II Guerra Mundial

1 de septiembre de 1939 Hitler invade Polonia, es la acción bélica que inicia la II guerra mundial, con 100 millones de combatientes y 50 millones de muertos, 24 rusos.

El Tratado de Versalles había puesto fin a la I guerra mundial, y Alemania sale muy perjudicada por perder territorio y por las grandes compensaciones que debe paga a los vencedores.

Necesitan un líder que les haga salir de ese profundo agujero y por eso emerge Hitler, un pintor frustrado que sabe canalizar la rabia y los anhelos de todo un país.

Es un gran orador y un maestro de la propaganda que les habla a los alemanes de la superioridad de su raza y del camino que deben seguir para engrandecer la nación.

A golpe de discurso se hace con el Partido Obrero Alemán y lo convierte en el Partido Nacional Socialista, un partido nacionalista, antisemita y antimarxista.

1923 Hitler termina en la cárcel tras un fallido golpe de estado, allí escribe Mein Kaft, Mi lucha, un libro de escasa calidad literaria que termina siendo el evangelio del nazismo.

Tras esta etapa vuelve a la palestra política y en 1932 gana las elecciones por mayoría simple para alzarse como canciller de los alemanes al año siguiente. Nace el III Reich, el tercer imperio alemán, bajo una coyuntura de crisis económica a nivel mundial.

Con una apariencia de legalidad establece un régimen totalitario liquidando las instituciones democráticas de la República de Weimar, mediante una ley habilitante.

Se arresta a los diputados del Partido Comunista de Alemania y se les confina en campos de concentración.

La persecución de los judíos se convierte en una política activa.

El fuhrer no hace caso de las obligaciones del Tratado de Versalles creando un fuerte un fuerte estado militar con protestas de Francia e Inglaterra.

1938 comienza a poner en práctica su política de expansión territorial, incorporando Austria entre sus dominios.

Ese mismo año amenaza con una guerra europea. A menos que le sea cedida los Sudetes zona fronteriza de Checoslovaquia con mayoría alemana, para hablar del asunto se sientan en Munich, alemanes, franceses, ingleses e italianos.

A los checoslovacos ni los invitan. El primer ministro Chambelán y su homólogo francés en un acto de tibieza y cobardía, ceden con tal que la sangre no llegue al río.

Mal calculado, al año siguiente Hitler incumple el tratado y ocupa el resto de Checoslovaquia. Churchill critica duramente a Chamberlan con la frase, hemos preferido el deshonor a la guerra y vamos a tener el deshonor y la guerra.

Para construir un imperio necesitaba anexionar Polonia. Era un país surgido del Tratado de Versalles, sus tierras antes habían pertenecido a Alemania, Austria y Rusia.

A los polacos se les había concedido una franja de tierra para que tuvieran una salida al Mar Baltico a partir del corredor de Danzig, partiendo Alemania en dos.

1939 agosto, Stalin y Hitler, dos lideres totalitarios firman el Tratado de Ribbentrop-Molotov, un tratado de no agresión, dos enemigos irreconciliables.

9 días después del pacto Hitler invade la parte occidental de Polonia y tres semanas después Stalin invaden la parte oriental. Se han repartido Polonia en una cláusula secreta del tratado.

Esto hace que Inglaterra y Francia le declaren la guerra a Alemania. Los alemanes se toman una pausa para agrupar filas, mientras británicos y franceses se mantienen a la defensiva.

Los periodistas definen este periodo como La guerra de broma, los ingleses mandan tropas a Francia para frenar a los alemanes, La fuerza expedicionaria británica.

Las tropas francesas e inglesas se parapetan tras la Línea Maginot, una línea defensiva que los franceses consideran inexpugnable erigida tras la Primera Guerra Mundial.

Durante este periodo de calma la Unión Soviética ataca Finlandia, y los soviéticos sufren innumerables bajas. Al final las fuerzas soviéticas no consiguen su objetivo principal de conquistar Finlandia solo anexionan algunos territorios fronterizos.

Hitler cree que el ejército rojo es débil y formado con infra hombres.

Hitler muy crecido por sus avances anexionistas y la pasividad de los lideres europeos ocupa Dinamarca y Noruega.

Los alemanes acaban con la Guerra de Broma en mayo de 1940 al atacar simultáneamente Luxemburgo, Bélgica, Países Bajos y Francia.

El método es el utilizado con Polonia, La Blitzkrieg o guerra relámpago, consiguen meter sus panzer en el Bosque de las Ardenas que se considera inexpugnable para un ejército mecanizado moderno.

 El ejercito aliado queda rodeado, a finales de ese mes la Batalla de Francia parece perdida, a finales de ese mes se lleva a cabo en Dunquerque una dramática evacuación de las tropas aliadas en terreno francés.

Alemania pudo haber asestado al ejército aliado un golpe final pero algún milagro pudo ocurrir porque Hitler deja escapar a más de 300000 soldados ¿el motivo? No se sabe, hoy hay un debate con innumerables teorías.

La Batalla de Francia no dura mucho más, el 22 de junio de 1940 Hitler se reúne con altos oficiales franceses que solicitan un armisticio.

Hitler solicita el mismo vagón de tren donde se firma el armisticio de la I Guerra Mundial, esta vez con las tornas cambiadas, donde Alemania ocupa el asiento vencedor y así se finaliza la guerra en Francia.

Francia se divide en dos una controlada que incluye Paris y otra no controlada con un gobierno colaboracionista con sede en Vichy que dirige el mariscal Philipe Petam, la Francia de Vichy.

Charles de Gaulle se manifiesta en contra del gobierno de Vichy y declara la Francia Libre y llama a organizar la Resistencia.

Italia y Alemania están unidas desde 1936 en lo que Mussolini denomina el eje Berlín Roma, este ve que con la facilidad con la que Hitler se apropia de países, ha elegido el bando ganador, se ha apropiado de Albania y se ha sumado a los alemanes declarando la guerra a Francia e Inglaterra.

El Duce quiere también ampliar posesiones ya que al igual que Alemania había llegado tarde al reparto de África y su plan pasa por conquistar Grecia y Egipto pero Hitler tiene que ayudar a los italianos que más que ayuda son una carga.

Los italianos no pueden con los griegos, pero llegan refuerzos y finalmente los alemanes invaden Grecia a través de Bulgaria y Mussolini al final ataca las bases británicas de Egipto desde Libia, pero el objetivo es tomar el Canal de Suez, la puerta del imperio británico.

Tras la derrota de Francia los británicos, Churchill primer ministro tras la dimisión de Chambelán rechaza firmar un armisticio con Alemania y Hitler decide ir por todas, pero anexar Inglaterra no es tan fácil por su condición insular.

Los ingleses defienden la isla en la Batalla de Inglaterra en la que la se libra en el aire, la Luwafe contra la RAF, Nunca tantos debieron tanto a tan pocos dijo Churchill, durante un año la aviación ingresa resiste al embate nazi.

Pero estos bombardean continuamente Inglaterra, Hitler se cree vencedor, pero los ingleses resisten. A finales de año Hitler se entrevista con Franco en Hendaya, Hitler quiere que entre en la guerra del eje, pero no llegan a un entendimiento.

Aunque España presta ayuda logística adopta el papel de no beligerante. Hitler consigue que Hungría, Rumania y Bulgaria se unan a las fuerzas del eje.

Solo falta Yugoslavia, un cambio de gobierno en este país precipita su invasión en abril de 1941.

Hitler sueña con un imperio alemán que abarque desde el Rin hasta el Volga, es en este momento cuando decide ampliar fronteras e iniciar la Operación Barbarroja, la invasión de la Unión Soviética, la gran motivación es el petróleo ruso.

Stalin antiguo aliado de Hitler le pilla por sorpresa, porque no espera que rompa su alianza tan pronto. La invasión se había demorado por la invasión de Grecia y Yugoslavia.

En junio de 1941 los alemanes movilizan entre 3 y 4 millones de soldados. En un primer momento granan terreno con facilidad.

En un mes las republica bálticas, Bielorrusia previamente es ocupadas por la URRSS

 Hitler piensa que en pocos meses tomaría Moscú, pero el invierno llega y los ejércitos de Hitler se quedan a las puertas.

El eje de Roma Berlín se amplía en 1939 con Japón es el país más avanzado de Oriente y quiere librar a sus vecinos del yugo de las colonias de Occidente.

En 1931 inician la invasión de China que continúan con 1937, Cuando Alemania toma Francia, Japón tomo la Indochina francesa.

Sobreviene un embargo comercial y un bloqueo económico por parte del gobierno de EEUU presidido por Roosvelt, la única salida que le queda a Japón es retroceder o ir a la guerra.

Diciembre de 1941, los japoneses atacan por sorpresa la base de Pearl Harbor, el gigante dormido despierta y Roosbel pronuncia su famoso discurso de La infamia en el que declara la guerra de EEUU y el imperio japonés.

Tras Perl Harbor los japoneses en meses invaden Hon Kon, Singapur, Birmania, Tailandia, las islas orientales holandesas, Filipinas etc.

Una guerra relámpago, pero Hitler le declara la guerra a EEUU. Hay un conflicto que crece en el Pacifico y los submarinos Hubout en el Atlántico hunden todo lo que encuentran a su paso, la mayoría de las veces barcos de abastecimiento.

Para evitar la sangría los aliados detectan la maquina Enigma que emite mensajes en clave que logran descifrar.

Dicen que la guerra se acorta 2 años gracias a esto.

1942, los americanos en el Pacifico logran vengar Pearl Harbor seis meses después en la batalla de Midway, donde los japoneses pierden 4 portaviones, las tornas se invierten.

En Europa Churchill aprueba bombardeos masivos sobre las ciudades alemanas.

Mientras las tropas alemanas en África de Romel y los italianos, ganan algunas campañas, pero son derrotadas en Alamein que suponen un cambio de rumbo.

Los alemanes no consiguen llegar al Canal de Suez y la idea de actuar como tenazas e ir por el petróleo de Oriente Medio se desvanece.

Los alemanes deciden conseguir el petróleo del Cáucaso y Hitler decide dividir sus fuerzas e ir por Stalingrado y asestarle un golpe final.

Aunque los alemanes conquistan gran parte del Cáucaso sus tropas acaban retirándose porque su mirada está en Stalingrado.

1943 los alemanes se rinden tras la larga batalla de Stalingrado, la más sangrienta de la historia de la humanidad.

Este rendimiento supone un punto de inflexión que hace que la guerra a partir de ahora gire en otra dirección, porque a partir de aquí los alemanes ceden constantemente terreno a los rusos.

En junio de 1943 los alemanes no frenan al ejército rojo en la batalla de Kursk, la mayor batalla de tanques de la historia.

Ese mismo mes los aliados bombardean Roma, están convencidos que los aliados nunca bombardearían la ciudad santa, además saben que están perdiendo la guerra y reniegan de sus antiguos aliados.

Al poco deponen a Mussolini y lo arrestan, duro revés para los alemanes, los italianos les traicionan.

El 4 de junio de 1944 los aliados llegan a Roma y la liberan.

El 6 de junio un enorme contingente de tropas aliadas desembarca en las playas de Normandia.

 Los alemanes que ya retrocedían por el este empiezan ya retroceder por el oeste.

El avance aliado es incontenible y no tardan de llegar a Paris. Cuando los aliados cruzan la frontera alemana, los alemanes lanzan una desesperada ofensiva en las Ardenas que no surte efecto.

En el Pacífico la acción de las tropas niponas se desvanece, solo la acción de los kamikazes solo retrasa la ofensiva estadounidense.

En enero de 1945 el ejército rojo llega al campo de concentración de Auswich en Polonia, y libera a miles de prisioneros.

La opinión publica comienza a conocer los horrores del Holocausto judío y su verdadero alcance, más de 6 millones de judíos fueron asesinados por el régimen nazi.

Febrero de 1945, los aliados realizan el bombardeo de Dresde uno de los mayores bombardeos de población civil de toda la guerra resultando destruida casi toda la ciudad.

En abril de 1945 los rusos llegan a Berlín y ganan la última batalla europea.

Ese mismo mes tiene el fusilamiento de Mussolini y el suicidio de Hitler, finalmente la Alemania Nazi se rinde incondicionalmente ante los aliados.

Termina la II Guerra mundial en Europa pero continua en el Pacifico, hace falta dos bombas atónicas en 1945 para que Hirohito se rinda.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                

Las revoluciones británicas del siglo XVII

El siglo XVII en las islas Británicas constituye uno de los periodos de mayor complejidad y relevancia en la historia de la Europa moderna, representando un punto de divergencia fundamental respecto a las trayectorias políticas del continente. Mientras que en las grandes monarquías europeas, como la francesa de Luis XIV o la española de los Austrias, se consolidaba el modelo del absolutismo monárquico, en Inglaterra el intento de avanzar por dicha vía fracasó de manera estrepitosa, desencadenando una serie de transformaciones que sentarían las bases del parlamentarismo y la monarquía limitada. Este proceso no fue una transición lineal ni pacífica, sino una revolución política en toda regla que incluyó el levantamiento armado contra el soberano, su posterior decapitación y la implantación de un régimen republicano sin precedentes en una gran potencia europea. No obstante, es imperativo señalar que, si bien los cambios políticos fueron radicales y traumáticos, las estructuras económicas y sociales que contribuyeron a explicar la revolución fueron de maduración más lenta y previa, con una sociedad inglesa que ya a comienzos del siglo se presentaba como una de las más evolucionadas y críticas de Europa.   

La interpretación de estos fenómenos ha generado un debate historiográfico vasto y heterogéneo que ha evolucionado significativamente a lo largo de las décadas. La historiografía whig, hoy considerada en gran medida anacrónica por su visión presentista, interpretaba la revolución como un preludio necesario de la democracia occidental, viendo en los parlamentarios a defensores heroicos de libertades ancestrales frente a la tiranía real. Por el contrario, la corriente marxista, con figuras como Christopher Hill a la cabeza, explicó el conflicto como una consecuencia lógica de la lucha de clases, donde el ascenso de la burguesía y la gentry —esa clase media rural y urbana— chocaba con las estructuras feudales representadas por la alta nobleza cortesana y la Corona. Hill defendió que el proceso de 1640 fue una revolución burguesa que permitió la transición definitiva al capitalismo al eliminar las trabas institucionales de la monarquía absoluta.   

A partir de los años setenta, el surgimiento de las corrientes revisionistas, representadas por autores como Conrad Russell, introdujo una perspectiva más matizada y crítica, cuestionando tanto el determinismo marxista como el triunfalismo whig. Los revisionistas pusieron el foco en el tiempo corto de la historia política, la importancia de la contingencia, el peso de los actores individuales y, de manera crucial, la centralidad de los conflictos religiosos que a menudo habían sido relegados por interpretaciones puramente socioeconómicas. Asimismo, se subrayó el carácter británico del conflicto, entendiendo que las tensiones no afectaban solo a Inglaterra, sino que formaban parte de una crisis general de las monarquías compuestas o de agregación, donde la integración de reinos con leyes y religiones diferentes, como Escocia e Irlanda, planteaba desafíos constantes a la autoridad central.   

Escuela HistoriográficaEnfoque PrincipalInterpretación de 1640-1688Autores Representativos
WhigConstitucional y políticoProgreso inevitable hacia la libertad liberal.Macaulay, Trevelyan
MarxistaSocioeconómicoRevolución burguesa y lucha de clases.Christopher Hill, Maurice Dobb
SocialMovilidad socialCrisis de la aristocracia y ascenso de la gentry.Lawrence Stone
RevisionistaPolítico y religiosoContingencia y fracaso de la monarquía compuesta.Conrad Russell, John Morrill
Post-revisionistaModernización estatalPrimera revolución moderna y choque de modelos.Steve Pincus

A comienzos del siglo XVII, Inglaterra poseía una estructura social dinámica donde una parte de la pequeña nobleza y la gentry participaba activamente en iniciativas productivas, diferenciándose de la nobleza absentista y rentista del continente. Este desarrollo económico contrastaba con una rigidez política manifiesta en el poder centralizado de la alta nobleza cortesana, mayoritariamente inclinada hacia el absolutismo y el anglicanismo oficial. En oposición, el puritanismo se extendía entre la gentry y la burguesía, cristalizando exigencias de libertades frente al poder político y religioso. Las críticas se centraban en la concesión de monopolios económicos, la política fiscal discriminatoria y las limitaciones impuestas por la Corona a los poderes locales. Paradójicamente, a pesar de este dinamismo social, la Monarquía inglesa contaba con una organización militar y burocrática arcaica comparada con sus homólogas europeas, con ingresos insuficientes y una dependencia estructural de la aprobación parlamentaria para la recaudación de recursos extraordinarios.   

La muerte de Isabel I en 1603 supuso el fin de la dinastía Tudor y el acceso al trono de Jacobo VI de Escocia como Jacobo I de Inglaterra, unificando los reinos de la Gran Bretaña en una monarquía compuesta. Jacobo era un monarca intelectualmente dotado pero firmemente convencido del origen divino del poder real, tesis que defendió en obras como The true law of free Monarchies y Basilikon Doron. Esta concepción chocaba frontalmente con la tradición de la common law y la creciente autoridad del Parlamento inglés. Para el soberano, la estructura episcopal de la Iglesia anglicana era el pilar fundamental de la autoridad monárquica, idea sintetizada en su máxima no bishops, no King, lo que le llevó a perseguir tanto a los católicos radicales como a los puritanos disidentes.   

El reinado de Jacobo I estuvo marcado por constantes tensiones financieras derivadas de la inflación y las deudas heredadas. Al no lograr que el Parlamento reorganizara los ingresos reales en 1610, la Corona recurrió a expedientes como la venta de títulos nobiliarios y la creación del cargo de baronet para satisfacer las ambiciones de ascenso social de los sectores enriquecidos. La gestión del gobierno evolucionó hacia un sistema de favoritos, destacando la figura de George Villiers, duque de Buckingham, cuya acumulación de poder y ostentación cortesana irritaron profundamente a los sectores puritanos que dominaban la Cámara de los Comunes. La política exterior, caracterizada por un acercamiento a la España católica mediante el fallido proyecto del Spanish match entre el príncipe Carlos y la infanta María, fue percibida como una traición por la opinión pública protestante, exacerbando el malestar contra el monarca y su valido.   

Carlos I heredó en 1625 una situación de profunda desconfianza entre la Corona y el Parlamento. Su carácter desconfiado y su adhesión inflexible al absolutismo agravaron los enfrentamientos. A pesar de la necesidad de recursos para las guerras europeas, el Parlamento limitó la concesión de aranceles como el tonnage y el poundage a un solo año, buscando controlar a un monarca que consideraban sospechoso de tendencias criptocatólicas debido a su matrimonio con Enriqueta María de Francia y su protección a clérigos arminianos como William Laud. Los fracasos militares en Cádiz y La Rochelle, bajo la dirección de Buckingham, llevaron al Parlamento a intentar el impeachment del favorito, lo que resultó en la disolución de la asamblea y la imposición de préstamos forzosos por parte del rey.   

En 1628, la presentación de la Petition of Rights marcó un hito en la defensa de las libertades civiles, estableciendo la ilegalidad de los impuestos no aprobados por el Parlamento y el encarcelamiento sin juicio previo. Aunque Carlos I aceptó inicialmente estas condiciones para obtener subsidios, la persistencia de las disputas le llevó a disolver la asamblea en 1629 y a iniciar un periodo de once años de gobierno personal conocido como la tiranía. Durante esta etapa, el monarca prescindió del Parlamento y buscó la solvencia financiera mediante la venta de monopolios y la extensión del ship money, un impuesto naval tradicionalmente limitado a tiempos de guerra y a zonas costeras, que Carlos aplicó a todo el reino en tiempos de paz, provocando una resistencia legal liderada por John Hampden.   

ConceptoJacobo I (1603-1625)Carlos I (1625-1649)
Teoría del PoderDerecho Divino (The True Law).Absolutismo inflexible y ceremonial.
Principal ValidoDuque de Buckingham.Strafford y Laud (post-Buckingham).
Conflicto FiscalParlamento Addled, préstamos forzosos.Ship Money, Tonnage & Poundage.
Política ReligiosaNo Bishops, no King; persecución puritana.Arminianismo, imposición del Prayer Book.
Crisis FinalSpanish Match fallido.Guerra de los Obispos, Parlamento Largo.

El intento de imponer la uniformidad religiosa anglicana en Escocia mediante el nuevo Prayer Book redactado por Laud fue el detonante de la caída del régimen personal. La resistencia escocesa, plasmada en el National Covenant de 1638, derivó en la Guerra de los Obispos. La incapacidad del rey para financiar un ejército eficaz le obligó a convocar el Parlamento Corto en abril de 1640, que fue disuelto en pocas semanas ante la negativa de los diputados a votar subsidios sin discutir previamente sus agravios. La posterior derrota militar ante los escoceses forzó la convocatoria del Parlamento Largo en noviembre de 1640, una asamblea decidida a desmantelar el absolutismo carolino. Bajo el liderazgo de John Pym, el Parlamento suprimió los tribunales de prerrogativa regia, declaró ilegales las exacciones fiscales de la década anterior y ejecutó a Strafford, el colaborador más cercano del monarca.   

La desconfianza mutua entre Carlos I y el Parlamento alcanzó su punto de ruptura irreversible en 1641 tras el levantamiento católico en Irlanda. El temor a que el rey utilizara un ejército reclutado para reprimir la revuelta irlandesa contra la propia asamblea parlamentaria llevó a la presentación de la Grand Remonstrance, una crítica severa a la actuación real que exigía el control parlamentario sobre el nombramiento de ministros y el mando militar. La reacción violenta del monarca, que intentó detener personalmente a cinco líderes parlamentarios en la Cámara de los Comunes en enero de 1642, situó a las partes en pie de guerra. Carlos I abandonó Londres para organizar sus tropas en Oxford, mientras el Parlamento asumía facultades militares de las que carecía legalmente mediante la Ordenanza de la Milicia.   

La Guerra Civil dividió al reino no solo territorialmente, sino también en términos de lealtades religiosas y sociales. El bando realista o cavalier contaba con el respaldo de la alta nobleza, la Iglesia anglicana y los sectores más conservadores de la gentry, predominando en el norte y el oeste. El bando parlamentario o roundhead se apoyaba en los puritanos, la burguesía urbana, los trabajadores de Londres y los condados del este y sur, los más dinámicos económicamente. Sin embargo, esta división no fue nítida, ya que muchas localidades intentaron permanecer al margen de un conflicto que amenazaba el orden tradicional. La guerra fue prolongada y cruenta, alimentada por el fanatismo puritano que veía en la lucha una misión divina para transformar la sociedad.   

El surgimiento de Oliver Cromwell como líder militar fue determinante para la victoria parlamentaria. Cromwell, perteneciente a la gentry y de convicciones independientes, organizó una caballería altamente disciplinada, los ironsides, que demostraron su eficacia en la batalla de Marston Moor. En 1645, la creación del New Model Army introdujo un prototipo militar profesionalizado y motivado por el fervor religioso, inspirado en el modelo sueco de Gustavo Adolfo. La victoria definitiva en Naseby en junio de 1645 puso fin a la primera Guerra Civil y llevó a la captura del rey, abriendo un complejo periodo de negociaciones fallidas donde se discutían los poderes futuros del monarca y la organización de la Iglesia.   

Dentro del ejército y los sectores radicales surgieron propuestas que desafiaban no solo la autoridad real, sino la propia jerarquía social. Los levellers, encabezados por John Lilburne, abogaban por la soberanía popular, la igualdad política y la libertad religiosa, ideas que se difundieron ampliamente entre los soldados del New Model Army. En las conferencias de Putney de 1647, se debatió el Agreement of the People, un manifiesto que planteaba una organización republicana basada en el sufragio universal masculino, lo que alarmó a los sectores moderados y al propio Cromwell, quien representaba los intereses de la gentry y la alta burguesía. La desconfianza del ejército hacia las negociaciones del Parlamento con el rey culminó en la purga de Pride en 1648, dejando un Rump Parliament formado únicamente por independientes decididos a juzgar al monarca.   

FacciónBase SocialIdeología ReligiosaObjetivo Político
Realistas (Cavaliers)Alta nobleza, clero anglicano.Anglicanismo oficial.Mantenimiento de la prerrogativa regia.
Parlamentarios ModeradosGentry, presbiterianos.Presbiterianismo.Monarquía limitada por el Parlamento.
Independientes (Cromwell)Gentry media, oficiales.Independencia religiosa.Derrota total del absolutismo.
Radicales (Levellers)Soldados, pequeña burguesía.Tolerancia completa.Soberanía popular, república.

La ejecución de Carlos I en enero de 1649 como traidor y tirano supuso un punto de inflexión en la historia europea, siendo la primera vez que un tribunal revolucionario condenaba a muerte a un soberano reinante. Este acto dio paso a la Commonwealth, un régimen oligárquico liderado por Cromwell con el apoyo del ejército. La República se enfrentó de inmediato a la resistencia monárquica en Irlanda y Escocia. La represión en Irlanda fue especialmente sangrienta, con matanzas como las de Drogheda y una transferencia masiva de tierras de católicos a colonos ingleses que alteró permanentemente la estructura social de la isla. En Escocia, la victoria de Cromwell en Worcester forzó el exilio de Carlos II y la imposición de una unión forzosa con Inglaterra, sometiendo al reino escocés a la autoridad de Londres.  

El régimen de la Commonwealth evolucionó hacia una dictadura personal tras la disolución del Rump Parliament en 1653 y la instauración del Protectorado bajo la figura de Oliver Cromwell como Lord Protector. Aunque Cromwell rechazó el título de rey, su poder fue en la práctica absoluto, respaldado por la militarización del país y la represión de los grupos radicales como los diggers o los cuáqueros que cuestionaban la propiedad privada y la jerarquía. No obstante, su gobierno fue enormemente positivo para el desarrollo económico de Inglaterra, implementando políticas mercantilistas que favorecieron a la burguesía y a la gentry. Se suprimieron derechos feudales, se impulsaron los enclosures y se unificó la legislación interna, facilitando la inversión de capital en la agricultura y la manufactura.   

La política exterior de Cromwell fue agresiva y exitosa, centrada en desafiar la hegemonía comercial neerlandesa. El Acta de Navegación de 1651, que reservaba el comercio con los puertos ingleses a barcos nacionales, provocó la primera guerra anglo-neerlandesa, de la cual Inglaterra salió fortalecida, consolidando su participación en el tráfico de esclavos y en el comercio colonial de tabaco y azúcar. La expansión se extendió al imperio español con la conquista de Jamaica en 1655 y la toma de Dunkerque, consolidando el dominio marítimo británico. Internamente, el rigor puritano marcó la vida pública con el cierre de teatros y la prohibición de diversiones tradicionales, aunque paradójicamente se produjo una disminución de la censura intelectual y una proliferación de ideas políticas nuevas reflejadas en las obras de Hobbes, Milton o Harrington.   

La muerte de Cromwell en 1658 dejó un vacío de poder que su hijo Richard fue incapaz de llenar. Las tensiones entre el ejército y los restos del Parlamento abrieron el camino a la Restauración monárquica como único medio para evitar el caos y el radicalismo social. En 1660, Carlos II regresó a Inglaterra tras firmar la Declaración de Breda, comprometiéndose a gobernar con el Parlamento y a respetar la common law. Sin embargo, la Restauración no supuso una vuelta íntegra al pasado; aunque desaparecieron las restricciones a la nobleza y la Iglesia anglicana volvió a ser la oficial, el monarca heredó un estado más eficiente y una nación que no estaba dispuesta a renunciar a las libertades conquistadas durante la revolución.   

El reinado de Carlos II (1660-1685) estuvo marcado por la consolidación de las dos tendencias políticas fundamentales: los tories, defensores de la autoridad real y la aristocracia, y los whigs, contrarios al absolutismo y defensores de los derechos parlamentarios. A pesar de los avances en libertades individuales, como la ley del Habeas corpus de 1679 que prohibía los arrestos arbitrarios, el monarca mantuvo una política exterior dependiente de los subsidios de Luis XIV de Francia, lo que alimentó las sospechas de una agenda criptocatólica. La crisis de la exclusión, motivada por el intento de los whigs de apartar de la sucesión al hermano católico del rey, el duque de York, exacerbó la histeria anticatólica reflejada en episodios como el Popish Plot.   

InstituciónSituación bajo CromwellSituación bajo la Restauración
ParlamentoDisuelto frecuentemente; Barebone/Rump.Restaurado; Parlamento Cavalier.
IglesiaTolerancia protestante; puritanismo rígido.Anglicanismo oficial; Código Clarendon.
ComercioActas de Navegación; expansión colonial.Continuidad de las Actas de Navegación.
SociedadSupresión de rangos; militarización.Vuelta de la Cámara de los Lores.
Política ExteriorGuerra contra España y Holanda.Alianza con Portugal; dependencia de Francia.

Jacobo II accedió al trono en 1685 con una agenda claramente absolutista y católica, desafiando los Test Acts que impedían a los católicos el acceso a cargos públicos. Su política de modernización del estado, inspirada en el modelo de centralización burocrática francés, y el mantenimiento de un ejército numeroso provocaron el rechazo tanto de whigs como de tories. El nacimiento de un heredero varón católico en 1688, que desplazaba a sus hijas protestantes María y Ana, fue el detonante de la Revolución Gloriosa. Los líderes políticos llamaron al estatúder de Holanda, Guillermo de Orange, quien desembarcó en Inglaterra en noviembre de 1688, forzando la huida de Jacobo II a Francia sin necesidad de una guerra civil abierta en suelo inglés.   

La coronación de Guillermo III y María II en 1689 marcó el triunfo definitivo del parlamentarismo sobre el absolutismo. Los nuevos monarcas hubieron de firmar el Bill of Rights, una declaración de derechos que establecía el sometimiento de la Corona a la voluntad de la nación expresada en el Parlamento. Este documento reafirmaba el Habeas corpus, garantizaba la libertad de prensa, el carácter no permanente del ejército y el control parlamentario sobre todos los impuestos. El sistema de monarquía limitada resultante permitió una estabilidad política sin parangón, facilitando que Inglaterra se centrara en la competencia económica y militar a escala global. El Toleration Act de 1689 puso fin a las persecuciones de los disidentes protestantes, permitiendo que estos sectores se dedicaran plenamente a la actividad mercantil e industrial.   

La Revolución Gloriosa ha sido reinterpretada por historiadores como Steve Pincus como la primera revolución moderna, no por ser pacífica —pues en Escocia e Irlanda fue contestada violentamente— sino por representar un choque entre dos visiones de modernización: la absolutista católica de Jacobo II y la parlamentaria mercantilista de Guillermo de Orange. Esta transformación política vino acompañada de una auténtica revolución financiera con la creación del Banco de Inglaterra en 1694. Esta institución permitió que el estado británico financiara sus guerras mediante la gestión de una deuda pública a largo plazo, generando un clima de confianza entre el gobierno y los contribuyentes que no existía en las monarquías absolutas continentales.   

La capacidad de la Corona para adquirir un compromiso creíble en la protección de los derechos de propiedad y el cumplimiento de sus contratos financieros fue, según Douglass North y Barry Weingast, el factor clave que permitió a Inglaterra superar a sus rivales y convertirse en la potencia hegemónica del siglo XVIII. El control parlamentario de la hacienda pública redujo las primas de riesgo de la deuda soberana y movilizó los recursos del país de manera mucho más eficiente que el modelo centralista francés. Esta simbiosis entre la iniciativa privada, la burguesía comercial y un estado fiscal-militar robusto sentó las bases para la futura Revolución Industrial.   

Avance InstitucionalAñoImpacto en la Potencia Británica
Bill of Rights1689Estabilidad política y fin de la arbitrariedad real.
Toleration Act1689Integración de las clases medias disidentes.
Banco de Inglaterra1694Acceso a crédito masivo para la guerra y el comercio.
Sinking FundSiglo XVIIIGestión profesional de la deuda nacional.
Act of Settlement1701Garantía de sucesión protestante y estabilidad dinástica.

A largo plazo, el proceso revolucionario inglés del siglo XVII transformó una Gran Bretaña inestable y marginal en el estado más poderoso del planeta. La consolidación de la soberanía parlamentaria y el respeto a la ley tradicional permitieron un crecimiento económico autosostenido que, sumado a la superioridad técnica y naval, colocó a Inglaterra como el taller del mundo en la centuria posterior. La experiencia de las revoluciones inglesas demuestra que la modernización de las estructuras políticas fue el requisito indispensable para el despegue económico, evidenciando que la libertad política y el desarrollo del capitalismo fueron procesos coevolutivos que definieron la identidad de la Gran Bretaña moderna.   

El auge del absolutismo y la hegemonía francesa en el siglo XVII

La transición hacia la madurez del Estado moderno durante el siglo XVII se vio definida por una profunda reconfiguración de las estructuras de poder, donde el absolutismo emergió como la práctica política predominante, sustentada por una evolución intelectual que desplazó las justificaciones teológicas tradicionales en favor del Derecho natural y el contrato social. 

Este proceso no fue uniforme ni estuvo exento de resistencias, pues el pensamiento político de la época se movió en una constante tensión entre la necesidad de orden, la exaltación del individuo y la búsqueda de límites a la autoridad soberana.

Las aportaciones fundamentales de la teoría política en esta centuria giraron en torno a la consideración del individuo como punto de partida de toda argumentación, un cambio de paradigma que permitió tanto la justificación del poder absoluto como el nacimiento de las bases del constitucionalismo liberal. 

En este contexto, la filosofía política comenzó a liberarse gradualmente de la teología, concibiendo los hechos sociales como fenómenos naturales susceptibles de ser analizados mediante la observación lógica y la deducción racional, procedimientos en los que la revelación divina dejó de desempeñar un papel determinante.   

Uno de los precedentes más significativos de esta corriente fue Johannes Althusius, quien en su obra Politica Methodice Digesta de 1603, planteó una teoría de la asociación basada en la naturaleza humana sin recurrir a explicaciones teológicas, distinguiendo cinco niveles progresivos de complejidad social: la familia, la corporación voluntaria o collegium, la comunidad local, la provincia y el Estado. 

Para Althusius, el Estado surgía de la asociación de provincias y comunidades, diferenciándose por la existencia de una majestas o poder soberano que residía necesariamente en el pueblo como cuerpo y era inalienable, lo que implicaba que el poder revertía a la comunidad si el gobernante lo perdía. 

Esta visión, aunque vinculada al calvinismo y al Decálogo, sentó las bases de la soberanía popular y el federalismo moderno, independizando la autoridad de toda sanción religiosa inmediata. 

La separación completa entre el Derecho natural y la religión fue consolidada por Hugo Grocio, quien partiendo del racionalismo, definió el Derecho natural como un dictado de la recta razón que mantendría su validez incluso en la hipótesis de que Dios no existiera. 

Grocio identificó lo natural con lo racional, pretendiendo convertir el Derecho en una ciencia deductiva basada en axiomas morales evidentes, de la misma forma que Galileo estaba revolucionando la física. Sus obras, como Mare Liberum y De jure belli ac pacis, no solo defendieron la libertad de los mares frente a los monopolios ibéricos, sino que establecieron los fundamentos del Derecho internacional moderno.   

Teoría del Contrato SocialVisión del Estado de NaturalezaRol del SoberanoTitularidad de la Soberanía
Thomas HobbesGuerra de todos contra todos, caos y egoísmoPoder absoluto, invencible e irrevocableEl soberano (Leviatán)
John LockePaz relativa e insegura, derechos naturales preexistentesMonarquía subordinada al ParlamentoEl pueblo (delegada)
Johannes AlthusiusAsociación natural y necesaria del ser humanoAdministrador de la ley comúnEl pueblo como cuerpo
Samuel PufendorfPaz débil que requiere protección del EstadoPersona moral que suma voluntadesEl Estado como ente legal

El pensamiento absolutista alcanzó su máxima expresión teórica con Thomas Hobbes, quien en De Cive y Leviathan defendió un poder soberano ajeno a consideraciones éticas o religiosas, fundamentado exclusivamente en el utilitarismo y el miedo al caos. Hobbes, influido por el horror de la guerra civil inglesa, describió el estado de naturaleza como una situación de homo homini lupus, donde la competencia por los recursos y la gloria conducía a una guerra de todos contra todos. 

La única salida para garantizar la seguridad era la entrega total y definitiva de los derechos individuales a un individuo o asamblea, creando un cuerpo artificial o Estado cuya voluntad sustituía a la de los súbditos. 

Por el contrario, autores como Bossuet mantuvieron la defensa del absolutismo desde una perspectiva providencialista, sosteniendo que el trono regio no era el de un hombre, sino el de Dios mismo, llevando al extremo la vieja teoría del Derecho divino de los reyes.

 Frente a estas posturas, John Locke propuso un modelo de monarquía limitada subordinada al poder civil representado por el Parlamento, argumentando que los hombres no crean el Estado para anular sus derechos naturales, sino para salvaguardarlos, incluyendo la vida, la libertad y la propiedad. Locke legitimó el derecho de resistencia y rebelión en casos de abuso de poder, influyendo decisivamente en las revoluciones posteriores.   

Gestión Financiera en FranciaMedidas PrincipalesResultadosColaborador Clave
Reinado de Enrique IVEdicto de la Paulette, reducción de rentas, mercantilismoDuplicación de ingresos realesDuque de Sully
Gobierno de RichelieuIncremento de la taille, venta de oficios, intendentesFinanciamiento de la guerra exteriorCardenal Richelieu
Reinado de Luis XIVColbertismo, impuestos indirectos, aduanas interioresPresupuesto equilibrado inicialJean-Baptiste Colbert
Crisis Final (1695-1710)Capitación, impuesto de la décimaAgotamiento económico y deudaPontchartrain/Desmarets

En la práctica política, el absolutismo se definió como la situación en la que el monarca se situaba por encima de la ley positiva, bajo la fórmula Princeps legibus solutus est, aunque seguía condicionado por la ley divina y el Derecho natural. 

Los tratadistas establecieron límites teóricos como el respeto a la propiedad privada y las leyes fundamentales del reino relativas a la sucesión o la religión, pero el avance de la tendencia absolutista en Europa fue innegable, encontrando su máximo exponente en la Francia del siglo XVII. 

El ascenso de Enrique IV tras las guerras de religión marcó el inicio de la reconstrucción francesa, centrada en la pacificación interior, el reforzamiento de la autoridad real frente a la aristocracia y una política exterior ambiciosa frente a España. 

Con la colaboración del duque de Sully, se sanearon las finanzas reales y se introdujo la Paulette en 1604, procedimiento que convirtió los cargos administrativos en hereditarios a cambio de un pago anual, asegurando la lealtad de la noblesse de robe y aumentando los ingresos de la corona. 

El Edicto de Nantes de 1598 fue la pieza clave de la estabilidad religiosa, otorgando a los hugonotes libertad de conciencia y plazas de seguridad, aunque su aplicación fue tensionando la relación entre el Estado y la minoría protestante.   

El asesinato de Enrique IV en 1610 dio paso a la minoría de Luis XIII y a la regencia de María de Médici, periodo caracterizado por la inestabilidad nobiliaria y el acercamiento a España. La llegada del cardenal Richelieu al poder en 1624 transformó la monarquía francesa, dividiendo su gestión en dos etapas: una de asentamiento hasta 1630 y otra marcada por la guerra abierta contra los Habsburgo y el fortalecimiento autoritario. Richelieu sometió a los hugonotes tras el asedio de La Rochelle en 1628, anulando sus privilegios políticos y militares mediante el edicto de Gracia de Alès de 1629, aunque manteniendo la tolerancia religiosa. 

Para controlar las provincias, generalizó la figura de los intendentes, comisarios reales con amplios poderes en justicia, policía y finanzas que desplazaron a los gobernadores aristocráticos. La política de Richelieu enfrentó constantes conspiraciones de la alta nobleza, como las lideradas por Gaston de Orléans, y revueltas populares motivadas por el incremento masivo de la taille y otros gravámenes necesarios para sufragar la Guerra de los Treinta Años.   

Tras la muerte de Richelieu y Luis XIII, la minoría de Luis XIV y el gobierno del cardenal Mazarino desencadenaron la Fronda entre 1648 y 1653, una serie de levantamientos heterogéneos que pusieron en jaque el absolutismo. La Fronda parlamentaria inicial buscó imitar el papel político del Parlamento inglés, exigiendo el control sobre los impuestos y la supresión de los intendentes.

 La detención de Pierre Broussel provocó el levantamiento de barricadas en París, obligando a la corte a huir temporalmente. Las etapas posteriores, marcadas por la ambición de los príncipes de la sangre como Condé y la intervención de potencias extranjeras, terminaron por fracasar debido a las divisiones internas entre los rebeldes y el deseo de orden de la burguesía y el pueblo. El triunfo de Mazarino consolidó la autoridad real, preparando el terreno para el reinado personal de Luis XIV a partir de 1661.   

Etapa de la FrondaProtagonista PrincipalObjetivoResultado
Fronda ParlamentariaParlamento de ParísLimitar el poder real y fiscalPaz de Rueil y perdón general
Fronda de los PríncipesGran CondéPoder político aristocráticoCaptura y exilio de Condé
Unión de las FrondasAlianza Parlamento-NoblezaDestitución definitiva de MazarinoRuptura interna de la alianza
Fronda de CondéCondé y tropas españolasCambio de régimen dinásticoEntrada triunfal de Luis XIV en París

Luis XIV, el Rey Sol, personificó el absolutismo monárquico al asumir personalmente todas las decisiones de gobierno, auxiliado por un sistema de consejos especializados como el Conseil d’en haut, del que excluyó a la alta nobleza y a su propia familia. El monarca se rodeó de ministros eficaces de origen burgués o recientemente ennoblecidos, como Colbert para las finanzas y Louvois para la guerra, asegurando una lealtad absoluta basada en el ascenso social que él mismo controlaba. La corte de Versalles se convirtió en el instrumento definitivo de domesticación de la nobleza, obligando a los grandes señores a abandonar sus bases de poder territoriales para competir por favores reales en un complejo ritual de etiqueta. En el ámbito económico, Colbert implementó un mercantilismo estricto, fomentando las manufacturas reales y las compañías de comercio, mientras que en el terreno legislativo se redactaron grandes ordenanzas para unificar el derecho civil, criminal, mercantil y marítimo.   

La política de unificación nacional de Luis XIV incluyó la imposición del galicanismo, limitando la jurisdicción papal en Francia, y alcanzó su punto más polémico con la revocación del Edicto de Nantes en 1685 mediante el Edicto de Fontainebleau. La eliminación del protestantismo francés buscaba la unidad de fe como pilar del poder real, pero provocó el exilio de miles de hugonotes que llevaron consigo capital y conocimientos técnicos a países enemigos, además de alimentar una intensa propaganda antiabsolutista en Europa. 

En el ámbito militar, las reformas de Louvois y las innovaciones de Vauban en fortificación y asedio permitieron a Francia alcanzar fronteras más defendibles y una hegemonía territorial sin precedentes, aunque a costa de un esfuerzo bélico constante que agotó los recursos del reino. 

El final del reinado estuvo marcado por grandes crisis económicas, hambrunas como la de 1693-1694 y revueltas campesinas como la de los Bonnets rouges en 1675, motivada por la introducción de tasas sobre el papel sellado en Bretaña. Pese a estos desafíos, la construcción de la hegemonía francesa bajo el modelo absoluto dejó una huella indeleble en la organización del Estado moderno, influyendo en todas las monarquías europeas del siglo siguiente.   

La arquitectura administrativa de Luis XIV se fundamentaba en una red de informadores y agentes policiales coordinados por los intendentes, quienes se convirtieron en cargos permanentes en cada generalidad, asumiendo competencias sobre reclutamiento militar, orden público y justicia. 

Esta centralización se complementó con el uso de la prensa oficial, como la Gazette, y de instituciones culturales como la Académie française para ligar el prestigio de las letras al poder soberano. 

Sin embargo, el absolutismo francés nunca fue una tiranía irracional, pues seguía sujeto a leyes fundamentales y encontraba límites en la conciencia del monarca y en las resistencias persistentes de parlamentos y cuerpos privilegiados que, aunque silenciados, mantenían una crítica latente que eclosionaría en la centuria posterior. 

El sistema fiscal, aunque reformado por Colbert para favorecer los impuestos indirectos, terminó recurriendo a expedientes extraordinarios y a la creación de gravámenes como la capitación en 1695, evidenciando que incluso el poder absoluto tenía un límite en la capacidad de resistencia económica de sus súbditos.   

El legado del siglo XVII en materia de doctrina política fue la transición de la justificación divina a la racionalista. Si Bossuet y Filmer representaban la tradición patriarcal y sagrada del monarca, Hobbes y Locke representaban la entrada de la lógica contractual, donde el Estado es una creación humana para fines específicos, ya sea la seguridad absoluta o la libertad individual. 

Esta evolución intelectual fue paralela al crecimiento burocrático de Francia, donde la figura del valido o favorito de principios de siglo, personificada en Richelieu y Mazarino, dio paso al gobierno personal y directo de Luis XIV, eliminando la intermediación de la alta nobleza en los asuntos de Estado. 

La hegemonía francesa no fue solo militar o diplomática, sino también cultural y administrativa, exportando un modelo de corte y gobierno que sería imitado por monarquías tan diversas como la española de los Borbones o la Rusia de Pedro el Grande. No obstante, el alto coste social de este sistema, reflejado en la miseria de las clases campesinas y en el exilio de las minorías religiosas, sembró las semillas del descontento que cuestionaría la legitimidad de este orden en las décadas siguientes, marcando el fin de la era del absolutismo clásico y el inicio de la Ilustración.   

En términos de estructura del Consejo del Rey durante el reinado personal de Luis XIV, existía una diferenciación clara entre los organismos de gobierno y los de administración. El Conseil d’en haut trataba los asuntos internacionales y las decisiones de paz o guerra, mientras que el Consejo de los Despachos gestionaba la correspondencia interior con gobernadores e intendentes. 

El Consejo Real de Finanzas y el Consejo de Conciencia completaban la cúpula presidida por el rey, mientras que el Consejo Privado o de las Partes, bajo la presidencia del canciller, se ocupaba de la justicia civil y criminal en última instancia.

 Esta especialización permitió una gestión más eficiente del vasto territorio francés, aunque siempre bajo la supervisión directa del soberano, quien a menudo tomaba decisiones al margen de estas instituciones asesorado únicamente por sus secretarios de estado. 

El absolutismo se consolidó así como una tendencia expansiva y monopolizadora que, a pesar de las resistencias parlamentarias y nobiliarias, logró imponer una unidad legal y administrativa que superaba el fragmentado modelo feudal de los siglos anteriores.   

Institución / CargoFunción PrincipalRelación con el Monarca
Conseil d’en hautPolítica exterior y alta dirección del EstadoPresidido directamente por el rey
IntendentesAdministración provincial y fiscalComisarios dependientes del poder central
Secretarios de EstadoGestión sectorial (Guerra, Finanzas, Casa Real)Funcionarios de confianza, a menudo de origen burgués
ParlamentosRegistro de edictos y justicia superiorPoder limitado a amonestaciones respetuosas
Estados ProvincialesAprobación de impuestos localesReuniones espaciadas y capacidad nula de oposición

La política mercantilista de Colbert, aunque centrada en la balanza comercial, tuvo un impacto social profundo al crear una nueva jerarquía de financieros y hombres de negocios que prestaban dinero a la corona y arrendaban el cobro de rentas, desplazando a los prestamistas extranjeros. 

Esta formación de grandes fortunas autóctonas vinculadas al Estado reforzó la estructura del absolutismo, pero también petrificó las bases tributarias, ya que el sistema seguía descansando sobre el Tercer Estado mientras los nuevos grupos de poder buscaban el ennoblecimiento para gozar de exenciones. 

La rigidez de este esquema, sumada a las guerras constantes, llevó a Francia a una situación de extenuación en la última década del siglo XVII, con una deuda pública disparada y una crisis demográfica que eliminó a un porcentaje significativo de la población activa. Las reformas militares de Vauban, con su sistema de paralelas y fuego de rebote, aunque eficaces en el asedio, supusieron un gasto en ingeniería defensiva que solo una monarquía con el control total de sus recursos podía sostener.   

En conclusión, el absolutismo del siglo XVII no fue una forma de poder estática, sino un proceso dinámico de centralización que utilizó la filosofía política, la reforma administrativa y la fuerza militar para construir una hegemonía sin precedentes. Desde las teorías de Hobbes hasta la práctica de Luis XIV, el individuo fue sometido al Estado a cambio de una paz que, a menudo, resultaba precaria y costosa.

La construcción de la hegemonía francesa fue el resultado de la recuperación iniciada por Enrique IV, la firmeza administrativa de Richelieu y la culminación personalista de Luis XIV, un ciclo que transformó a Francia en el espejo de Europa mientras preparaba, paradójicamente, las bases intelectuales y sociales de su propia superación en la centuria ilustrada.

Evolución y Transformación de las Sociedades Coloniales en América, Siglos XVII y XVIII

La configuración del espacio americano durante los siglos XVII y XVIII representa uno de los procesos de metamorfosis geopolítica, social y cultural más profundos de la historia moderna, marcando el tránsito de una hegemonía ibérica incontestada hacia la consolidación de una América europea multi-polar. Este fenómeno se encuentra fundamentado en la salvaguarda jurídica proporcionada por las bulas alejandrinas y las cláusulas del Tratado de Tordesillas, instrumentos que pretendían delimitar las esferas de influencia de España y Portugal en el Nuevo Mundo. Sin embargo, la estricta interpretación de las distancias marcadas en estos documentos, sumada al azar de las corrientes marítimas, permitió que Portugal asegurara su presencia en la punta oriental del continente, dando origen a la colonización de Brasil. Simultáneamente, el surgimiento de nuevas potencias como Inglaterra, Holanda, Francia y Dinamarca, que negaron sistemáticamente el reconocimiento a los derechos exclusivos hispanos, desencadenó una serie de expediciones destinadas a la exploración y el asentamiento en territorios septentrionales y caribeños que no habían sido ocupados efectivamente por la corona española. Este escenario de hostigamiento constante y competencia imperial transformó el Caribe en el epicentro de una política de desgaste contra las posesiones hispanas, forzando a la América ibérica a coexistir con enclaves europeos que redefinirían la estructura económica del hemisferio.

El proceso fundacional de la América lusa se remonta al 22 de abril de 1500, cuando la flota de Pedro Álvares Cabral, compuesta por trece naves y enviada por Manuel el Afortunado tras el retorno de Vasco da Gama, arribó a las costas brasileñas tras desviarse de su ruta hacia la India.1 Aunque Vicente Yáñez Pinzón había alcanzado estas costas meses antes, la ubicación geográfica de las tierras dentro de las 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde legitimó la reclamación portuguesa.

 La explotación inicial del territorio fue pausada, centrándose en el palo brasil, cuya médula roja era codiciada como tinte y su madera valorada en la construcción naval y ebanistería.1 La baja densidad de la población indígena tupi-guaraní en la costa permitió que Brasil se desarrollara como una colonia de poblamiento, articulándose en torno a ciudades pioneras como Recife, Olinda y San Salvador de Bahía, esta última nombrada capital en 1548 bajo el mandato del primer gobernador general, Tomé de Souza.1

CiudadAño de Fundación / HitoSignificado Histórico
Recife1526Originalmente Pernambuco; capital del Brasil holandés en 1630.
Olinda1535Primera capital de la capitanía de Pernambuco.
San Salvador de Bahía1549Capital original de la colonia y sede del primer obispado (1553).
São Paulo1554Fundada por jesuitas liderados por Manuel da Nóbrega.
Río de Janeiro1567Sustituyó a Bahía como capital definitiva en 1763.

A medida que el siglo XVI cedía paso al XVII, Brasil se consolidó a través del sistema de capitanes donatarios y el despegue de la agricultura de plantación, inaugurando el ciclo del azúcar que dominaría la economía colonial durante toda la centuria siguiente.Este modelo productivo, basado en el engenho y la mano de obra esclava africana, polarizó la sociedad en torno a la casa grande de los propietarios y la senzala de los cautivos.1 Para 1650, se estima que el número de individuos africanos transportados forzosamente ascendía ya a 300,000, alimentando un sistema de comercio triangular que vinculaba a Europa, África y América en una red de dependencia mutua y explotación humana. Mientras tanto, en las regiones septentrionales, la búsqueda del paso del Noroeste se convirtió en la principal motivación de ingleses y franceses, quienes pretendían hallar una ruta hacia Asia a través de las latitudes polares. Las expediciones de Giovanni y Sebastiano Caboto en 1497 abrieron el camino hacia Terranova y Acadia, seguidas por los viajes de Jacques Cartier, quien exploró el río San Lorenzo hasta el actual Montreal entre 1534 y 1541.1 A finales del siglo XVI, marinos como Martin Frobisher, John Davis y Henry Hudson perfilaron la geografía de la península del Labrador y la bahía de Hudson, demostrando la inexistencia del paso pero sentando las bases para el lucrativo comercio de pieles.

En el Pacífico Norte, la exploración también fue intensa, impulsada inicialmente por Hernán Cortés desde Nueva España. Expediciones como las de Francisco de Ulloa y Juan Rodríguez Cabrillo reconocieron las costas de California, mientras que en el siglo XVII, Sebastián Vizcaíno levantó mapas detallados desde Acapulco hasta Oregón, fijando la toponimia de lugares como Monterrey y el cabo Mendocino.Este esfuerzo exploratorio fue acompañado por un aumento de la actividad depredadora de corsarios y piratas en las rutas del metal peruano. Francis Drake, tras desembarcar en el istmo de Panamá en 1572, completó la segunda vuelta al mundo en 1580, acumulando tesoros tras saquear el Callao y atacar la flotilla de la plata.1 La respuesta española, que incluyó el desastre de la Armada Invencible en 1588, no logró frenar la incursión de marinos como Henry Morgan, quien a pesar de violar tratados de paz con el saqueo de Panamá, fue nombrado caballero por la corona inglesa. La piratería en el siglo XVII se fragmentó en una multitud de acciones protagonizadas por bucaneros y filibusteros instalados en las Antillas, cuya forma de vida fuera de la ley solo declinaría en el siglo siguiente ante el desarrollo económico formal de la región.

Las primeras tentativas de colonización inglesa en el continente fueron azarosas, destacando el fracaso de Walter Raleigh en la isla de Roanoke (1587-1590), conocida como la «colonia perdida».1 Sin embargo, el siglo XVII trajo consigo asentamientos permanentes bajo tres modelos diferenciados. El primer núcleo se consolidó en Virginia con la fundación de Jamestown en 1608, evolucionando hacia una sociedad de grandes plantadores anglicanos dedicados al tabaco y el trigo.1 Cerca de allí, Maryland nació en 1632 como una colonia católica con estructuras similares, mientras que Carolina (fundada en 1663) se especializó en el añil y el arroz bajo un sistema esclavista.1 El segundo núcleo, en el norte, fue establecido por los «Pilgrim Fathers» del Mayflower en 1620, puritanos que huían de la persecución religiosa y que fundaron comunidades congregacionales independientes en Massachusetts.1 Este conjunto, conocido como Nueva Inglaterra, desarrolló una economía europea diversificada de agricultura, pesca, pieles y construcción naval, dominada por una burguesía comercial puritana que fundó la Universidad de Harvard en 1636 para la formación de sus cuadros dirigentes.1 El tercer bloque colonial surgió de la ocupación de establecimientos holandeses (Nueva Ámsterdam, convertida en Nueva York tras el Tratado de Breda en 1667) y la fundación de Pennsylvania por William Penn, refugio de cuáqueros que prosperó rápidamente en torno a Filadelfia.1

Zona de InfluenciaPotencia ColonialCiudades/Enclaves ClaveActividad Económica Dominante
San Lorenzo / MississippiFranciaQuebec, Montreal, Nueva OrleansPieles, Pesca, Agricultura
Costa Atlántica NorteInglaterraBoston, Filadelfia, Nueva YorkComercio, Construcción Naval
Costa Atlántica SurInglaterraJamestown, CharlestonTabaco, Arroz, Añil
Brasil NordestePortugal / HolandaRecife, BahíaAzúcar (Engenhos)
AntillasMulti-europeaSaint-Domingue, Jamaica, BarbadosAzúcar, Café, Trata de esclavos

Francia, por su parte, inició la colonización del Canadá con Samuel Champlain y la fundación de Quebec en 1608, expandiéndose por el valle del Mississippi hasta la Luisiana, bautizada así en 1682 por René Robert Cavelier de La Salle.1 El Canadá francés se organizó como una provincia dotada de gobernador general, intendente y consejo, mientras los colonos trataban de reducir a los iroqueses con la ayuda de hurones y algonquinos.1 Paralelamente, Francia se instaló en las Antillas (Guadalupe, Martinica y la parte occidental de Santo Domingo), convirtiéndolas en emporios azucareros bajo la dirección de la Compagnie des Indes Occidentales.1 Estas «islas del azúcar» se volvieron extremadamente rentables gracias a la mano de obra africana, que a finales del siglo XVII sumaba 50,000 esclavos frente a 15,000 colonos franceses.La rivalidad con Inglaterra fue constante, especialmente por el control de Jamaica, que tras ser ocupada por los ingleses en 1655 se convirtió en el centro azucarero más rico de la región.

La implantación holandesa fue la más inestable pero tecnológicamente avanzada, centrada en la Compañía de las Indias Occidentales (WIC). Tras el fracaso del Brasil holandés (1630-1654), donde Mauricio de Nassau fomentó las artes y las ciencias, los neerlandeses se retiraron a las Antillas menores (Curaçao, Aruba, Bonaire) y a la Guayana (Surinam), dedicándose intensamente al contrabando y al comercio triangular.Surinam destacó por su colonización original, donde empresarios hebreos y colonos expulsados de Brasil convivían con una mayoría de esclavos africanos que protagonizaron frecuentes revueltas. La América danesa, por su parte, se limitó a tres de las islas Vírgenes, administradas directamente por la corona desde 1754 y dedicadas a la plantación hasta su decadencia tras la abolición de la esclavitud en 1848.

El siglo XVIII trajo consigo un cambio de paradigma con la llegada de la dinastía Borbón al trono español, lo que desencadenó un proceso de reformas estructurales destinadas a recuperar el control sobre las colonias y aumentar el flujo de riquezas hacia la metrópoli.1 Bajo el impulso de ministros como José de Gálvez, se crearon los virreinatos de Nueva Granada (1739) y del Río de la Plata (1776), se implantó el sistema de intendencias para racionalizar la administración y se erigieron nuevas audiencias en Caracas, Buenos Aires y Cuzco. La defensa del imperio fue priorizada ante la amenaza británica, creándose un ejército regular y una red de fortificaciones, además de instituciones como la Comandancia General de las Provincias Internas para proteger la frontera norte. En el plano económico, la reforma culminó con el decreto de Libre Comercio de 1778, que puso fin al monopolio de Cádiz y permitió la apertura de numerosos puertos, dinamizando los intercambios aunque generando tensiones con las élites mercantiles tradicionales.

La minería de la plata en México alcanzó su apogeo tecnológico y productivo gracias a la creación de la Escuela de Minería en 1772 y al apoyo de un empresariado minero fortalecido por las nuevas ordenanzas.Sin embargo, el regalismo borbónico, que buscaba subordinar la Iglesia al Estado, provocó la traumática expulsión de los jesuitas en 1767, dejando un vacío educativo y misional profundo, especialmente en las reducciones de Paraguay. La Ilustración hispanoamericana, alentada por las autoridades, se manifestó en la creación de Academias, Sociedades Económicas de Amigos del País y Jardines Botánicos, que sirvieron de marco para el desarrollo de una ciencia criolla independiente. Expediciones científicas como las de Mutis o Malaspina no solo recolectaron datos botánicos y astronómicos, sino que fomentaron un sentimiento de orgullo americano que se reflejó en la literatura y la prensa de la época.

El sentimiento de criollismo se intensificó en el siglo XVIII a través de la captación apasionada de la naturaleza y la historia del Nuevo Mundo. Obras como la Storia antica del Messico de Francisco Xavier Clavijero o el Lazarillo de ciegos caminantes de Concolorcorvo denotan una intención testimonial y reivindicativa frente a las críticas europeas. En Brasil, el siglo XVIII fue el ciclo del oro, con el descubrimiento de minas en Minas Gerais y el auge de ciudades como Ouro Preto, donde el barroco alcanzó su máxima expresión en la obra del Aleijadinho. Este desarrollo artístico y económico fue acompañado por la aparición de las primeras obras de economía política y cenáculos literarios, aunque la falta de imprentas y universidades obligaba a los intelectuales brasileños a mirar constantemente hacia Coimbra.

La independencia de las Trece Colonias (1776-1783) marcó un hito irreversible en la historia del continente. El conflicto, originado por la imposición de tasas parlamentarias sin representación (Sugar Act, Stamp Act, Tea Act), culminó en una ruptura que fue apoyada militar y financieramente por Francia y España para debilitar a Gran Bretaña. La victoria insurgente en Saratoga y Yorktown, ratificada por el Tratado de Versalles en 1783, no solo dio origen a los Estados Unidos bajo un régimen liberal y republicano, sino que sirvió de modelo para las élites criollas del resto del continente que ya empezaban a cuestionar el pacto colonial. En Saint-Domingue, la influencia de la Revolución Francesa desencadenó la insurrección liderada por Toussaint Louverture, que culminaría en la independencia de Haití en 1804, la primera república negra del mundo.

A finales del siglo XVIII, la América española era un mosaico de tensiones y esperanzas. Mientras la administración borbónica lograba recaudaciones récord y embellecía las capitales virreinales con obras neoclásicas dirigidas por arquitectos como Manuel Tolsá, en los estratos profundos de la sociedad se gestaba la insurgencia.La crisis de la monarquía española en 1808 sería la señal definitiva para que la generación de ilustrados criollos, junto con figuras radicales como Bolívar o Iturbide, emprendiera el camino hacia la emancipación definitiva. La transición de la América europea a la América independiente no fue solo un cambio de gobernantes, sino la culminación de dos siglos de síntesis cultural, desarrollo económico y la formación de una identidad propia que ya no cabía en los moldes de las metrópolis del Viejo Mundo.

Institución IlustradaAño de Hito ImportanteCiudad / RegiónFunción Principal
Universidad de San Felipe1738Santiago de ChileEducación Superior y formación de élites.
Academia de San Carlos1781MéxicoNormativización de las Bellas Artes (Neoclasicismo).
Soc. Económica de Manila1781Filipinas (Adm. Americana)Fomento de la agricultura y el comercio.
Escuela de Minería1772MéxicoInnovación técnica y formación de ingenieros.
Colegio de San Fernando1808LimaModernización de los estudios de Medicina.

El legado artístico de estos siglos es incalculable, transitando desde un barroco exuberante y mestizo —visible en las iglesias de Querétaro, Guanajuato, Lima y Bahía— hasta un neoclasicismo academicista que triunfaría plenamente tras las independencias.La música, también de raíz barroca, floreció en las capillas de las catedrales con compositores como Manuel de Zumaya en México o Domenico Zipoli en las misiones jesuíticas, quienes crearon una tradición sacra y profana que integraba elementos indígenas y africanos. Este florecimiento cultural fue el reflejo de una sociedad que, a pesar de las desigualdades de castas y la brutalidad de la esclavitud, logró generar expresiones de belleza y pensamiento que hoy constituyen la base de la identidad latinoamericana.

En conclusión, los siglos XVII y XVIII representaron para América una era de consolidación imperial y de germinación revolucionaria. El control absoluto que España y Portugal pretendieron ejercer a través de la burocracia y la fe fue erosionado por la competencia internacional, el contrabando y, sobre todo, por el ascenso de una clase criolla que, educada en los principios de la Ilustración, terminó por reclamar el derecho a dirigir su propio destino.1 El mapa del continente, que en 1600 era un bosquejo de pretensiones ibéricas, en 1800 se había transformado en un complejo tablero geopolítico donde la semilla de la independencia ya había dado sus primeros frutos en el norte y se preparaba para florecer en el sur, clausurando definitivamente la etapa de la América como mera prolongación de Europa.

Evangelización y procesos de aculturación en los nuevos mundos de Asia, África y América durante los siglos XVII y XVIII

El proceso de expansión europea hacia los territorios de Asia, África y América durante los siglos XVII y XVIII no representó únicamente una empresa de carácter comercial o político, sino que constituyó un complejo fenómeno de intercambio cultural y religioso que transformó profundamente a las sociedades implicadas. Este periodo se distingue por una transición significativa en las metodologías misioneras, pasando de una imposición inicial a menudo violenta hacia estrategias de adaptación y asimilación que buscaban conciliar los dogmas cristianos con las realidades locales de civilizaciones altamente sofisticadas. La evangelización actuó como el eje central de la aculturación, operando como un vehículo para la introducción de valores, lenguas y tecnologías occidentales, al tiempo que generaba respuestas de resistencia, síntesis y reinterpretación por parte de los pueblos receptores.   

En el continente asiático, la labor misionera experimentó una mutación fundamental a partir de las propuestas de la Compañía de Jesús. El caso de la India es paradigmático en este sentido, especialmente con la figura del padre Roberto de Nobili, quien llegó a la región en 1606. Nobili comprendió que para penetrar en las estructuras sociales de la India era necesaria una separación nítida entre el dogma cristiano y las formas culturales propias de la sociedad védica. De este modo, su metodología no exigía la abolición de la lengua, el vestido o los hábitos culinarios de los conversos, ni siquiera del sistema de castas o los ritos de cohesión social, que eran interpretados como expresiones tradicionales sin un valor religioso intrínsecamente pagano. Esta postura permitió a los jesuitas acercarse a la casta de los brahmanes, adoptando incluso sus vestimentas y modos de vida para facilitar la comunicación del mensaje evangélico. Sin embargo, estas prácticas generaron una profunda división en el mundo católico, enfrentando a los jesuitas con las órdenes mendicantes, como los franciscanos, quienes consideraban estas concesiones como una forma de sincretismo inaceptable. Esta tensión dio origen a la polémica de los ritos malabares, una disputa teológica y jurídica que se prolongó hasta mediados del siglo XVIII y que requirió la intervención constante de la Santa Sede.   

Estrategias Misioneras en AsiaMétodos de AdaptaciónOposición y ConflictosImpacto en la Estructura Social
Misión en la India (Nobili)Adopción de la vestimenta y dieta brahmánica; respeto al sistema de castas y ritos sociales.Órdenes mendicantes (franciscanos) denunciaron sincretismo ante Roma.Penetración en las élites intelectuales; creación del término malabarismo.
Misión en China (Ricci)Integración en la clase letrada; uso de la ciencia y cartografía; respeto al culto de antepasados.Querella de los ritos chinos; condenas de Inocencio X y Clemente XI.Acceso a la corte imperial; desarrollo del apostolado por la ciencia.
Misión en Vietnam (Rhodes)Uso de matemáticas y relojes; creación del sistema nacional de escritura quốc-ngu.Expulsiones periódicas; competencia con la Société des Missions Étrangères.Arraigo sólido que emergió como factor nacional en el siglo XIX.

Paralelamente, en China, los jesuitas Matteo Ricci y Adam Schall introdujeron métodos misionales similares basados en la adaptación cultural. Para estos misioneros, las civilizaciones orientales contenían restos de una revelación primitiva que podía ser rescatada bajo las formas tradicionales. Sostuvieron que el culto a Confucio no era una práctica idólatra, sino una ceremonia cívica de veneración a los antepasados que poseía un valor social y político esencial para la cohesión del imperio. Esta marginalidad voluntaria de los problemas dogmáticos iniciales permitió el progreso de las conversiones y la fundación de residencias jesuitas antes de 1616. No obstante, las denuncias de las órdenes mendicantes provocaron la condena de estos ritos por el papa Inocencio X, desencadenando la querella de los ritos chinos. Este conflicto dividió a la Iglesia entre los europeizantes, seguidores de un rigorismo jansenista opuesto a cualquier compromiso con las prácticas paganas, y los sinizantes, que defendían la posibilidad de conciliar el dogma con el vocabulario y las costumbres chinas.   

El fracaso final de la evangelización en China se consumó en el siglo XVIII, cuando la bula Ex illa die de 1715 y las posteriores ratificaciones de Benedicto XIV prohibieron definitivamente los ritos tradicionales para los cristianos. La respuesta del emperador Yongzheng fue la prohibición del cristianismo y la expulsión de los misioneros en 1724, con la excepción de algunos jesuitas en Pekín que servían como técnicos o científicos. Este desenlace marcó el fin de una de las tentativas más audaces de diálogo intercontinental, demostrando las limitaciones de la ortodoxia romana frente a la complejidad de las culturas asiáticas.   

En Japón, el proceso fue distinto y estuvo marcado por la persecución violenta y la erradicación del cristianismo. Tras los éxitos iniciales de Francisco Javier en el siglo XVI, los shogunes Tokugawa (Ieyasu, Hidetada y Iemitsu) emprendieron una campaña sistemática para eliminar la influencia extranjera en la primera mitad del siglo XVII. La represión incluyó episodios cruentos como el gran martirio de Nagasaki en 1622 y la derrota de la rebelión de los campesinos cristianos en Shimabara entre 1637 y 1638. El cristianismo fue forzado a la clandestinidad, dando lugar a la comunidad de los cristianos ocultos, mientras el país se cerraba al mundo exterior, permitiendo únicamente un contacto limitado con los holandeses en el islote de Dejima. A través de este enclave, sin embargo, se filtró el interés por el conocimiento occidental bajo el nombre de rangaku o ciencia holandesa, que permitió a los intelectuales japoneses acceder a tratados de medicina, astronomía y geografía.   

Desarrollo del Conocimiento Occidental en Japón (Rangaku)Áreas de EstudioFiguras Clave y ObrasConsecuencias Sociales e Intelectuales
Medicina y AnatomíaPrimeras disecciones y traducción de tablas anatómicas europeas.Sugita Genpaku (Kaitai Shinsho, 1774); Hanaoka Seishū (primer uso de anestesia).Revolución de la práctica médica; base para la modernización de la era Meiji.
Astronomía y FísicaIntroducción de la teoría heliocéntrica y conceptos físicos.Shizuki Tadao (traducción de John Keill); Yoshitoki Takahashi (calendario Kansei).Creación de vocabulario científico japonés (gravedad, atracción).
Geografía y BotánicaCatalogación de la flora japonesa y mapas del mundo.Carl Peter Thünberg (Flora Japonica); Hayashi Shihei (Panorámica General de Tres Naciones).Expansión de la conciencia espacial y científica del archipiélago.

El caso de Vietnam presentó una evolución diferente, donde el jesuita francés Alexandre de Rhodes desempeñó un papel crucial al establecer misiones tanto en Cochinchina como en Tonkín a partir de 1615. Rhodes utilizó su formación científica para ganarse el favor de las cortes locales, entregando relojes y libros de matemáticas a los soberanos. Su mayor legado fue la redacción de un catecismo en quốc-ngu, el sistema de escritura latinizada que eventualmente se convertiría en la lengua nacional vietnamita. A pesar de las expulsiones y la competencia con la Société des Missions Étrangères, el arraigo del cristianismo en Vietnam fue tan profundo que se convirtió en un factor activo de la vida nacional en los siglos posteriores.   

En el continente africano, la evangelización estuvo estrechamente vinculada a los reinos del Congo y del Monomotapa, aunque enfrentó desafíos significativos debido a la inestabilidad política y el impacto de la trata de esclavos. En el Congo, tras la conversión inicial de Afonso I, el siglo XVII vio un debilitamiento de la presencia misionera hasta la llegada de los capuchinos italianos en 1645. Estos religiosos lograron restablecer la obediencia romana, pero debieron coexistir con la religión tradicional y enfrentarse a movimientos sincréticos de resistencia como el antonianismo. Liderado por Beatriz Kimpa Vita, una profetisa que se proclamaba reencarnación de San Antonio, este movimiento proponía una africanización de la historia sagrada, afirmando que la Sagrada Familia era negra y natural de la capital congoleña, Mbanza. El antonianismo representó un intento de recuperar la soberanía religiosa y política frente a la influencia portuguesa, aunque terminó con la ejecución de Kimpa Vita en 1706 por orden del rey Pedro IV tras la presión de los misioneros capuchinos.   

En África oriental, la labor de jesuitas y dominicos en el reino de Monomotapa permitió momentos de éxito con el bautismo de soberanos como Gatsirusere y sus sucesores, quienes entregaron concesiones mineras a los portugueses a cambio de apoyo militar. Sin embargo, la progresiva desintegración del reino durante el siglo XVIII paralizó la actividad misionera, dejando el cristianismo reducido a núcleos aislados con escasa influencia regional.   

El proceso de aculturación en América adoptó formas más drásticas debido a la imposición forzosa de la cultura de los conquistadores, lo que provocó una desarticulación extrema del universo mental de los pueblos indígenas. Esta ruptura se manifestó principalmente en el terreno religioso, donde el sistema prehispánico fue sustituido por el dogma monoteísta cristiano y las prácticas devocionales católicas. No obstante, la incapacidad de los indígenas para asimilar conceptos occidentales abstractos llevó a los misioneros a recurrir a artificios iconográficos, como las trinidades isomórficas o trifaciales, que presentaban a la divinidad bajo formas visuales comprensibles para la población nativa.   

A partir del siglo XVII, surgió en la América española un proyecto cultural propio liderado por los criollos, quienes buscaron diferenciar su identidad de las normas metropolitanas. Este movimiento se apoyó en la idealización del pasado prehispánico y la construcción de una historia sagrada específicamente americana. Historiadores como Fernando de Alva Ixtlilxóchitl y el Inca Garcilaso de la Vega trabajaron para reivindicar la grandeza de las civilizaciones azteca e inca, equiparándolas con los imperios de la antigüedad clásica. El patriotismo criollo se nutrió también del aparicionismo mariano, destacando la Virgen de Guadalupe en México como un símbolo de elección divina para el suelo americano, lo que otorgó a los nacidos en las Indias un sentimiento de superioridad moral y espiritual frente a los españoles peninsulares.   

Principales Historiadores y Literatos del CriollismoObras DestacadasPropósito e Identidad
Inca Garcilaso de la VegaComentarios reales de los Incas.Reivindicación del Incario como equivalente al Imperio Romano; patriotismo cusqueño.
Fernando de Alva IxtlilxóchitlSumaria relación de la historia general de esta Nueva España.Preservación de la memoria prehispánica frente al olvido impuesto por la conquista.
Bernardo BalbuenaGrandeza mexicana.Exaltación del esplendor urbano y la vida social de la capital novohispana.
Juan de Santa Cruz PachacutiRelación de Antigüedades deste Reino del Perú.Narración de la predicación andina del santo Tunapa (Santo Tomás).

La utopía católica encontró su máxima expresión en las misiones jesuíticas de América del Sur, especialmente en las reducciones del Paraguay. Estas comunidades intentaron edificar una sociedad cristiana ideal basada en una organización económica colectivista, protegiendo a los indígenas de la explotación de los colonos y de las incursiones de los bandeirantes esclavistas de São Paulo. Las reducciones funcionaron como centros de enseñanza y producción artística, donde se desarrolló el barroco guaraní, fusionando formas europeas con la sensibilidad indígena en la arquitectura y la música. Sin embargo, la presión política y los tratados de límites entre España y Portugal llevaron a la destrucción de estas misiones y la expulsión definitiva de los jesuitas en 1767, poniendo fin a uno de los experimentos sociales más singulares de la época colonial.   

En contraste con las reducciones católicas, la América inglesa fue escenario de utopías protestantes lideradas por grupos de disidentes como los puritanos y los cuáqueros. Mientras los primeros establecieron teocracias intransigentes en Massachusetts, como se evidenció en los procesos por brujería en Salem en 1692, los cuáqueros fundaron Pennsylvania como un refugio de igualdad y tolerancia bajo el liderazgo de William Penn. Estos experimentos religiosos, sumados al movimiento del gran despertar en el siglo XVIII, definieron el carácter plural y fragmentado de la vida religiosa en las colonias del norte, marcando una diferencia fundamental con el modelo unificado de la cristiandad hispánica.   

La Ilustración introdujo un nuevo utillaje conceptual que permitió analizar la expansión europea desde perspectivas críticas. El debate sobre el buen salvaje, impulsado por autores como Jean-Jacques Rousseau, cuestionó la superioridad de la civilización occidental frente a la inocencia de los pueblos primitivos. Al mismo tiempo, el Siglo de las Luces vio nacer el movimiento abolicionista, que rechazó la esclavitud africana no solo por razones morales y humanitarias, sino también por su ineficiencia económica desde la lógica utilitarista de Adam Smith y David Hume. Figuras como William Wilberforce y Thomas Clarkson lideraron campañas que culminaron en la abolición de la trata en el Imperio británico a principios del siglo XIX.   

Los intercambios científicos y tecnológicos fueron una constante en la relación entre Europa y los otros mundos. En China, la presencia de jesuitas con formación científica permitió el desarrollo de la cartografía y la reforma del calendario imperial, mientras que en Japón los estudios holandeses introdujeron la anatomía moderna y la química de Lavoisier. La fascinación europea por Oriente se tradujo en el gusto por las porcelanas chinas, las lacas japonesas y los tejidos indios, generando corrientes decorativas como las chinoiseries y las turqueries que invadieron los palacios de la nobleza occidental. Por su parte, la pintura europea dejó su impronta en las cortes de China y la India, con figuras como Giuseppe Castiglione, quien introdujo el realismo y la perspectiva en la corte de los emperadores Qing, creando un estilo híbrido que perduraría durante décadas.   

Los siglos XVII y XVIII representan un periodo de transformaciones profundas donde la religión actuó como el catalizador principal de los intercambios culturales. Los procesos de evangelización y aculturación, aunque a menudo marcados por la imposición y el conflicto, dieron lugar a nuevas formas de identidad, sistemas científicos compartidos y expresiones artísticas sincréticas que sentaron las bases de la globalización cultural moderna. El legado de estas interacciones, desde las reducciones del Paraguay hasta las ciencias holandesas en Japón, demuestra la capacidad de las sociedades para reinterpretar y asimilar influencias externas en la construcción de su propio destino histórico.

Siglo XVIII, hegemonía europea y sus transformaciones ultramarinas

La centuria de las Luces no solo representó una transformación en el pensamiento filosófico y político de Occidente, sino que marcó un punto de inflexión crítico en la proyección de las potencias europeas sobre el resto del globo. Este proceso, que ha sido denominado por diversos sectores de la historiografía como una fase de globalización temprana, no se limitó a la mera explotación comercial, sino que evolucionó hacia una ocupación territorial sistemática y una organización administrativa de los espacios periféricos. El siglo XVIII asistió al paso de un modelo de expansión basado en factorías y rutas mercantiles hacia un sistema de imperios territoriales donde la soberanía se ejercía de manera efectiva sobre vastas extensiones de tierra y poblaciones diversas. Este fenómeno fue impulsado por la necesidad de las monarquías europeas de obtener metales preciosos para financiar sus estructuras estatales y por la demanda creciente de productos exóticos como la seda y las especias, cuya ruta tradicional a través de Constantinopla había sido clausurada o encarecida por el dominio otomano en siglos anteriores.   

El desarrollo tecnológico fue el catalizador indispensable de esta expansión. Los avances en la cartografía, la construcción de embarcaciones más resistentes y maniobrables como las fragatas, y el perfeccionamiento de instrumentos de navegación como el cronómetro y el sextante, permitieron a los navegantes europeos aventurarse con mayor seguridad en océanos hasta entonces poco transitados. Estas innovaciones técnicas no solo facilitaron el comercio, sino que dotaron a las expediciones de un carácter científico, alineado con el espíritu de la Ilustración, que buscaba catalogar la naturaleza y comprender la geografía mundial bajo una óptica racionalista y utilitaria. En este contexto, la expansión ultramarina se convirtió en una herramienta de prestigio nacional y de competencia geopolítica, donde el dominio de los mares era sinónimo de la supremacía en el continente europeo.   

En el contexto de la América española, el siglo XVIII es testigo de lo que se ha dado en llamar el segundo descubrimiento de América. Tras un siglo XVII de relativa estabilización y repliegue, la llegada de la dinastía borbónica al trono español trajo consigo una voluntad de reafirmar la presencia de la corona en territorios que, aunque formalmente bajo su soberanía, carecían de una ocupación efectiva. Esta política respondía a la presión creciente de colonos británicos y franceses que avanzaban desde el norte del continente, obligando a España a emprender una serie de expediciones y fundaciones que blindaran sus fronteras. La expansión no fue solo militar, sino que se apoyó fundamentalmente en el sistema de misiones y presidios, una estructura dual que permitía la evangelización de las poblaciones indígenas y la defensa fronteriza con recursos limitados.   

La marca norte de este despliegue fue Nuevo México, un inmenso territorio que había sido ocupado originalmente a finales del siglo XVI por Juan de Oñate en 1598. Durante el siglo XVIII, esta plataforma sirvió para proyectar la ocupación hacia Texas, una región desértica que hasta entonces había permanecido fuera del control administrativo efectivo. La necesidad de asegurar estos espacios se hizo patente con expediciones como la de Pedro de Villasur, quien desde Santa Fe intentó instalarse en el territorio de Nebraska, aunque su misión terminó trágicamente ante el hostigamiento de las tribus indígenas locales. Asimismo, se hizo imperativo explorar y ocupar zonas intermedias dentro del México actual, como Nayarit y la región comprendida entre Tampico y Texas, para consolidar un cordón defensivo continuo frente a las incursiones extranjeras.   

El impulso explorador en la zona de Sonora y Arizona fue guiado por una voluntad misional que llevó a los exploradores españoles hasta las bocas del río Colorado. Sin embargo, la empresa más ambiciosa de este periodo fue la colonización de California. Bajo la dirección espiritual del franciscano fray Junípero Serra y el mando militar de Gaspar de Portolá, se fundaron asentamientos estratégicos que hoy constituyen grandes urbes. La fundación de San Diego en 1769, Monterrey en 1770 y San Francisco en 1776, seguidas por San Gabriel (Los Ángeles) en 1781, no solo aseguró la costa del Pacífico, sino que creó una red de más de veinte misiones que transformaron la demografía y la economía de la región. Este avance se vio complementado por la adquisición de la Luisiana occidental tras la Paz de París en 1763, lo que permitió a España explorar un vasto territorio cedido por Francia y fortalecer su presencia en el Mississippi.   

LocalizaciónAño ClaveAcción o FundaciónProtagonistas
Nuevo México1598Ocupación inicialJuan de Oñate
San Diego1769Fundación de MisiónJunípero Serra, Gaspar de Portolá
Monterrey1770Fundación de Presidio/MisiónGaspar de Portolá
San Francisco1776Establecimiento estratégicoFranciscanos
Los Ángeles1781Fundación de San GabrielPobladores y misioneros
Luisiana1763Cesión territorialFrancia a España (Paz de París)

En América del Sur, la expansión también fue muy activa, especialmente en las franjas periféricas de los virreinatos de Perú, Nueva Granada y el Río de la Plata. Las misiones jesuíticas de Moxos y Chiquitos en la actual Bolivia lograron congregar a miles de almas en pueblos organizados, dejando un legado cultural y arquitectónico significativo. No obstante, las llamadas reducciones del Paraguay destacaron por su originalidad y por el debate que aún hoy generan sobre su nivel de autonomía frente a la corona. Tras la expulsión de los jesuitas, otras órdenes como los capuchinos se extendieron por los llanos venezolanos y la península de la Guajira, mientras que los mercedarios y franciscanos llevaron su labor evangelizadora hasta las islas Malvinas, la Patagonia y la isla de Chiloé. Esta colonización del extremo sur, personificada en asentamientos como Puerto Deseado en 1789, fue una respuesta directa a las incursiones británicas en el Atlántico Sur.   

Mientras el imperio español se consolidaba en América, el escenario asiático, y específicamente la India, experimentaba una transformación radical. A diferencia de los imperios de China y Japón, que mantuvieron una estabilidad política férrea frente a los europeos, la India entró en el siglo XVIII en un periodo de grave descomposición interna. La muerte del emperador Aurangzeb en 1707 marcó el fin de la era de esplendor mogol y el inicio de una fragmentación política que sería aprovechada por las compañías comerciales europeas. Los gobernadores provinciales comenzaron a actuar con independencia de Delhi, y el ascenso de estados guerreros como el de los Marathas no logró restaurar la unidad perdida, facilitando la intervención de potencias como Gran Bretaña y Francia.   

La fragmentación política india convirtió al subcontinente en un campo de batalla para las rivalidades europeas, especialmente durante la Guerra de Sucesión de Austria. En 1746, los franceses, liderados por Joseph-François Dupleix y el conde de La Bourdonnais, lograron capturar la factoría inglesa de Madrás, aunque la Paz de Aquisgrán en 1748 obligó a su devolución. Sin embargo, la tregua en Europa no detuvo las hostilidades en la India, donde Dupleix continuó interviniendo en los conflictos sucesorios locales, obteniendo victorias como la de Ambur en 1749 y expandiendo el territorio de Pondichéry. La suerte de las armas cambiaría definitivamente con el estallido de la Guerra de los Siete Años.   

El golfo de Bengala se convirtió en el escenario principal del conflicto, donde competían las factorías de Calcuta (inglesa), Chandernagor (francesa), Chinsura (holandesa) y Frederiksnagor (danesa). Robert Clive, enviado por Inglaterra para dirigir las operaciones, infligió una derrota decisiva al nabab Suradjah Daula en la batalla de Plassey el 24 de junio de 1757. A partir de este momento, el avance británico fue imparable: Clive tomó Chinsura a los holandeses, levantó el cerco de Madrás y capturó Masulipatam en 1759. La victoria de Wandewash en 1760 y la toma final de Pondichéry en 1761 significaron el colapso de la India francesa. La Paz de París de 1763 ratificó que la India quedaba bajo la órbita inglesa, permitiendo a Gran Bretaña introducirse en las profundidades del subcontinente mediante una mezcla de diplomacia y fuerza militar.   

Conflicto / BatallaAñoResultadoSignificado Geopolítico
Ocupación de Madrás1746Victoria francesaDominio temporal francés en el sur
Paz de Aquisgrán1748Devolución de MadrásEquilibrio precario entre potencias
Batalla de Ambur1749Victoria francesaExpansión de Pondichéry
Batalla de Plassey1757Victoria británicaControl de Bengala por Robert Clive
Batalla de Wandewash1760Victoria británicaExpulsión efectiva de los franceses
Toma de Pondichéry1761Victoria británicaFin de la soberanía francesa extensa
Paz de París1763Tratado internacionalIndia reconocida como zona británica

Los años finales del siglo XVIII estuvieron marcados por la resistencia de los estados indios más combativos: la Confederación de los Marathas en el Decán y el sultanato de Mysore gobernado por Haider Alí y su hijo Tippu Sahib. La derrota y muerte de Tippu Sahib en el asalto a Srirangapatam el 4 de mayo de 1799 eliminó uno de los obstáculos más serios para la Compañía de las Indias Orientales. Las guerras marathas concluyeron finalmente en 1818, dejando a Gran Bretaña como dueña absoluta de la India, desde el Himalaya hasta el Cabo Comorín, e incorporando territorios estratégicos como Ceilán, arrebatado a los holandeses en 1796. Este proceso transformó a una compañía mercantil en un estado soberano de dimensiones imperiales, sentando las bases del Raj británico.   

En vísperas del gran reparto que ocurriría en el siglo XIX, África presentaba un mosaico de soberanías y estados que, aunque presionados por la presencia europea en las costas, mantenían una notable independencia en el interior. En el norte, las provincias otomanas de Argel, Túnez y Trípoli vivían procesos de autonomía creciente. Argel, bajo el dey Muhammad ibn Utman entre 1766 y 1791, mantuvo su posición política hasta que la debilidad económica y la agitación mística interna a principios del siglo XIX la hicieron vulnerable a la conquista francesa en 1830. Túnez, por su parte, se benefició de la estabilidad bajo Alí Bey y Hammuda Pashá, aunque no pudo escapar al imperialismo colonial que se concretaría más tarde.   

Egipto enfrentó una profunda crisis sucesoria y económica en el último cuarto del siglo XVIII, lo que facilitó la intervención extranjera. El desembarco otomano de Hasán Pashá en 1786 intentó restaurar el control central, pero la autonomía fue recuperada por los beyes locales hasta la llegada de Napoleón Bonaparte en 1798. La derrota mameluca en la batalla de las Pirámides marcó el inicio de la influencia europea moderna en Egipto, aunque Mehmet Alí lograría posteriormente fundar una nueva dinastía que garantizara la independencia frente a turcos y europeos a partir de 1805. Marruecos, a diferencia de sus vecinos, optó por un aislamiento relativo tras sufrir epidemias y luchas internas, lo que le permitió preservar su independencia durante casi todo el siglo XIX.   

En el África occidental y central, la dinámica estuvo marcada por el impacto de la trata de esclavos y la formación de estados poderosos como Dahomey y Ashanti. Sin embargo, a finales de siglo surgieron iniciativas que buscaban alternativas al tráfico de personas. Sierra Leona se fundó como colonia británica en 1808 para esclavos liberados, y Liberia fue creada por la Sociedad Americana de Colonización en 1821 con un propósito similar. En el Congo y Angola, la influencia portuguesa persistió, centrada en la exportación de mano de obra esclava hacia Brasil, a pesar de los intentos reformistas de gobernadores como Francisco de Sousa Coutinho, cuyos planes de colonización integral fueron saboteados por los intereses negreros locales.   

El África oriental vivió una resurrección de la cultura swahili y de la independencia política frente a los portugueses, gracias al empuje de las dinastías omaníes que confinaron a los europeos a enclaves meridionales como Mozambique. En el extremo sur, la situación dio un giro radical cuando los ingleses ocuparon la colonia del Cabo en 1795 y de forma definitiva en 1806, desplazando a los holandeses. La presión británica sobre los colonos boers (descendientes de agricultores neerlandeses) provocaría el inicio del «gran trek» hacia el interior, estableciendo un conflicto latente con las poblaciones zulúes y preparando el escenario para las guerras anglo-boer del siglo siguiente.   

La exploración del Pacífico fue la última gran frontera de la expansión europea en el siglo XVIII. Aunque navegantes portugueses y españoles ya habían transitado sus aguas desde el siglo XVI, la ocupación efectiva se limitaba a las islas de las especias y las Filipinas. España mantenía su hegemonía en la Micronesia, con las islas Marianas y Guam sirviendo de escala vital para el Galeón de Manila que conectaba Acapulco con Asia. Sin embargo, la segunda mitad del siglo XVIII trajo consigo una oleada de navegantes científicos movidos por la rivalidad imperial y el espíritu ilustrado.   

El archipiélago de Tahití se convirtió en un objeto de deseo para todas las potencias navales. Tras la toma de posesión británica por Wallis en 1767 y la visita de Bougainville en 1768, España reaccionó enviando tres expediciones desde el virreinato del Perú entre 1772 y 1775 para poner la isla bajo su soberanía, aunque la dificultad de sostener una posesión tan remota llevó al abandono de la empresa. De manera similar, la isla de Pascua fue incorporada a la corona española en 1770. No obstante, el protagonismo británico en la región se consolidó con la ocupación sistemática de Australia. En 1788, Arthur Phillip fundó el primer asentamiento en Botany Bay y Port Jackson (Sidney), concibiendo el territorio inicialmente como una colonia penitenciaria para convictos británicos.   

ExploradorNacionalidadAño de ViajeDescubrimiento o Acción
WallisBritánico1767Toma de posesión de Tahití
BougainvilleFrancés1768Exploración de Tahití y circunnavegación
James CookBritánico1768-1779Exploración detallada de Oceanía y Hawái
Arthur PhillipBritánico1788Fundación de Port Jackson (Australia)
Alejandro MalaspinaEspañol1789-1794Expedición científica por el Pacífico
Juan Bautista MonteverdeEspañol1806Descubrimiento de las islas Nukuoro

Nueva Zelanda también entró en la órbita del imperialismo británico, aunque de forma más informal al principio. A partir de 1802, se establecieron factorías para la caza de ballenas y focas en el norte de la isla de Nueva Ulster, iniciando un contacto con la población maorí que alternaba el comercio con el conflicto armado. El aprovechamiento de recursos como la madera y el lino fomentó una dinámica económica que vinculaba a Nueva Zelanda con el floreciente puerto de Sidney. Mientras tanto, España cerraba su ciclo de descubrimientos con expediciones como la de Malaspina o los avistamientos de islas menores por navegantes como Zapiaín y Monteverde a principios del siglo XIX, marcando el final de una era antes de que la independencia de las colonias americanas redefiniera por completo su posición en el mundo.  

La expansión ultramarina del siglo XVIII no fue simplemente un fenómeno de conquista territorial; fue una reconfiguración total de las redes comerciales y biológicas del planeta. El concepto de la «primera globalización» cobra sentido al observar cómo los productos americanos como la patata, el maíz y el cacao se integraron en la dieta europea y asiática, mientras que las especias de Oriente y los metales preciosos de las Indias financiaban el ascenso del capitalismo industrial. El comercio triangular, basado en la transferencia masiva de esclavos africanos hacia las plantaciones americanas, constituyó la base económica de imperios como el británico y el francés, generando una acumulación de capital sin precedentes a costa de un sufrimiento humano incalculable.   

Desde una perspectiva científica, las expediciones de la segunda mitad del siglo representaron un cambio en la mentalidad europea. Ya no se buscaba solo el oro o la evangelización, sino la utilidad pública y la gloria de la patria a través del conocimiento botánico, zoológico y mineralógico. La corona española, con la fundación del puerto de San Blas en 1768 y la promoción de la Real Expedición Botánica, intentó aplicar la ciencia ilustrada para mejorar la productividad de sus dominios. Este esfuerzo, sin embargo, se vio truncado por las guerras napoleónicas y la subsiguiente crisis de la monarquía hispánica, que debilitó los lazos imperiales justo cuando el sistema de comercio global se volvía más competitivo.   

En conclusión, el siglo XVIII cerró con una Europa que dominaba gran parte de las costas y rutas marítimas del mundo, pero que también se enfrentaba a las contradicciones de sus propios imperios. La independencia de las Trece Colonias en América del Norte fue el primer signo de que la era del control colonial absoluto estaba llegando a su fin, a pesar de que en Asia y África el proceso de colonización apenas estaba entrando en su fase más agresiva. La transición hacia el siglo XIX vería el paso de los viejos imperios de base mercantilista a los nuevos imperios industriales, donde la tecnología de vapor y el control directo del territorio definirían la hegemonía mundial por el siguiente siglo. Para el estudiante que enfrenta el examen, es crucial entender que esta expansión no fue un evento aislado, sino una cadena de causas y efectos donde la geografía, la tecnología y la política se entrelazaron para crear el mundo moderno tal como lo conocemos.   

El Siglo de las Luces o la Modernidad

El siglo XVIII, conocido universalmente como el Siglo de las Luces o la Ilustración, representa un punto de inflexión estructural en la historia de la civilización occidental, marcando la transición definitiva hacia una modernidad regida por la autonomía de la razón humana. Este fenómeno, que Luis Ribot analiza de manera exhaustiva, no surge en un vacío, sino que es la culminación de procesos económicos y técnicos iniciados en las centurias anteriores, especialmente la Revolución Científica del siglo XVII. La base material de esta transformación se encuentra en la acumulación de inventos y la aplicación del vapor a la maquinaria, lo que dio inicio a la era de la mecanización. Este cambio tecnológico supuso el fin de la producción artesanal basada en la habilidad individual del trabajador, sustituyéndola por una producción industrial orientada al mercado masivo y a compradores desconocidos, lo que priorizó la eficiencia y la cantidad sobre la calidad tradicional. En este contexto, la Ilustración emerge no solo como un sistema de ideas, sino como una actitud vital del hombre que, en palabras de Immanuel Kant, decide salir de su minoría de edad para guiarse exclusivamente por su propio intelecto, emancipándose de la tutela de la teología y la tradición.   

La esencia de la Ilustración radica en la centralidad de la razón como la luz que disipa las tinieblas de la ignorancia, un concepto que se refleja en las diversas denominaciones nacionales del movimiento: les Lumières en Francia, die Aufklärung en Alemania o the Enlightenment en el ámbito anglosajón. Este predominio de lo racional se vincula directamente con el empirismo de Isaac Newton y John Locke, quienes propusieron que el conocimiento debe basarse en la ordenación de la experiencia sensible, rechazando de plano las ideas innatas. El movimiento tuvo sus pioneros en Inglaterra y las Provincias Unidas a finales del siglo XVII, regiones que gozaban de una prosperidad económica y una tolerancia religiosa que facilitaron la eclosión de este nuevo pensamiento burgués. Desde estos focos, la Ilustración se desplazó a Francia, donde adquirió su forma prototípica y más combativa, difundiéndose posteriormente por toda Europa y América.   

Socio-culturalmente, la Ilustración fue un fenómeno eminentemente urbano que proliferó en las cortes, grandes puertos y centros mercantiles. Sus protagonistas pertenecían mayoritariamente a la burguesía culta —letrados, médicos, profesores y escritores—, aunque también atrajo a sectores de la nobleza y el clero. Un aspecto distintivo de este periodo fue la creación de nuevos espacios de sociabilidad que escapaban al control de las universidades tradicionales, las cuales permanecieron en su mayoría ancladas en la vieja escolástica. Así, las academias científicas, las tertulias, las logias masónicas y, muy especialmente, los salones parisinos se convirtieron en los verdaderos motores del debate intelectual. En estos salones, a menudo regentados por mujeres de la alta burguesía o la nobleza como madame Geoffrin o la marquesa de Deffand, se fraguaron las ideas que cuestionarían los cimientos del Antiguo Régimen.   

El optimismo ilustrado se basaba en una fe inquebrantable en el progreso y en la capacidad de la técnica para mejorar la vida humana. Esta mentalidad fomentó un interés renovado por la economía política y la búsqueda de la felicidad tanto pública como privada. La divulgación de estos conocimientos útiles se vio favorecida por el abandono progresivo del latín en favor de las lenguas nacionales y el auge de la prensa periódica, aunque el analfabetismo persistente seguía siendo una barrera para la extensión total de las «luces». El personaje central de esta época fue el philosophe, un intelectual con vocación práctica que utilizaba la crítica universal contra todos los conocimientos heredados que no pasaran por el tamiz de la razón.   

Ámbito de InfluenciaCaracterísticas Principales del Pensamiento IlustradoFundamentos Filosóficos
EpistemologíaRazón como única guía; rechazo de la autoridad dogmática.Empirismo de Locke y Newton.
SociedadMovimiento urbano, burgués; importancia de los salones y tertulias.Cosmopolitismo y utilitarismo.
PolíticaCrítica al despotismo; búsqueda de reformas administrativas.Iusnaturalismo y contrato social.
ReligiónDeísmo, secularización; crítica a las iglesias jerárquicas.Religión natural y tolerancia.
CulturaLenguas nacionales; auge de la prensa y la Enciclopedia.Divulgación del saber práctico.

Frente a este avance, surgió una potente corriente de antiilustrados que defendían el orden tradicional, los privilegios señoriales y el dominio clerical de la sociedad. En países como España, la oposición se atrincheró en las universidades y utilizó el púlpito para denunciar el «filosofismo» como un monstruo infernal vinculado al ateísmo y la herejía. Figuras como el obispo de Santander, Menéndez Luarca, llegaron a calificar al Siglo de las Luces como un lugar de tinieblas diabólicas. Sin embargo, también existió una vertiente de Ilustración cristiana que intentaba armonizar los avances científicos y la crítica de las prácticas supersticiosas con la fe religiosa, buscando una religión más auténtica y depurada de excesos barrocos.   

En Gran Bretaña, la Ilustración se vio favorecida por un régimen de libertades políticas que permitió una crítica social moderada a través de la literatura y el ensayo, con autores como Daniel Defoe o Jonathan Swift. El pensamiento británico profundizó en el empirismo, destacando el idealismo subjetivo de George Berkeley, quien afirmó que la materia no tiene realidad independiente del espíritu que la percibe, y el escepticismo radical de David Hume. Hume negó la posibilidad de demostrar la causalidad y redujo el conocimiento a impresiones sensibles, situándose en una vía que desafiaba incluso el optimismo racionalista de sus contemporáneos. En el terreno moral, pensadores como el conde de Shaftesbury defendieron la existencia de un sentido moral innato y la búsqueda de la utilidad pública, mientras que Bernard de Mandeville provocó un gran escándalo con su tesis de que los «vicios privados» producen «beneficios públicos» al dinamizar la economía a través del lujo y el consumo.   

Francia fue, sin duda, el corazón del movimiento ilustrado, donde la capacidad crítica alcanzó su máxima expresión combativa. El proyecto más ambicioso de la centuria fue la Enciclopedia, dirigida por Diderot y D’Alembert, que pretendía ser un inventario razonado de todos los conocimientos humanos. A pesar de sufrir constantes ataques de la Iglesia y el Parlamento de París —siendo calificada como la «Torre de Babel» por sus enemigos—, la obra logró completarse gracias a la protección de figuras de la corte como madame Pompadour, convirtiéndose en el gran vehículo de difusión de las ideas de progreso, tolerancia y razón. Junto a esta obra colectiva, tres figuras dominaron el pensamiento francés: Montesquieu, Voltaire y Rousseau.   

FilósofoObra FundamentalAportación Principal al Pensamiento Político/Social
MontesquieuEl espíritu de las leyes (1748)Separación de poderes y equilibrio jurídico.
VoltaireDiccionario Filosófico (1764)Defensa de la tolerancia y crítica al fanatismo.
RousseauEl contrato social (1762)Soberanía popular y voluntad general.
DiderotLa Enciclopedia (1751-1772)Divulgación sistemática del saber racional.
HumeTratado de la naturaleza humanaEscepticismo empirista y crítica a la causalidad.

Montesquieu, en El espíritu de las leyes, aplicó el método científico al estudio de la sociedad para concluir que la libertad política depende de la separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, una doctrina que sentaría las bases del constitucionalismo moderno. Voltaire, el filósofo más emblemático del siglo, personificó la lucha contra la intolerancia y el fanatismo mediante una ironía mordaz. Aunque admirador del sistema británico, su pensamiento se alineaba más con un absolutismo ilustrado que buscaba reformas desde el poder sin caer en extremismos. Por su parte, Jean-Jacques Rousseau introdujo una nota discordante al exaltar el sentimiento frente a la razón pura y denunciar que la sociedad civil y la propiedad privada habían corrompido la bondad natural del hombre. En El contrato social, propuso que la soberanía reside de forma inalienable en el pueblo y que la libertad se logra a través de la sumisión a la voluntad general, ideas que tendrían un impacto sísmico durante la Revolución francesa.   

La Ilustración alemana, o Aufklärung, se distinguió por su carácter profundo y universitario, menos orientado a la divulgación panfletaria que la francesa y más vinculado al análisis metafísico y administrativo. Autores como Christian Wolf divulgaron el racionalismo de Leibniz, mientras que el cameralismo desarrolló las bases teóricas para la intervención estatal en la economía y el bienestar social. El punto culminante de la filosofía alemana y universal llegó con Immanuel Kant, quien superó la dicotomía entre racionalismo y empirismo en su Crítica de la razón pura. Kant estableció que, aunque el conocimiento comienza con la experiencia, la mente humana posee formas a priori (espacio y tiempo) y conceptos del entendimiento (causalidad) que organizan los datos sensibles. En su ética, formuló el imperativo categórico como una ley moral universal basada en el deber, independizando la conducta humana de los mandatos religiosos tradicionales.   

En el sur de Europa, la Ilustración tuvo un carácter más tardío y reformista. En España, figuras como el padre Feijoo trabajaron para erradicar supersticiones y errores comunes, mientras que políticos como Campomanes, Olavide o Jovellanos impulsaron reformas económicas y educativas bajo el amparo de Carlos III. En Italia, destacaron personalidades como Cesare Beccaria, cuyo tratado De los delitos y las penas revolucionó el derecho penal al abogar por la abolición de la tortura y la proporcionalidad de las penas, y Antonio Genovesi, quien ocupó la primera cátedra de economía política en Nápoles.   

El progreso de las ciencias físico-matemáticas durante el siglo XVIII fue formidable, consolidando el método experimental y el lenguaje matemático como herramientas supremas de conocimiento. Leonhard Euler destacó como el matemático más prolífico de la centuria, desarrollando el cálculo infinitesimal y la geometría descriptiva. En física, el estudio de la electricidad experimentó un avance espectacular. Stephen Gray descubrió la conductividad de los materiales, mientras que el holandés Musschenbroek inventó la botella de Leiden, el primer condensador eléctrico. Estos experimentos, que a menudo se convertían en espectáculos públicos bajo la dirección de figuras como el padre Nollet, culminaron en inventos prácticos como el pararrayos de Benjamin Franklin, que demostró que el rayo era un fenómeno físico y no una expresión de la cólera divina.   

CientíficoCampo de EstudioLogro Destacado
Antoine LavoisierQuímicaLey de conservación de la materia; estudio del oxígeno.
Leonhard EulerMatemáticasDesarrollo del cálculo y análisis matemático.
Friedrich HerschelAstronomíaDescubrimiento del planeta Urano (1781).
Luigi GalvaniFísica/MedicinaNaturaleza eléctrica del impulso nervioso.
Alessandro VoltaFísicaInvención de la pila eléctrica (1800).
Karl LinneoBiologíaSistema de clasificación taxonómica binominal.

La química nació como ciencia moderna gracias a la labor de Antoine Lavoisier, quien dotó a la disciplina de un método cuantitativo y un lenguaje preciso. Lavoisier formuló la ley de conservación de la materia y explicó la combustión y la respiración a través del papel del oxígeno, refutando definitivamente la vieja teoría del flogisto. En astronomía, el descubrimiento de Urano por Friedrich Wilhelm Herschel y las teorías de Laplace sobre el origen del sistema solar a partir de una nebulosa ampliaron las fronteras del universo conocido, mientras que en medicina se avanzó en la descripción de patologías y se introdujo la vacuna contra la viruela.   

Las ciencias naturales también experimentaron un auge sin precedentes. Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, produjo una monumental Historia Natural en 44 volúmenes que sintetizaba todo el saber biológico y geológico de la época, sugiriendo una cronología de la Tierra mucho más dilatada que la admitida por la ortodoxia bíblica. Simultáneamente, el sueco Karl Linneo estableció las bases de la taxonomía moderna con su sistema de clasificación de seres vivos, aunque mantenía una visión estática de la creación que otros naturalistas empezaban a cuestionar al intuir los procesos de evolución y selección natural. Este afán por conocer y dominar la naturaleza se tradujo también en hitos técnicos como los primeros globos aerostáticos de los hermanos Montgolfier o el desarrollo del telégrafo óptico.   

El siglo XVIII presenció una notable pérdida de influencia política del Papado y un proceso creciente de secularización e indiferencia religiosa en ciertos sectores de la élite. Las monarquías absolutas europeas intensificaron sus políticas regalistas, buscando controlar las iglesias nacionales y limitar la autoridad de Roma. Este conflicto alcanzó su punto álgido con la persecución y supresión de la Compañía de Jesús. Los jesuitas, debido a su enorme influencia educativa, su riqueza y su voto especial de obediencia al Papa, se convirtieron en el blanco de las cortes ilustradas y de sus enemigos internos en la Iglesia, como los jansenistas. Tras ser expulsados de Portugal, Francia y España bajo acusaciones de intrigas políticas, la orden fue finalmente suprimida por el papa Clemente XIV en 1773, presionado por las potencias borbónicas.   

Al mismo tiempo, el deísmo se consolidó como la postura religiosa de muchos ilustrados, defendiendo una «religión natural» basada en un Dios creador o «Gran Arquitecto» que no interviene en los asuntos humanos ni requiere dogmas revelados. Esta visión fomentó el auge de la masonería especulativa, que se difundió rápidamente por todo el continente tras la fundación de la Gran Logia de Inglaterra en 1717. La masonería, con sus ritos secretos y su énfasis en la fraternidad y la tolerancia, se convirtió en un refugio para deístas y librepensadores, aunque fue condenada repetidamente por las autoridades eclesiásticas y algunos monarcas.   

No obstante, la decadencia religiosa no fue uniforme. En el mundo protestante surgieron movimientos de revitalización espiritual como el pietismo alemán y el metodismo británico. John Wesley, fundador del metodismo, predicó una «religión del corazón» centrada en la experiencia emocional y la santificación personal, logrando un éxito masivo entre las clases trabajadoras de Gran Bretaña y América. Estos movimientos, junto con la persistencia de la religiosidad popular en los países católicos, demuestran que la Ilustración no logró erradicar la fe, sino que provocó una fractura duradera entre la cultura racionalista de las élites y las creencias tradicionales de la mayoría de la población.   

Hacia las últimas décadas del siglo, el optimismo racionalista comenzó a dar paso a una nueva sensibilidad que valoraba la emoción, lo irracional y el sentimiento. Este prerromanticismo se manifestó en el movimiento alemán Sturm und Drang, con figuras como Herder y el joven Goethe, y en la propia evolución de Rousseau. Al tiempo que la Revolución francesa estallaba en 1789, cerrando el ciclo de las reformas ilustradas, el mundo europeo se adentraba en una nueva era donde la razón soberana del siglo XVIII tendría que convivir con las fuerzas impetuosas del sentimiento nacional y el individualismo romántico.   

Hallan bajo el mar en Francia un enorme muro de granito de 7.800 años

A varios metros bajo las agitadas aguas del oeste de Francia, arqueólogos han descubierto los restos de una monumental construcción de piedra que obliga a repensar las costas prehistóricas de Europa. Cerca de la isla de Sein, en el límite exterior de Bretaña, una enorme muralla sumergida, construida alrededor del 5800 a. C., se alza como una de las primeras estructuras de piedra a gran escala conocidas, creadas por cazadores-recolectores costeros en la Europa atlántica.

Con una extensión de aproximadamente 120 metros a lo largo de un valle inundado, la muralla se encuentra a profundidades de entre siete y nueve metros por debajo del nivel actual del mar. Lo que inicialmente parecían leves anomalías lineales en la cartografía del fondo marino ha demostrado, tras años de investigación submarina, ser una construcción cuidadosamente diseñada compuesta por bloques de granito apilados, reforzados con monolitos verticales y losas de piedra verticales.

 En algunos lugares, estas piedras aún se elevan casi dos metros de altura, fijadas en su posición a pesar de más de siete milenios de erosión marina. El descubrimiento se inició en 2017 mediante batimetría LIDAR de alta resolución, que reveló formas geométricas antinaturales en el lecho marino al oeste de la isla de Sein. Inmersiones posteriores, realizadas entre 2022 y 2024, confirmaron el origen humano de al menos once estructuras de piedra independientes en la meseta sumergida. Entre ellas, la muralla principal, conocida como TAF1 por los investigadores, destaca por su escala, complejidad y durabilidad, a diferencia de todo lo documentado previamente de este período temprano en Francia.

Cuando se construyó la muralla, el nivel del mar era varios metros más bajo, y la meseta, ahora sumergida, formaba un entorno costero productivo, modelado por canales de marea, crestas rocosas y valles poco profundos. Los arqueólogos sitúan la construcción firmemente en la transición del Mesolítico Tardío al Neolítico Temprano, una época en la que las comunidades de toda Europa comenzaban a experimentar con nuevas formas de organizar el trabajo, los recursos y el territorio.

Lo que hace excepcionales a las estructuras de la isla de Sein no es solo su antigüedad, sino también su ingeniería. El muro principal está reforzado por más de sesenta monolitos verticales, dispuestos en filas paralelas y anclados profundamente en la roca madre. Entre ellos, los constructores insertaron losas verticales y rellenaron la estructura con bloques angulares de granito, creando una barrera amplia y asimétrica diseñada para resistir las fuertes corrientes de marea y el oleaje atlántico. Algunas estructuras cercanas siguen principios similares, mientras que otras consisten en alineaciones de piedra más estrechas hechas de bloques más pequeños.

Los investigadores creen que al menos parte de este complejo sumergido funcionaba como presas para peces: trampas de piedra diseñadas para canalizar y capturar peces al ritmo de las mareas. Este tipo de instalaciones se conoce en otras partes de la Europa prehistórica, pero los ejemplos de la isla del Sena son más grandes, profundos y arquitectónicamente más sofisticados que la mayoría de los registrados previamente. Su construcción habría requerido trabajo coordinado, un conocimiento detallado de las mareas y el comportamiento marino, y una planificación a largo plazo, rasgos que antes se asumían exclusivos de las sociedades agrícolas posteriores.

Sin embargo, la gran masa de los muros más grandes plantea interrogantes adicionales. Algunos investigadores sugieren que estas estructuras podrían haber cumplido múltiples funciones, combinando la pesca con la protección costera o actuando como marcadores territoriales en un paisaje costero dinámico. La inusual anchura de los muros y los lados reforzados que dan al mar apuntan a estrategias deliberadas para resistir las olas de tormenta, lo que sugiere que sus constructores no solo explotaban la costa, sino que la moldeaban activamente.

El hallazgo da información sobre el auge gradual de las tradiciones megalíticas en Bretaña. Los icónicos menhires y las tumbas monumentales que posteriormente definirían la región aparecen siglos después de la construcción de estas construcciones sumergidas. En este sentido, las murallas de la isla de Sein podrían representar un precursor arquitectónico, un capítulo olvidado en el largo desarrollo de la construcción en piedra a lo largo de la fachada atlántica europea.

El folclore local añade un toque evocador al descubrimiento. Las leyendas bretonas hablan de una tierra sumergida o un asentamiento perdido más allá de la bahía de Douarnenez, tragado por el mar en la antigüedad. Si bien los arqueólogos advierten contra las interpretaciones literales, reconocen que la memoria colectiva de las costas desaparecidas podría reflejar eventos reales vividos por las comunidades prehistóricas a medida que el aumento del nivel del mar recuperaba lentamente los paisajes habitados.

Más allá de Francia, el descubrimiento contribuye a un creciente corpus de arqueología subacuática que está transformando la visión del pasado profundo de Europa. Recientemente se han documentado alineaciones de piedras sumergidas similares en el mar Báltico, donde grupos prehistóricos diseñaron paisajes para gestionar las migraciones animales y los recursos marinos. Estos hallazgos desafían las suposiciones arraigadas sobre los límites tecnológicos de las sociedades de cazadores-recolectores. A medida que la investigación continúa, los científicos planean refinar la datación de las estructuras de la isla de Sein y buscar más rastros de asentamiento a lo largo de la costa sumergida.

Yves Fouquet, Jean-Michel Keroulle, Pierre Stéphan, Yvan Pailler, Philippe Bodénès, et al. Submerged Stone Structures in the Far West of Europe During the Mesolithic/Neolithic Transition (Sein Island, Brittany, France). International Journal of Nautical Archaeology, In Press. https://hal.science/hal-05406477

Hallan en Jerusalén un tramo de la muralla de los reyes asmoneos del siglo II a.C

La dinastía surgió de los Macabeos después de la Revuelta Macabea contra el Imperio Seléucida. Este levantamiento les permitió obtener la independencia judía.

El reino asmoneo llegó a expandirse, incluyendo Samaria, Galilea e Idumea.

Herodes el Grande (un idumeo respaldado por Roma) en el 37 a.C.

Los trabajos arqueológicos de preparación para la nueva ala del Museo Torre de David de Jerusalén han concluido con un hallazgo de primer orden: la exhumación completa de una sección de la muralla de la ciudad datada en el período asmoneo o macabeo, construida a finales del siglo II a.C. El hallazgo, ubicado en los terrenos del museo, adyacente a la ciudadela y dentro del complejo histórico conocido como el Kishle, representa uno de los segmentos más extensos y mejor preservados de esta fortificación jamás encontrados en la ciudad.

La excavación, dirigida por la Autoridad de Antigüedades de Israel (IAA), ha sacado a la luz más de cuarenta metros lineales de un muro cuya anchura alcanza los cinco metros. Según los directores de la excavación, el Dr. Amit Re’em y la Dra. Marion Zindel, la construcción, reconocible en las fuentes históricas antiguas como el Primer Muro, destaca tanto por sus dimensiones como por su estado de conservación.

La obra, erigida con grandes piedras pesadas y el característico cincelado típico del período, alcanzó en su origen una altura superior a los diez metros, de la que hoy solo permanece el basamento. Este muro asmoneo circundaba, durante la época del Segundo Templo, el Monte Sión –donde ya se habían localizado otros tramos–, así como la Ciudad de David, el patio de la Ciudadela de David y a lo largo de la fachada exterior de la muralla occidental de la Ciudaad Vieja de Jerusalén.

Puntade flecha de la epoca helenistica

El relato histórico de esta estructura defensiva aparece minuciosamente detallado en los escritos de Flavio Josefo, el historiador del siglo I d.C., quien describió su trazado y sus puertas y la calificó de inexpugnable, jalonada por sesenta torres a lo largo de su recorrido. No obstante, el estado actual del muro revela una historia de destrucción deliberada.

Afirman Re’em y Zindel:

Hay mucho más en este muro de lo que parece a simple vistaEstá claro que fue sistemáticamente destruido y arrasado hasta los cimientos. Se trata de una destrucción predeterminada, no resultado del paso del tiempo ni de un ataque enemigo aleatorio, sino de la ejecución deliberada de una acción meticulosamente planificada. Esto plantea interrogantes sobre quién fue el responsable de su demolición.

Los investigadores manejan dos hipótesis principales para explicar el evento destructivo. La primera sugiere que la muralla fue desmantelada por los propios asmoneos como parte de un acuerdo de paz con Antíoco VII Sidetes. Este monarca seléucida, heredero de Antíoco IV Epífanes –figura central en los eventos que conmemora Janucá–, sitió Jerusalén entre el 134 y el 132 a.C. Josefo relata que, ante el asedio, el líder asmoneo Juan Hircano I llegó a un acuerdo con Sidetes, ayudado por tesoros tomados de la tumba del rey David. El armisticio habría incluido, como condición para levantar el sitio, el desmantelamiento de las fortificaciones de la ciudad. Es posible, por tanto, que la destrucción del muro ahora descubierto sea testimonio y vestigio directo de aquel tratado.

La segunda posibilidad apunta a una motivación política interna. El rey Herodes, en su afán por distanciar y distinguir su gobierno del de los reyes asmoneos, podría haber ordenado la demolición sistemática de sus obras monumentales, incluida la muralla de la ciudad, como una declaración de poder: 

Los días de los reyes asmoneos han terminado, y yo soy su sucesor.

 Esta política herodiana de borrado simbólico, evidenciada en otros contextos, encajaría con la meticulosa destrucción observada en el muro.

Cercana a esta sección recién descubierta, y proporcionando un contexto dramático para estos conflictos, se halla una impresionante evidencia material. En excavaciones realizadas en la década de 1980 en la base del Primer Muro, las arqueólogas Renee Sivan y Giora Solar descubrieron un gran depósito de armamento del período helenístico compuesto por cientos de piedras de catapulta, puntas de flecha, piedras de honda y proyectiles de plomo.

Final del formulario

Los investigadores identificaron este arsenal como prueba inequívoca del sitio de Antíoco VII. Las pesadas armas de destrucción que llovieron sobre la ciudad no lograron penetrar el formidable muro asmoneo y cayeron a su base. Parte de este material se exhibe ahora en una nueva exposición del Museo Torre de David.

Según Eilat Lieber, directora del Museo Torre de David de Jerusalén:

 estamos comprometidos con la preservación de este impresionante y único vestigio, y con permitir que el público general experimente este vínculo tangible con el pasado milenario de Jerusalén. En la nueva ala, los visitantes podrán situarse sobre un suelo transparente que se eleva sobre estas piedras antiguas y, junto con las interpretaciones de artistas contemporáneos, este espacio propiciará una nueva conexión con la historia y el patrimonio de la ciudad, señaló Lieber.

El financiamiento del ala proviene de la Fundación Schulich, con sede en Toronto, Canadá, que tiene como objetivo mejorar la calidad de vida de israelíes y canadienses mediante el apoyo a individuos y organizaciones de alto rendimiento. Establecida por Seymour Schulich, uno de los filántropos más notables de Canadá y miembro de la Orden de Canadá, la condecoración civil más alta de la nación, la fundación es una de las mayores del país, habiendo comprometido más de 500 millones de dólares a esfuerzos filantrópicos. La Fundación Schulich apoya con orgullo el arte y la cultura en ambos países.

El descubrimiento del muro asmoneo permanece ya como un testimonio pétreo de los conflictos, acuerdos y transformaciones políticas que definieron uno de los períodos más convulsos y decisivos en la historia de la Jerusalén antigua.

Israel Antiquities Authority

La Brujula Verde

Brazalete de una mujer en El Argar, primera evidencia de la cera perdida en la Europa de la Edad del Bronce

Un brazalete de plata de la cultura El Argar, encontrado en una tumba de Almería, revela el uso de la fundición a la cera perdida, un método sofisticado no documentado hasta ahora en el occidente europeo de la época.

Un estudio de un brazalete de plata, descubierto en 1884 en la necrópolis de El Algar (Almería), muestra que fue fabricado mediante la técnica de fundición a la cera perdida.

 Se trata de la primera evidencia de este complejo proceso metalúrgico no solo en la cultura del Algar, que dominó el sureste de la Península Ibérica entre el 2200 y el 1550 a.C., sino también en toda la Europa occidental durante la Edad del Bronce antigua.

La investigación, publicada en la revista Oxford Journal of Archaeology por la arqueóloga Linda Boutoille, de la Universidad Queen’s de Belfast, reevalúa las capacidades tecnológicas de esta enigmática sociedad. El hallazgo sitúa a los artesanos argáricos a la vanguardia de la innovación metalúrgica en su tiempo, planteando nuevas preguntas sobre la organización social de la producción y el grado de especialización artesanal.

La cultura de El Argar es conocida por los debates sobre la estratificación social y la posible emergencia de formas estatales tempranas. Una de sus señas de identidad más destacadas es la abundancia de objetos de plata, un metal mucho más raro en el resto de la Europa de la Edad del Bronce. Se han documentado más de 700 piezas de plata en su territorio, de las cuales cerca de 300 proceden únicamente del yacimiento de El Argar.

Se afirma en el estudio:

La relativa abundancia de objetos de plata en la cultura de El Argar la distingue del resto de la Europa de la Edad del Bronce.

 La orfebrería de la plata es considerada una de sus innovaciones más notables. Los ajuares funerarios, especialmente ricos en algunos casos, han servido a los arqueólogos para identificar a los miembros de una posible clase social dominante, para los que estos bienes suntuarios actuarían como marcadores de estatus.

Hasta ahora, se pensaba que las técnicas metalúrgicas argáricas eran relativamente simples. La mayoría de los objetos de plata son anillos, espirales o diademas, fabricados principalmente por fundición sólida en moldes o mediante el martilleado de alambres. La decoración es excepcional y no se habían identificado indicios de procesos más complejos, como la fundición a la cera perdida.

El brazalete en cuestión fue encontrado en la Tumba 292 de El Argar, una sepultura en pithos (una gran vasija) que contenía los restos de una mujer de entre 20 y 30 años.

Aunque la tumba estaba parcialmente destruida y carecía de algunos objetos típicos de los enterramientos femeninos ricos, como un puñal o un awl (punzón), el conjunto incluía ocho objetos de plata, lo que sugiere que la difunta pertenecía a la clase social alta.

El brazalete es un anillo cerrado de plata, de forma circular y con tres acanaladuras en su cara externa. Ya en 1890, los hermanos Siret, pioneros en la excavación del yacimiento, lo describieron como de una forma diferente y única. Lo que lo convierte en un objeto excepcional no es solo su diseño, sino cómo fue hecho.

La técnica de la cera perdida consiste en crear un modelo del objeto deseado en cera de abeja. Este modelo se recubre con varias capas de arcilla para crear un molde. Al calentarlo, la cera se funde y se vacía, dejando un hueco en el molde donde se vierte el metal fundido. Una vez enfriado, el molde de arcilla se rompe para extraer la pieza metálica.

Final del formulario

Boutoille examinó el brazalete con un microscopio digital de alta resolución. Lo que encontró fueron una serie de imperfecciones y marcas que solo pueden explicarse por este proceso. En la superficie irregular del brazalete se identificaron marcas de alisado en el interior y, lo que es más revelador, huellas de que las acanaladuras exteriores fueron talladas en un material maleable, como la cera, y no grabadas en el metal ya fundido.

Además, se observaron pequeños defectos de fundición que cubren parcialmente una de las acanaladuras y, de manera especialmente significativa, una huella dactilar conservada entre dos de los surcos. 

Todas estas marcas son trazos residuales del modelado en cera antes de la fundición del brazalete de plata.

Dos irregularidades específicas, situadas en lados opuestos del brazalete, han sido interpretadas como los puntos donde se retiraron el bebedero y el respiradero del molde una vez roto, después de que la plata se hubiera enfriado.

 Estas trazas proporcionan una evidencia convincente de que el brazalete fue elaborado utilizando el proceso de la cera perdida.

La calidad del modelo de cera, sin embargo, no era perfecta. Las imperfecciones sugieren que el modelo fue producido rápidamente sin suficiente atención al detalle, o que no fue terminado correctamente. Esto podría indicar que quien lo fabricó no tenía mucha experiencia con el material o que la cera no era pura.

Dada la rareza de esta técnica en la región y la existencia de contactos a larga distancia, una pregunta inevitable es si el brazalete fue una producción local o un objeto importado. El estudio concluye que todo apunta a un origen local.

La abundancia de objetos de plata es una de las principales señas de identidad de la cultura de El Argar, en un momento en que los objetos de este metal siguen siendo extremadamente raros en otros lugares de la Europa de la Edad del Bronce antigua; el uso de la plata aquí sugiere firmemente que el brazalete fue producido localmente.

Tipológicamente, el brazalete se asigna al tipo Villena-Estremoz (subtipo B), un grupo de joyas de oro de alta calidad de la Edad del Bronce Final en la Península Ibérica, famosas por su técnica depurada que incluye la cera perdida y el uso del torno. El brazalete de El Argar, en plata, podría ser un prototipo precursor de estos prestigiosos ornamentos en oro, sugiriendo que esta tradición tecnológica pudo tener sus raíces en el sureste de España dentro de la esfera cultural argárica.

El descubrimiento tiene profundas implicaciones para nuestra comprensión de la sociedad de El Argar. El brazalete, junto con otros objetos únicos también analizados en el estudio que podrían haber sido fabricados con la misma técnica, proceden siempre de las tumbas más ricas, las atribuidas a la élite.

Esto podría indicar que el acceso a los objetos realizados con esta técnica compleja estaba restringido a la clase gobernante. Curiosamente, en el yacimiento de Fuente Álamo, las herramientas de piedra asociadas a la separación de la cera de abeja y la miel se han encontrado principalmente en la acrópolis, donde se localizan las tumbas más ricas. En algunas de estas herramientas se han detectado restos de grasa animal o resina de pino mezclados con cera, lo que podría estar relacionado con intentos de mejorar la maleabilidad de la cera para el modelado, una práctica conocida entre los metalurgistas.

Sin embargo, la calidad variable de los objetos argáricos, incluido este brazalete que, a pesar de usar una técnica avanzada, muestra un acabado descuidado, sugiere otra posibilidad: que el conocimiento de esta técnica no estaba restringido a un grupo reducido de especialistas altamente cualificados. Esto abre la puerta a que la producción metalúrgica en El Argar fuera más compleja de lo pensado, con diferentes niveles de habilidad.

El debate sobre la organización de la metalurgia en El Argar está servido. Por un lado, existe la visión de que estaba controlada por la élite, con especialistas a tiempo completo produciendo objetos de alta calidad como espadas o diademas en talleres especializados. Por otro, muchos investigadores señalan que la gran mayoría de los objetos metálicos argáricos son de calidad modesta y probablemente resultado de una producción doméstica, no centralizada.

El brazalete de la Tumba 292, que atestigua una técnica avanzada pero con un acabado tosco, podría ser un ejemplo de esta producción doméstica. Estas [dos visiones] pueden no ser totalmente incompatibles, señala el artículo. La revisión de los datos disponibles indica la existencia de al menos dos niveles distintos de artesanía metalúrgica: una producción doméstica, responsable de la mayoría de los objetos, y una producción especializada y de alta calidad, limitada a la élite.

El estudio de la arqueóloga Linda Boutoille dice: 

El estudio de las trazas de fabricación en un brazalete de plata de El Argar, Tumba 292, demuestra que el objeto fue producido usando la técnica de fundición a la cera perdida, un proceso no atestiguado previamente para la cultura de El Argar. Hasta la fecha, esto representa la evidencia más temprana en Europa Occidental del uso de esta técnica.

Este único brazalete de plata obliga a reescribir un pequeño fragmento de la historia de la tecnología, sugiriendo que la destreza de los metalurgistas del sureste de la Península Ibérica en la Edad del Bronce fue, probablemente, más compleja e innovadora de lo que se pensaba anteriormente.

Boutoille L. (2025) First evidence of lost-wax casting in the Earlier Bronze Age of South-eastern Spain: the silver bangle from El Argar, grave 292, Oxford Journal of Archaeology, doi:doi.org/10.1111/ojoa.70005

Brujula Verde