La sociedad europea del año 1000, que se adentra en el feudalismo, comienza un despegue económico y social, pero no sin antes tener un sobresalto.

Las profecías lo anuncian por todos lados: al cumplirse mil años del nacimiento del Hijo será el fin del mundo. La escenografía es el tema central del libro bíblico del Apocalipsis, atribuida a san Juan. Libro de carácter profético revela con todo detalle su capítulo veinte los acontecimientos que rodean el fin del mundo, comenzando con la aparición de Satanás sobre el monte de Salomón, la llegada del ejército infernal de Gog y Magog, la resurrección de los muertos y el Juicio Final.

La tradición atribuyó al apóstol Juan la redacción de uno de los cuatro evangelios canónicos y también el texto del Apocalipsis. Arriba, el evangelista en una miniatura de un manuscrito alemán de mediados de siglo X. Biblioteca Pública, Nueva York.
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Siglo X, se difunden las imágenes de esa visión profética en la línea trazada tiempo atrás por el monje Beato de Liébana en sus Comentarios al Apocalipsis, que da lugar a un modelo artístico conocido precisamente como el de los beatos. Son imágenes espantosas sobre los efectos de la apertura del séptimo sello apocalíptico, y especialmente sobre la condena de los réprobos en el Juicio Final.

En el año 997, el ejército andalusí de Almanzor arrasó Santiago de Compostela, hecho que se consideró un presagio del fin de los tiempos. shuttersotck
Además de sentimiento colectivo, las creencias del fin del mundo son canalizadas por lecturas políticas de los textos sagrados, como la que hizo en 954 el monje Adso de Montier-en-Der en su polémico Libellus del Antechristo, a ruego de la reina Gerberga, esposa del emperador Luis de Ultramar; Adso plantea que la decadencia de la dinastía carolingia coincide con la de sus patrocinadores, y con la llegada del Milenio.

Arriba aparece, frente a santo Tomás de Aquino, un hereje milenarista: fra Dolcino (a la derecha), que rompe el libro de la Iglesia. Santa Maria Novella, Florencia shuttersotck
El libelo provoca reacciones críticas, como la del influyente abad Abbon de Fleury, que se opone argumentando que no hay ninguna razón para creer en tales patrañas; pero la suya es una postura minoritaria, ya que la mayor parte de la gente esta convencida de que el fin del mundo llega en la fecha indicada y el motivo no es otro que el dominio de la maldad entre el género humano. Una psicología del miedo se extiende con facilidad por el orbe cristiano: se teme por igual la presencia de Satanás, que confunde al pueblo con sus usuales mentiras, y la llegada del Hijo de Dios para realizar el Juicio Final.

Corona imperialelaborada para la coronación de Otón I, abuelo de Otón III. hecha en oro con incrustaciones de piedras preciosas y perlas, se conserva en el palacio imperial de Hofburg, en Viena.
Cualquier indicio provoca una reacción social extrema a favor del Apocalipsis: desde una epidemia o una hambruna hasta la llegada de jinetes magiares con su ritual de saqueo y destrucción en aldeas y ciudades; algún cronista ingenioso quiere ver en ellos a los jinetes del Apocalipsis. De igual modo, se siguen con inquietud las noticias que llegan de las fronteras con el Islam. En la península Ibérica, las campañas de Almanzor sobre Barcelona en 985 y sobre Santiago de Compostela doce años después son una confirmación de que el fin del mundo esta a punto de suceder. En Palestina, el saqueo de las iglesias cristianas y los ataques a los peregrinos en Jerusalén responden, a la presencia del Maligno –y no a un desajuste en el sistema político de las comunidades árabes de la región.

La bestia que surge del abismo. Miniatura del Beato de Gerona, terminado en 975 en el monasterio de Tábara (Zamora). Catedral de Gerona. wikimedia commons
Estas reacciones emotivas afectan a unas multitudes convencidas de que esa situación era la señal más evidente del fin del mundo, que llegaría en la fecha señalada. Tales ideas son estimuladas por algunos nobles, como el conde de Sens, que no duda en hacer responsable al Apocalipsis de las malas cosechas en sus tierras y del hambre entre sus campesinos. Así, desde mediados del siglo X, entre mentiras de unos, medias verdades de otros, convicciones intensas de profetas y algunas observaciones de bienintencionados, la creencia en el fin del mundo sube a medida que el siglo se aproxima al año mil.

Los temores ocultan cambio en la historia de Europa. El cronista Thietmar de Merseburg anuncia que en el año mil resplandecerá sobre el mundo una aurora brillante. En realidad, habla de los efectos de una revolución política que cuestiona el sueño de un imperio territorial, dando paso a unos principados donde los condes se convirtieron en reyes. Así ocurre, con Hugo Capeto, conde de París, que se convierte en rey de Francia tras un golpe de Estado auspiciado por el obispo Adalberón de Laon.

En el 997, el ejército andalusí de Almanzor arrasa Santiago de Compostela, hecho que se considera un presagio del fin de los tiempos.

En otros territorios, simplemente se consolidan dinastías que cuentan con la fidelidad de nobles y caballeros armados, a los que se entregan trozos de tierra llamados feudos; se inicia la sociedad feudal. Esta revolución es contestada por la Iglesia, que advierte el riesgo de que la sociedad se rija por el sistema de valores de los nobles, para quienes la guerra es un estilo de vida. Los obispos reunen al pueblo en asambleas donde se gesta el movimiento de paz y tregua de Dios, que limita los lugares y momentos en que los feudales pueden actuar militarmente.

El conflicto entre los obispos y los nobles se tiñe de milenarismo, ya que los primeros no dudan en señalar que los guerreros a caballo sostenidos por los nobles, los representantes de la militia –esto es, de la caballería–, son en realidad los representantes de la malitia –es decir, de la maldad–.

Con ese juego de palabras, malitia por militia, se condena una conducta social y un orden político, el feudal, y se exaltaba otro, el de la paz y tregua de Dios. La tensión va en aumento, incluso cuando intervienen los monjes de Cluny, que miran a los nobles feudales con tanta preocupación como a los obispos asamblearios, a los que consideran unos demagogos.

Contemplando este complejo debate político se encuentran los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, débiles pese a su esplendoroso título, que terminan por enfrentarse con la autoridad del obispo de Roma, el papa, en el que ven al agente de un orden del mundo bajo la Iglesia.

La tensión política utiliza las imágenes del Apocalipsis, ya que es posible que aquellos guerreros que construyen torres en piedra para controlar a los pueblos nómadas, pero también la producción de los campesinos, sean enviados del Anticristo. Las herejías imbuidas de milenarismo, llaman a la desobediencia social y predicaban el fin del mundo como liberación.

Pasa el año mil y la sociedad europea tras unas décadas de miedo por el fin del mundo y la llegada del Apocalipsis se pasa a unos años en los que los indicios de estas creencias son paliados con un crecimiento económico.

En la década de 1030, cuando ya no existen motivos para creer en el fin del mundo, se busca la manera de llegar a un acuerdo entre los diferentes sectores en conflicto. Aún se tarda años en conseguirlo, pero mientras tanto crece la población y mejora el cultivo de cereales y las hambrunas comienzan a desaparecer.

National Geographic
