Arqueólogos y expertos trabajan incesablemente para tratar de encontrar restos y pruebas de la forma de vida en nuestro planeta miles de años atrás.
Cada día, miles de trabajadores se dedican a desenterrar con cautela elementos que habían quedado en el olvido bajo capas y capas de tierra o piedra y que podrían resolver algunas dudas sobre cómo vivían las sociedades anteriores.
Recientemente, una excavación realizada en un campo británico, ha sacado a la superficie un gran edificio datado de la era vikinga y que ha supuesto un antes y un después en nuestra forma de entender la historia de los asentamientos de la zona.
Los expertos tratan de escribir las páginas del pasado a raíz de los descubrimientos, pero cuando surge uno nuevo, puede poner en duda o aportar más información sobre lo pensado anteriormente.
Viajamos hasta High Tarns Farm, en el noroeste de Inglaterra, concretamente en Cumbria, allí, arqueólogos en colaboración con voluntarios locales han logrado desenterrar lo que parece ser la mayor estructura vikinga de todo el territorio británico.
Este trabajo fue realizado por expertos del Grampus Heritage &Trainig Limited y ha revelado una construcción histórica de más de 50 metros de largo.
Las nuevas tecnologías son las grandes aliadas de arqueólogos y expertos que pueden utilizar imágenes aéreas, radares, geofísica y otros elementos para sacar a la luz estos hallazgos. Gracias al uso de estas herramientas, se pudo confirmar la presencia de una gran estructura desconocida oculta bajo la superficie de un campo corriente.
Inicialmente, creyeron que se trataba de una construcción relacionada con el monasterio de Holme Cultram, pero las últimas pruebas realizadas con radiocarbono han demostrado que es mucho más antiguo. Se cree que se ubica en el periodo histórico de la era vikinga, entre los años 990 y 1040 d.C., cuando la sociedad escandinava se establecía en el territorio.
Los arqueólogos creen que debido a su tamaño y diseño podría tratarse de un salón señorial vikingo que servía como centro de un complejo agrícola. Algo similar a un «manor farm», que en términos escandinavos significa granja de alto estatus. Todavía queda por determinar a quién pertenecía el lugar y cómo quedo sepultado, pero los expertos no cesarán su labor hasta responder a todas sus preguntas.
Confirman que el niño neandertal-sapiens de Lapedo nació más de 10.000 años después de la extinción de los neandertales: su comunidad abandonó su hogar tras su entierro debido a un antiguo tabú prehistórico Un nuevo estudio ha logrado datar con precisión el esqueleto del Niño de Lapedo, una pieza clave en la historia de la interacción entre neandertales y Homo sapiens.
En 1998, en el valle portugués de Lapedo, un descubrimiento inesperado sorprendió al mundo. Durante unas excavaciones, un grupo de arqueólogos hallaron los restos de un niño de aproximadamente cinco años enterrado con una compleja mezcla de rasgos neandertales y modernos.
Una ilustración del esqueleto del Niño de Lapedo que muestra la ubicación de las muestras analizadas y los objetos que fueron enterrados junto a él. Fuente: G. Casella
El hallazgo no solo confirmaba la hibridación entre ambos grupos, sino que también planteaba nuevas preguntas sobre los contactos entre nuestros ancestros y sus primos extintos. Desde entonces, el «Niño de Lapedo» se convirtió en una pieza clave para entender la desaparición de los neandertales y su asimilación en las poblaciones de Homo sapiens. Sin embargo, durante más de dos décadas, un problema persistía: la datación exacta del esqueleto.
El enterramiento del Niño de Lapedo. Fuente: J.Z.
Ahora, un nuevo estudio publicado en Science Advances ha logrado determinar con precisión que el niño vivió hace entre 27.800 y 28.500 años, mucho después de la extinción de los neandertales.
Fragmentos óseos del brazo derecho del Niño de Lapedo. Foto: Cidália Duarte
La importancia de este dato es monumental, ya que confirma que la fusión entre neandertales y humanos modernos no fue un episodio puntual, sino un proceso que se extendió a lo largo de miles de años. Además, la investigación ha revelado detalles fascinantes sobre el contexto del enterramiento, como la posible presencia de rituales funerarios y la extraña decisión de abandonar el yacimiento tras la sepultura. El Niño de Lapedo presentaba un mosaico de características que desafiaban las ideas establecidas sobre la evolución humana.
Sus proporciones corporales cortas y robustas eran típicamente neandertales, pero su barbilla prominente y otros rasgos craneales lo acercaban más a los Homo sapiens. Hasta finales del siglo XX, muchos científicos dudaban de que neandertales y humanos modernos hubieran tenido descendencia fértil de forma recurrente. Sin embargo, el análisis del esqueleto de Lapedo fue una de las primeras pruebas físicas que sustentaban la hibridación.
Más tarde, el avance en la secuenciación del ADN neandertal confirmó que todos los humanos no africanos llevan entre un 2 % y un 4 % de material genético de estos antiguos homínidos. El nuevo estudio no solo ha permitido precisar la edad del Niño de Lapedo con la innovadora técnica de datación por hidroxi-prolina, sino que también ha reabierto el debate sobre cuánto tiempo persistieron estos híbridos en Europa. El hecho de que este niño viviera 10.000 años después de la extinción oficial de los neandertales sugiere que sus genes siguieron circulando en poblaciones aisladas durante más tiempo del que se pensaba. Uno de los aspectos más intrigantes del hallazgo ha sido la forma en que el Niño de Lapedo fue enterrado.
El cuerpo estaba envuelto en un sudario impregnado de ocre rojo, una sustancia utilizada en muchos rituales funerarios prehistóricos. A su lado, los arqueólogos encontraron huesos de ciervo y un esqueleto de conejo que parecía haber sido colocado intencionadamente en la tumba. La presencia de los huesos de ciervo hizo que en un principio se creyera que se trataba de una ofrenda funeraria.
Sin embargo, el nuevo estudio ha demostrado que estos restos eran más antiguos que el niño, por lo que su inclusión en el enterramiento podría deberse simplemente a que estaban en el sedimento en el momento de la inhumación. En cambio, el conejo hallado junto al niño tenía la misma edad que él y estaba cubierto por la misma capa de ocre, lo que sugiere que sí formaba parte de un ritual funerario.
Este dato refuerza la idea de que las poblaciones humanas de la época practicaban ceremonias complejas en torno a la muerte, un comportamiento que también se ha observado en los neandertales. El otro gran misterio que rodea al Niño de Lapedo es lo que ocurrió con el yacimiento tras su entierro.
Cueva de Lapedo
Según los investigadores, el abrigo rocoso donde se encontraron los restos había sido utilizado como campamento de caza durante unos 300 años antes de la sepultura. Sin embargo, después del entierro del niño, el lugar fue abandonado abruptamente y no volvió a ser ocupado durante más de 2.000 años.
Este comportamiento ha llevado a los arqueólogos a especular que el sitio pudo haber sido considerado tabú por la comunidad. En muchas culturas ancestrales, la muerte de un niño se percibía como un mal augurio, y es posible que el grupo asociara el lugar con una desgracia y decidiera evitarlo. Si esta hipótesis es correcta, el caso del Niño de Lapedo sería una de las primeras evidencias de creencias simbólicas en torno a la muerte en la prehistoria.
Aunque no podemos saber con certeza qué motivó la decisión de abandonar el yacimiento, la combinación de prácticas funerarias y la desaparición de la comunidad encaja con patrones de pensamiento mágico presentes en numerosas culturas humanas.
Gracias a este estudio, el Niño de Lapedo se consolida como una de las pruebas más sólidas de la interacción prolongada entre neandertales y Homo sapiens. La precisión lograda en la datación permite situar con claridad el momento en que estos híbridos aún formaban parte de la población europea, mucho después de que los últimos neandertales desaparecieran.
Además, el hallazgo aporta nuevos indicios sobre los rituales funerarios en el Paleolitico Superior y la forma en que los primeros humanos afrontaban la muerte. La posibilidad de que el sitio fuera abandonado por razones simbólicas añade una nueva dimensión al estudio de las creencias prehistóricas y la evolución de la cultura humana.
A más de 28.000 años de su muerte, el Niño de Lapedo sigue revelando secretos sobre nuestra propia historia, desafiando las ideas preconcebidas sobre quiénes somos y de dónde venimos.
El esqueleto casi intacto del niño de Lapedo
Bethan Linscott et al., Direct hydroxyproline radiocarbon dating of the Lapedo child (Abrigo do Lagar Velho, Leiria, Portugal). Sci. Adv. 11, eadp5769 (2025). doi:10.1126/sciadv.adp5769
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Descubre los hallazgos en Kach Kouch que desafían la noción de vacío cultural en el Magreb antes de los fenicios.
La última ola de investigaciones en el yacimiento de Kach Kouch está reconfigurando la visión tradicional de la prehistoria mediterránea. Este enclave situado en el norte de Marruecos ofrece evidencias de un asentamiento estable y complejo anterior a la llegada de los fenicios. Los últimos resultados de las excavaciones revelan una sociedad agrícola y con amplios contactos transmediterráneos que desmiente la idea de un “vacío” cultural en el Magreb hasta la colonización externa.
Posición del yacimiento de Kach Kouch. Fuente: Benattia et al., 2025.
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Plano y distribución de silos. Ilustración de H. Benattia. Fuente: Benattia et al., 2025
Kach Kouch se asienta sobre una meseta calcárea en el valle inferior del Oued Laou, a unos 10 km de la costa mediterránea en la provincia de Tetuán. Su emplazamiento, con sus fortificaciones naturales y un acceso limitado, lo convierte en un punto estratégico que permitía controlar la ruta entre el mar y los valles del Rif.
El yacimiento fue descubierto en 1988 por un proyecto conjunto marroquí-español. Tras unas primeras excavaciones en 1992, a partir de 2021 el sitio ha vuelto a ser objeto de un exhaustivo estudio. Los análisis de radiocarbono han permitido identificar tres fases principales de ocupación.
La fase KK1 (2200–2000 cal a.C.) representa la ocupación más temprana, de carácter efímero. En estos niveles se han hallado pocos elementos arqueológicos, como vasijas sin decoración y restos óseos de animales.
Este hallazgo desafía la visión tradicional que atribuía a los fenicios la llegada de las primeras comunidades organizadas a la zona en torno al año 800 a. C.. Foto: Kach Kouch Archaeological Project.
La fase KK2 (1300–900 cal. a.C.) marca el establecimiento definitivo del asentamiento. Se tienen evidencias de una economía agrícola completa, además de la práctica de la construcción en tapial y la técnica de encofrado con barro. Los registros arqueológicos han proporcionado, además, un amplio repertorio material que incluye cerámica decorada y restos arquitectónicos.
La fase KK3 (siglos VIII–VII cal a.C.) representa la fase final del yacimiento. Se caracteriza por la presencia de elementos importados fenicios y técnicas constructivas híbridas, que indican la apertura del asentamiento a nuevas influencias culturales y comerciales.
Desde el relanzamiento de las excavaciones en 2021, los equipos del Instituto Nacional de Arqueología y Patrimonio (INSAP) han aplicado metodologías de vanguardia. Además de las tradicionales excavaciones de campo, se han implementado técnicas como la flotación para recuperar restos botánicos y el análisis de materiales mediante espectrometría de fluorescencia de rayos X, útil en el estudio de los objetos metálicos. Este enfoque multidisciplinar no solo ha permitido reconstruir la cronología y la evolución del asentamiento, sino también formar a la próxima generación de arqueólogos.
El análisis de las estructuras en Kach Kouch revela una notable evolución en las técnicas constructivas. En la fase KK2, se han identificado construcciones circulares o semicirculares de postes, cuya superestructura se erige mediante el uso de barro enmendado con entramados de varas, siguiendo la técnica del bahareque.
En la fase KK3, se evidencian edificaciones de planta cuadrada o rectangular con base de piedra. Reflejan la incorporación de influencias del Cercano Oriente que, probablemente, llegaron a las costas marroquíes por mediación de los fenicios. Con todo, estas influencias se reinterpretaron y fusionaron con las tradiciones locales.
Los restos botánicos extraídos mediante flotación indican que estas poblaciones practicaban una economía agrícola diversificada. Durante las fases KK2 y KK3, se cultivaron variedades de cebada, trigo, leguminosas. En la última etapa, incluso se introdujeron especies frutales como la vid y el olivo.
El análisis faunístico señala la importancia de la ganadería, en la que predominan ovinos y caprinos, junto a evidencias de manejo de otros animales domésticos. También se han identificado especies marinas, lo que subraya una economía mixta y adaptada al entorno.
El conjunto material descubierto es amplio. Incluye desde cerámicas de fabricación manual y rodada, con decoraciones propias del segundo milenio, hasta herramientas de piedra finamente trabajadas y utensilios de molienda.
Destaca, además, el hallazgo de objetos metálicos, entre los que sobresale un fragmento de bronce con tinte. El objeto, datado mediante radiocarbono, se erige como el primer ejemplo de esta aleación en el noroeste de África. Dicho objeto, junto con otros artefactos de hierro y cobre, evidencia un temprano contacto tecnológico y comercial con otras culturas del Mediterráneo.
Uno de los aspectos más fascinantes de Kach Kouch es su papel en las redes de intercambio cultural y comercial. La presencia de ciertos tipos de cerámica y objetos metálicos en la fase KK3 evidencia un estrecho contacto con las culturas ibéricas y mediterráneas.
Por ejemplo, el hallazgo de una espada de tipo Ballintober, típicas de las islas británcias, en el entorno fluvial cercano sugiere que las poblaciones de Kach Kouch pudieron mantener relaciones comerciales e incluso migratorias con comunidades del noroeste de Europa y la península ibérica. Estos intercambios también se reflejan en la adopción y transformación de las técnicas constructivas y en la presencia de tipologías cerámicas propias del ámbito occidental. Estas evidencias sitúan al yacimiento como un nodo clave en la dinámica transmediterránea de finales de la Edad de Bronce.
La riqueza y diversidad de los hallazgos en Kach Kouch han permitido reconfigurar el panorama prehistórico del norte de África. Tradicionalmente considerado un territorio inexplorado hasta la llegada de colonizadores fenicios, el yacimiento demuestra la existencia de sociedades complejas y autónomas. Estos grupos humanos desarrollaron una economía agrícola, una arquitectura distintiva y una red de contactos internacionales de largo alcance.
La evidencia de prácticas culturales y tecnológicas autóctonas, fusionadas con influencias externas, invita a repensar las dinámicas de poder y de intercambio en el Mediterráneo preclásico. En este sentido, Kach Kouch no solo aporta datos cruciales para establecer una cronología local, sino que también sirve como referente para comprender las interacciones entre África y Europa en la prehistoria y la protohistoria.
Benattia, H., Y. Bokbot, J. Onrubia-Pintado et al. 2025. “Rethinking late prehistoric Mediterranean Africa: architecture, farming and materiality at Kach Kouch, Morocco”. Antiquity: 1-21. DOI: DOI: https://doi.org/10.15184/aqy.2025.10
Un reciente estudio arqueológico llevado a cabo en el yacimiento funerario prehistórico de Flagstones, ubicado en Dorset, ha revelado que este recinto circular es el más antiguo conocido en Gran Bretaña de su tipo.
Gracias a análisis avanzados de radiocarbono aplicados a restos humanos, astas de ciervo rojo y carbón encontrados en la zona, los investigadores han logrado establecer que Flagstones fue construido alrededor del año 3200 a.C., aproximadamente dos siglos antes de lo que se pensaba previamente. Este hallazgo sugiere que el sitio pudo haber servido como un modelo primigenio para posteriores monumentos icónicos, como Stonehenge.
El estudio, realizado por un equipo de la Universidad de Exeter en colaboración con Historic England, ha sido publicado en la más reciente edición de la revista especializada Antiquity.
Flagstones se distingue por ser un recinto circular rodeado por un foso perfectamente trazado, con evidencias de entierros y cremaciones asociadas. La doctora Susan Greaney, experta en monumentos del Neolítico y la Edad del Bronce en el Departamento de Arqueología e Historia de la Universidad de Exeter, destaca la peculiaridad de este hallazgo:
En algunos aspectos, se asemeja a los recintos con zanjas interrumpidas más antiguos, conocidos como causewayed enclosures, mientras que en otros aspectos recuerda a las estructuras que aparecen posteriormente, denominadas henges. Sin embargo, hasta ahora no sabíamos en qué punto exacto de esta evolución se ubicaba Flagstones. La nueva cronología demuestra que su construcción tuvo lugar en un periodo más temprano de lo que imaginábamos.
Descubierto en la década de 1980 durante las obras de construcción de la circunvalación de Dorchester, el sitio arqueológico consta de un foso circular de aproximadamente 100 metros de diámetro, compuesto por zanjas interconectadas que probablemente formaban un banco de tierra.
Actualmente, la mitad del monumento yace bajo la vía de circunvalación, mientras que el resto se encuentra debajo de Max Gate, la antigua residencia del escritor Thomas Hardy, que ahora pertenece al National Trust. Flagstones está catalogado como un monumento protegido, y sus hallazgos y archivos de excavación están conservados en el Museo de Dorset.
Las excavaciones en Flagstones han sacado a la luz al menos cuatro entierros en el interior de sus zanjas: un adulto incinerado y tres niños cuyos restos no fueron cremados. Además, se encontraron tres cremaciones parciales de adultos en otras partes del sitio. Debido a la similitud de este yacimiento con la primera fase de Stonehenge, fechada alrededor del 2.900 a.C., se había asumido que Flagstones debía pertenecer a un periodo similar.
No obstante, un programa de datación científica liderado por la doctora Greaney y el doctor Peter Marshall, en colaboración con laboratorios de la ETH Zúrich y la Universidad de Groningen, ha proporcionado 23 nuevas mediciones de radiocarbono que han cambiado drásticamente la percepción sobre el monumento.
El análisis combinado de estas fechas con la información arqueológica ha revelado que la actividad temprana en Flagstones, que incluyó la excavación de fosas, tuvo lugar alrededor del 3650 a.C. Tras un largo período de inactividad, la construcción del recinto circular con zanjas se llevó a cabo en torno al 3200 a.C., seguido inmediatamente por la disposición de enterramientos dentro de él. De manera intrigante, se identificó un posterior entierro de un joven adulto bajo una gran piedra sarsen en el centro del recinto, fechado aproximadamente mil años después de su construcción original.
La cronología de Flagstones es fundamental para comprender la evolución de los monumentos ceremoniales y funerarios en Gran Bretaña, afirma la doctora Greaney. El monumento más cercano en diseño es la fase inicial de Stonehenge, pero ahora sabemos que Flagstones es anterior. ¿Podría ser Stonehenge una versión inspirada en Flagstones? O bien, ¿deberíamos reconsiderar las fechas estimadas para la construcción de Stonehenge?.
Flagstones también muestra vínculos con otros sitios importantes, como el “Henge” A de Llandygái en Gwynedd, Gales, y otros emplazamientos en Irlanda, según indican los objetos y las prácticas funerarias observadas. Estos hallazgos refuerzan la idea de una red interconectada de comunidades neolíticas a través de Gran Bretaña e incluso más allá.
Greaney S, Hajdas I, Dee M, Marshall P. Beginning of the circle? Revised chronologies for Flagstones and Alington Avenue, Dorchester, Dorset. Antiquity. Published online 2025:1-17. doi:10.15184/aqy.2025.28
Hasta ahora, los impactos de esta antigüedad eran prácticamente invisibles para nosotros. Este descubrimiento nos da una nueva pista sobre lo que estaba ocurriendo en la Tierra en sus primeros mil millones de años,.
Explicó Kirkland:
Este tipo de cráteres habrían generado piscinas de agua caliente y entornos ricos en minerales, perfectos para que los primeros microbios encontraran un hogar,. Además, la energía liberada por el impacto pudo haber ayudado a formar los cratones, las enormes masas de tierra que más tarde se convertirían en la base de los continentes…
En el árido Pilbara, en Australia Occidental, yace una huella del pasado que desafía lo que creíamos saber sobre los primeros días de nuestro planeta. Investigadores de la Universidad de Curtin han identificado el cráter de impacto más antiguo jamás descubierto en la Tierra, con una antigüedad de 3.500 millones de años.
Imagina un meteorito del tamaño de una ciudad cayendo a la Tierra a una velocidad vertiginosa. Eso es exactamente lo que ocurrió hace 3.500 millones de años en lo que hoy es el norte de Australia, y ahora, un equipo de científicos de la Curtin University ha descubierto las huellas de este antiguo cataclismo, reescribiendo la historia de nuestro planeta.
El cráter se encuentra en el North Pole Dome, una región de Pilbara, en Australia Occidental. Investigadores de la Escuela de Ciencias Planetarias de la Curtin University y del Geological Survey of Western Australia (GSWA) descubrieron evidencias de este impacto cósmico sin precedentes.
Hasta ahora el crater de Yarrabuba, localizado entre las ciudades de Sandstone y Meekatharra en Australia Occidental, estaba considerado como la estructura de impacto más antigua, con un diámetro estimado entre 30 y 70 kilómetros, y una edad de aproximadamente 2229 millones de años.
Antes de este descubrimiento, el cráter de impacto más antiguo conocido tenía 2.200 millones de años. Ahora sabemos que los meteoritos han estado remodelando la Tierra desde mucho antes de lo que pensábamos, explicó el profesor Tim Johnson, uno de los líderes del estudio.
El equipo encontró pistas de este antiguo impacto en unas estructuras geológicas llamadas shatter cones o conos de impacto. Estas formaciones rocosas solo se producen cuando una fuerza descomunal—como la de un meteorito viajando a 36.000 km/h—golpea la superficie terrestre. Estas señales de impacto se encuentran a unos 40 kilómetros al oeste de Marble Bar, un remoto rincon del oeste australiano.
Este hallazgo, además de romper récords cronológicos, tiene el potencial de transformar nuestra comprensión sobre la formación de la corteza terrestre y la aparición de la vida en el planeta.
Antes de este descubrimiento, el cráter de impacto más antiguo conocido tenía 2.200 millones de años, lo que significa que esta nueva evidencia empuja significativamente hacia atrás la línea de tiempo de los eventos catastróficos que moldearon la Tierra primitiva.
Los científicos llegaron a esta conclusión tras examinar formaciones rocosas en el North Pole Dome, una zona del cratón de Pilbara que preserva algunas de las rocas más antiguas del mundo. Entre estas, encontraron los inconfundibles conos astillados (shatter cones) —estructuras geológicas que solo se generan bajo las inmensas presiones provocadas por un impacto meteórico.
Según el equipo liderado por el profesor Tim Johnson, de la Escuela de Ciencias de la Tierra y Planetarias de Curtin, el impacto se produjo cuando un meteorito, viajando a más de 36.000 km/h, golpeó la superficie terrestre con una fuerza descomunal.
El resultado fue la formación de un cráter de más de 100 kilómetros de diámetro, con una explosión lo suficientemente poderosa como para lanzar fragmentos de roca a lo largo de todo el planeta.
Los datos obtenidos sugieren que impactos de esta magnitud no eran eventos aislados, sino que formaban parte de una serie de colisiones frecuentes en los albores del Sistema Solar. Sin embargo, hasta ahora, la ausencia de cráteres tan antiguos en la Tierra había llevado a los geólogos a subestimar su influencia en la evolución planetaria.
El profesor Chris Kirkland, coautor del estudio, sostiene que este tipo de impactos cósmicos pudieron haber sido clave en la configuración de la corteza terrestre y en la creación de entornos propicios para el surgimiento de la vida. Tras el impacto, la energía liberada habría generado piscinas hidrotermales—ambientes ricos en minerales y calor—que podrían haber facilitado la aparición de microorganismos primitivos.
Además, el evento pudo haber contribuido a procesos geológicos fundamentales, como la formación de los cratones —masas de tierra estables que servirían de base para los futuros continentes. Se cree que la colisión pudo haber favorecido el ascenso de magma desde las profundidades del manto terrestre o incluso haber inducido movimientos tectónicos tempranos al empujar una parte de la corteza terrestre sobre otra.
A pesar de lo revolucionario del hallazgo, los investigadores sostienen que aún queda mucho por descubrir. Si se identifican más cráteres de edades similares, podrían proporcionar nuevas pistas sobre el papel que jugaron los impactos meteóricos en la configuración temprana del planeta.
El estudio también plantea una cuestión fundamental: si impactos de esta magnitud fueron comunes en la Tierra primitiva, ¿cuánto de nuestra historia geológica ha sido borrado por el paso del tiempo? La erosión y la actividad tectónica han eliminado la mayoría de las huellas de estos eventos, pero el descubrimiento en Pilbara demuestra que todavía hay rastros esperando ser encontrados.
Este cráter, testigo silencioso de un pasado lejano, podría ser solo el principio de una serie de descubrimientos que nos obligarán a reescribir la historia de la Tierra y, quizás, incluso la del origen de la vida misma.
Kirkland, C.L., Johnson, T.E., Kaempf, J. et al. A Paleoarchaean impact crater in the Pilbara Craton, Western Australia. Nat Commun 16, 2224 (2025). doi.org/10.1038/s41467-025-57558-3
La primera ciudad de la historia según las fuentes mesopotámicas
En el corazón de la antigua Mesopotamia un grupo de investigadores ha logrado un hito arqueológico significativo: la identificación y cartografía de una vasta red de canales de irrigación en la región de Eridu, en el sur de Irak, la más meridional de todas las grandes ciudades mesopotámicas y, según la Lista Real Sumeria, la ciudad mas antigua.
La investigación, realizada por un equipo multidisciplinario de arqueólogos y geólogos de diversas universidades e instituciones internacionales, confirma que la región de Eridu, ocupada desde el sexto hasta el primer milenio antes de Cristo, conserva una de las redes de irrigación más antiguas y mejor preservadas de Mesopotamia.
La red de canales de riego reconstruida en contexto con el antiguo cauce del Éufrates y los yacimientos arqueológicos de la región de Eridu. Crédito: J. Jotheri et al.
Históricamente, la Mesopotamia ha sido dependiente del río Eufrates y sus afluentes para la irrigación de cultivos. La capacidad de desviar el agua de estos ríos a través de canales fue esencial para la sostenibilidad de los asentamientos urbanos. Sin embargo, la mayoría de las estructuras de irrigación antiguas han sido sepultadas bajo sedimentación fluvial o reemplazadas por redes de períodos posteriores, lo que ha dificultado el estudio detallado de los primeros sistemas agrícolas.
A diferencia de otras zonas, la región de Eridu quedó deshabitada tras un cambio en el curso del Eufrates, lo que permitió que su paisaje arqueológico permaneciera relativamente intacto. Esta situación excepcional ha permitido a los investigadores identificar y mapear con precisión una compleja red de canales artificiales que preceden al primer milenio antes de Cristo.
Para este estudio, los arqueólogos utilizaron un enfoque interdisciplinario que combinó análisis geomorfológico, revisión de mapas históricos y tecnología de teledetección. Se emplearon imágenes satelitales de alta resolución, incluyendo imágenes del programa CORONA de la década de 1960, drones y fotografía terrestre para validar los hallazgos.
Uno de los métodos clave para diferenciar canales naturales de los artificiales fue el análisis de los patrones de flujo del agua, la topografía, la dirección de las corrientes y la presencia de estructuras de control hidráulico como diques y brechas naturales o artificiales en los diques de los ríos que permitían la distribución controlada del agua sobre la llanura aluvial.
Los resultados revelaron una red de irrigación altamente desarrollada, compuesta por más de 200 canales principales, algunos de hasta 9 km de longitud y de 2 a 5 metros de ancho, conectados directamente con el antiguo cauce del Eufrates. Además, se identificaron más de 4000 canales menores, de entre 10 y 200 metros de longitud, que servían para distribuir el agua a las parcelas agrícolas.
El equipo también documentó la existencia de alrededor de 700 granjas organizadas alrededor de estos canales secundarios. Estas granjas, que variaban en extensión entre 500 y 20,000 metros cuadrados, reflejan un sistema agrícola intensivo y bien estructurado, basado en la distribución equitativa del agua.
Un aspecto notable del hallazgo es que, a diferencia de otras regiones mesopotámicas donde el curso de los ríos cambió drásticamente a lo largo de los siglos, en la región de Eridu el Eufrates mantuvo una relativa estabilidad, lo que permitió que los canales principales conservaran su funcionalidad durante siglos.
El estudio confirma que la agricultura en Mesopotamia no solo dependía de la fertilidad natural del suelo, sino también de una planificación hidráulica sofisticada. La construcción y mantenimiento de estos canales requería un conocimiento avanzado de ingeniería hidráulica y una organización social que asegurara su funcionamiento.
Uno de los desafíos actuales es determinar con precisión la cronología de los diferentes segmentos de la red de irrigación. Para ello, los investigadores planean realizar excavaciones estratigráficas en puntos clave y analizar restos de sedimentos para fechar con mayor precisión el uso de los canales.
Además, se buscará comparar estos hallazgos con inscripciones cuneiformes de la época, con la esperanza de correlacionar los registros escritos con las evidencias físicas. Esta comparación podría arrojar nueva información sobre la administración del agua en los antiguos estados mesopotámicos.
Jotheri J, Rokan M, Al-Ghanim A, Rayne L, de Gruchy M, Alabdan R. Identifying the preserved network of irrigation canals in the Eridu region, southern Mesopotamia. Antiquity. Published online 2025:1-7. doi:10.15184/aqy.2025.19
En el valle del Jordán, cerca del mar Muerto, yacen las ruinas de una antigua ciudad que ha captado la atención de arqueólogos y estudiosos bíblicos por igual. Tall el-Hammam, una vez próspera metrópolis de la Edad del Bronce, guarda los secretos de una catástrofe que pudo haber inspirado uno de los relatos más conocidos del Antiguo Testamento: la destrucción de Sodoma y Gomorra.
Las ruinas de Tall-el-Hammam ocupan 36 hectáreas al norte de aquel mar, muy cerca de la orilla oriental del Jordán. Aunque la cercana presa de Kafrein abastece algunos campos de cultivo, tan solo un poco más allá se extiende el desierto.
No siempre fue así. Hace 3000 a. C. esta era una región fértil. En primavera, el río Jordán se desbordaba, como el Nilo, aportando nuevos nutrientes al suelo. A mediados del Neolítico, en plena eclosión de la agricultura, y gracias también al agua que proveían los manantiales cercanos, los habitantes de la zona podían recoger hasta tres cosechas anuales. Eso favoreció el crecimiento de poblaciones estables.
Tall el-Hammam no era una simple aldea. Ocupada desde casi un milenio atrás, había crecido rodeándose de defensas cada vez más formidables. Quizá para protegerse de incursiones de otras tribus, con el paso del tiempo fue adquiriendo un complejo sistema defensivo. La empalizada de madera original dejaría paso a una imponente muralla de cinco metros de altura que a la larga caería víctima de un terremoto, para ser después reconstruida varias veces durante los siguientes ocho siglos de ocupación.
Para la gente de la época debía de tener un aspecto colosal, con paredes que alcanzaban los diez metros, tachonadas de torres de vigilancia y con puertas fortificadas.
A salvo tras ese cinturón de piedra y adobe, Tall el-Hammam prosperó y se convirtió en un activo centro no solo agrícola, sino también comercial. Empezaron a producirse algunos bienes de consumo, en especial textiles y alfarería. Se estima que su población superó los 8.000 habitantes. Las modestas casas de barro dejaron paso a viviendas más elaboradas, lo que parece un templo e incluso a un palacio real de cuatro o quizá cinco pisos.
Desde ese palacio ejercían su poder los gobernantes cuyos nombres ha borrado el tiempo. Su influencia no se limitaba a su propia ciudad-estado, sino que alcanzaba a numerosos asentamientos y caseríos desperdigados a su alrededor. Las excavaciones se iniciaron en 2005 y hoy constituyen un vasto campo arqueológico gestionado por el gobierno jordano en colaboración con media docena de universidades.
Tell el-Hammam fue contemporánea de Jericó, la ciudad permanentemente habitada más antigua. Ambas poblaciones distan solo unos 20 kilómetros, el-Hammam en la orilla oriental del Jordán, Jericó en la occidental.
Este fue el escenario del milagroso derrumbe de las murallas ante el ejército de Josué: la estrategia consistió en una procesión en que las tropas, acompañadas por sacerdotes portadores del Arca de la Alianza, rodearan la ciudad durante seis días. Ciertamente, una visión poco tranquilizadora para los sitiados. Al séptimo, al sonar de las trompetas (probablemente cuernos de guerra), sus colosales muros se desplomaron.
Numerosos arqueólogos consideran esta crónica una mera fantasía que los escribas incluyeron en la Biblia siglos después de que presumiblemente hubiese ocurrido. El libro de Josué (sexto del Antiguo Testamento) se estima poco fiable desde el punto de vista histórico. Pero, en cualquier caso, las ruinas excavadas en Jericó muestran repetidos episodios de incendios, desmoronamiento y reconstrucción de sus defensas. Algunos, probablemente resultado de terremotos, otros, de conflictos bélicos, y otros más, en fin, fruto del envejecimiento de la construcción.
Hacia el año 1650 a. C., Tell el-Hammam sufrió un destino parecido, pero mucho más repentino. La población fue arrasada, sus murallas de adobe se vinieron abajo, cayeron también los edificios –incluyendo el imponente palacio real–, las techumbres y las vigas que los sostenían se colapsaron. La mayoría de sus habitantes no sobrevivió.
Se han sugerido muy diversas causas: guerras, saqueos, masivos incendios, violentos movimientos sísmicos, vulcanismo e incluso tormentas de intensidad desusada. Pero el caso es que, así como Jericó continuó habitada, Tell el-Hammam quedó abandonada. Durante los setecientos años siguientes, nadie más cultivaría sus campos y aquella emergente sociedad agrícola revertió en parte al nomadismo y pastoreo.
No hace mucho, un estudio publicado en Nature sugirió un posible esclarecimiento del desastre: el impacto de un meteorito. Es una hipótesis muy discutida y rechazada por numerosos profesionales, pero sus autores apuntan a una serie de evidencias bastante convincentes. Consideradas una a una podrían admitir otras explicaciones, pero en conjunto componen una imagen coherente con la ocurrencia de una catástrofe cósmica.
El estrato denominado capa de destrucción, alrededor de metro y medio de espesor, en líneas generales muestra signos de haber sufrido altas temperaturas: cerámica vitrificada, ladrillos de adobe parcialmente fundidos y abundancia de microesferas de vidrio en su interior. Son procesos que exigen llegar a entre 1.700 y 2.000 grados, inalcanzables en la época ni siquiera bajo el más pavoroso de los incendios.
El suelo está tapizado de cuarzo fragmentado (un mineral duro, nada fácil de romper) con deformaciones, que sugieren haber sufrido presiones bruscas de miles de atmósferas durante brevísimos periodos de tiempo. También aparecen diminutas esférulas de carbono diamantoide, que se forma igualmente bajo presiones y temperaturas extremas. Ese tipo de mineral se encuentra muchas veces asociado a cráteres de impacto.
Quizá más significativa es la presencia de un delgado estrato de mineral abundante en metales pesados como iridio, platino y, en especial, níquel. Todos ellos en proporciones al menos veinte veces superiores a las de las capas adyacentes.
Se han descubierto también algunos restos humanos (y numerosos fragmente difíciles de identificar, que podrían corresponder tanto a los desventurados habitantes de el-Hammam como a sus animales domésticos. Los pocos huesos encontrados (un par de cráneos y parte de un fémur) sugieren una desmembración violenta y haber sufrido exposición a un intenso calor.
Otro hallazgo se refiere a la salinización del terreno. Fuese lo que fuese lo que sucedió, la onda de calor debió de provocar la evaporación brusca de muchos metros cúbicos del cercano mar Muerto. Allí el agua contiene tal cantidad de cloruros de sodio (sal común), magnesio, calcio y potasio que su densidad supera en un 30% a la del agua dulce. Ese es el motivo de que los bañistas puedan flotar sin esfuerzo… y también del escozor de ojos que sufren los imprudentes que se atreven a sumergir la cabeza.
El depósito de las sales tras el impacto explicaría la salinidad detectada y por qué fue abandonado como tierra de cultivo. Tardaría siglos en eliminar los contaminantes y volver a permitir la agricultura.
Como en cualquier buena novela de detectives, todos estos indicios apuntan a la catastrófica caída de un meteorito. No es la única explicación, pero sí que resulta muy tentadora sobre todo porque remite a la narración bíblica de la destrucción de la Pentápolis bajo un diluvio de fuego y azufre (Sodoma, Gomorra y también Adma y Zeboim, de las que nadie suele acordarse; la quinta, Zoar, fue perdonada porque en ella se refugió Lot, el único justo a los ojos de Yahvé).
Y ahí es donde topamos con la oposición de numerosos arqueólogos profesionales. La tradición ubica las cinco ciudades mencionadas en el Deuteronomio en la orilla sur del mar Muerto, justo en el extremo opuesto a el-Hammam. No hay rastros arqueológicos de ellas e incluso algunas teorías apuntan a que sus ruinas quedan bajo las aguas.
Los hechos de aquel aciago día de hace 4.000 años se han asimilado a los efectos de un ingenio termonuclear de gran potencia. Los computadores de Sandia National Labs (el organismo norteamericano encargado, entre otras tareas, de la monitorización de los componentes de armas nucleares) han permitido simular la entrada y explosión de una ojiva a diferentes ángulos y alturas y los resultados son estremecedores. El impacto de un asteroide en la atmósfera –básicamente, una montaña que se precipita sobre el suelo a hipervelocidad– produce efectos muy similares
Si eso fue lo que ocurrió en el-Hammam, todo acabó en unos escasos diez o quince segundos. Una roca de alrededor de 50 metros de diámetro se zambulló a la alta atmósfera a una velocidad de alrededor de 20.000 km/h, quizá más.
Como es sabido, al comprimirse el aire se calienta (pensemos en la clásica bomba de hinchar neumáticos de bicicleta). Al avanzar a esa velocidad, el meteorito hacía las veces de un gigantesco pistón que comprimía brutalmente el aire que encontraba a su paso. Ese y no tanto el rozamiento del aire es el mecanismo que provoca el resplandor de los bólidos, que pueden alcanzar una temperatura superior a los 2.000 grados.
A unos 50 kilómetros de altura, el meteorito resplandecía con un brillo casi similar al propio Sol. Seguía una trayectoria de sudoeste a noreste (un detalle que se deduce de la acumulación de escombros en esa dirección). Si alguno de los primitivos hammanitas pudo verlo, es probable que el resplandor le cegase. Al llegar a niveles inferiores, el estampido sónico debió de alertar al resto de la población, al tiempo que destruía las estructuras más ligeras… y también los tímpanos de los menos afortunados.
La investigación arqueológica no ha descubierto restos de un cráter en la zona. Cierto que podría haber sido borrado por los siglos de erosión, pero –como otros fenómenos similares– lo más probable es que el bólido explotase en altura. Como el impacto de Tunguska o la bomba de Hiroshima, pero con una potencia mucho mayor. Se estima que pudo ser equivalente a una detonación de entre 10 y 15 megatones (las que arrasaron las ciudades japonesas desarrollaban unos 15 kilotones, mil veces menos). A lo largo de su recorrido dejó una onda térmica y de sobrepresión que fue la responsable de barrer como un huracán todas las construcciones del poblado neolítico.
La destrucción de Tall el-Hammam comparte similitudes con otros eventos de impacto cósmico conocidos:
Tunguska
El 30 de junio de 1908, una masiva explosión arrasó una vasta región de la taiga siberiana cerca del río Tunguska. Al igual que en Tall el-Hammam, no se encontró un cráter de impacto, pero la devastación fue enorme, derribando millones de árboles en un área de más de 2.000 km².
Chelyabinsk
El 15 de febrero de 2013, un meteoro explotó sobre la ciudad rusa de Chelyabinsk. Aunque mucho menos potente que el evento de Tunguska o Tall el-Hammam, causó daños considerables y heridas a más de 1.500 personas, principalmente por la rotura de ventanas debido a la onda expansiva.
Mar de Behring
Uno de los casos más recientes es la explosión de un meteorito o fragmento cometario sobre el mar, cerca de la península de Kamchatka. Ocurrió el 18 de diciembre de 2018. Se calcula que desarrolló una energía de 175 kilotones, unas diez veces la de las primeras bombas atómicas. Inicialmente sus efectos pasaron desapercibidos, debido a su remota ubicación.
La destrucción de Tall el-Hammam habría sido aún más devastadora que estos eventos modernos, combinando el poder destructivo de Tunguska con la proximidad a una zona muy poblada.
La catástrofe, cuyos rastros están saliendo ahora a la luz, es un acontecimiento muy infrecuente, pero no único. Algo semejante parece haber ocurrido hace 12.800 años en el asentamiento paleolítico de Abu Hureyra, en Siria. Es el primer caso de destrucción atribuido a un meteorito. Los indicios son similares a los que se observan en el-Hammam (vitrificación, nanodiamantes…), pero al tratarse de un asentamiento más primitivo el cuadro es mucho menos detallado.
Y por fin, una sorprendente coincidencia. A lo largo de su larguísima historia, la Jericó bíblica sufrió numerosos episodios de derrumbe y reconstrucción. Saqueos, guerras, incendios, terremotos…. Uno de ellos se data hacia 1653 a. C., con un margen de error de más o menos 18 años. Eso lo hace casi coetáneo del desastre de el-Hammam (1661 a.C., más o menos 21 años). Dadas las incertidumbres de los métodos empleados, uno se pregunta si ambas catástrofes pudieron tener la misma causa: un martillo de roca que cayó del cielo.
Es seguro que, con el tiempo, este tipo de catástrofes volverá a ocurrir. Son poco frecuentes, pero inevitables. Basta con ver la superficie de la Luna y de otros cuerpos del Sistema Solar para comprobar la intensidad del bombardeo a lo largo de millones de años (en la Tierra, la erosión ha borrado esas huellas, que debieron de ser igualmente abundantes). Por eso, diversas agencias espaciales como la NASA y la ESA han puesto en marcha programas de “defensa planetaria” que, por el momento, se centran en tratar de localizar cualquier asteroide cuya trayectoria pueda representar un peligro futuro para nuestro planeta.
La búsqueda se hace mediante telescopios robotizados que barren el firmamento noche tras noche. Con suerte, pueden localizar objetos de solo unas decenas de metros siempre que se encuentren a escasa distancia de la Tierra y las condiciones de iluminación sean las adecuadas. La trayectoria de cualquiera de estas rocas se establece fotografiando su posición en noches sucesivas. No siempre es una tarea fácil. Al principio, las imágenes están tan próximas que el cálculo resulta muy impreciso.
Así, al asteroide 2024YR4 descubierto hace solo unos meses, se le asignó primero una probabilidad de impacto de más del 1%, que posteriores observaciones aumentaron hasta un 3%, una de las máximas jamás registradas. Nuevos cálculos más precisos ya la han reducido a cero, descartando todo riesgo, como ya había sucedido otras veces con asteroides incluso más amenazadores.
¿Qué consecuencias tendría la caída de ese asteroide? No se trata de una roca de gran tamaño (la responsable de la extinción de los dinosaurios era mucho mayor, entre 10 y 15 kilómetros de diámetro; esta, solo unas decenas de metros). Pero, aun así, el impacto formaría un cráter de más de un kilómetro, comparable al cráter Barringer, en el desierto de Arizona, suficiente para destruir una ciudad mediana. O, de caer en el océano, provocar un colosal tsunami digno de cualquier película catastrofista.
Heinrich Schliemann, Arthur Evans, Hiram Bingham, Leonard Wooley o Howard Carterson algunos de los personajes que, por sus descubrimientos arqueológicos, han logrado entrar de lleno en la Historia.
Se siguen recordando sus hazañas, se les menciona en las escuelas y hasta se les dedican biografías, documentales, novelas y películas en las que se narran las vicisitudes de sus vidas.
Pero otros nombres importantes son olvidados
Tras descubrirlas en el siglo XVIII, este aragonés convencería a Carlos III, entonces rey de Nápoles, de comenzar la que sería la primera misión arqueológica de la historia
Óleo de Filippo Palizzi, pintado en 1870, muestra el trabajo de las campesinas contratadas por el rey durante las primeras excavaciones en PompeyaWikimedia Commons
Los descubrimientos en Pompeya, una de las ciudades que quedó congelada en el tiempo tras ser sepultada bajo una lluvia de sedimentos volcánicos tras la erupción del Vesubio, no dejan de sorprender a los arqueólogos.
A finales del mes de febrero, el equipo de expertos que trabaja en el yacimiento anunció el hallazgo de un extraordinario fresco dedicado al dios Dionisio en la célebre Villa de los Misterios, ubicada en la parte central de las ruinas de la antigua ciudad romana.
Pompeya – Panorama desde las murallas (1870)
Durante los últimos años se han ido recuperando estancias y objetos que narran la historia de esta urbe, la cual, al igual que su vecina Herculano, fue condenada al olvido bajo las implacables cenizas del volcán.
Tendrían que pasar más de 1.500 años para que las ruinas de estas dos ciudades fuesen devueltas a la historia gracias a un español: Roque Joaquín de Alcubierre.
Sin embargo, el rastro de las ciudades no desapareció del todo. Cerca de la desembocadura del río Sarno afloraban algunos restos de las construcciones más altas de Pompeya, aunque la gente pensaba que se trataba de Estabia, una de las ciudades menores que también fueron borradas del mapa por culpa del volcán.
Sería en esta zona, conocida como la Civita, donde el arquitecto Domenico Fontana recibió el encargo de abrir un canal para llevar las aguas del Sarno tierra adentro.
Durante los trabajos, Fontana se topó con mármoles y paredes pintadas, pero el duque del Sarno, quien había encargado las obras, ordenó ignorar el hallazgo y seguir con las obras para el canal.
No sería hasta enero de 1738 cuando Alcubierre, natural de Zaragoza e ingeniero militar, fue llamado por el futuro rey de España y en aquel entonces rey de Nápoles, Carlos III, para construir un palacio en Portici, una ciudad moderna construida sobre Herculano.
Mientras realizaban la labor de adecuación del entorno, el ingeniero militar supo de la existencia del pozo Nocerino de donde, en 1710, el príncipe D’Elbeuf había extraído las primeras esculturas procedentes de aquella ciudad durante el pasado virreinato austriaco en Nápoles. Entonces, decidió bajar al pozo:
Carlos III
Habiendo encontrado en efecto una porción de muro antiguo con revestimiento rojo, encontramos jaspes variados, trocitos de metal y otras cosas…
El aragonés presenta todos estos descubrimientos a Carlos III pidiéndole permiso para destinar las tareas de excavación a cuatro de los 700 obreros que trabajaban para el Real Sitio en Portici. Tras encontrar una escultura de mármol, que maravilló al monarca, el 13 de octubre se autorizó la excavación.
Así comenzarían los trabajos de la primera misión arqueológica de la historia, expresó Michael Longstreem, comisario de Arte Antiguo en el Metropolitan Museum de Nueva York, en declaraciones en La Vanguardia.
Es en ese momento cuando la información del pasado se antepone a los hallazgos lujosos
Aunque los trabajadores se encontraron con la dificultad de realizar un entramado de túneles entre ceniza y lava solidificada que superaba los 20 metros de espesor, lograron sacar a la luz el teatro y diversas pinturas murales de algunas viviendas.
Dice Martín Almagro Gorbea en La arqueología en la política cultural de la Corona de España en el siglo XVIII:
Las excavaciones de Herculano, al contrario de lo que manifestó Winckelmann [quien criticó el trabajo de los españoles] en sus informes, se llevaron a cabo con el mayor cuidado y con la aplicación de los mejores medios que la época ofrecía: levantamiento de diarios y plantas de los edificios, además de ensayar diversos sistemas de excavación y extracción de las piezas más delicadas y, por último, la creación de un museo específico para su conservación
En 1748 comenzaría, sin saberlo, las excavaciones de Pompeya pues creía que se trataba de Estabia, el puerto donde murió Plinio el Viejo.
Escribe el ingeniero militar en su diario. Sin saber aún de qué ciudad se trataba en realidad, en 1756 habían rescatado 800 frescos, 350 esculturas, un número indeterminado de cabezas y bustos, 1.000 vasos, 40 candelabros y más de 800 manuscritos antiguos.
Teatro de Pompeya con el Vesubio al fondo
En 2 de abril de 1748, se estableció el trabajo de una nueva excavación, pasado la Torre de la Anunciada [Torre Annunziata], en el paraje que llaman la Civita, en las inmediaciones del río Sarno.
Es en 1763 cuando descubrirían una inscripción que le permite saber que las calles que estaba pisando en realidad eran las de Pompeya.
En los siguientes años aparecieron el Gran Teatro (1764), los barracones de los gladiadores (1766), el templo de Isis (1767) y la villa de Diómedes (1771). Alcubierre fue sustituido por el italiano Francesco de la Vega, quien empezó una serie de medidas para planificar mejor las excavaciones y conservar lo que ya se había descubierto.
Es entonces cuando las maravillas de Pompeya empiezan a atraer el interés por toda Europa, devolviendo el interés por lo antiguo.
La ambición de Alcubierre no concluiría con Pompeya y siguió excavando hasta hallar los restos de Estabia, Cumas, Sorrento, Mercato di Sabato y Bosco de Tres Case.
Finalmente, el español que había sido el máximo responsable de la vuelta de un arte clásico gracias a que Europa quedó fascinada con los restos de la milenaria Pompeya, murió en Nápoles el 14 de marzo de 1780.
Asimismo, otros arqueólogos como el alemán Winckelmann, ansioso de apoderarse de la fama y los méritos de lo encontrado en Pompeya, contribuyeron a que la figura del español cayera en el olvido.
Un reciente estudio genético de poblaciones antiguas ha revelado detalles sobre el origen y la expansión de las lenguas celtas en Europa, un enigma que ha intrigado a historiadores y lingüistas durante décadas. La investigación, llevada a cabo por un equipo internacional de genetistas y arqueólogos, desafía las teorías tradicionales y sugiere que la difusión de estas lenguas estuvo estrechamente ligada a la migración de grupos humanos provenientes de Europa Central durante la Edad del Bronce y la Edad del Hierro.
Las lenguas celtas, como el irlandés, el gaélico escocés, el galés y el bretón, sobreviven hoy en el extremo occidental de Europa. Sin embargo, hace miles de años, estas lenguas dominaban vastas regiones del continente, desde la península Ibérica hasta Anatolia. La gran pregunta ha sido: ¿cómo y desde dónde se expandieron?
Tradicionalmente, se han propuesto tres teorías principales sobre la difusión de las lenguas celtas. Una sostiene que se extendieron a través de la costa atlántica con la cultura del vaso campaniforme en la Edad del Bronce Temprana. Otra sugiere un origen en Francia, Iberia o el norte de Italia. La tercera, y ahora la más respaldada por la nueva investigación, apunta a una expansión desde Europa Central en la Edad del Bronce Tardía y la Edad del Hierro, vinculada a las culturas de los Campos de Urnas, Hallstatt y La Tène.
El estudio ha utilizado datos genéticos de más de 750 individuos antiguos, incluyendo muestras clave de Francia, Alemania, Austria y las Islas Británicas. Mediante análisis de ADN, los investigadores han rastreado los movimientos de poblaciones y han detectado patrones de mezcla genética que coinciden con la expansión de las lenguas celtas.
Los resultados muestran una fuerte influencia genética de la cultura de los Campos de Urnas en Europa Occidental a partir de hace 3.200 años. La población asociada con el subgrupo Knovíz en la cuenca de los Cárpatos se expandió hacia el oeste, alcanzando Gran Bretaña hace 2.800 años e Iberia hace unos 2.500 años. Este hallazgo refuerza la idea de que las lenguas celtas emergieron y se propagaron desde Europa Central, en lugar de originarse en la costa atlántica o el suroeste europeo.
El análisis de la herencia genética también revela un patrón de migraciones significativas durante la Edad del Bronce y el inicio de la Edad del Hierro. En Inglaterra, por ejemplo, los datos muestran una transición genética en dos momentos clave: primero con la llegada de poblaciones vinculadas a la cultura del vaso campaniforme hace aproximadamente 4.500 años, y luego con la expansión de los pueblos de Campos de Urnas y Hallstatt entre 3.200 y 2.800 años atrás.
En Francia y en la República Checa, la presencia de ascendencia genética procedente del sureste europeo (Hungría y Serbia) sugiere contactos e influencias de poblaciones de la región de los Balcanes. Además, el aumento de la proporción de genes de poblaciones de Anatolia en la Edad del Hierro indica interacciones complejas que contribuyeron a la configuración lingüística de Europa en ese periodo.
La conclusión del estudio es que la expansión de la cultura de los Campos de Urnas está estrechamente relacionada con la dispersión de las lenguas celtas. Esto apoya la teoría de que estas lenguas se difundieron con las migraciones de poblaciones de Europa Central hacia el oeste.
Este descubrimiento también desafía la idea de que el celta se extendió junto con la cultura del vaso campaniforme en la Edad del Bronce Temprana. Aunque esta cultura tuvo una gran influencia en la configuración genética de Europa occidental, los nuevos datos sugieren que las lenguas celtas se expandieron en una fase posterior, junto con la cultura de los Campos de Urnas.
El estudio también destaca la importancia de seguir explorando la historia de las lenguas celtas a través de la genética de poblaciones antiguas. A medida que se analicen más muestras de ADN de diferentes periodos y regiones, se podrá afinar aún más el panorama de la evolución lingüística de Europa.
Hugh McColl, Guus Kroonen, et al., Tracing the Spread of Celtic Languages using Ancient Genomics. bioRxiv, doi.org/10.1101/2025.02.28.640770
El 4 de marzo de 1832 moría con tan solo 41 años, Jean-François Champollion, el erudito considerado el padre de los jerogrificos egipcios al ser el primero en descifrar este lenguaje gracias al estudio de la Piedra Rosetta, el descubrimiento que cambió el rumbo del conocimiento sobre el Antiguo Egipto y que había tenido lugar de forma casual en la campaña militar de Napoleón en el país a finales del siglo XVIII.
La muerte prematura de este historiador francés por un ataque al corazón hizo que su carrera no evolucionara a más, aunque sí que pudo cumplir el deseo de viajar a Egipto, pero su legado en el desciframiento de los jeroglíficos dejaría huella y ha llegado a nuestros días como uno de los responsables de dar palabra al Antiguo Egipto.
Jean-François Champollion nació el 23 de diciembre de 1790 en Figeac, Francia, hijo de un librero ambulante. A pesar de la profesión de su padre, el haber nacido en plena Revolución Francesa hizo que no tuviera una educación formal al haber cerrado los colegios religiosos, y fue enseñado por su hermano mayor, que lo cuidaba mientras su madre estaba enferma y su padre estaba ausente por trabajo.
Su hermano, autodidacta y apasionado de la historia antigua, le inculcó el amor por el estudio de esta época, y desde un principio demostró tener un don para la lingüística. Esto le hizo proponerse ser la persona que podría descifrar la misteriosa escritura egipcia, y eso era en parte porque pensaba tener claro lo que era la clave para conseguirlo tras estudiar diferentes textos griegos.
Hasta entonces, se creía que los jeroglíficos que acompañaban las tumbas de los faraones egipcios eran pictogramas, que no correspondían a palabras, sino a ideas o conceptos. Todo cambiaría con el descubrimiento de la piedra de Rosetta, en 1799, por los soldados del ejército de Napoleón, a orillas del río Nilo.
La piedra, que recibió este nombre al ser descubierta en la localidad de Rosetta, era un decreto promulgado por Ptolomeo V en el año 196 a.C y estaba dividido en tres registros, uno de ellos en jeroglífico y demótico y otro en griego, que sí era entonces un idioma conocido por los historiadores de la época.
Esto hizo que despertara interés de varios eruditos, y entre ellos se coló Jean-François Champollion, que consideró que podría lograr descifrarlo tras haber logrado ya descubrir algunos nombres de textos de época tardía. En 1821, el francés comenzó el estudio de la piedra Rosetta, y una larga correspondencia con el británico Thomas Young, que pasó de amigo y ayudarle a avanzar a ser uno de sus mayores rivales.
En septiembre de 1822 es cuando tuvo lugar su gran descubrimiento. Jean-François Champollion había logrado un gran avance al ver que los nombres propios se enmarcaban en un “cartucho”, lo que hizo que hallara el nombramiento de faraones Ramsés o Tutmosis en la piedra de Rosetta. De ahí, arrancaría para que se diera el descifre completo.
Tanto fue el impacto que tuvo en el erudito francés que salió corriendo de su oficina hasta el Instituto de Francia, donde trabajaba su hermano, para ir a gritar un “¡Lo tengo!” y desmayarse antes de poderle contar su descubrimiento, que presentaría pocos días después de forma pública. Y de ahí, Champollion llegó a la conclusión de describir los jeroglíficos egipcios eran una escritura pictórica, simbólica y fonética al mismo tiempo, y que cambiaría los estudios posteriores de esta civilización antigua.