulo, peines de hueso, un balsamarium que aún conserva restos de perfume, vasijas ceremoniales y otros objetos utilizados por las mujeres etruscas en banquetes y rituales.

Pero más allá de la colección, ¿quién está detrás del misterio que la envuelve? Pues bien: los Carabinieri identificaron un empresario local como principal sospechoso, ya que él es el propietario de terrenos cercanos al hipogeo descubierto en 2015.

Así, al detectar movimientos inusuales y, más tarde, confirmar la inminente venta de las piezas en el mercado negro, solicitaron interceptaciones telefónicas y vigilancia aérea con drones. Estas maniobras permitieron localizar con exactitud el sitio de la excavación ilegal y vincularlo a los objetos recuperados.

Explica la policía:

Las actividades en cuestión permitieron identificar con considerable probabilidad la presencia de los hallazgos dentro de un área bien definida en el territorio de Città della Pieve.

Asimismo, durante el operativo, se identificó a dos posibles responsables, que enfrentan ahora cargos por robo y tráfico de bienes culturales.

Con todo esto, los expertos se han referido a esta operación como «una de las recuperaciones de artefactos etruscos más importantes jamás llevadas a cabo durante una acción de investigación», indica el comunicado. Y no es para menos: dejando a un lado los destacados esfuerzos de las autoridades por proteger el patrimonio cultural, este hallazgo, que se encuentra en excelente estado de conservación, alberga una historia milenaria que será reconstruida una vez la investigación llegue a su fin.

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/italia-recupera-valiosa-coleccion-etrusca-que-iba-ser-vendida-mercado-negro_22619

La tabla de los Diez Mandamientos más antigua, está en venta

Una tabla bizantina con los Diez Mandamientos se subastará el 18 de diciembre por un precio de salida de un millón de dólares estadounidenses.

La casa de subastas Sotherbys de Nueva York subastará un objeto verdaderamente único: la tabla más antigua inscrita con los Diez Mandamientos. Esta pieza data del período bizantino, tiene aproximadamente 1.500 años y es la única de esa antigüedad que se conserva completa.

Inscrita en escritura paleohebrea, está fabricada con mármol, pesa 52 kilos y mide unos 60 centímetros de alto. Consta de veinte líneas de texto grabadas en la piedra, pero hay algo muy curioso: la placa contiene solo nueve de los mandamientos que hoy conocemos. El segundo mandamiento – “No tomarás el nombre del Señor en vano” – es sustituido por otro, el de rezar en el Monte Guerizín, un lugar sagrado situado en la actual ciudad de Nablus (Cisjordania) donde hoy se encuentra la iglesia ortodoxa griega del Pozo de Jacob.

Esta es la tabla más antigua que se conserva de los Diez Mandamientos (y está en venta)

Esta pieza extraordinaria se expondrá en la casa Sotheby’s de Nueva York del 5 al 17 de diciembre, con horario abierto al público de 10 a 17 horas entre lunes y sábado y de 13 a 17 en domingo. Posteriormente, el 18 de diciembre, se venderá en lote único, y su precio de salida se ha fijado en un millón de dólares americanos: su valor se ha estimado entre uno y dos millones, pero nadie sabe hasta cuánto puede estar dispuesto a pagar un coleccionista por hacerse con este tesoro.

La tabla fue desenterrada en 1913 durante unas excavaciones ferroviarias a lo largo de la costa sur del actual Israel, que entonces era parte del Imperio Otomano; y se encontró en unos yacimientos cercanos a antiguas sinagogas, mezquitas e iglesias. La importancia del descubrimiento pasó desapercibida durante muchas décadas: de hecho, durante treinta años sirvió como adoquín en la entrada de una casa local, con la inscripción hacia arriba y expuesta al tránsito peatonal.

Al estar escrita en una lengua antigua, posiblemente quien la encontró no entendió qué decía. En 1943, la placa fue vendida a un erudito que reconoció en las inscripciones el decálogo fundacional del reino israelita. Su destino posterior hasta el momento actual es desconocido: no está claro qué sucedió con la tablilla inmediatamente después de su compra en 1943, y no se ha hecho público quién la vende actualmente.

En opinión de los expertos, originalmente la tabla habría estado expuesta en una sinagoga o en una vivienda privada. El lugar original de la placa seguramente fue destruido durante una de las muchas conquistas que ha vivido este lugar a lo largo de su historia, y señalan las cruzadas como el momento más probable, puesto que en ese momento se destruyeron edificios en la zona en la que fue encontrada.

El hecho de que el segundo mandamiento sea distinto resulta muy interesante. Los Diez Mandamientos aparecen en la Biblia en dos versiones principales, el Libro del Éxodo y el Deuteronomio. La tradición judía y las diversas corrientes cristianas contienen ligeras variaciones, pero hasta ahora el texto referido al Monte Guerizín era totalmente desconocido. Esto puede indicar la existencia de alguna corriente religiosa desconocida en tiempos bizantinos, o bien que fue encargada por un privado que decidió salirse de la ortodoxia religiosa.

Sotheby’s presenta la tabla como “una demostración del código moral que sustenta la civilización occidental” y destaca su relevancia para el judaísmo, el cristianismo y el islam, afirmando que representa un verdadero puente entre religiones, regiones y épocas.

El director global de Libros y Manuscritos de Sotheby’s opina:

esta notable placa no es solo un artefacto histórico de enorme importancia, sino un vínculo tangible con las creencias que ayudaron a dar forma a la civilización occidental. Encontrarse con esta pieza compartida de patrimonio cultural es viajar a través de milenios y conectarse con culturas y creencias contadas a través de uno de los códigos morales más antiguos y duraderos de la humanidad

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/diciembre-se-subastara-tabla-mas-antigua-que-se-conserva-diez-mandamientos_22613

Descifra inscripción frigia de 2600 años en Turquía

Un investigador asegura haber descifrado una antigua y deteriorada inscripción tallada en un monumento de 2.600 años de antigüedad en Turquía, conocido como Arslan Kaya o roca del león. Este monumento, decorado con imágenes de leones y esfinges, contiene una referencia a Materan, una diosa venerada por los frigios, una civilización que permaneció en la región desde aproximadamente el año 1200 a.C. hasta el 600 a.C. Según Mark Munn, profesor de historia griega antigua y arqueología en la Universidad Estatal de Pensilvania, Materan era conocida simplemente como la Madre por los frigios.

El culto a Materan trascendió culturas. Los griegos la identificaron como la Madre de los Dioses, mientras que los romanos la llamaban Magna Mater o Gran Madre. En la época en que se construyó el monumento, el área pudo haber estado bajo el dominio del reino de Lidia, otra civilización que también veneraba a esta diosa. La inscripción en Arslan Kaya, aunque gravemente dañada por el paso del tiempo y saqueos, ha sido motivo de debate desde el siglo XIX. Para descifrarla, Munn utilizó fotografías detalladas tomadas bajo condiciones de luz favorables y examinó registros históricos previos, según explicó en un artículo publicado en la revista Kadmos el 24 de octubre de 2024.

Munn destacó que la iluminación adecuada fue crucial para interpretar el texto. En particular, el 25 de abril de 2024, las condiciones de luz en el sitio fueron especialmente favorables, lo que permitió observar detalles previamente ocultos. El monumento no solo menciona a Materan, sino que también incluye una representación de la diosa. Además, los detalles estilísticos sugieren que fue creado a mediados del siglo VI a.C. Sin embargo, Munn cree que el nombre de la diosa sería solo parte de una inscripción más extensa que posiblemente explicaba quién ordenó la obra y la relevancia de Materan en ese contexto.

Aunque el trabajo de Munn aclara ciertas dudas sobre la inscripción, «no propone interpretaciones novedosas», según Rostyslav Oreshko, investigador especializado en inscripciones frigias. Oreshko señala que la identificación de Materan ya había sido sugerida en el siglo XIX y que el reciente análisis simplemente confirma esta lectura. Indica Oreshko:

El artículo no aporta algo radicalmente nuevo, pero sí establece con claridad la lectura de la inscripción

Los saqueos y el desgaste natural dificultan la tarea de descifrar mensajes que datan de milenios atrás. Pese a las críticas, el trabajo de Munn contribuye a consolidar una comprensión más clara de este enigmático monumento. El debate, que lleva más de un siglo, podría finalmente estar llegando a su fin.

Munn destacó que la iluminación adecuada fue crucial para interpretar el texto. En particular, el 25 de abril de 2024, las condiciones de luz en el sitio fueron especialmente favorables, lo que permitió observar detalles previamente ocultos. El monumento no solo menciona a Materan, sino que también incluye una representación de la diosa. Además, los detalles estilísticos sugieren que fue creado a mediados del siglo VI a.C. Sin embargo, Munn cree que el nombre de la diosa sería solo parte de una inscripción más extensa que posiblemente explicaba quién ordenó la obra y la relevancia de Materan en ese contexto.

https://www.larazon.es/ciencia/arqueologo-descifra-finalmente-inscripcion-2600-anos-antiguedad-turquia-credito_20241120673d40818e90030001ce73ff.html

Azafran

Una gran parte del comercio fenicio estaba dedicada al transporte y al comercio del azafrán

El azafrán se ha empleado en muchas culturas como tinte de las telas, sin embargo como colorante es inestable, ya que en un principio el color resultante es un amarillo brillante que tiende a un anaranjado y en seguida pasa a ser un amarillo pálido que tiende a crema, y todo ello a pesar de utilizar una cantidad suficiente de azafrán.

El azafrán constituía una de las especias más preciados del Mediterráneo antiguo, es decir, de los comerciantes fenicios y otros de la misma época.

Los fenicios, grandes marinos y comerciantes, progresaron gracias al lucrativo negocio de las especias, y convirtieron a su ciudad de Tiro en un gran centro de distribución que abasteció a toda la zona del mediterráneo entre los años 1200 y 800 antes de C.

Los micénicos, al llegar a Creta, se encontraron con un sistema de cultivo de plantas que desconocían y que desempeñaban un papel importante en la industria minoica. A la isla llegaría el cultivo del azafrán a través de los contactos comerciales con cercano oriente, como se demuestra por las palabras viajeras. Por tanto se puede decir que este era un material preciado por los antiguos colonos tanto fenicios como griegos.

Los fenicios lo compraban ya envasado en frascos egipcios o en tarritos fenicios, aunque crecía de manera natural en las regiones septentrionales del país. Muchas de las naves de los fenicios tenían todo su espacio de carga ocupado por el azafrán, y diseminaban por los diversos países todas las diferentes formas en que podía usarse. Ellos mismos lo utilizaban para cocinar y como tinte.

Los fenicios y los cartagineses utilizaban el azafrán para teñir los velos de novia, de hecho hoy en día se sigue utilizando para teñir diferentes tejidos, como en el Tibet, donde los monjes budistas utilizan las hebras de azafrán para colorear sus togas.

Los barcos fenicios llegaban a las playas y depositaban saquitos de azafrán y alguna otra baratija, luego esperaban a que los locales depositasen oro o plata; cuando los locales se retiraban; volvían a la playa los marineros fenicios y si les parecía suficiente el metal, se lo llevaban; si no, lo dejaban allí y volvían a su barco anclado, para indicar que requerían más.

Era un sistema perfecto y funcionaba como un reloj, por interés de ambas partes

El azafrán es un colorante que también se emplea en biología para elaborar la safranina con la que elaboran tinciones y, en pintura artística, es empleado el mismo azafrán como pigmento.

La forma de hacer estos tintes era diferente según cada época y pueblo. Su origen se sitúa en Asia Menor, hace más de 3000 años.

Los fenicios ofrecían azafrán como ofrenda en las bodas como símbolo de fertilidad. Entre los fenicios, las sábanas teñidas con azafrán eran lo más elegante para las noches de boda, así también su fragancia y virtudes afrodisíacas se ensalzan en la literatura griega y romana.

En el palacio de Knosos (Creta), un fresco minoico pintado entre 1500 y 1600 a.C, muestra el azafrán como droga terapéutica, mientras que la referencia escrita más antigua aparece en un tratado botánico asirio del siglo VII a.C. Se dice que Alejandro Magno (356-323 a.C) en sus campañas asiáticas, utilizaba el azafrán persa en sus infusiones y abluciones, costumbre que llevó consigo a Grecia. 

El aroma desprendido por el azafrán ha hecho que se haya utilizado este condimento a lo largo de la historia como un perfume. En Europa, se empleaban los hilos de azafrán en combinación con el vino y la planta del alkanet para preparar aceites aromáticos como el crocinum que se utilizaba aplicándolo en el pelo como un perfume.

Antiguamente, el azafrán también era muy utilizado por las mujeres de la aristocracia para elaborar mascarillas faciales que aplicaban contra espinillas y erupciones, a su vez, utilizaban el azafrán también para maquillarse, para suavizar la piel y como ingrediente en perfumes y cremas. Otra de las aplicaciones que se le daba al azafrán en la Roma antigua era espolvoreado en las estancias de la casa para perfumar y por su poder desinfectante, también extendían unas cuantas hebras sobre el lecho nupcial de los recién casados para que la unión de éstos fuese fértil, puesto que veían el azafrán como un poderoso afrodisíaco; hoy en día en algunas zonas de nuestro país se sigue regalando como tradición a las parejas de novios unas hebras de azafrán como símbolo de deseo de prosperidad.

El azafrán también se utilizaba para tintar los cabellos de rubio, siendo en un principio empleados por las prostitutas de lujo en la antigua roma puesto que las rubias eran más cotizadas, esta técnica de tinte capilar con azafrán se siguió empleando en el siglo XVI en Venecia, donde las damas se ponían lociones realizadas con una base de sulfuro y azafrán que hacían cocer en sus cabezas colocándose al sol.

 En la península Ibérica el azafrán procedente de la región de los olcades y de los oretanos se exportaba por los distintos puertos marinos y fluviales así como Cartago Nova, Portus Ilicitanus, La Fonteta, Vinarragell, Sucro, Tiris y demás puertos del levante peninsular.

https://los-cananeos.blogspot.com/2014/01/azafran.html

Agatias, Historia

Hay en el texto un tratamiento del miedo como concepto poético con licencias, abierto, en una historiografía profana con vocación erudita y discurso propio.

En un contexto inquietante e imprevisible de fatum, al que la inercia de la coyuntura de descomposición del Imperio Romano aboca.

La emoción impregna la crónica histórica, testimonio valioso de un cambio de paradigma, donde hay una mudanza en el mapa político. 

El eco del miedo, es la emoción que subyace en la Historia de Agatías, que posibilita al autor explorar la vulnerabilidad humana sin perder el gracejo poético, eje de este ensayo e hilo conductor a través del que se estructura el discurso.

Su eco, arma política, susceptible de ser manipulada por los agentes sociales, como se observa en el amarillismo de los media actuales (capaces de todo por hacer caja) supone en la antigüedad a través de la barbarie, el freno a las políticas expansionistas de las migraciones germanas.

Se percibe un ubi sunt, dónde cualquier tiempo pasado siempre fue mejor, una mirada atrás con nostalgia, en donde los bizantinos no se llaman a sí mismos así sino romanos.

En este contexto el miedo moldea las acciones del colectivo social y analizarlo desde la subjetividad en el contexto de la obra, racionalizando los conflictos y dándole un corpus de ensayo cuantificando, supone una osadía.

Aquí el miedo se erige mecanismo de supervivencia, también motor de progreso que se reitera en la memoria de generaciones, pero que en ese instante angustia por la perspectiva de un futuro incierto.

Subyace un patrón moral de ética aplicada, compromiso y autoexigencia, donde destaca una aspiración de virtud y prudencia, en donde los actos humanos y lo divino interactúen armónicos.

También como Horacio se vale en su intención didáctica, de instrumentos como la retórica forense como abogado.

En la composición del discurso, también se vale de su propia experiencia poética, de argumento de autoridad, símiles, comparaciones, anécdotas, aliteraciones, metáforas, etc, pero siempre buscando la complicidad del lector…

La narración se sitúa en el periodo comprendido entre 552-558/9 del reinado de Justiniano I, habitualmente mencionado por historiadores eclesiásticos.

565 comienza la escritura de las Historias (o Sobre el reinado de Justiniano), que nunca acaba no se saben las razones, cuyos cinco libros prosiguen la Historia de las guerras de Procopio, que finaliza el 552.

Incide en los acontecimientos del periodo del 552-559, a las campañas del ejército bizantino liderados por Narses contra vándalos, godos, francos y los combates frente a persas y hunos.

Se supone que la muerte le sobreviene a Agatias porque menciona el fallecimiento de Cosroes en el 579, pero no el acceso al trono de Mauricio.

Agatías (530-582), principal historiador en la época del emperador Justiniano I (552-558) como fabulador sabe manipular al lector para convocar emociones de manera dispersa, aunque el cometido sea la crónica histórica y busque rigor en el proceso historiográfico.

Adiestrado en las lides de la persuasión forense del Código Privado Romano en la prestigiosa Escuela de Derecho de Beirut, aprovecha la instrucción, para erigir una narración casi con tintes de epopeya, que a pesar de ellos su cercanía, capta la inmediata atención del lector.

Narra en primera persona que es un desafío literario, por la dificultad que conlleva, pero su argumentación, minuciosidad y vastas descripciones, terminan conformando la obra, como una foto bastante fidedigna de la antigüedad, en el que se percibe el espíritu de la época y que ningún otro describe, con lo que se constituye en fuente.

El autor es un retor profesional y sabe persuadir a la audiencia y se sabe que ejerce una época como Pater Civitatis o Padre de la Ciudad, magistrado de Esmirna, donde erige letrinas públicas.

Hay en su Historia una implicación moral por parte del autor, en forma de advertencia o aviso de navegantes al lector, para que en tiempos de incertidumbre como el que viven, busquen en la prudencia, virtud y contención un asidero sólido que evite la dispersión.

Sometidos a una constante atmósfera de inseguridad y vacilación, con el riesgo de las trepidantes campañas militares que describe el texto,  se dan cita en este despliegue fresco de descripciones, la arbitrariedad de poder,  las catástrofes naturales, pestes etc.

El autor proyecta un espectro, una foto fija de la realidad del momento, de las coyunturas cambiantes.

Hay un Pantocrátor castigador con  espada de fuego, que hace justicia frente a la perversidad innata, que hace del humano en el viaje de la vida un ser frágil envilecido.

 A veces se atisba en el entramado de la escritura, un dios cristiano, que se amalgama a la tragedia, y donde hay un proyecto divino para cada individuo, por lo tanto esperanza, pero no se tiene certeza de la sinceridad del autor en este apartado, porque para medrar tenía que ser cristiano.

La alternancia del maniqueo peligro/castigo divino genera temor, hacia lo desconocido e incontrolable, dos fantasmas que flotan en el cosmopolita Bizancio del momento y en el que Agatias trata de racionalizar y estructurar con oficio en este corpus, valiéndose de códigos poéticos que se enlazar a la crónica.

Estas licencias retóricas de su antiguo oficio poético,  imprimen dinamismo a la historiografía emerge.

La finalidad pedagógica sutil,  intenta mostrar los desastres y miseria moral a los que conduce la arrogancia, corrupción, guerras o calamidades naturales, resultados de un castigo divino.

Aunque se supone que continua a Procopio, el autor  al texto en sus crónicas imprime poética, el factor añadido de arte, que dota de vida y dinamismo, en los que consigue además de una información contrastada, una total originalidad, que lo convierte en fuente histórica (a veces sospechosa de  inflar la figura de Justiniano).

El miedo como atavismo del ser en esta obra histórica incompleta del nestoriano disimulado Agatias, cronista oficial de la corte de Justiniano, se plasma en la inquietud que provocan determinados episodios.

A la manera de crónica y sin abandonar la intencionalidad moral, subyace interactuando a las pulsiones de eros y thanatos, que hace presente el talante polifacético y fabulador del autor, reflejo de la sofisticación del cosmopolita Bizancio del siglo VI.

Aunque de forma expresa o tácita, el miedo se muestra y hace presente de forma deliberada como una constante en el devenir del discurso histórico, que no puede desasirse de este compendio…

Predomina un docere et delectare y un estilo humilis, hay afán didáctico y educación moral, buscando miedo y piedad, mediante la catarsis, hay voluntad de resguardar el ser frente al caos para evitar la tragedia de la descomposición.

Aunque hay un discurso peculiar, no hay originalidad porque se continúa en la línea que Procopio abre.

Hay una funcionalidad a priori en las premisas de la obra con una intencionalidad, para que el despliegue de situaciones y acontecimientos, sirvan de aprendizaje moral a los lectores.

Se sirve de recursos como el miedo, entre otras, para remover de la indiferencia, del espacio de confort al lector.

Entre medio despliega una batería de habilidades retóricas y estilísticas de digresiones y anotaciones al margen que forja una amalgama de discurso ameno, donde se entremezclan vida y narración.

La sensibilidad del momento es un prisma de comprensión, del miedo que es un elemento que afecta a las decisiones de personajes históricos moldeando la gestión del colectivo social.

El miedo está presente en la obra en forma de razzias, confrontaciones entre bandos, motines, crisis políticas, desastres naturales, cambios de coyunturas, reflejando la importancia de esta emoción en la narrativa histórica y en la literatura antigua.

Apéndice

Página 367-368

Cambio de vida en la población 

Pero no hubo nadie que en aquella circunstancia no se encontrase lleno de temor y zozobra. Se oían plegarias e himnos de súplica por todas partes, con la gente reunida para ese fin. 

Lo que de palabra se valora, pero que  es a lo que entonces se inclinaba la gente: de repente todos se habían vuelto justos en  tratos mutuos, de modo que incluso los jueces, olvidándose de su ganancia, administraban justicia de acuerdo con las leyes y los que tenían algún tipo de poder vivían de manera pacífica ocupados en sus propios asuntos. actuando piadosamente y olvidándose de sus actos malvados. Algunos incluso dieron un  vuelco a su existencia y abrazaron una vida solitaria y agreste: abandonaron por completo las riquezas, los honores y todo cuanto es dulce para los hombres’. Se llevaban muchas ofrendas a las iglesias y durante la noche los notables de la ciudad recorren las calles cuidando con generosas cantidades de alimentos y ropa a los más necesitados y miserables, como los muchos mutilados que yacían tendidos en el suelo y que tienen lo indispensable gracias a las limosnas. Sin embargo, todo esto se redujo a un período. Pero en cuanto se vislumbra una tregua y una pausa en el peligro, la mayoría volvió a sus costumbres. Este tipo de impulsos, a decir verdad, no pueden ser llamados ni justicia ni tampoco piedad sólida y activa, como la que queda grabada en la mente por la ortodoxia y por un muy constante afán, sino un recurso inusual, como un negocio fraudulento cuyo fin es escapar a toda costa de una situación. Así que, obligados sin duda por la necesidad, gustamos de las buenas obras sólo hasta que se nos pasa el miedo.

Página 391

El miedo embarga a la población de la ciudad 

Por cllo el resto de Tracia y los lugares próximos a la propia ciudad imperial estaban desiertos y sin vigilancia, de modo que a los bárbaros les resultaron completamente accesibles: llegaron a tal grado de osadía que acamparon en los alrededores de la aldea de Melantiade, que se encuentra a no más de estadios'» de la ciudad. Junto a ella discurre el río Atiras, que un poco más adelante se desvía ligeramente hacia el noroeste para verter sus aguas en la Propóntide ; el puerto que se extiende por la desembocadura y la costa recibe su mismo nombre. Al saber los ciudadanos que los enemigos estaban acampados tan cerca de Bizancio, les embargó el terror y con la mente puesta no sólo en los peligros del momento, sino aún más en los futuros, soñaban con asedios, incendios, falta de alimentos y brechas en la muralla. Por ejemplo, se dio el caso frecuente  de que la gente que huía se agolpaba en las calles de dentro de la ciudad, peleándose con un terror tan irracional como si el enemigo hubiese entrado ya. Se produjo, además, un gran estruendo cuando las puertas de las tiendas se cerraron de golpe.  Pero no sólo a la multitud y a los ignorantes les invadió el pánico y la angustia. también a todas las autoridades. Ni siquiera el propio emperador, creó, tuvo en poco lo sucedido y, en efecto, por una orden suya se retiraron todos los adornos de los templos que se encontraban fuera de la ciudad en la parte europea y en la zona de la costa que va desde las llamadas Bla quemas y el Cuemo y que llega al Ponto Euxino, a la orilla del Bósforo»‘. 

Las ofrendas de valor y el resto de la decoración fueron quitadas de todos por los encargados de ese trabajo, que guardaron una pane, después de transportarla en carros hasta el interior de la ciudad; la otra la cargaron en esquifes y la trasladaron a la orilla opuesta del estrecho: en aquellos días se podía, así, contemplar los templos de aquella zona desnudos y sin adornos, como si estuviesen sin consagrar por haber acabado de construirse. 15 Tan terriblemente grandes eran los peligros que previsiblemente se avecinaba, que algunos centuriones y comandantes y muchos hoplitas se apostaron en la muralla de Sicas’ y en la llamada Puerta de Oro, para contener con todas sus fuerzas a 2 los enemigos, si es que atacaban. 

Página 164

El terremoto en Alejandría 

Incluso en la gran Alejandría. la que está a orillas del río Nilo, una tierra no acostumbrada a los terremotos, se sintió un pequeño temblor muy débil, casi imperceptible, pero que existió. Todos los habitantes, en especial los más ancianos, tomaron lo sucedido como un gran prodigio, ya que nunca antes había pasado nada igual. No hubo quien se quedara en su casa, sino que la multitud se echó a la calle, llena de un terror desproporcionado por lo insólito y extraño del acontecimiento. Confieso que a mí mismo (que me encontraba allí recibiendo la educación pertinente a los estudios de Leyes ) me embargó el temor a cualquier pequeña sacudida. porque las casas de allí no iban a poder resistirse, al no ser sólidas ni suficientemente firmes como para aguantar el más mínimo movimiento, sino frágiles e  inestables, pues están construidas sobre un muro simple. Incluso los notables de la ciudad, también ellos tenían miedo, yo creo que no por lo que ya había sucedido, sino porque les parecía que en el momento menos pensado podría volver a suceder. 

Página 154

Un nativo me dijo que una columna de piedra con una inscripción anónima en versos elegíacos fue levantada en la orilla del río. He aquí la inscripción: Las ondas del río Casulino, cargadas de cadáveres, las recibió el costero litoral de la Toscana, porque la lanza ausonia mató a las tribus francas, a cuantas obedecían al miserable Butilino. Ah, corriente dichosa. que valdrás como triunfo, enrojecida largo tiempo por la sangre bárbara ’98. Este epigrama. estuviese verdaderamente grabado en la pie- 9 dra o fuera pasando de boca en boca hasta que llegó a mí, no creo que nada me impide citar aquí: quizá pueda servir como un testimonio no desagradable de lo sucedido en la batalla.

Página 146

Respuesta de los hérulos 

Pero Narsés, que de este modo había limpiado la impureza del asesinato, no sintió la menor preocupación por los hérulos y se dirigió hacia la línea de combate, diciendo en público y a gritos que quien quisiera participar de la victoria le siguiera. Tan claramente confiaba en la ayuda del Todopoderoso que se puso en marcha » según los planes ya decididos. Pero Sindual, el general hérulo,  pensó que era una vergüenza y una deshonra que él y sus hombres parecieran desertar de una batalla de tal magnitud, como si tuvieran, en realidad, miedo del enemigo y hubieran hecho de su afecto por el hombre muerto una disculpa y un pretexto para su cobardía. Por tanto, al no poder permanecer inactivo, le dio señal a  Narsés para que esperara, ya que se le iban a unir inmediatamente. 

Pero éste le dijo que no podía esperar, si bien procuraría que tuviesen un sitio adecuado en la formación, aunque fueran a negar algo más tarde. Y así los hérulos, perfectamente armados y en orden, comenzaron a moverse a paso de marcha. 

Página 138

El ejército es atacado por una plaga

 Pero su desgracia no había llegado sólo hasta ahí, ya que poco después una repentina plaga cayó sobre ellos y mató a la mayoría. Algunos acusaban al aire de la zona de estar infectado y creían que era el causante de la enfermedad. Otros, en cambio, culpaban al cambio de vida, porque al acabar con las luchas continuas y las grandes caminatas se habían entregado a la molicie. Pero no comprendieron la causa verdadera e inexorable del desastre: es evidente, creo yo, que fue su maldad y su desprecio de las leyes divinas y también de las humanas.

Página 108

Narsés finge ejecutar a los rehenes 

Llevó a los rehenes delante de todos, con las manos cruzadas y bien atadas detrás de la espalda y la cabeza gacha, para mostrar a sus compatriotas la penosa situación en que se encontraban y amenazar con matarles rápidamente si no se apresuraban en cumplir lo que ya había sido acordado. A los rehenes se \es habían colocado unas pequeñas tablas desde la nuca hasta los pies, ocultas con unas bandas de tela, para que los enemigos no pudiesen distinguirlas desde la distancia. Al no obedecerle la  ciudad, inmediatamente dio orden de colocarles en fila y decapitarles. Los soldados de su guardia desenvainaron las espadas y las dejaron caer pesadamente como para cortarles el cuello pero el golpe cayó en las tablas y no les hizo ningún daño, aunque, tal y como se les había ordenado, caían hacia delante y voluntariamente se agitaban y se retorcían simulando morir. 

Cuando los habitantes de la ciudad vieron lo que, por lo alejados que estaban, no era lo que había pasado, sino lo que a ellos les parecía haber visto, todos al unísono se lamentaron, al considerar lo sucedido como una desgracia, puesto que los rehenes no pertenecían al pueblo llano, sino que eran varones muy destacados y de alta alcurnia. Creyendo que se les había privado de , hombres tales, surgió un inconmensurable clamor y se oyeron quejas sin número y un gemido hondo y doliente; una multitud de mujeres que se golpeaban el pecho y se rasgaban las vestiduras llegaba a los baluartes»’, pues eran quizá las madres de los que parecían haber muerto, quizá eran sus hijas casaderas, quizá cualquier otra cosa. Y, lógicamente, todos insultaban sin  disimulo a Narsés y lo llamaban insolente y canalla; decían que era un salvaje y un asesino y que su imagen de ser siempre piadoso y devoto era sólo una pose.

Página 212

Episodio con el cadáver 

Se cuenta que en su viaje de vuelta les sucedió algo en extremo prodigioso y memorable Habían parado a descansar en medio de un campo en Persia y vieron que estaba ahí abandonado el cadáver insepulto de un hombre muerto recientemente. Compadecidos por 10 indecente de la costumbre bárbara y pensando que no era piadoso quedarse viendo un crimen tan antinatural, hicieron que sus sirvientes envolvieran el cuerpo como pudieran y lo sepultaran bajo tierra. 

Esa noche, ya dormidos, a uno de ellos (no puedo decir su nombre porque no  sé) le pareció ver en sueños a un hombre mayor, al que no conocía ni podía suponer quién era, pero ilustre y venerable; parecía, por el tipo de ropa que llevaba y su barba larga y suelta, un filósofo. Con potente voz le recitó este poema, como amonestación y precepto: No sepultes al insepulto, déjalo convertirse en presa de perros. La tierra, madre de todos, no acepta a quien mancilla a su madre.  El terror lo hizo despertarse bruscamente y les contó a los demás su sueño. Al principio, estaban completamente desconcertados sobre el sentido que pudiera tener, pero después, a medida que avanzaba la mañana y continuaban su camino, obligados por las características del terreno, tuvieron que pasar por el lugar en el que habían improvisado aquella tumba, encontraron al cadáver allí tendido, desnudo, como si la tierra misma lo hubiera expulsado a la superficie negándose a protegerlo de las hambrientas fieras. Atónitos ante el portentoso espectáculo,  siguieron su camino, sin realizar a partir de entonces ninguno de sus ritos funerarios  pues analizaron el sueño y comprendieron que los persas tenían como castigo por sus impúdicas relaciones con sus madres dejar los cuerpos insepultos para ser despedazados, con toda justicia, por los perros.

Bibliografía: Villaro, B. O. (2008). Historias. Editorial Gredos.

Carlo Magno, primer emperador de la Edad Media

En el año 768 d.C. Pipino el Breve, hijo de Carlos Martel y rey de los francos, murió dejando el reino a sus dos hijos: al mayor, Carlomagno, legó los territorios occidentales de Aquitania, Neustria y Austrasia; el menor, Carlomán, heredó la parte mediterránea con Septimania y Provenza y los territorios interiores de Borgoña, Alsacia y Suabia. Ambos hermanos no se llevaban bien y solo la fuerte autoridad de su madre Bertrada, que a la muerte de Pipino sigue ejerciendo un gran ascendente sobre sus hijos, evita una guerra civil que hubiera podido desintegrar la frágil unidad del reino franco.

Durante la Alta Edad Media los francos fueron consolidando su poder en las actuales Francia, Suiza y Alemania. La dinastía carolingia asciende del rango de mayordomos de palacio al de emperadores.

Carlomán murió poco después de su padre, en el año 771, permitiendo a su hermano gobernar toda la extensión del reino franco. Pero este no se contenta con ello: a lo largo de sus cuarenta y siete años de reinado Carlomagno sometió a los lombardos del norte de Italia, a los sajones de Germania y creó la Marca Hispánica al sur de los Pirineos. En el año 800 fue coronado Emperador de los Romanos por el papa, convirtiéndose en el primer soberano europeo que asumía un título imperial desde la caída del Imperio Romano de Occidente.

A lo largo de sus cuarenta y siete años de reinado Carlomagno sometió a los lombardos del norte de Italia, a los sajones de Germania y creó la Marca Hispánica al sur de los Pirineos.

El ascenso de Carlomagno fue propiciado en parte por su aprovechamiento de los conflictos ajenos. El rey franco estaba casado con Ermengarda, la hija de Desiderio, el rey de los lombardos (o longobardos) que gobernaban el norte de Italia; se trata de un matrimonio político que debía servir para mantener la paz, pero su esposa tenía una salud frágil y no pudo darle ningún hijo, por lo que acabó repudiándola. Era el año 771, el mismo en el que su hermano Carlomán murió: los hijos de este se dirigieron a Pavia, la capital del reino lombardo, para pedirle a Desiderio que haga valer sus derechos como herederos frente a las pretensiones de su tío.

El rey lombardo, ofendido con Carlomagno por haber repudiado a su hija, no necesitó más para empezar la guerra. Pero fue una decisión desastrosa para él: Carlomagno dividió su ejército en dos columnas y una de estas consiguió llegar hasta Pavía y ponerla bajo asedio. La vigilia de Pascua del 774, recibió la visita de una delegación de condes y obispos romanos que le traían una invitación del papa Adriano I para visitar Roma, que él aceptó gustosamente. En la antigua ciudad de los césares fue recibido con todos los honores y forjó una alianza con el papa, tan interesado como él en deshacerse de los lombardos.

Tras vencer en el asedio de Pavia, Carlomagno ciñó la corona de Rey de Italia y puso fin al reino lombardo.

Tras pasar la Pascua en Roma vuelve a Pavía que, agotada por el hambre y la epidemia, se rinde. Carlomagno ciñe la corona de hierro de los reyes lombardos, terminando así la historia de la Italia longobarda y ganando un poderoso aliado en el Vaticano. Pero era solo el primer paso hacia una gloria mucho mayor.

A su regreso al reino franco, Carlomagno recibe una inesperada visita: una delegación andalusí formada por enviados de los gobernantes de Gerona, Barcelona, Huesca y Zaragoza. Estos le ofrecieron un suculento trato: su vasallaje a cambio de que el rey franco les ayudara en su rebelión contra el emir de Córdoba y les mantuviera en su cargo. Carlomagno aceptó el trato pensando que sería una campaña corta y que le permitiría extender su poder hasta la península Ibérica, pero esta vez fue él quien se equivocó.

El propósito del rey franco, profundamente católico, era seguir los pasos de su abuelo Carlos Martel, que en el año 732 había frenado el avance andalusí en Poitiers, y retomar Hispania para la cristiandad. De su objetivo solo logró una mínima parte: la creación de la Marca Hispánica, una zona colchón desde Barcelona hasta Pamplona, ocupada por nobles vasallos. La guerra se prolongó de forma intermitente hasta el año 811, cuando el rey ya estaba en sus últimos años de vida. Seguramente el episodio más conocido sea la batalla de Roncesvalles, acontecida durante la primera campaña, cuando el ejército franco en retirada fue atacada por los vascones: en esa emboscada murió el prefecto de la Marca de Bretaña, Roldán, cuya figura inspiró -exagerando la épica- el famoso cantar de gesta Chanson de Roland.

A pesar de su devoción religiosa, Carlomagno podía ignorar la fe en favor de la política cuando convenía. Muestra de ello fue la buena relación que entabló con el califa de Bagdad, el abasí Harún al-Rashid, interesado igual que él en someter a los emires omeyas de Córdoba. Al-Rashid obsequió al rey de los francos con numerosos presentes como un reloj, un juego de ajedrez de marfil y un elefante llamado Abul-Abbas por el que Carlomagno desarrolló un verdadero afecto: lo alojó en su palacio de Aquisgrán como un huésped de honor, le hablaba, se ocupaba personalmente de lavarlo y comía con él. En un exceso de amor paterno, lo alimentó demasiado y el animal murió de una indigestión; o según otras versiones, de una pulmonía tras haber atravesado el Rin a nado. El rey de media Europa lloró amargamente la pérdida de su mascota preferida y decretó un luto nacional por él.

Si con el califa podía hacer la vista gorda a las cuestiones de fe, no sucedía lo mismo con los sajones paganos, que habitaban las tierras entre el Rin y el Elba. Teóricamente reconocían la autoridad del rey franco y le pagaban un pequeño tributo en forma de caballos para la guerra, pero en el 772 se negaron a ello, dándole la oportunidad a Carlomagno para conquistarlas.

 La empresa resultó tan ardua como la de Hispania y le ocupó durante más de veinte años. La guerra seguía siempre un esquema parecido: un caudillo sajón lideraba una revuelta, que los francos aplastaban; obligaban a los jefes sajones a convertirse al cristianismo y abandonar el paganismo, pero apenas el ejército franco se marchaba incendiaban las iglesias, mataban a los sacerdotes y volvían a sus costumbres.

El Irminsul era un roble sagrado para los sajones, que creían que conectaba la tierra y el cielo. Carlomagno obligó a los prisioneros sajones a cortar uno de ellos y abjurar de sus creencias.

Finalmente, tras la enésima rebelión, Carlomagno optó por una decisión drástica: deportar a miles de familias sajonas a Francia y en su lugar enviar a colonos francos a Sajonia. Impuso en el nuevo territorio un estado de ocupación que podría resumirse en una alternativa: convertirse al cristianismo o morir. La táctica dio resultado y a finales de su reinado Sajonia había sido integrada con bastante éxito en el reino franco.

Carlomagno había hecho del reino franco el más poderoso de Europa, pero seguía siendo un rey igual que lo había sido antes su padre. Pero en el año 799 le llegó su gran oportunidad, cuando recibió en su residencia de verano de Paderborn al papa fugitivo León III, sucesor de Adriano. Era un hombre muy impopular entre la nobleza romana y había escapado por poco de una emboscada casi mortal y de un encarcelamiento por parte de los sobrinos del antiguo pontífice, que lo habían acusado de adulterio y de perjura.

En otoño del año siguiente, Carlomagno acompañó a León a Roma y puso en marcha una comisión que, en pocos días, rechazó las acusaciones contra el papa y le garantizó su protección. El pontífice le devolvió el favor coronándole como Emperador de los Romanos durante la misa de Navidad. De lo oportuno de la situación surge la sospecha de que existiera un acuerdo entre los dos, algo que resulta probable, aunque no ha sido demostrado al cien por cien: las fuentes eclesiásticas así lo afirman, mientras que las imperiales sostienen que el propio rey fue sorprendido por la coronación.

Una explicación que podría conciliar ambas versiones es que sí deseaba el título de emperador, pero no que fuese el papa quien le coronase -en lugar de hacerlo él mismo-, ya que de este modo reconocía implícitamente la supremacía de la autoridad religiosa sobre la secular. Resulta natural pensar que, habiendo acumulado un poder mayor que el de cualquier otro soberano europeo en aquel momento, Carlomagno acariciase la idea de reclamar el título y los derechos que su presunto titular, el emperador bizantino, no podía ejercer desde hacía siglos.

Revestido de la dignidad imperial, reorganizó el reino franco según un modelo que hoy conocemos como vasallaje: aunque él era el soberano absoluto, el territorio era dividido en feudos que asignaba a nobles vasallos para que se ocuparan de gestionarlo y defenderlo. El emperador mantenía el control sobre ellos a través de los missi dominici (mensajeros del señor), enviados imperiales que tenían el poder de destituir a los vasallos si estos se excedían en sus competencias o no cumplían con sus obligaciones.

Entonces el venerable y benévolo prelado le coronó con sus propias manos con una magnífica corona. Entonces todos los fieles viendo la protección tan grande y el amor que tenía a la santa madre Iglesia romana y a su vicario unánimemente gritaron en alta voz, con el beneplácito de Dios y del bienaventurado San Pedro, portero del reino celestial: ¡A Carlomagno, piadoso augusto, por Dios coronado, grande y pacífico emperador, vida y victoria! (Liber Pontificalis, XCVIII-23-24)
 A pesar de sus éxitos militares y políticos, hubo una conquista que siempre se resistió a Carlomagno: el alfabeto. El hombre que había sido coronado emperador era iletrado y pasaba las noches intentando aprender a leer, algo que al parecer nunca llegó a hacer con fluidez. A pesar de ello, o puede que precisamente a causa de ello, se ocupó de promover la enseñanza y fundar escuelas en los monasterios y palacios, movilizando para ello a una gran cantidad de clérigos, que eran prácticamente los únicos que sabían leer.

Uno de estos, Eginardo, se convirtió en su biógrafo de corte y escribió la mayor fuente de información que tenemos sobre el emperador: la Vita Karoli Magni (Vida de Carlomagno), una biografía rica en detalles personales para la que se inspiró en la obra de Suetonio Vidas de los doce Césares. Su descripción dice:

fue de cuerpo ancho y robusto, de estatura eminente, (…) rostro alegre y regocijado, de suerte que estando de pie como sentado realizaba su figura con gran autoridad y dignidad.

Gracias a él conocemos también la personalidad del emperador, aunque tratándose de su biógrafo de corte es probable que la embelleciera. Eginardo afirma que el emperador era un hombre moderado en el comer y el beber, que raramente hacía banquetes porque detestaba a los borrachos. Era devoto sin caer en el fanatismo (excepto tal vez con los sajones), pero como no sabía leer se hacía recitar los Evangelios y La ciudad de Dios por un sacerdote, memorizando sus pasajes favoritos. Amaba la equitación y la caza y cada mañana salía a cabalgar antes de dedicarse a sus obligaciones. A pesar de su rango no vivía en la opulencia, se vestía de manera sencilla y para sostener los gastos de la corte se dedicaba en sus ratos libres a la cría de gallinas para vender los huevos; cuando viajaba, puesto que la corte era itinerante, se alojaba en los conventos o en las casas de sus vasallos.

Cuenta también, y esto se puede corroborar fácilmente, que fue el artífice de un renacer urbanístico, artístico e intelectual. Contrató a arquitectos, constructores y carpinteros que restauraron los antiguos monumentos del Imperio Romano y erigieron otros nuevos; tuvo una especial atención hacia Aquisgrán, su preferida entre las capitales del reino. También llamó a eruditos que conservaron y transmitieron el saber de la Antigüedad, iniciando la tradición medieval de los monjes copistas.

Ciertamente fue un renacimiento modesto teniendo en cuenta que el emperador tomaba como modelo la esplendorosa Constantinopla, pero muy notable considerando que el reino franco apenas estaba saliendo de más de tres siglos de completo abandono de las ciencias y las letras. 

En el 806 Carlomagno convoca una gran asamblea de nobles en la que estipula la división del imperio entre sus hijos tras su muerte. Las décadas de guerra contra los andalusíes y los sajones lo habían agotado física y mentalmente, a lo que había que añadir sus problemas de salud a causa de la gota. Su nuevo poder como emperador no había conducido, a pesar de sus intentos, a la creación de un poder central fuerte.

En aquella asamblea, llevó a cabo su último intento de mantener unido un imperio que amenazaba romperse, a causa de la corrupción de los nobles y la independencia de los eclesiásticos, que eran y querían seguir siendo un verdadero estado dentro del estado. A ello se añadían amenazas militares como la creciente presión de los normandos; los nobles que en teoría estaban obligados al servicio militar, a proporcionar soldados y a financiar las campañas se resistían a ello. No lo logró y tampoco sus sucesores.

En noviembre del año 813 Carlomagno sufrió una intensa fiebre que lo dejó extremadamente débil; se alimentaba exclusivamente de zumos de fruta y pasó sus últimos días haciéndose recitar la Biblia y La ciudad de Dios, pero no tenía fuerzas ni siquiera para hacer el signo de la cruz. Murió el 28 de enero del 814 en Aquisgrán, su capital favorita, que había embellecido con una magnífica basílica en la que fue enterrado. Su hijo Luis hizo esculpir en su sarcófago el siguiente epitafio:

Bajo esta losa reposa el cuerpo de Carlos, emperador grande y ortodoxo que extendió noblemente el Reino de los Francos y gobernó con fortuna durante cuarenta y siete años. Murió a los setenta y dos años en el año del Señor 814, cinco días antes de las calendas de febrero

El imperio Carolingio duró apenas un siglo; se extinguió oficialmente en el año 887 cuando el último heredero de Carlomagno, Carlos el Gordo, fue depuesto por la Dieta imperial. Sin embargo, la sombra del rey franco era larga y en el 962 un rey sajón, Otón el Grande, fue coronado nuevamente Emperador de los Romanos. El soberano dio origen así a un nuevo poder, el Sacro Imperio Romano (al que popularmente se añade el epíteto de Germánico), que se inspiraba en el modelo del que, no en vano, fue llamado el padre de Europa.

National Geographic

Estrabón narra iberia, donde nunca estuvo

Aunque nunca estuvo en la península Ibérica, el geógrafo griego Estrabón compuso, en época del emperador Augusto, la primera descripción de aquellas tierras que ha llegado hasta nosotros

La ciudad de Baelo Claudia surgió a finales del siglo II a.C., esta urbe romana se encontraba en la orilla occidental del estrecho de Gibraltar, de camino a Gades y al cabo de San Vicente, el Promontorio Sagrado.

Foto: CLASSIC VISION / AGE FOTOSTOCK

Para los griegos, la península Ibérica se hallaba en el extremo occidental de la ecúmene, el mundo conocido, cuyo centro era el Mediterráneo. Las Columnas de Hércules (como llamaban al estrecho de Gibraltar) marcaban el final del espacio navegable y conocido, más allá del cual se abrían las aguas de un ignoto y temible océano en las que sólo se atrevían a aventurarse héroes como Heracles, el Hércules de los romanos.

Hacia el año 575 a.C., griegos foceos provenientes de Marsella se instalaron en Ampurias. Fue el primer asentamiento helénico en Iberia y el único que tuvo carácter permanente.

Foto: Ramón Manent

Al parecer, el primer griego que llegó a la Península fue un comerciante de la isla de Samos llamado Coleo, al que los vientos desviaron de su camino hacia Egipto. Atravesó las Columnas y, con la protección de los dioses, llegó a Tartessos, donde consiguió unos beneficios excepcionales. Allí arribaron también los navegantes de Focea, una metrópoli marinera de Asia Menor. Hicieron amistad con el rey tartesio Argantonio, quien les facilitó una gran cantidad de plata para que Focea pudiera levantar una muralla que la defendiera de los persas.

Estrabón escribió en tiempos de Augusto, quien completó el dominio romano del Mediterráneo con la anexión del Egipto faraónico. En la imagen, Augusto en un camafeo del siglo I a.C. Cámara del Tesoro, catedral de Aquisgrán.

Foto: Erich Lessing / Álbum

Esta imagen idealizada y esplendorosa de Tartessos, como un reino remoto con extraordinarias riquezas y gobernado por monarcas longevos, constituyó durante mucho tiempo la única referencia acerca de la península Ibérica entre los griegos, que frecuentaron las costas meridionales y levantinas entre los siglos VII y IV a.C. Pero, a diferencia de lo sucedido en Francia o Italia, aquí sólo crearon una fundación estable: Emporion (Ampurias).

El mapa del papiro muestra ríos e iconos que representan ciudades, mansiones y puestos militares.

Foto: Università Degli Studi di Milano / Fondazione San Paolo / MARCO ANSALONI

La obra del gran historiador griego Heródoto, que vivió en el siglo V a.C., refleja los limitados conocimientos de los griegos sobre la Península, ya que únicamente menciona Tartessos, las Columnas de Heracles y la ciudad de Cádiz. La Península se hallaba muy lejos de los principales centros griegos y no había en ella un poderoso imperio como el de los persas, ni la habitaban pueblos exóticos o nómadas como los tracios o los escitas, que atrajeron mucho más la atención de Heródoto. Tampoco había maravillas arquitectónicas y curiosidades como en Egipto, ni los caudalosos ríos de las estepas escitas.

Ni siquiera había ciudades griegas importantes como Cirene, en el norte de África. El desconocimiento y desinterés de los griegos resultaba así perfectamente explicable. Es posible que el navegante marsellés Píteas, en su viaje hacia las regiones del norte a mediados del siglo IV a.C., pasara por Cádiz y navegara a lo largo de sus costas atlánticas, descubriendo, de esta forma, que Iberia era una península, pero apenas han quedado testimonios de la obra de este navegante.

Toro de bronce. La ganadería tenía gran importancia entre los lusitanos. Museo Arqueológico Nacional, Madrid.

Foto: Oronoz / Album

Para contar con noticias detalladas de la Península hay que esperar hasta mediados del siglo II a.C., cuando el historiador griego Polibio viajó hasta allí en compañía de Publio Cornelio Escipión Emiliano, el conquistador de Numancia. Polibio fue el primero que describió detalladamente la geografía ibérica, como lo prueba su minuciosa descripción de Cartagena, sus recursos agrícolas y minerales y las peculiaridades etnográficas de sus habitantes. Sin embargo, el libro de su Historia, que concentraba sus descripciones no ha llegado hasta nosotros.

Estrabón escribió en tiempos de Augusto, quien completó el dominio romano del Mediterráneo con la anexión del Egipto faraónico.

Después de Polibio, durante la primera parte del siglo I a.C., acudieron a la Península tres notables intelectuales griegos: Posidonio de Apamea, Artemidoro de Éfeso y Asclepíades de Mirlea. Sin embargo, sus descripciones no se han conservado y sólo podemos encontrar sus ecos en la Geografía que Estrabón compuso en época del emperador Augusto, que contiene la primera descripción completa de la Península que se conserva.

La Geografía de Estrabón constituye una extensa descripción del mundo habitado en tiempos de Augusto, y recoge toda la tradición geográfica griega anterior. Estrabón, que vivió entre los años 64 a.C. y 21 d.C., era originario del reino del Ponto, situado a orillas del mar Negro, en Asia Menor. Viajó extensamente por todo el Mediterráneo, especialmente por su cuenca oriental y por Asia Menor, y pasó largas temporadas en Alejandría y Roma, que eran los dos grandes centros urbanos y culturales del momento. Aunque era griego por origen y cultura, se integró perfectamente en el nuevo mundo dominado por Roma, a la que atribuía el mérito indiscutible de haber pacificado y civilizado todo el orbe entonces conocido. Poseía la ciudadanía romana e incluso su propio nombre, que significa «bizco», delata este deseo de adquirir las señas de identidad romanas. El objetivo principal de su obra era poner al alcance de los nuevos dirigentes del Imperio todos los conocimientos de la ciencia geográfica griega para lograr mejorar la administración y el gobierno de los territorios sometidos.

Estrabón nunca viajó hasta la península Ibérica, pero obtuvo de sus predecesores las informaciones necesarias sobre su geografía: las dimensiones de sus costas, las ciudades principales que las jalonaban, los límites de algunas regiones del interior como Celtiberia, la forma de vida de sus gentes… Sin embargo, Estrabón mantuvo una postura crítica hacia sus predecesores, como muestran sus comentarios irónicos acerca de la credulidad excesiva de Artemidoro en su descripción del Promontorio Sagrado(el cabo de San Vicente, en Portugal) o sobre las exageraciones de Polibio y Posidonio, que contaban las numerosas aldeas que poblaban el territorio como verdaderas ciudades para engrandecer, de este modo, las hazañas de sus patronos romanos.

En contraste con el sur y el Levante, las regiones del norte y del interior ofrecen un panorama completamente diferente, con una topografía áspera y difícil que incluye montañas, bosques y llanuras de suelo pobre, lo cual dificulta la práctica de la agricultura tanto como las comunicaciones, favoreciendo el aislamiento de sus habitantes, cuya pobreza los había abocado al bandidaje desde mucho tiempo atrás. Estas gentes practican unas formas de vida que parecen haber quedado detenidas en el tiempo, a diferencia de las regiones meridionales y levantinas, que evolucionaron gracias a la presencia sucesiva de pueblos como fenicios griegos, cartagineses y romanos.

National Geographic

Europa año 1000, fin del mundo

La sociedad europea del año 1000, que se adentra en el feudalismo, comienza un despegue económico y social, pero no sin antes tener un sobresalto.

Las profecías lo anuncian por todos lados: al cumplirse mil años del nacimiento del Hijo será el fin del mundo. La escenografía es el tema central del libro bíblico del Apocalipsis, atribuida a san Juan. Libro de carácter profético revela con todo detalle su capítulo veinte los acontecimientos que rodean el fin del mundo, comenzando con la aparición de Satanás sobre el monte de Salomón, la llegada del ejército infernal de Gog y Magog, la resurrección de los muertos y el Juicio Final. 

La tradición atribuyó al apóstol Juan la redacción de uno de los cuatro evangelios canónicos y también el texto del Apocalipsis. Arriba, el evangelista en una miniatura de un manuscrito alemán de mediados de siglo X. Biblioteca Pública, Nueva York.

wikimedia commons

Siglo X, se difunden las imágenes de esa visión profética en la línea trazada tiempo atrás por el monje Beato de Liébana en sus Comentarios al Apocalipsis, que da lugar a un modelo artístico conocido precisamente como el de los beatos. Son imágenes espantosas sobre los efectos de la apertura del séptimo sello apocalíptico, y especialmente sobre la condena de los réprobos en el Juicio Final.

En el año 997, el ejército andalusí de Almanzor arrasó Santiago de Compostela, hecho que se consideró un presagio del fin de los tiempos. shuttersotck

Además de sentimiento colectivo, las creencias del fin del mundo son canalizadas por lecturas políticas de los textos sagrados, como la que hizo en 954 el monje Adso de Montier-en-Der en su polémico Libellus del Antechristo, a ruego de la reina Gerberga, esposa del emperador Luis de Ultramar; Adso plantea que la decadencia de la dinastía carolingia coincide con la de sus patrocinadores, y con la llegada del Milenio.

Arriba aparece, frente a santo Tomás de Aquino, un hereje milenarista: fra Dolcino (a la derecha), que rompe el libro de la Iglesia. Santa Maria Novella, Florencia shuttersotck

El libelo provoca reacciones críticas, como la del influyente abad Abbon de Fleury, que se opone argumentando que no hay ninguna razón para creer en tales patrañas; pero la suya es una postura minoritaria, ya que la mayor parte de la gente esta convencida de que el fin del mundo llega en la fecha indicada y el motivo no es otro que el dominio de la maldad entre el género humano. Una psicología del miedo se extiende con facilidad por el orbe cristiano: se teme por igual la presencia de Satanás, que confunde al pueblo con sus usuales mentiras, y la llegada del Hijo de Dios para realizar el Juicio Final.

Corona imperialelaborada para la coronación de Otón I, abuelo de Otón III. hecha en oro con incrustaciones de piedras preciosas y perlas, se conserva en el palacio imperial de Hofburg, en Viena.

Cualquier indicio provoca una reacción social extrema a favor del Apocalipsis: desde una epidemia o una hambruna hasta la llegada de jinetes magiares con su ritual de saqueo y destrucción en aldeas y ciudades; algún cronista ingenioso quiere ver en ellos a los jinetes del Apocalipsis. De igual modo, se siguen con inquietud las noticias que llegan de las fronteras con el Islam. En la península Ibérica, las campañas de Almanzor sobre Barcelona en 985 y sobre Santiago de Compostela doce años después son una confirmación de que el fin del mundo esta a punto de suceder. En Palestina, el saqueo de las iglesias cristianas y los ataques a los peregrinos en Jerusalén responden, a la presencia del Maligno –y no a un desajuste en el sistema político de las comunidades árabes de la región. 

La bestia que surge del abismo. Miniatura del Beato de Gerona, terminado en 975 en el monasterio de Tábara (Zamora). Catedral de Gerona. wikimedia commons

Estas reacciones emotivas afectan a unas multitudes convencidas de que esa situación era la señal más evidente del fin del mundo, que llegaría en la fecha señalada. Tales ideas son estimuladas por algunos nobles, como el conde de Sens, que no duda en hacer responsable al Apocalipsis de las malas cosechas en sus tierras y del hambre entre sus campesinos. Así, desde mediados del siglo X, entre mentiras de unos, medias verdades de otros, convicciones intensas de profetas y algunas observaciones de bienintencionados, la creencia en el fin del mundo sube a medida que el siglo se aproxima al año mil. 

Los temores ocultan cambio en la historia de Europa. El cronista Thietmar de Merseburg anuncia que en el año mil resplandecerá sobre el mundo una aurora brillante. En realidad, habla de los efectos de una revolución política que cuestiona el sueño de un imperio territorial, dando paso a unos principados donde los condes se convirtieron en reyes. Así ocurre, con Hugo Capeto, conde de París, que se convierte en rey de Francia tras un golpe de Estado auspiciado por el obispo Adalberón de Laon. 

En el 997, el ejército andalusí de Almanzor arrasa Santiago de Compostela, hecho que se considera un presagio del fin de los tiempos.

En otros territorios, simplemente se consolidan dinastías que cuentan con la fidelidad de nobles y caballeros armados, a los que se entregan trozos de tierra llamados feudos; se inicia la sociedad feudal. Esta revolución es contestada por la Iglesia, que advierte el riesgo de que la sociedad se rija por el sistema de valores de los nobles, para quienes la guerra es un estilo de vida. Los obispos reunen al pueblo en asambleas donde se gesta el movimiento de paz y tregua de Dios, que limita los lugares y momentos en que los feudales pueden actuar militarmente. 

El conflicto entre los obispos y los nobles se tiñe de milenarismo, ya que los primeros no dudan en señalar que los guerreros a caballo sostenidos por los nobles, los representantes de la militia –esto es, de la caballería–, son en realidad los representantes de la malitia –es decir, de la maldad–.

Con ese juego de palabras, malitia por militia, se condena una conducta social y un orden político, el feudal, y se exaltaba otro, el de la paz y tregua de Dios. La tensión va en aumento, incluso cuando intervienen los monjes de Cluny, que miran a los nobles feudales con tanta preocupación como a los obispos asamblearios, a los que consideran unos demagogos. 

Contemplando este complejo debate político se encuentran los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, débiles pese a su esplendoroso título, que terminan por enfrentarse con la autoridad del obispo de Roma, el papa, en el que ven al agente de un orden del mundo bajo la Iglesia.

La tensión política utiliza las imágenes del Apocalipsis, ya que es posible que aquellos guerreros que construyen torres en piedra para controlar a los pueblos nómadas, pero también la producción de los campesinos, sean enviados del Anticristo. Las herejías imbuidas de milenarismo, llaman a la desobediencia social y predicaban el fin del mundo como liberación. 

Pasa el año mil y la sociedad europea tras unas décadas de miedo por el fin del mundo y la llegada del Apocalipsis se pasa a unos años en los que los indicios de estas creencias son paliados con un crecimiento económico. 

En la década de 1030, cuando ya no existen motivos para creer en el fin del mundo, se busca la manera de llegar a un acuerdo entre los diferentes sectores en conflicto. Aún se tarda años en conseguirlo, pero mientras tanto crece la población y mejora el cultivo de cereales y las hambrunas comienzan a desaparecer.

National Geographic