Mi madre era una jugadora maravillosa de poquer, con esa mezcla de guapa, lista y malvada, que se fingía tonta y tímida y que desplumaba la mesa entera con el encanto de la seducción. Hubiera podido ser una profesional de una de esas barcazas del Misisipí con un atractivo Clark Gable y un ambiente afrancesadoSigue leyendo «El poquer con todas sus variantes»
