Coyolxauhqui o los mitos fundacionales del imperio mexica

Mide 3.25 metros de diámetro y unos 40 centímetros de espesor, con un peso cercano a las 8 toneladas.

El hallazgo no solo desveló la imponente pieza, sino que también confirmó la ubicación exacta de la esquina suroeste del Templo Mayor de Tenochtitlan, dando origen al proyecto arqueológico que lleva el mismo nombre.

En Ciudad de México, la capital moderna que una vez fue el centro  del imperio mexica, un grupo de trabajadores de la compañía de la luz realiza una excavación rutinaria el 21 de febrero de 1978, cuando se tropiezan con algo que no es cemento ni tierra suelta. Es una piedra tallada con formas imposibles de descifrar a primera vista. Lo que han encontrado, sin saberlo, es la puerta de entrada a un mundo perdido: el monolito de Coyolxāuhqui, la diosa de la luna desmembrada de Tenochtitlan.

La piedra es un disco monumental de 3.25 metros de diámetro. Es una obra de arte y una narración épica tallada en roca. Representa a la diosa Coyolxāuhqui, cuyo nombre significa la de los cascabeles en las mejillas, en el momento posterior a su violenta muerte. Su cuerpo yace de espaldas, descuartizado. Su cabeza, separada del torso, yace de perfil con la boca abierta en un grito silencioso. Sus brazos y piernas fueron cercenados y yacen alrededor de lo que fue su cuerpo.

Los detalles de la talla son vívidos y simbólicos. Sus pechos caen hacia los lados. Lleva un tocado de plumas, y los cascabeles que le dan nombre adornan su cabello y su mejilla. En su cintura, un cinturón de serpientes sostiene una calavera. Los puntos donde sus miembros fueron separados de su cuerpo no se muestran como heridas sangrantes, sino como cortes limpios, con forma de concha. Su cuerpo, originalmente pintado de amarillo, se recortaba sobre un fondo rojo brillante, con detalles en azul y blanco. Esta desnudez, para los mexica, era un símbolo de la máxima humillación.

La historia que cuenta esta piedra es un hito fundacional del pueblo mexica. En la cima del Cerro Coatepec (Cerro de la Serpiente), la diosa madre Coatlicue quedó misteriosamente embarazada. Sus hijos, los Centzon Huitznáhuac (las cuatrocientas estrellas del sur), y su hija Coyolxāuhqui, la luna, se enfurecieron por la deshonra. Decididos a matarla, liderados por Coyolxāuhqui, ascendieron hacia la cima del monte.

Sin embargo, en el momento crítico, del vientre de Coatlicue nació Huitzilopochtli, el dios del sol y patrón de los mexica, completamente armado. Con su arma, la xiuhcóatl o serpiente de fuego, se enfrentó a sus hermanos.

El relato culmina con la derrota de Coyolxāuhqui. Huitzilopochtli la decapitó y desmembró, lanzando su cuerpo por las laderas del cerro. Su cabeza, convertida en la luna, quedó para siempre en el cielo, eternamente perseguida y vencida por su hermano, el sol.

El hallazgo de 1978 fue fortuito, pero su significado fue inmediatamente reconocido por los arqueólogos. El maestro Eduardo Matos Moctezuma, quien lideraría la excavación posterior, entendió la importancia del lugar. La piedra no yacía en cualquier sitio.

Estaba en el centro de una plataforma que se extendía desde la base de la escalera. A los lados de esta escalinata, cabezas de serpientes sonreían grotescamente.

Matos Moctezuma tuvo una revelación crucial. Argumentó que la colocación del monumento en la parte inferior del Templo Mayor conmemoraba la historia de Huitzilopochtli derrotando a Coyolxauhqui en la batalla del Monte Coatepetel.

El propio Templo Mayor, la gran pirámide gemela de Tenochtitlan, era una representación arquitectónica de ese cerro sagrado. El lado dedicado a Huitzilopochtli era el Coatepec. Y al pie de sus escaleras, como un recordatorio eterno de la derrota, yacía la piedra de Coyolxāuhqui.

Final del formulario

Este descubrimiento fue la chispa que encendió el Proyecto Templo Mayor, una de las empresas arqueológicas más importantes del siglo XX en América. Durante años, dirigido por Matos Moctezuma, el proyecto desenterró los restos del corazón del imperio azteca.

La piedra de Coyolxāuhqui, identificada dentro de la Fase IV de construcción del templo, se convirtió en el símbolo de este renacimiento arqueológico. Se cree que fue creada alrededor del año 1438, bajo el gobierno del tlatoani Axayacatl. El historiador Richard Townsend la describe como una obra de un dominio del diseño y una virtuosidad técnica no vistos previamente en las pirámides.

La ubicación de la piedra no era meramente decorativa o conmemorativa, tenía un propósito profundamente político y ritual. Para cualquier visitante o embajador de un pueblo rival que se acercara al Templo Mayor, el mensaje era claro e intimidante.

La piedra habría servido como una señal de advertencia para los enemigos de Tenochtitlan

Coyolxāuhqui, como primera deidad enemiga derrotada por su dios patrón, se convirtió en el arquetipo de todos los conquistados. Su destino era el destino que esperaba a quienes se opusieran al poder mexica. Townsend señala que el disco representaba la derrota de los enemigos de los aztecas en general.

Pero la advertencia se volvía realidad de la forma más cruda durante los sacrificios rituales, especialmente en la fiesta de Panquetzaliztli, dedicada a Huitzilopochtli. Los prisioneros de guerra, que encarnaban a los enemigos de los dioses y del estado, eran llevados a la cima del Templo Mayor. Allí, sobre el cuauhxicalli (la piedra de los sacrificios) frente al santuario de Huitzilopochtli, los sacerdotes les extraían el corazón.

Lo que sucedía después era una recreación exacta del mito. El cuerpo sin vida del cautivo era arrojado por los empinados escalones de la pirámide. Al final del descenso, golpeaba contra la piedra de Coyolxāuhqui. Allí, en ese mismo lugar, el cuerpo era decapitado y desmembrado, tal como lo fue Coyolxauhqui por Huitzilopochtli en Coatepec.

La víctima humana se transformaba, en su muerte, en la representación de la diosa vencida. El ciclo cósmico de la victoria del sol sobre la luna, del orden sobre el caos, se renovaba con sangre en el corazón de Tenochtitlan.

La piedra de Coyolxāuhqui es más que una escultura, es una pieza de teatro ritual congelada en el tiempo y un testigo mudo del auge y la caída de un imperio. Su descubrimiento en 1978 permitió a los arqueólogos leer el Templo Mayor con nuevos ojos, interpretando no solo su estructura, sino también su significado simbólico más profundo.

Hoy, la diosa descansa en el Museo del Templo Mayor, a pocos metros de donde fue encontrada. Ya no recibe los cuerpos de los sacrificios, pero su poder narrativo permanece intacto. Su imagen, a la vez violenta y serena, sigue contando la historia de su caída, la historia de su hermano vengador y la historia del pueblo que los elevó a la categoría de razón de Estado.

Richard F. Townsend, The Aztecs

Eduardo Matos Moctezuma, Archaeology & symbolism in aztec Mexico: the Templo Mayor of Tenochtitlan. Journal of the American Academy of Religion, Volume LIII, Issue 4, December 1985, Pages 797–815, doi.org/10.1093/jaarel/LIII.4.797

Boone EH. The “Coatlicues” at the Templo Mayor. Ancient Mesoamerica. 1999;10(2):189-206. doi:10.1017/S0956536199102098

Wikipedia, Coyolxauhqui

Fortaleza del Imperio Nuevo desenterrada en la Carretera Militar de Horus, norte del Sinaí

Iba desde la zona de Suez (o el Delta oriental, comenzando en la fortaleza de Yaru) hasta la ciudad de Rafah, cerca de la actual Gaza, en el sur de Palestina.

Sirvió como la ruta principal para el ejército egipcio en sus expediciones hacia el noreste para asegurar sus dominios asiáticos, especialmente durante el Imperio Nuevo. También era una ruta de comercio milenaria.

Lo que lo hacía una «carretera militar» eran los once fortines o fortalezas que la protegían y vigilaban. Estos puestos militares aseguraban la frontera oriental y proporcionaban agua (manantiales) y apoyo logístico a las tropas.

La mayoría de las fortalezas y su uso intensivo se documentan durante las Dinastías XVIII y XIX (aprox. 1560 a. C. a 1081 a. C.), cuando Egipto expandió su influencia territorial en Asia.

Una misión arqueológica egipcia ha hallado una enorme fortaleza militar que data del período del Imperio Nuevo de Egipto, a lo largo de la antigua Carretera Militar de Horus, cerca de Tell El-Kharouba, en el norte del Sinaí. Este descubrimiento informa sobre la sofisticada red de defensa de Egipto, que en su día protegía sus fronteras orientales y aseguraba la principal ruta estratégica que conectaba el antiguo Egipto con Palestina.

La fortaleza recién descubierta es una de las estructuras militares más grandes e importantes descubiertas en la Carretera de Horus, un corredor crucial que sirvió como ruta militar y comercial para los faraones. Extendiéndose a lo largo de la frontera noreste de Egipto, la Carretera Militar de Horus era un elemento vital para la comunicación, el transporte y la defensa, y el último descubrimiento en Tell El-Kharouba ofrece una visión excepcional del ingenio militar y la planificación estratégica de los gobernantes del Imperio Nuevo.

La fortaleza recién descubierta cubre un área de aproximadamente 8.000 metros cuadrados, lo que la hace casi tres veces más grande que otra fortaleza cercana encontrada durante las excavaciones en la década de 1980. Los arqueólogos revelaron parte de la muralla sur, que se extiende por aproximadamente 105 metros y mide 2,5 metros de ancho, con una entrada secundaria de aproximadamente 2,2 metros de ancho.

Las excavaciones también hallaron once torres defensivas, así como partes de las murallas norte y oeste, incluida la torre noroeste. El sitio planteó grandes desafíos debido a las dunas de arena móviles que habían enterrado grandes secciones de la antigua estructura durante siglos.

Una de las características más notables del sitio es una muralla en zigzag de unos 75 metros de largo que atraviesa el lado occidental de la fortaleza. Esta muralla divide la estructura de norte a sur y encierra una zona residencial que se cree que albergaba soldados. La compleja disposición refleja la avanzada planificación arquitectónica y militar del Imperio Nuevo, lo que pone de relieve cómo los ingenieros del antiguo Egipto se adaptaron a las duras condiciones del desierto, manteniendo al mismo tiempo una sólida capacidad defensiva.

Además de los restos arquitectónicos, los arqueólogos descubrieron diversos fragmentos de cerámica y depósitos de cimentación bajo una de las torres. Estos objetos datan de la primera mitad de la Dinastía XVIII e incluyen el asa de una jarra con el nombre del rey Tutmosis I estampado, lo que confirma la conexión real de la fortaleza.

Otros hallazgos incluyen piedras volcánicas que se cree que fueron importadas por mar desde las islas griegas, lo que demuestra las extensas redes comerciales y logísticas que mantenían las defensas fronterizas de Egipto. También se encontraron un gran horno de pan y restos de masa endurecida, lo que indica que la fortaleza era un asentamiento militar autosuficiente con instalaciones para la preparación de alimentos y la vida cotidiana.

Estudios preliminares muestran que la fortaleza experimentó varias fases de restauración y modificación a lo largo del tiempo. La entrada sur, por ejemplo, parece haber sido rediseñada más de una vez, posiblemente para reforzar el sistema defensivo o adaptarse a nuevas necesidades tácticas.

Estos cambios arquitectónicos reflejan el compromiso a largo plazo de Egipto con el mantenimiento de sólidas defensas fronterizas a lo largo de las generaciones de gobernantes. Esta fortaleza recién descubierta formaba parte de una cadena más amplia de fortalezas construidas a lo largo de la Carretera Militar de Horus, una de las rutas más importantes del antiguo Egipto. Esta carretera conectaba el delta del Nilo con el Levante, sirviendo tanto como arteria comercial como frontera defensiva. Se han encontrado fortalezas similares en yacimientos como Tell Hebua, Tell el-Borg y Tell el-Abyad, todos del mismo período.

Los expertos creen que la fortaleza de Tell El-Kharouba desempeñó un papel clave en la protección de las fronteras orientales de Egipto y en la vigilancia del movimiento a lo largo de la carretera costera que conducía hacia la antigua Palestina y Siria.

El equipo arqueológico planea continuar las excavaciones para descubrir las secciones restantes de las murallas y explorar las instalaciones asociadas, incluyendo lo que se cree que fue un puerto militar cerca de la costa mediterránea. Este puerto pudo haber servido como punto de abastecimiento para las tropas y permitido el transporte de bienes y recursos a la fortaleza.

A pesar de las difíciles condiciones de trabajo en el entorno desértico, los arqueólogos confían en que nuevos descubrimientos ayudarán a reconstruir la red defensiva completa que antaño protegía las fronteras de Egipto.

El Ministro de Turismo y Antigüedades de Egipto dijo:

 el descubrimiento es un ejemplo vivo del genio militar del antiguo Egipto, que demuestra cómo los faraones desarrollaron un sistema defensivo integral para salvaguardar las fronteras de la nación. La fortaleza no solo ofrece una perspectiva de la estrategia militar de Egipto, sino que también narra historias de los soldados, artesanos y arquitectos que vivieron y trabajaron allí.

El Secretario General del Consejo Supremo de Antigüedades añadió:

 cada nueva fortaleza desenterrada ayuda a completar la imagen de la antigua organización militar de Egipto, demostrando que la grandeza de la civilización se extendía más allá de templos y tumbas, incluyendo un sistema de defensa y administración altamente estructurado.

Ministerio de Turismo y Antigüedades de Egipto

Los Moais de la Isla de Pascua o cómo la Física resolvió un Misterio de 800 Años

Durante siglos, los moáis de la isla de Pascua, han sido uno de los mayores enigmas de la arqueología. ¿Cómo pudo una sociedad polinesia aislada, sin ruedas, grúas ni grandes animales, mover monumentos de hasta 80 toneladas por un terreno accidentado?

Un estudio pionero publicado en el Journal of Archaeological Science ha revelado la respuesta: los moáis no solo eran arrastrados, sino que caminaban.

Entre los siglos XIII y XVI, los habitantes de Rapa Nui tallaron casi mil moáis en toba volcánica. Estas figuras, a menudo confundidas con simples cabezas, en realidad tienen cuerpos enteros enterrados bajo tierra. Cada escultura representa a ancestros venerados y simbolizaba el poder del clan que la erigió.

La cuestión de su movimiento permaneció sin resolver durante décadas. Los primeros exploradores europeos especularon sobre civilizaciones perdidas o poderes sobrenaturales. Investigadores posteriores sugirieron trineos, troncos rodantes o pistas de madera, pero ninguna de estas pruebas se ajustaba a la realidad. La escasa vegetación de la isla no soportaba el transporte de madera a gran escala, y las bases de las estatuas mostraban patrones de desgaste incompatibles con el arrastre.

Se necesitó una combinación moderna de física, modelado 3D y arqueología experimental para descubrir la verdad.

Un equipo dirigido por el arqueólogo Carl Lipo, de la Universidad de Binghamton, y Terry Hunt, de la Universidad de Arizona, analizó escaneos 3D de alta resolución de las estatuas. Descubrieron dos características clave del diseño: una base en forma de D y una ligera inclinación hacia adelante. Estas características no fueron accidentales. Colocaron el centro de gravedad de tal manera que la escultura pudiera balancearse suavemente hacia adelante al ser tirada desde los lados.

El equipo de Lipo construyó entonces una réplica a escala real que pesaba 4,35 toneladas. Con solo 18 voluntarios y tres cuerdas, lograron moverla 100 metros en tan solo 40 minutos. Mientras la esculturas se balanceaba de un lado a otro, avanzaba lentamente, como un refrigerador al que se le hace caminar por el suelo.

Dijo Lipo:

En el momento en que empieza a moverse, casi cobra vida. La gente tira de ambos lados y la estatua avanza sola. Cuanto más grande es, más estable se vuelve. La física hace el resto.

Se ataban cuerdas alrededor de la cabeza o los hombros de la escultura. Dos grupos se colocaban a cada lado, tirando alternativamente para crear un balanceo rítmico. Cada balanceo desplazaba el centro de gravedad, provocando que el moai se inclinara y pivotara ligeramente hacia adelante. Una ligera inclinación hacia adelante en el diseño ayudaba a la escultura a autocorregirse y evitar caer hacia atrás.

Paso a paso, el gigante caminaba hacia su destino, equilibrado únicamente por la tensión de las cuerdas, la gravedad y la coordinación.

Las excavaciones arqueológicas revelaron que los antiguos caminos de la isla, con un promedio de 4,5 metros de ancho, tenían una forma cóncava. Esta sutil curvatura estabilizaba las esculturas oscilantes, impidiendo que se inclinaran hacia los lados. Lejos de ser caminos comunes, eran vías cuidadosamente diseñadas para el desplazamiento de estos monumentos sagrados.

Dijo Lipo:

Cada vez que movían un moai, literalmente construían el camino debajo de él. El transporte no estaba separado de la construcción; era parte del mismo proceso.

El descubrimiento redefine la infraestructura de Rapa Nui como un sistema dinámico de movimiento y ritual, no solo rutas estáticas entre asentamientos.

Las leyendas entre el pueblo Rapa Nui hablan desde hace mucho tiempo de esculturas que caminaban hasta la orilla bajo la guía de espíritus ancestrales. Durante años, estos relatos se descartaron como mitos. Ahora, la ciencia sugiere que podrían contener algo de verdad.

El método de caminar no solo explica las tradiciones orales de los isleños, sino que también restaura el respeto por su ingenio. En lugar de un pueblo aislado que destruyó su propio ecosistema, los Rapa Nui emergen como ingenieros innovadores que maximizaron los recursos limitados y dominaron el equilibrio, el ritmo y la gravedad.

El estudio desafía varios conceptos erróneos de larga data. Los moáis no fueron arrastrados por miles de esclavos, ni fueron producto de una civilización desmoronada. La evidencia sugiere una sociedad altamente organizada y sostenible, capaz de realizar construcciones monumentales mediante la cooperación y el conocimiento científico.

Incluso la creencia de que los moai son solo cabezas resulta ser falsa: la mayoría de las estatuas tienen torsos completamente tallados, enterrados por el tiempo y los sedimentos. Cada detalle contribuye ahora a una historia más amplia de resiliencia e innovación, en lugar de misterio y pérdida.

Si bien la hipótesis de la marcha cuenta con un sólido respaldo, los investigadores admiten que no todos los moai podrían haberse movido de esta manera. Las estatuas más pequeñas o dañadas podrían haber requerido métodos modificados, y ponerlas en marcha desde una posición de reposo sigue siendo la fase más complicada. Algunos moai encontrados derribados a lo largo de las rutas de transporte sugieren que los accidentes ocurrieron durante el movimiento vertical, en lugar del arrastre horizontal.

Aun así, ninguna teoría alternativa se ajusta tan bien a la evidencia geométrica, arqueológica y experimental. Estudios futuros buscan comprobar cómo los equipos coordinaron su ritmo y cómo los diferentes terrenos afectaron la eficiencia. Lo que es seguro es que el movimiento de los moai no fue fuerza bruta, sino física en movimiento. Más allá de resolver un misterio, el proyecto de los moai caminantes redefine nuestra percepción de la innovación prehistórica. El pueblo Rapa Nui logró hazañas extraordinarias con solo herramientas de piedra, cuerdas de fibra y una comprensión del equilibrio que rivaliza con la física moderna. Su éxito no fue místico, sino un genio mecánico nacido de la observación, la experimentación y la tradición.

Como señala Lipo:

Este descubrimiento nos recuerda que las sociedades antiguas no eran primitivas. Eran científicos de su mundo, ingenieros de su entorno y narradores de su propia historia.

Hoy en día, los moai siguen siendo guardianes silenciosos del pasado de Rapa Nui, pero gracias a la ciencia moderna, ya no están congelados en el misterio. Caminan de nuevo, paso a paso, cruzando el puente entre la leyenda y el conocimiento.

Carl P. Lipo & Terry L. Hunt (2025). The walking moai hypothesis: Archaeological evidence, experimental validation, and response to critics. Journal of Archaeological Science, 183: 106383.

Colina de 60 metros en forma de escorpión, México, habría sido un observatorio del solsticio

El Montículo del Escorpión es un ejemplo del ingenio prehispánico, fusionando la observación celeste con la administración de recursos y el ritual religioso, todo contenido en una forma arquitectónica única.

En la época prehispánica, el escorpión estaba estrechamente asociado con el planeta Venus y con deidades importantes como Tláloc (dios de la lluvia) y Quetzalcóatl (la serpiente emplumada).

Arqueólogos en México han descubierto un misterioso montículo de tierra de 60 metros de largo tallado en forma de escorpión: un descubrimiento que podría reescribir lo que se conoce sobre cómo los antiguos agricultores mesoamericanos observaban el cielo.

El observatorio permitía a los antiguos pobladores de la región determinar los solsticios de verano e invierno. / Foto: Iván Venegas / Cortesía Universidad de Cambridge

Ubicado en el árido Valle de Tehuacán, en Puebla, a unos 257 kilómetros al sureste de la Ciudad de México, el llamado Complejo del Montículo del Escorpión parece haber servido tanto como centro ceremonial como observatorio astronómico utilizado para rastrear el movimiento del sol durante los solsticios de verano e invierno. El sitio, documentado inicialmente por investigadores de la Universidad de Texas en Austin y el INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia) de México, data de entre el 600 y el 1100 d. C., una época de intensa innovación agrícola en el centro de México.

El montículo fue construido con fragmentos de travertino, una roca caliza que abunda en la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán. / Foto: Iván Venegas / El Sol de Puebla

Visto desde arriba, la forma distintiva del montículo es inconfundible: un cuerpo ancho, dos garras extendidas y una cola curva que termina en un aguijón elevado. Con una longitud aproximada de 62.5 metros y una altura de hasta 80 centímetros, construida con piedras y tierra, la estructura se ha mantenido notablemente intacta durante más de un milenio.

Investigadores demandaron cuidado de la zona, ya que hay campos de cultivo, granjas avícolas industriales y carreteras cercanas. / Foto: Iván Venegas / El Sol de Puebla

Fotografías con drones y mapas GPS confirman que el montículo no era una pila aleatoria de piedras de campo, como creían los primeros observadores, sino un montículo efigie cuidadosamente construido: una representación simbólica de la deidad escorpión Tlāhuizcalpantēcuhtli, asociada con Venus, la lluvia y la fertilidad agrícola en la cosmología mesoamericana.

Explica el arqueólogo James A. Neely, autor principal del estudio de 2025 publicado en Ancient Mesoamerica.

El Montículo del Escorpión destaca como un raro ejemplo de construcción intencional de efigies en Mesoamérica. Los montículos de efigies son comunes en Norteamérica, pero extremadamente poco comunes aquí. Este podría representar una fusión única de conocimiento astronómico, prácticas rituales y tradiciones agrícolas locales.

La orientación del montículo parece haber sido deliberada. Al trazar su alineación, los investigadores descubrieron que la dirección desde el aguijón hasta la garra izquierda apunta a 65 grados este-noreste, exactamente donde sale el sol durante el solsticio de verano. Por el contrario, durante el solsticio de invierno, la puesta del sol se alinea con la cola del escorpión cuando se observa desde la garra izquierda.

Esta geometría precisa sugiere que los constructores utilizaron el montículo como un calendario solar para marcar el cambio de estaciones, información vital en un valle semiárido donde las precipitaciones determinaban el éxito agrícola.

Señala Neely:

Para los antiguos agricultores, observar los solsticios no era un lujo. Era esencial para la supervivencia

El solsticio de verano, en particular, marcaba el inicio de la temporada de lluvias, señalando el momento oportuno para sembrar maíz y otros cultivos. El solsticio de invierno, por el contrario, habría marcado el final de la temporada, un momento para ofrendas rituales y ceremonias de agradecimiento.

Las excavaciones en el sitio revelaron jarras de cerámica, molcajetes trípodes (cuencos para moler), incensarios y fragmentos de figurillas huecas, todo lo cual apunta a actividades rituales vinculadas al cambio de estación. Un hallazgo particularmente sorprendente fue un conjunto de cuencos trípodes muertos: vasijas rotas intencionalmente descubiertas cerca de la cabeza del escorpión y que contenían una ofrenda moderna de tabaco y chiles, evidencia de que el sitio pudo haber conservado su importancia espiritual mucho después de su construcción.

El Montículo del Escorpión forma parte de un complejo ceremonial y cívico más grande de 9 hectáreas (22 acres) que contiene al menos otros 12 montículos conectados por una red de canales de irrigación prehistóricos. Estos canales formaban parte de uno de los sistemas antiguos de gestión del agua más grandes y mejor conservados de Mesoamérica, que abarcaba casi 100 kilómetros cuadrados de tierras de cultivo. Esta infraestructura permitió a las comunidades locales prosperar en un entorno donde el riego era esencial para la agricultura.

Más allá de su función práctica, el símbolo del escorpión tenía un profundo significado cósmico en el México antiguo. En la mitología azteca, el escorpión estaba vinculado a Venus como la Estrella de la Mañana, una fuerza celestial vinculada al agua, la fertilidad y la renovación. La misma imaginería aparece en Cacaxtla, un centro ceremonial cercano famoso por sus vibrantes murales que representan motivos de Venus y escorpiones. Los estilos cerámicos hallados en el Montículo del Escorpión reflejan los de Cacaxtla y Cholula, lo que sugiere conexiones culturales y posiblemente políticas entre estas regiones durante el período Epiclásico.

Afirma el coautor Blas Castellón Huerta, del INAH:

Estos símbolos compartidos sugieren que los pueblos del centro de México estaban unidos por una cosmovisión en la que la astronomía, la agricultura y los rituales eran inseparables. El Montículo del Escorpión pudo haber sido una expresión local de ese sistema cósmico más amplio.

A diferencia de los observatorios monumentales de ciudades como Chichén Itzá o Monte Albán, el Montículo del Escorpión refleja la conciencia astronómica de los agricultores rurales, no de las élites. Sus constructores probablemente fueron aldeanos cuya vida diaria dependía de la tierra y el cielo. La modesta escala del montículo y su contexto comunitario sugieren una forma más igualitaria de observación celestial, basada en la agricultura práctica y los rituales comunales, más que en el poder imperial.

Los arqueólogos planean nuevas excavaciones para confirmar las fases de construcción del montículo y comprobar sus alineaciones solsticiales con instrumentos de precisión. De confirmarse, el Montículo del Escorpión podría convertirse en uno de los ejemplos más importantes de arquitectura astronómica comunitaria en la antigua Mesoamérica.

Concluye Neely:

Este descubrimiento nos recuerda que la observación del cielo no se limitaba a templos y reyes. Incluso las pequeñas comunidades agrícolas miraban al cielo —y moldeaban la tierra— para comprender su lugar en el cosmos.

Neely, J., Castellon-Huerta, B., Wilson, S., Willis, M., & Walker, C. (2025). The Scorpion Mound Complex: An Effigy Mound Site with Possible Functional/Ceremonial Significance in the Tehuacán Valley of Puebla, México. Ancient Mesoamerica, 1–16. doi:10.1017/S0956536125000070

Investigación con radiocarbono muestra que la erupción de Thera aconteció antes del reinado de Amosis I

La erupción del volcán de Thera (actual Santorini) fue uno de los eventos naturales más catastróficos y significativos de la Edad del Bronce en el Egeo.

La región oriental del Mediterráneo y Egipto, mostrando la ubicación del volcán Thera (Santorini) y otros lugares mencionados en el texto. Crédito: H.J. Bruins et al. 2025

Fue un evento transformador que no solo remodeló la geografía de la isla de Santorini, sino que también tuvo profundas consecuencias históricas, contribuyendo significativamente al declive de la poderosa civilización minoica y dejando una marca visible en los registros ambientales y, posiblemente, en la mitología de la Antigüedad.

Ladrillo de barro EA 32689 (Museo Británico) procedente del templo de Amosis en Abidos, que muestra el mismo prenombre estampado Nebpehtyra del faraón Amosis. Crédito: H.J. Bruins, 2018 / The Trustees of the British Museum

Fue una explosión de enorme magnitud, con un Índice de Explosividad Volcánica (IEV) muy alto. La columna de cenizas y rocas volcánicas se elevó más de 30 kilómetros hacia el cielo.

Shabti UC 40178. Crédito: H.J. Bruins (2017)

El vaciado rápido de la cámara de magma provocó el colapso de la parte central de la isla, creando la gran caldera llena de agua que hoy define la geografía de Santorini.

La antigua ciudad de Akrotiri en Thera quedó sepultada bajo una espesa capa de ceniza y piedra pómez, preservando sus estructuras y frescos, de forma similar a Pompeya.

Los efectos de la erupción se sintieron en todo el Mediterráneo oriental y más allá.

El colapso de la caldera generó un gigantesco tsunami con olas que alcanzaron los 10 metros de altura.

Estas olas azotaron gravemente las costas cercanas, especialmente las de la isla de Creta, a unos 100 km de distancia, que era el corazón de la civilización minoica.

Se cree que los tsunamis destruyeron parte de la flota minoica y las infraestructuras costeras, asestando un duro golpe a su poder marítimo y comercial.

Una nube masiva de cenizas y gases se dispersó por vastas regiones.

En el Mediterráneo oriental, la ceniza pudo haber provocado días, o incluso meses, de oscuridad e inviernos volcánicos.

La ceniza volcánica se ha encontrado en lugares tan lejanos como Egipto y el Mar Negro.

Aunque la erupción no acabó directamente con la civilización minoica, sí fue un factor clave en su declive.

La destrucción de ciudades, la pérdida de cosechas por las cenizas y el daño a la flota debilitaron enormemente la economía y la estructura social minoica.

Este debilitamiento pudo haber facilitado la posterior conquista o dominación de Creta por parte de los Micénicos continentales…

Un estudio publicado en la revista PLOS ONE ha conseguido datar con precisión uno de los eventos más dramáticos de la antigüedad, la gigantesca erupción del volcán de Thera (hoy Santorini), y compararlo directamente con la cronología de los faraones egipcios. La conclusión es que la erupción minoica es más antigua que el reinado del faraón Amosis I, el fundador de la 18ª Dinastía que marcó el inicio del Imperio Nuevo de Egipto.

Esta investigación, dirigida por los profesores Hendrik J. Bruins de la Universidad Ben-Gurión del Néguev (Israel) y Johannes van der Plicht de la Universidad de Groninga (Países Bajos), pone fin a décadas de debate arqueológico y descarta la hipótesis que vinculaba la erupción con una misteriosa Estela de la tormenta erigida por el faraón Amosis.

La erupción de Thera, ocurrida alrededor del año 1600 a.C., fue un cataclismo de proporciones épicas. Fue la erupción volcánica más grande del mundo en los últimos 10.000 años, superando en magnitud a la famosa erupción del Krakatoa de 1883. Sepultó la ciudad minoica de Akrotiri bajo cenizas y generó tsunamis que alcanzaron las costas de Creta, Turquía e Israel.

Durante mucho tiempo, los arqueólogos han intentado encajar este evento geológico en la línea de tiempo de las civilizaciones vecinas, especialmente la egipcia, cuya cronología histórica es una de las mejor establecidas. Tradicionalmente, muchos situaban la erupción en la 18ª Dinastía egipcia, alrededor del 1500 a.C. Algunos incluso propusieron que estaba ligada al faraón Amosis, basándose en su Estela de la Tormenta, un texto que describe una catastrófica tormenta con cielos oscurecidos, que algunos interpretaron como una consecuencia de la nube volcánica de Thera.

Sin embargo, las dataciones por radiocarbono de la erupción siempre sugerían una fecha más antigua, creando una controversia que parecía no tener solución. El problema principal era la falta de muestras egipcias directamente vinculadas a los faraones de este período crucial –la transición de la 17ª a la 18ª Dinastía– para compararlas con las muestras de la erupción usando el mismo método.

El equipo de Bruins y van der Plicht se propuso llenar este vacío. Su misión: encontrar objetos en museos que pudieran fecharse de manera inequívoca a este período de transición y someterlos a la prueba del radiocarbono. No fue tarea fácil, ya que implicaba extraer pequeñas muestras de objetos invaluables, un proceso conocido como muestreo destructivo.

Tras una minuciosa búsqueda, obtuvieron permisos del British Museum y del Petrie Museum de Londres para analizar tres conjuntos de artefactos clave:

  1. Un ladrillo de barro del faraón Amosis: Un ladrillo procedente del Templo de Amosis en Abidos, estampado con su nombre de trono, Nebpehtyra. Este ladrillo fue fabricado alrededor del año 22 de su reinado, tras su victoria sobre los hicsos.
  2. Una tela de lino de la reina Sitdjehuti: Un lienzo de lino utilizado como envoltura funeraria de la reina Sitdjehuti, quien fue tía del faraón Amosis y probablemente murió durante el reinado de su hijo, Amenofis I.
  3. Estatuillas de madera (shabtis) de la 17ª Dinastía: Seis pequeñas figuras funerarias de madera de la 17ª Dinastía, recolectadas en Tebas por el famoso egiptólogo Flinders Petrie.

El ladrillo de Amosis resultó ser la pieza más importante, pero también la más compleja de datar. Los ladrillos de barro del Nilo pueden contener fragmentos de plantas antiguas que estaban en el suelo antes de que el ladrillo fuera fabricado, lo que puede dar una fecha falsamente antigua.

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Los investigadores tomaron cinco muestras diferentes del ladrillo. Cuatro de ellas, que consistían en una mezcla de barro y fragmentos de plantas, arrojaron fechas más antiguas. Pero una muestra, un único y gran fragmento de paja «pura» visible en la superficie del ladrillo, fue identificada como la paja fresca añadida intencionadamente durante la fabricación. La datación de esta paja es la que marca el verdadero momento en que el ladrillo fue hecho para el templo de Amosis.

La datación de esta paja, y la de una de las estatuillas de madera (UC 40179) que estaba vinculada a un alcalde de Tebas que sirvió bajo Amosis, apuntan firmemente a lo que los egiptólogos llaman una cronología baja para el inicio del Imperio Nuevo. Esto significa que el reinado de Amosis comenzó más tarde de lo que algunas teorías históricas sugerían, alrededor del 1539 a.C., en lugar de alrededor del 1580 a.C.

Con sus nuevas dataciones de los objetos egipcios en la mano, los investigadores realizaron la comparación crucial. En lugar de convertir las fechas de radiocarbono a años calendario (un proceso que puede variar ligeramente con el tiempo), compararon directamente las fechas en bruto o sin calibrar de los objetos egipcios con una sólida serie de fechas en bruto de la erupción de Thera, obtenidas de semillas carbonizadas en Akrotiri, un olivo enterrado en la ceniza en Santorini y huesos de animales en depósitos de tsunami en Creta.

El resultado fue que todas las fechas de la erupción de Thera son mas antiguas que las fechas de los objetos del final de la 17ª Dinastía y del inicio de la 18ª Dinastía. Los dos conjuntos de datos tienen una firma temporal diferente.

El resultado es claro, afirma el estudio. La enorme erupción minoica es anterior a la XVIII Dinastía y al reinado de su primer rey, Nebpehtyra Amosis, así como a la última parte de la XVII Dinastía.

Este hallazgo tiene varias implicaciones importantes:

La teoría que vinculaba la erupción de Thera con la Estela de la Tormenta de Amosis queda descartada. La erupción ya había ocurrido cuando Amosis llegó al poder. Los fenómenos descritos en la estela, por tanto, deben haber sido causados por un evento meteorológico extremo, pero no por Thera. Los autores señalan que las lluvias torrenciales en la árida Tebas son extremadamente raras y suelen estar asociadas a patrones climáticos del Mar Rojo, no del Mediterráneo.

La erupción minoica queda firmemente situada en el Segundo Período Intermedio de Egipto, una época de fragmentación política entre el Imperio Medio y el Imperio Nuevo, y no en el esplendor del Imperio Nuevo.

El estudio también corrobora una reconstrucción cronológica independiente propuesta anteriormente por el investigador Chris Bennett, basada en la genealogía de los gobernadores de El-Kab. Bennett calculó que el tiempo transcurrido entre el faraón Sesostris III (Imperio Medio) y Amosis solo podía encajar con una cronología alta para el Imperio Medio (fechas más antiguas) y una cronología baja para el inicio del Imperio Nuevo (fechas más recientes). Las dataciones de radiocarbono de Sesostris III ya apoyaban la primera parte, y este nuevo estudio sobre Amosis confirma la segunda.

En resumen, este trabajo ha logrado cruzar por primera vez la datación absoluta de un evento geológico clave con la de artefactos históricos faraónicos específicos, disipando un debate de décadas. La erupción que modeló el mundo egeo ocurrió antes de que el gran faraón Amosis unificara Egipto y diera inicio a su etapa de mayor esplendor. Concluyen los autores, zanjando así una de las controversias más longevas de la arqueología mediterránea:

nuestra investigación con objetos de museos egipcios apoya una fecha para la erupción minoica de Thera dentro del Segundo Período Intermedio,

Bruins HJ, van der Plicht J (2025) The Minoan Thera eruption predates Pharaoh Ahmose: Radiocarbon dating of Egyptian 17 to early 18Dynasty museum objects. PLOS ONE 20(9): e0330702.doi.org/10.1371/journal.pone.0330702

La Brújula Verde

Tres naufragios de la Edad de Hierro en Israel reescriben el discurso de la navegación mediterránea

El descubrimiento de tres antiguos naufragios en la laguna de Dor revela cómo los navegantes de la Edad de Hierro reconectaron el mundo mediterráneo tras siglos de colapso.

En la costa del Carmelo, en Israel, un descubrimiento extraordinario está reescribiendo lo que sabemos sobre la navegación de la Edad de Hierro. Arqueólogos marinos de la Universidad de Haifa y la Universidad de California en San Diego han descubierto los primeros cargamentos de barcos de la Edad de Hierro jamás encontrados en el contexto de una antigua ciudad portuaria de Israel. Los hallazgos, ubicados frente al antiguo puerto de Tel Dor, arrojan luz sobre cómo el Mediterráneo oriental palpitó con el comercio, el imperio y la innovación hace 3000 años.

Durante décadas, los historiadores han debatido cómo se recuperó el comercio tras el colapso de la Edad de Bronce Final, alrededor del 1200 a. C., un período de agitación en el que cayeron grandes civilizaciones y se desintegraron las rutas comerciales mediterráneas. Ahora, los cargamentos hundidos en Dor ofrecen evidencia de que el mar volvió a estar vivo con comerciantes, marineros y exploradores durante la Edad de Hierro (aprox. 1200-550 a. C.).

Explica el investigador principal, Assaf Yasur-Landau, de la Universidad de Haifa:

Esta es la pieza que faltaba en nuestra comprensión de la conectividad de la Edad de Hierro. Hasta ahora, habíamos importado artefactos de yacimientos terrestres, pero no de los barcos que los transportaban. Estos naufragios cierran el círculo.

Los descubrimientos se realizaron durante las excavaciones submarinas realizadas entre 2023 y 2024 en la laguna de Dor (también conocida como laguna de Tantura), un puerto natural protegido por tres islotes que antaño ofrecían un fondeadero seguro a los barcos antiguos.

Mediante mapeo 3D alineado con GPS y dragado de precisión, el equipo identificó tres cargamentos de barcos distintos, cada uno de un siglo diferente de la Edad de Hierro, preservados bajo metros de arena y limo. El cargamento más antiguo, conocido como Dor M, data del siglo XI a. C., cuando el mundo mediterráneo apenas comenzaba a reconstruirse tras el caos del colapso de la Edad de Bronce.

Los arqueólogos descubrieron unas raras vasijas de almacenamiento de Hierro I, de un tipo hallado en Egipto, Chipre y Líbano, junto con un ancla de piedra con inscripciones chipriotas minoicas, el mismo sistema de escritura utilizado en Chipre en aquella época.

Estas pistas apuntan a una vibrante red de navegantes primitivos que conectaban la ciudad-estado de Dor con Egipto y Chipre. El hallazgo evoca el relato egipcio del Informe de Wenamón, que describe un angustioso viaje desde Egipto a Dor y Fenicia en torno al mismo período.

Afirma Yasur-Landau:

Dor M representa el renacimiento del comercio a larga distancia. Muestra que, un siglo después del colapso, la gente había vuelto al mar, reconstruyendo sus conexiones a través del Mediterráneo.

El segundo naufragio, Dor L1, data de finales del siglo IX o principios del VIII a. C., cuando Dor estaba bajo el control del Reino de Israel.

Su cargamento contenía tinajas de almacenamiento de estilo fenicio y vajilla sencilla de galera, la cerámica cotidiana de los marineros. Algunos cuencos presentaban agujeros de remiendo, lo que recuerda que en la antigüedad, los marineros reutilizaban y reparaban sus herramientas en el mar.

Pero a diferencia del cargamento anterior de Dor M, Dor L1 muestra menos importaciones internacionales, lo que sugiere una contracción del intercambio marítimo.

Señala Yasur-Landau:

Este era un sistema comercial más localizado. El cargamento probablemente abastecía a puertos costeros regionales en lugar de a imperios remotos.

Aun así, la presencia de tinajas de almacenamiento completas y un ancla de piedra de un solo agujero indica que se trataba de un naufragio real, no solo de escombros. El barco podría haberse hundido silenciosamente en la laguna tras servir a las rutas comerciales costeras de Israel.

El más reciente de los tres cargamentos, Dor L2, data de finales del siglo VII o principios del VI a. C., una época de poder imperial. Dor, de nuevo bajo administración fenicia, prosperó como ciudad portuaria dentro de los imperios de Asiria y Babilonia. El cargamento L2 contenía ánforas chipriotas con asa de cesta (recipientes utilizados para transportar mercancías como vino, aceite y resina) y, sorprendentemente, nueve lingotes de hierro de hasta diez kilogramos de peso cada uno. Los lingotes de hierro son trozos semiprocesados ​​de hierro fundido.

El cargamento L2 contenía ánforas chipriotas con asa de cesta (vasijas utilizadas para transportar mercancías como vino, aceite y resina) y, sorprendentemente, nueve lingotes de hierro que pesaban hasta diez kilogramos cada uno. Los lingotes de hierro son trozos semiprocesados ​​de hierro fundido, una materia prima que rara vez se encuentra en los cargamentos de barcos de esta época.

Afirma Yasur-Landau:

Este es uno de los primeros envíos de hierro conocidos a través del mar. Indica que para el siglo VII a. C., la red comercial mediterránea no solo se había revitalizado, sino que prosperaba gracias a los materiales industriales.

El cargamento también incluía exóticas piedras de balasto volcánicas y ricas en cuarzo, procedentes de lejos de la costa de Israel, lo que sugiere que el barco había navegado por el Mediterráneo antes de encontrar su destino en la protegida bahía de Dor.

Mucho antes de que sus puertos fueran sepultados por la crecida del mar, Dor estaba protegida por muelles de piedra y un malecón, un enorme dique construido para albergar barcos. La cartografía submarina muestra que gran parte de esta infraestructura permanece, ahora sumergida y preservada bajo siglos de arena.

Afirma el codirector Thomas E. Levy de la Universidad de California en San Diego:

Dor es único. Es uno de los pocos lugares donde podemos rastrear la actividad marítima continua desde los siglos XI al VI a. C. Estos descubrimientos demuestran la resiliencia del mundo marítimo antiguo.

El mar devuelve sus historias. Solo se conocen alrededor de una docena de naufragios de la Edad de Hierro en todo el Mediterráneo. Los tres de Dor, por sí solos, triplican el registro submarino de Israel para este período y llenan un vacío crucial en la historia del comercio antiguo.

Cada jarra, ánfora y ancla se está estudiando actualmente mediante análisis avanzados de residuos e isótopos, lo que revela el origen de su contenido y materiales. Las excavaciones continuarán en futuras temporadas, y los arqueólogos creen que partes de los cascos de madera podrían aún permanecer bajo el limo, esperando ser descubiertas..

Dice Yasur-Landau:

Cada vez que descubrimos un ánfora, es como si un marinero de hace 2.800 años nos extendiera la mano y nos recordara que el mar nunca olvida.

Yasur-Landau, A., Runjajić, M., Shegol, E., Rosen, R., Johnson, K., Cvikel, D., … Levy, TE (2025). Dor limanından (İsrail) Demir Çağı gemi kargoları. Antiquity, 99 (406), 1004–1020. doi:10.15184/aqy.2025.71

Hallan en Troya un broche de oro y una piedra de jade de 4.500 años

Las excavaciones arqueológicas en la legendaria ciudad de Troya han vuelto a ser noticia mundial. En 2025, las excavaciones en curso en el sitio declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO revelaron un descubrimiento que los investigadores consideran uno de los hallazgos arqueológicos más importantes del siglo pasado. Entre los artefactos descubiertos se encuentran un broche de oro en forma de anillo de 4.500 años de antigüedad, una rara piedra de jade y un alfiler de bronce, todos ellos datados de la Edad del Bronce Temprano (alrededor del 2500 a. C.).

El ministro de Cultura y Turismo de Turquía, Mehmet Nuri Ersoy, destacó la importancia del hallazgo, describiéndolo como «uno de los descubrimientos más importantes de los últimos 100 años». Los artefactos fueron desenterrados como parte del proyecto «Patrimonio para el Futuro» del Ministerio, que se centra en la preservación y expansión del legado cultural de Anatolia.

La pieza central del descubrimiento es un broche de oro extraordinariamente bien conservado, conocido como broche en forma de anillo, utilizado en la antigüedad como objeto funcional y símbolo de poder social y prestigio. Estudios tipológicos sugieren que esta pieza es el ejemplar mejor conservado de su tipo, con solo dos ejemplares paralelos conocidos en el mundo. Su supervivencia a lo largo de milenios la sitúa entre los tesoros más raros de la civilización humana temprana.

El broche fue descubierto en las capas estratigráficas de Troya II, una fase de asentamiento largamente debatida por los arqueólogos en cuanto a su datación exacta. Hasta ahora, los investigadores discutían si Troya II comenzó alrededor del 2300-2200 a. C. o antes. El broche data de forma concluyente este horizonte cultural alrededor del 2500 a. C., resolviendo décadas de incertidumbre cronológica y proporcionando un punto fijo para la cronología de la Edad de Bronce de la ciudad.

Igualmente intrigante es el descubrimiento de una piedra de jade, un objeto que casi nunca se encuentra en el registro arqueológico de Troya. El jade era un material precioso en el mundo antiguo, a menudo asociado con la élite, la ornamentación y el uso ritual. La pieza descubierta en Troya podría haber sido concebida como piedra preciosa para un anillo o colgante, lo que pone de relieve el papel de la ciudad en las primeras redes comerciales a larga distancia y el consumo de bienes de lujo.

El hallazgo de jade arroja luz sobre la sofisticación de los habitantes de Troya y sus conexiones con sistemas culturales y económicos más amplios en la Edad del Bronce Antiguo. Se erige como un testimonio excepcional de cómo los troyanos incorporaron materiales exóticos y valiosos a su vida cotidiana y ceremonial.

Los recientes descubrimientos añaden una nueva dimensión al ya rico legado de la ciudad. Troya, ubicada en la actual Çanakkale, Turquía, ha sido un foco de historia y leyenda durante miles de años. La fama de la ciudad está inmortalizada en la Ilíada de Homero, que narra la historia de la Guerra de Troya, una mezcla de mito y memoria histórica que ha fascinado a la humanidad durante más de dos milenios. La investigación arqueológica en Troya comenzó hace más de 160 años, especialmente con las excavaciones de Heinrich Schliemann en el siglo XIX. Desde entonces, los investigadores han identificado al menos nueve estratos principales de asentamiento (de Troya I a Troya IX), que abarcan desde la Edad del Bronce Temprano hasta el período bizantino. Estos estratos demuestran la continua importancia de Troya como centro estratégico que controlaba el acceso entre los mares Egeo y Negro.

El descubrimiento del broche de oro y la piedra de jade en Troya II no solo enriquece la comprensión de la cultura de la Edad del Bronce de la ciudad, sino que también refuerza el papel de Troya como puente entre la memoria mitológica y la realidad arqueológica.

Siguiendo la política turca de exhibir los artefactos en el lugar donde fueron descubiertos, los tesoros recién desenterrados se exhibirán en el Museo de Troya en Çanakkale. Inaugurado en 2018, el museo está dedicado íntegramente a la historia de Troya y alberga miles de artefactos de diferentes períodos de excavación. Los visitantes pronto podrán ver el broche de oro y la piedra de jade en exhibición, lo que ofrece una oportunidad única de conectar con objetos que moldearon la civilización humana primitiva.

El ministro Ersoy expresó su gratitud a los equipos que trabajaron incansablemente en las excavaciones:

El broche de oro y la piedra de jade de 4.500 años de antigüedad de Troya son adiciones extraordinarias a nuestro patrimonio cultural. Gracias a la dedicación de nuestros arqueólogos y especialistas, estos tesoros iluminarán la historia de las generaciones venideras.

El descubrimiento en Troya es más que un hito arqueológico local: representa un gran avance para el patrimonio mundial y la historia de la humanidad. Los artefactos no solo atraerán a académicos, sino que también potenciarán el turismo cultural de Turquía, atrayendo a visitantes deseosos de explorar las raíces de la civilización occidental.

Al resolver debates cronológicos, proporcionar nuevos conocimientos sobre el consumo de lujo de la Edad de Bronce y presentar el ejemplo más intacto de un tipo de artefacto raro, los hallazgos de 2025 en Troya se consolidan como un hito en la arqueología moderna.

Cover Image Credit: Artifacts from the Troy II layers, including a 4,500-year-old brooch, were published on the official X account of Culture and Tourism Minister Mehmet Nuri Ersoy.

Halan 6 tumbas tumbas del 11.000 años a.C. en Çayönü, Turquía

Çayönü más que un yacimiento arqueológico, es un archivo de la historia de la humanidad. Los investigadores rastrean la transición de la recolección de alimentos a la agricultura, de los refugios temporales a las aldeas permanentes, y de los entierros sencillos a los rituales elaborados.

Esperan responder a ¿Cómo se gobernaban estas sociedades? ¿Qué papel desempeñó la religión? ¿Cómo se adaptaron a los desafíos ambientales?

Çayönü es un yacimiento arqueológico neolítico ubicado en el sureste de Turquía, en la provincia de Diyarbakır. Es uno de los asentamientos más antiguos del Neolítico acerámico y su ocupación se remonta a 11000 a.C., un sitio clave para entender la transición de las comunidades cazadoras-recolectoras a las sociedades agrícolas.

Las excavaciones muestran una secuencia de diferentes fases arquitectónicas, con estructuras que van desde casas redondas y cuadradas hasta edificios con plantas en forma de rejilla, lo que sugiere un desarrollo gradual en la complejidad de la organización social y la arquitectura.

El sitio es famoso por la evidencia de domesticación de animales, especialmente del cerdo, que es una de las primeras pruebas de domesticación de este tipo en el mundo. También se han encontrado restos de lo que podría ser el inicio del cultivo de cereales y legumbres. Además de la agricultura y la ganadería, en Çayönü se han descubierto objetos de cobre trabajados a martillo, lo que lo convierte en uno de los primeros lugares donde se han encontrado evidencias del uso del metal. La presencia de estos hallazgos, junto con los enterramientos rituales y la evidencia de una dieta variada, proporciona una visión detallada de la vida en el Neolítico temprano en el Creciente Fértil…

Arqueólogos que trabajan en Çayönü Tepesi (colina de Çayönü), uno de los asentamientos humanos más importantes del mundo, han descubierto seis tumbas antiguas que datan tanto de la Edad del Bronce Antiguo (hace unos 5.000 años) como del Neolítico (hace 11.000 años). El descubrimiento, realizado en el distrito de Ergani, en Diyarbakır, proporciona a los investigadores información valiosa sobre las tradiciones funerarias, la vida cotidiana y las conexiones culturales de las primeras comunidades asentadas de la región.

Las excavaciones, dirigidas por Savaş Sarıaltun, de la Facultad de Ciencias Aplicadas de la Universidad de Çanakkale, comenzaron en mayo y han continuado durante cinco meses.

Este año tuvimos suerte. Descubrimos no solo restos arquitectónicos, sino también seis tumbas: cinco de la Edad del Bronce Antiguo y una que data de hace 11.000 años, del Neolítico. Estos hallazgos nos ayudan a comprender cómo la comunidad de Çayönü pasó de los albores de la agricultura a sociedades complejas.

Çayönü es mundialmente reconocida como una de las cunas de la agricultura y los asentamientos permanentes. Ubicado en el sureste de Turquía, cerca del río Tigris, el yacimiento ha estado en excavación desde 1964 y constantemente produce descubrimientos que redefinen la comprensión de la historia humana temprana.

Los arqueólogos saben desde hace tiempo que los habitantes de Çayönü fueron de los primeros en domesticar plantas y animales, pasando de un estilo de vida nómada de cazadores-recolectores a comunidades agrícolas sedentarias alrededor del año 10.000 a. C.

El yacimiento conserva evidencia de arquitectura temprana, incluyendo casas con pavimento de piedra y singulares edificios de planta enrejada, así como prácticas rituales y una sofisticada producción artesanal.

Los entierros recién descubiertos aportan otra dimensión a esta historia. Revelan no solo cómo vivía la gente, sino también cómo trataban a sus muertos, aportando pistas sobre la organización social, los sistemas de creencias y la continuidad cultural a lo largo de milenios.

Entre las seis tumbas recién descubiertas, los investigadores identificaron diferentes tipos de enterramiento:

Dos entierros simples en fosas: Los cuerpos fueron depositados directamente en fosas de tierra poco profundas sin ajuar funerario.

Un entierro en tinaja: Se identificó un entierro en tinaja, en el que el difunto había sido depositado dentro de una gran vasija de cerámica. Sin embargo, la tumba estaba gravemente dañada debido a su proximidad a la superficie.

Tres entierros en cistas de piedra (sanduka): Tumbas rectangulares construidas con losas de piedra y selladas con pesadas losas de coronamiento.

Estas contenían ajuares funerarios más valiosos, incluyendo vasijas de cerámica y ofrendas rituales.

Sarıaltun enfatiza:

La presencia de ajuares funerarios, como ollas y cuencos, revela rituales funerarios y prácticas simbólicas. Junto a los entierros, también encontramos fosas de ofrendas: tumbas vacías llenas únicamente de ofrendas, sin restos humanos. Estas prácticas revelan creencias complejas sobre la muerte y el más allá.

Los restos óseos se están analizando actualmente en el Departamento de Antropología de la Universidad de Hacettepe, donde los investigadores estudian la dieta, la salud y la herencia genética.

El antropólogo Ömür Dilek Erdal señala:

 Uno de los entierros neolíticos, que data de hace 11.000 años, es especialmente significativo.

El individuo fue enterrado sobre su lado derecho, acompañado de seis vasijas, y cubierto con arcilla antes de ser sellado con piedras pesadas. Estos entierros cuidadosamente preparados nos permiten vislumbrar las prácticas ritualizadas en los albores de la civilización.

Análisis preliminares sugieren que la población de Çayönü mantenía fuertes vínculos con las regiones circundantes, como Mesopotamia, Irán, Irak y el Cáucaso. Estudios de ADN indican una comunidad heterogénea que desempeñó un papel fundamental en la difusión de las prácticas agrícolas tempranas en Anatolia.

Estas personas eran agricultores y trabajadores que realizaban actividades físicas intensas. La evidencia esquelética muestra signos de trabajo extenuante, mientras que los análisis genéticos revelan una comunidad diversa e interconectada que moldeó el tejido cultural de la Anatolia temprana.

Se han desenterrado más de 600 esqueletos en Çayönü desde que comenzaron las excavaciones, la mayoría pertenecientes al Neolítico. Cada descubrimiento mejora la idea de cómo vivieron, interactuaron y evolucionaron las sociedades primitivas.

Las tumbas más recientes conectan el Neolítico con la Edad del Bronce Temprano, demostrando que Çayönü estuvo habitada continuamente durante miles de años. Esta continuidad demuestra no solo la supervivencia, sino también la adaptación cultural: cómo las primeras sociedades agrícolas evolucionaron hacia comunidades más complejas, capaces de rituales, comercio a larga distancia e innovación tecnológica.

Hallan en Teba (Málaga) un dolmen del III Milenio a.C. de 13 metros de largo

La necrópolis de La Lentejuela, en Teba (Málaga), muestra tras 5000 años, una de las estructuras funerarias megalíticas más monumentales y mejor conservadas jamás documentadas Andalucía. Se trata del Dolmen I, una tumba colectiva de 13 metros de longitud cuya conservación y ajuares localizados en su interior están proporcionando información sobre las sociedades del III milenio antes de nuestra era.

El hallazgo es el resultado de cuatro campañas de excavación arqueológica dirigidas por los doctores Eduardo Vijande Vila y Serafín Becerra Martín, investigadores del grupo Thalassa (HUM-1127) de la Universidad de Cádiz, dentro del proyecto autorizado por la Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico de la Junta de Andalucía y financiado por el Ayuntamiento de Teba.

La excavación ha permitido documentar al detalle una construcción funeraria de gran envergadura, caracterizada por una compleja compartimentación interna que refleja un diseño arquitectónico sofisticado. Según las declaraciones del profesor Serafín Becerra, director también del Museo de Teba:

Las evidencias apuntan a que podemos estar hablando de uno de los dólmenes más monumentales y completos de toda Andalucía.

Sin embargo, la trascendencia del descubrimiento, tal y como destaca el codirector del proyecto, Eduardo Vijande:

 reside en que el auténtico potencial de esta estructura es su extraordinario estado de conservación, que nos permitirá conocer con gran detalle los modos de vida y las creencias de estas comunidades. Este nivel de preservación, poco común en estructuras de tal antigüedad, ofrece una ventana excepcionalmente nítida hacia el pasado.

En el interior de la cámara funeraria, los arqueólogos han registrado varios osarios correspondientes a los individuos allí inhumados, acompañados de un ajuar que denota el alto estatus de los depositados en el monumento.

Los objetos recuperados, catalogados como bienes de prestigio, han sido elaborados con materias primas que, en su mayoría, no son autóctonas de la zona, lo que evidencia la existencia de extensas y fluidas redes de intercambio a larga distancia. Entre estos materiales exóticos destacan el marfil, el ámbar y las conchas marinas, que aparecen junto a piezas de una factura especialmente sofisticada realizadas en sílex, como puntas de flecha, láminas de gran formato y una singular alabarda, un arma que trasciende su función práctica para convertirse en un claro símbolo de poder y autoridad.

La presencia de estos elementos es particularmente significativa para los investigadores. El profesor Juan Jesús Cantillo, miembro del equipo de la Universidad de Cádiz, ha subrayado el valor simbólico de los hallazgos:

 la presencia de conchas marinas en un territorio de interior refleja la importancia del mar como elemento de prestigio y la existencia de redes de intercambio a larga distancia.

Este dato no hace sino confirmar que las comunidades asentadas en el interior de la Península Ibérica durante la Prehistoria Reciente no estaban aisladas, sino que formaban parte de circuitos comerciales que conectaban el litoral mediterráneo y atlántico con las tierras del interior, circulando no solo objetos materiales sino también ideas, tecnologías y concepciones ideológicas.

El proyecto, que cuenta además con el apoyo logístico y de equipamiento de la Universidad de Cádiz y la colaboración de la Fundación Palarq para los análisis arqueométricos, se concibe como una iniciativa integral que trasciende la mera excavación.

El equipo permanente de trabajo en esta última campaña ha estado conformado por miembros del grupo Thalassa, entre los que se encuentran, además de los directores y el profesor Cantillo, la doctora Leticia Gómez y los doctorandos Alejandro Muñoz y Jesús Corrales. A ellos se ha sumado la participación del doctor Adolfo Moreno, profesor de Prehistoria de la Universidad de Almería, enriqueciendo el enfoque interdisciplinar de la investigación.

Con este descubrimiento de relevancia internacional, la Universidad de Cádiz consolida su papel protagonista en la investigación del fenómeno megalítico a escala europea y refuerza su compromiso con la puesta en valor del patrimonio arqueológico andaluz.

El Dolmen I de La Lentejuela es un archivo pétreo cuya lectura, ahora iniciada, promete desvelar capítulos esenciales sobre la organización social, las prácticas rituales y las conexiones culturales de las comunidades que habitaron el sur de la Península Ibérica en los albores de la Edad de los Metales.

Universidad de Cádiz

La Brújula Verde

Un estudio arqueológico pionero ha revelado que los primeros humanos podrían haber cruzado desde la actual Turquía hacia la Europa continental a través de un puente terrestre ahora sumergido

La investigación, publicada en el Journal of Island and Coastal Archaeology, identifica la costa noreste del Egeo de Ayvalık como una ruta migratoria previamente no documentada, lo que redefine nuestra comprensión de la dispersión humana en Europa.

El equipo de arqueólogos, dirigido por el Dr. Göknur Karahan, de la Universidad de Hacettepe, desenterró 138 artefactos líticos en diez yacimientos dentro de una región de 200 km² de Ayvalık. Estas herramientas, que van desde hachas de mano y hachas de carnicero hasta sofisticadas lascas de estilo Levallois, datan del Paleolítico y sugieren presencia humana en la región hace cientos de miles de años.

El Dr. Karahan destacó la importancia del descubrimiento:

Nuestros hallazgos arqueológicos revelan que Ayvalık sirvió como un puente terrestre vital para el movimiento humano durante el Pleistoceno. Cuando el nivel del mar era mucho más bajo, las islas y penínsulas de la zona estaban conectadas, creando una masa continental continua entre Anatolia y Europa.

Durante décadas, los investigadores creyeron que el Homo sapiens entró en Europa a través de los Balcanes y el Levante. Sin embargo, la evidencia de Ayvalık sugiere una ruta alternativa a través del Egeo nororiental, lo que podría modificar una de las narrativas más fundamentales de la historia humana temprana. La profesora Kadriye Özçelik, de la Universidad de Ankara y coautora del estudio, explicó:

Las reconstrucciones paleogeográficas indican que, durante los periodos glaciares, el paisaje de Ayvalık formaba parte de un entorno terrestre más amplio. Esto ofreció a los primeros humanos un acceso directo a Europa y brindó oportunidades de interacción e intercambio.

Entre los hallazgos más notables se encuentran lascas de estilo Levallois, un sello distintivo de la tecnología del Paleolítico Medio asociada tanto a los neandertales como a los primeros Homo sapiens. Estas herramientas de piedra vinculan Ayvalık no solo con Europa, sino también con tradiciones tecnológicas más amplias que abarcan África y Asia.

Afirmó la Dra. Karahan:

Estos artefactos son icónicos. Su presencia en Ayvalık demuestra la integración de la región en los patrones globales de innovación y movilidad humana.

Durante la Edad de Hielo, el nivel del mar descendió más de 100 metros, dejando al descubierto vastas llanuras costeras que ahora se encuentran bajo el agua. Esto transformó el archipiélago de Ayvalık en un amplio corredor terrestre, facilitando el movimiento de grupos humanos y animales entre continentes.

El descubrimiento subraya cómo los cambios en las costas y los cambios climáticos moldearon la supervivencia y la migración humanas. Los artefactos encontrados a lo largo de la costa actual evidencian la adaptación de las personas a paisajes dinámicos, utilizando sílex y calcedonia disponibles localmente para fabricar sus herramientas.

Otro aspecto destacable de este proyecto es su liderazgo. La excavación fue realizada por un equipo de arqueólogas expertas de Turquía. Su trabajo no solo destaca la importancia paleolítica de Ayvalık, sino que también subraya el creciente papel de las mujeres en la investigación arqueológica y la reescritura de la historia de la humanidad.

La Dra. Hande Bulut, de la Universidad de Düzce, otra coautora, destacó las implicaciones más amplias:

Nuestros hallazgos posicionan a Ayvalık como un hábitat a largo plazo para los homínidos, un área crucial para comprender la tecnología paleolítica en el Egeo oriental. Abre nuevos debates sobre la conectividad y la evolución tecnológica del Egeo.

El descubrimiento de diversas herramientas paleolíticas, incluyendo lascas de Levallois y grandes herramientas de corte, ofrece un vívido panorama de adaptación e innovación. Estas herramientas reflejan no solo estrategias de supervivencia, sino también conexiones culturales a lo largo de vastas regiones.

Al situar a Ayvalık en el mapa prehistórico, el estudio reta a los investigadores a reconsiderar las complejas redes de migración que moldearon a las primeras poblaciones de Europa. En lugar de una única ruta dominante, los hallazgos respaldan un mosaico de vías a través de las cuales los humanos expandieron su área de distribución.

Si bien este estudio se limitó a una investigación de dos semanas en junio de 2022, los resultados superaron las expectativas. Los autores enfatizan la necesidad de realizar más investigaciones multidisciplinarias, incluyendo excavaciones estratigráficas, dataciones absolutas y estudios paleoambientales, para esclarecer el alcance total del papel de Ayvalık en la evolución humana.

A pesar de los desafíos que plantean la geología activa de la región y los paisajes fangosos, el equipo identificó fuentes de materia prima de alta calidad para la fabricación de herramientas. Este descubrimiento señala a Ayvalık no solo como un corredor migratorio, sino también como un potencial centro de desarrollo tecnológico. Las implicaciones de esta investigación van más allá de la arqueología. Redefine nuestra concepción de la resiliencia, la innovación y la movilidad ante entornos cambiantes. También destaca el papel fundamental de Turquía como encrucijada en la prehistoria humana: un puente entre continentes, culturas y épocas.

Como concluyó el Dr. Karahan:

Parece que estamos abriendo una página completamente nueva en la historia de la dispersión humana. Estos hallazgos inspirarán futuras exploraciones y podrían cambiar el rumbo de la arqueología del Pleistoceno en las próximas décadas.

Bulut, H., Karahan, G., & Özçelik, K. (2025). Discovering the Paleolithic Ayvalık: A Strategic Crossroads in Early Human Dispersals Between Anatolia and Europe. Journal of Island and Coastal Archaeology, 1–23. https://doi.org/10.1080/15564894.2025.2542777