El retrato de Tiziano que fascino al emperador Carlos V

La primera vez que Tiziano, poco amante de los viajes, salió de Italia fue a causa de una nariz. Al emperador Carlos V no le acababa de satisfacer cómo había plasmado el veneciano tal apéndice en un retrato de su esposa, Isabel de Portugal y le mandó llamar a Augsburgo para retocarlo en 1548.

Autoretrato de Tiziano

Claro que aquel solo era el más urgente de los encargos que esperaban al pintor en la corte imperial, reunida en dieta en aquella ciudad alemana. De aquella visita salió un lienzo que marcó un hito en la historia de la pintura y el poder: El emperador Carlos V, a caballo, en Mühlberg. A partir de entonces, el retrato ecuestre se convirtió en pieza imprescindible de la imaginería de los monarcas (consortes, príncipes, validos y generales también se apuntaron más tarde al género) de todo el continente.

Batalla de Mühlberg, xilografía de Luis de Ávila y Zúñiga, 1550.

Cuando Tiziano Vecellio (Pieve di Cadore, c. 1490-Venecia, 1576) pintó el famoso retrato contaba casi cincuenta años, un anciano en la época. Para fortuna de Carlos V y su sucesor, Felipe II al veneciano aún le quedaban tres decenios de vida y muchos encargos que cumplir para la corte madrileña.

Tiziano jamás visitó Madrid, pero prácticamente ejerció de pintor de cámara a distancia para los Austrias. De hecho, recibió un honor mucho mayor que el de ser considerado el artista oficial: Carlos V le nombró caballero de la Espuela de Oro y le ennobleció con el título de conde palatino. Jamás ningún pintor –por entonces poco más que un artesano– había llegado tan alto.

La Gloria, Tiziano

La relación entre Carlos V y Tiziano no empezó, precisamente, con un fondo de música celestial. Algunos estudiosos sostienen que la primera vez que se vieron fue en 1529, en Parma. Por entonces, el artista ya gozaba de enorme fama, pero los retratos a la maniera veneta (colorista, refinada, a veces sensual) debieron de causar un shock al emperador, acostumbrado a los más adustos y formales pintores norteños y centroeuropeos.

Aquella reunión no fructificó en obra pictórica alguna. Un año más tarde, y a instancias de Federico Gonzaga, duque de Mantua, Tiziano pintó por primera vez a Carlos V (un lienzo hoy perdido). El emperador despachó al artista con la entrega de un ducado. La “estrema avaritia” del hombre más poderoso del mundo dio mucho que hablar. Sin embargo, se ha pensado que aquel pago era un símbolo de agrado y de las abultadas cantidades por venir. Efectivamente, en 1533, mecenas y retratista se encontraron en Bolonia y empezó su eterna luna de miel.

¿Qué había hecho Tiziano para cautivar a Carlos V? El artista, astuto cortesano, había encontrado la mezcla perfecta entre su grácil coloritto y el hieratismo que tanto gustaba a los catoliquísimos y formales Habsburgo. Una mezcla que llegó a la cúspide con El emperador Carlos V, a caballo, en Mühlberg.

El encargo de la obra, aunque no existen pruebas documentales, se atribuye a María de Hungría, la culta y hábil hermana del emperador. El lienzo conmemoraba la victoria de las tropas imperiales sobre los príncipes protestantes de la Liga de Esmalcalda, acontecida el 24 de abril de 1547 en Mühlberg, Alemania, y que había motivado la reunión de la Dieta en Augsburgo. Esta concluyó con la redacción del Interim, documento en que se pactaba la coexistencia entre católicos y protestantes, claramente a favor de los primeros.

Tiziano muy posiblemente tuvo acceso a la crónica de la batalla escrita por Luis de Ávila y Zúñiga, comendador de Alcántara y miembro del séquito imperial. Sin embargo, lo que al artista le interesó del relato no fueron las peripecias bélicas, sino la imagen de Carlos V que emanaba de ellas. En el cuadro no hay vencidos ni derramamientos de sangre. Nada debe empañar el aura de un emperador justo y clemente, auténtico caballero cristiano que, finalizada la contienda, parafraseó a Julio César: “Veni, vidi, Christus vincit”… En definitiva, Tiziano plasmó la imagen idónea del artífice de la pax carolina que se abría con la victoria en Mühlberg.

El retrato ecuestre no fue una invención tizianesca. Sin embargo, el veneciano rompió los moldes del género: colocó a su protagonista aislado, casi ensimismado, sin actitud guerrera o en una escena de caza. Un emperador sobre su trono (el caballo) que sujeta firmemente las riendas (de su imperio). Es lo que se bautizó como la eroica maestá, magnificada por las colosales dimensiones de la obra (3,32 x 2,79 m).

Lo más parecido hasta entonces habían sido las representaciones de san Jorge, las esculturas a caballo de los condottieri italianos o la estatua del emperador Marco Aurelio, la única pieza romana de este género que se había conservado. Muchos sostienen que fue la verdadera inspiración del veneciano (se da la casualidad, además, de que las Meditaciones de Marco Aurelio eran una de las lecturas favoritas de Carlos V).

Los trabajos del lienzo mantuvieron a Tiziano en Augsburgo entre la primavera y principios de septiembre de 1548. Tuvo que solucionarse un fatal imprevisto: mientras la tela se secaba al sol fue derribada por el viento, cayó sobre un poste y se rasgó en el área posterior del caballo. Restaurado el desperfecto con el añadido de un trozo de tela, la obra fue trasladada a Bruselas, residencia de María de Hungría, gobernadora de los Países Bajos.

En 1556, esta se retiró de su cargo y regresó a España, con el retrato en el equipaje. A la muerte de María el lienzo entró en la colección de Felipe II, donde fue considerado la pieza suprema. Adornó las paredes del Alcázar, El Pardo, nuevamente el Alcázar y tras el incendio de este al Palacio Real. Después de una breve estancia en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, el retrato ingresó en 1827 en el Museo del Prado. Solo una vez ha salido de España: fue uno de los lienzos que se ocultaron en Ginebra (Suiza) durante la Guerra Civil.

La segunda y última vez que Tiziano salió de Italia fue en 1550 y su destino volvió a ser Augsburgo. Una nueva llamada del emperador, de nuevo reunido en dieta. Habían pasado tres años y los triunfales ecos de Mühlberg se estaban apagando. Carlos V era un hombre abrumado: el problema protestante estaba lejos de solucionarse y a él se añadía ahora el conflicto de su sucesión, que dividía el Sacro Imperio entre los partidarios de su hijo Felipe y los de su hermano Fernando.

El encuentro entre mecenas y artista fructificó en un nuevo lienzo monumental: La Gloria. El todopoderoso hombre de la tierra rogando por su ascensión a los cielos. Cómo habían cambiado las cosas desde El emperador Carlos V, a caballo, en Mühlberg.

El retrato de Tiziano que encandiló al emperador Carlos V (msn.com)

Publicado por ilabasmati

Licenciada en Bellas Artes, FilologÍa Hispánica y lIiteratura Inglesa.

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