Isabel II (1833-1868)

La transición del Antiguo Régimen a la sociedad liberal en España constituye un proceso complejo, dilatado y, en gran medida, traumático, que ocupa la mayor parte del siglo XIX. El periodo comprendido entre 1833 y 1868, que abarca la minoría de edad de Isabel II bajo las regencias de María Cristina de Borbón y el general Baldomero Espartero, así como su reinado efectivo, representa la fase decisiva de este cambio estructural. Este tránsito no se limitó a una mera alternancia de élites en el poder, sino que supuso el desmantelamiento de las instituciones absolutistas, la reconfiguración de la propiedad agraria a través de las desamortizaciones y la instauración de un marco constitucional que, aunque inestable, sentó las bases de la España moderna. El análisis de este periodo exige una comprensión profunda de la dialéctica entre la resistencia tradicionalista, encarnada en el carlismo, y las diversas corrientes del liberalismo, cuya fragmentación y dependencia del estamento militar marcaron la fisonomía de la política isabelina.   

La muerte de Fernando VII en septiembre de 1833 no solo dejó un vacío de poder, sino que activó un conflicto dinástico que escondía una fractura ideológica y social de gran magnitud. La publicación de la Pragmática Sanción en 1830, que derogaba la Ley Sálica y permitía la sucesión femenina, desplazó al infante don Carlos María Isidro en favor de la futura Isabel II. Este hecho fue el catalizador de la Primera Guerra Carlista, una contienda civil de siete años que enfrentó a los defensores del absolutismo y la tradición foral contra los partidarios de un liberalismo que, por necesidad de supervivencia, debió agruparse en torno a la regente María Cristina.   

El carlismo no fue un fenómeno puramente dinástico, sino un movimiento político con raíces en la resistencia antiliberal de la década de 1820, heredero de las revueltas de los «Malcontents» o agraviados. Su programa ideológico, sintetizado en el lema «Dios, Patria y Fueros», defendía la monarquía absoluta de derecho divino, la preeminencia social de la Iglesia católica y la conservación del sistema foral particularista frente a la uniformización liberal. Los fueros, entendidos como estatutos jurídicos locales que regulaban la vida municipal y provincial con exenciones fiscales y militares, se convirtieron en el estandarte de las regiones del norte peninsular frente al centralismo de Madrid.   

La base social del carlismo se nutrió de sectores que percibían el liberalismo como una amenaza a su modo de vida tradicional. Incluía a la pequeña nobleza rural, a un sector mayoritario del clero (especialmente el regular, temeroso de la expropiación de sus bienes) y, sobre todo, a un campesinado pobre y a artesanos arruinados que desconfiaban de las reformas agrarias y del libre mercado. Estos grupos temían que la desaparición del Antiguo Régimen supusiera el fin de las tierras comunales y el aumento de la presión fiscal. Geográficamente, el carlismo logró un seguimiento masivo en las zonas rurales del País Vasco, Navarra, el Maestrazgo y parte de Cataluña.   

Por el contrario, el bando isabelino o cristino, aunque inicialmente compuesto por absolutistas moderados, se vio obligado a buscar el apoyo de los liberales para ensanchar su base social. Este bando concentró sus apoyos en las grandes ciudades, la alta nobleza, la burguesía de negocios, los funcionarios estatales y la cúpula del ejército regular.   

CaracterísticaBando CarlistaBando Isabelino (Cristino)
PretendienteCarlos María IsidroIsabel II (Regencia de Mª Cristina)
IdeologíaTradicionalismo, Absolutismo, ForalismoLiberalismo, Centralismo, Constitucionalismo
Apoyo SocialPequeño campesinado, bajo clero, nobleza ruralAlta burguesía, ejército, funcionarios, ciudades
Áreas GeográficasNavarra, País Vasco, Maestrazgo, Cataluña ruralGrandes urbes, Madrid, áreas litorales
Apoyo InternacionalRusia, Prusia, AustriaGran Bretaña, Francia, Portugal

La guerra se desarrolló de forma desigual, marcada por el sistema de guerrillas inicial del bando carlista, dada su carencia de un ejército regular al comienzo de las hostilidades. Internacionalmente, el conflicto se insertó en la dialéctica europea entre las potencias absolutistas (Rusia, Prusia, Austria), que enviaron ayuda económica y armamentística a don Carlos, y las potencias liberales firmantes de la Cuádruple Alianza (Gran Bretaña, Francia, Portugal), que apoyaron a la Regente.   

La primera etapa (1833-1835) estuvo dominada por la ofensiva carlista en el norte. El general Tomás de Zumalacárregui logró organizar un ejército eficiente que conquistó plazas como Tolosa, Durango y Éibar, aunque fracasó en la toma estratégica de Bilbao, donde el general falleció en 1835. En el este, el general Ramón Cabrera, «el Tigre del Maestrazgo», consolidó un foco de resistencia en el Bajo Aragón y Valencia.   

La segunda fase (1835-1837) se caracterizó por las expediciones carlistas. Ante la imposibilidad de romper el cerco del norte, los carlistas intentaron exportar la guerra a otras regiones. Destaca la Expedición Real de 1837, liderada por el propio don Carlos, que llegó a las puertas de Madrid pero se retiró sin atacar la capital, lo que supuso un golpe moral definitivo para su causa. La balanza comenzó a inclinarse hacia el bando liberal tras la victoria del general Baldomero Espartero en la batalla de Luchana (1836), que liberó definitivamente Bilbao.   

La tercera etapa (1837-1840) presenció la división interna del carlismo entre los «apostólicos» (intransigentes) y los «transaccionistas» (partidarios de un pacto). Rafael Maroto, jefe de los transaccionistas, acordó con Espartero el Convenio de Vergara en 1839. Este acuerdo incluía el mantenimiento de los fueros en las provincias vascongadas y Navarra, así como la integración de la oficialidad carlista en el ejército real. Aunque Cabrera resistió en el Maestrazgo un año más, la guerra terminó formalmente en 1840, consolidando el dominio liberal.   

El establecimiento del régimen liberal en España no fue el resultado de una revolución burguesa clásica al estilo francés, sino un proceso mediado por la guerra y la debilidad de las clases medias. La necesidad de la Regente de contar con el apoyo liberal frente al carlismo forzó la concesión de reformas políticas cada vez más profundas. Este contexto favoreció un modelo de «revolución desde arriba» donde el ejército actuó como el principal árbitro político y motor de los cambios a través del pronunciamiento.   

Durante la Regencia de María Cristina, los liberales se dividieron en dos grandes tendencias que marcarían la política española durante décadas: el Partido Moderado y el Partido Progresista.   

Los Moderados, representados por figuras como Martínez de la Rosa y posteriormente el general Narváez, defendían el liberalismo doctrinario. Su programa se basaba en la soberanía compartida entre la Corona y las Cortes, el robustecimiento de las prerrogativas reales, un sufragio censitario muy restringido (limitado a los grandes propietarios y capacidades) y una centralización administrativa férrea. Socialmente, contaban con el apoyo de la aristocracia, los terratenientes y la alta burguesía financiera, buscando siempre el «orden» por encima de la libertad.   

Los Progresistas, liderados por Espartero, Mendizábal y Prim, eran los herederos de los exaltados del Trienio Liberal. Reclamaban la soberanía nacional residiendo exclusivamente en las Cortes, la limitación del poder real, la ampliación del sufragio (aunque todavía censitario), la autonomía municipal y la restauración de la Milicia Nacional como cuerpo armado ciudadano. Su base social residía en las clases medias urbanas, artesanos, tenderos y empleados, y eran partidarios de medidas económicas radicales como la desamortización.   

AspectoPartido ModeradoPartido Progresista
SoberaníaCompartida (Rey y Cortes)Nacional
SufragioCensitario muy restringidoCensitario más amplio
Poder RealAmplias prerrogativas, veto absolutoLimitado por las Cortes
AdministraciónCentralismo, alcaldes de designación realAutonomía local, alcaldes electos
Cuerpo ArmadoGuardia Civil (orden público)Milicia Nacional (defensa del liberalismo)
Base SocialAristocracia, alta burguesíaClases medias, pequeña burguesía

El marco legal del nuevo régimen evolucionó desde la cautela moderada hacia el consenso parlamentario. El primer gran instrumento fue el Estatuto Real de 1834, promulgado por Martínez de la Rosa. No era una constitución propiamente dicha, sino una Carta Otorgada que no reconocía la soberanía nacional. El Estatuto establecía unas Cortes bicamerales (Estamento de Próceres y Estamento de Procuradores) con funciones puramente consultivas y legislativas limitadas por la voluntad real. Su carácter incompleto y la ausencia de una declaración de derechos fundamentales lo convirtieron en una solución de compromiso que pronto se vio superada por las aspiraciones progresistas.   

La presión de las juntas revolucionarias y el Motín de los Sargentos de La Granja en agosto de 1836 obligaron a la Regente a restablecer la Constitución de 1812 y a nombrar un gobierno progresista presidido por José María Calatrava. Sin embargo, consciente de que el texto gaditano era demasiado radical para la época, el nuevo gobierno convocó Cortes para reformarlo, dando lugar a la Constitución de 1837.   

La Constitución de 1837 fue un texto de consenso que buscaba la estabilidad. Aunque reconocía la soberanía nacional (mencionada en el preámbulo) y contenía una amplia declaración de derechos individuales (libertad de imprenta, propiedad, igualdad ante la ley), hacía importantes concesiones a los moderados: el Rey mantenía el veto ilimitado de las leyes y la facultad de disolver las Cortes, y se establecía un sistema bicameral con un Senado de designación real. Bajo este marco constitucional se emprendieron reformas económicas trascendentales, como la Desamortización eclesiástica de Mendizábal (1836), que puso a la venta los bienes del clero regular para financiar la guerra y sanear la deuda pública, alterando definitivamente la estructura de la propiedad en España.   

Tras la aprobación de la Constitución de 1837, se inició un periodo de predominio moderado (1837-1840) apoyado por la Regente María Cristina. La inestabilidad política fue constante, con sucesivos cambios de gabinete y una creciente tensión por el intento moderado de reformar la Ley de Ayuntamientos para suprimir la elección popular de los alcaldes. Esta medida fue el detonante de una nueva oleada revolucionaria en 1840, organizada a través de juntas locales en las principales ciudades. María Cristina, incapaz de controlar la situación y enfrentada al general Espartero, renunció a la regencia y se exilió en Francia.   

Baldomero Espartero, el héroe de la guerra carlista, asumió la regencia convertido en el referente máximo del progresismo. Su mandato se caracterizó por un marcado autoritarismo y un estilo de gobierno basado en el caudillismo militar, rodeándose de una camarilla de oficiales de su confianza (los «ayacuchos»). Aunque continuó con las reformas liberales —como la aceleración de las desamortizaciones y la nacionalización del diezmo—, su política económica librecambista le granjeó la enemistad de la burguesía textil catalana.   

En 1842, una revuelta en Barcelona contra sus medidas económicas fue reprimida brutalmente mediante el bombardeo de la ciudad desde el castillo de Montjuic, lo que hundió su popularidad y dividió al partido progresista. La oposición se articuló en una gran coalición que incluía a moderados, carlistas y progresistas desencantados. Un alzamiento militar en 1843, liderado por el general Narváez, forzó la caída de Espartero y su marcha al exilio en Londres. Para evitar una nueva regencia, las Cortes acordaron adelantar la mayoría de edad de Isabel II, quien comenzó su reinado efectivo con apenas trece años.   

El acceso al trono de Isabel II marcó el inicio de un largo periodo de predominio del Partido Moderado, personificado en la figura del general Ramón María Narváez. Durante esta década, los moderados construyeron un Estado liberal conservador y centralizado, ajustado a los intereses de la oligarquía agraria y financiera.   

La pieza angular de este periodo fue la Constitución de 1845, una reforma de la del 37 que eliminó cualquier rastro de soberanía nacional en favor de la soberanía compartida entre la Reina y las Cortes. Se robustecieron los poderes de la Corona (nombramiento de ministros, disolución de cámaras, iniciativa legislativa) y se transformó el Senado en una cámara vitalicia de designación real cerrada a las élites sociales. Además, la ley electoral de 1846 redujo el cuerpo electoral a menos del 1% de la población, consolidando el régimen del sufragio censitario extremo.   

La obra legislativa moderada fue ingente y transformadora:

  • Creación de la Guardia Civil (1844): Fundada por el Duque de Ahumada para garantizar el orden público y la protección de la propiedad privada, especialmente en las zonas rurales, sustituyendo a la Milicia Nacional.   
  • Reforma Fiscal de Mon-Santillán (1845): Modernización del sistema tributario mediante la unificación de impuestos y la creación de contribuciones directas (inmuebles, industria) e indirectas (los «consumos»), sentando las bases de la hacienda pública moderna.   
  • Centralización Administrativa: Se reforzó el papel de los gobernadores civiles y se eliminó el carácter electivo de los alcaldes en las capitales de provincia, que pasaron a ser nombrados por la Corona.   
  • Concordato de 1851: Firma de un tratado con la Santa Sede que normalizó las relaciones con la Iglesia tras la ruptura por las desamortizaciones. El Estado reconoció la unidad católica y la confesionalidad de España, comprometiéndose al mantenimiento del clero, mientras que el Vaticano aceptó las ventas de bienes ya realizadas.   
  • Mejoras en Educación y Legislación: Promulgación del Plan Pidal (1845) y la Ley Moyano (1857), el primer gran sistema educativo nacional; aprobación del Código Penal de 1848 y las bases del Código Civil.   

El agotamiento del régimen moderado, salpicado por escándalos de corrupción y autoritarismo (especialmente bajo el gobierno de Bravo Murillo), provocó la Revolución de 1854. El pronunciamiento del general O’Donnell en Vicálvaro («la Vicalvarada»), apoyado por el Manifiesto de Manzanares redactado por Cánovas del Castillo, forzó a la Reina a llamar de nuevo a Espartero al poder.   

Durante estos dos años, los progresistas intentaron recuperar el pulso de las reformas radicales. Se redactó una nueva constitución (la «non nata» de 1856) que recuperaba la soberanía nacional y la Milicia Nacional, pero que nunca llegó a promulgarse. Las medidas más duraderas fueron de carácter económico:   

  • Desamortización de Madoz (1855): A diferencia de la de Mendizábal, fue una «desamortización general» que afectó a los bienes de la Iglesia que aún no se habían vendido y, sobre todo, a los bienes de los ayuntamientos (propios y comunes). Su objetivo era obtener ingresos para financiar las obras públicas y el ferrocarril.   
  • Ley General de Ferrocarriles (1855): Impulsó la construcción de la red ferroviaria mediante incentivos a la inversión extranjera (principalmente francesa e inglesa), lo que permitió la llegada de grandes financieros como los Rothschild y los Pereire.   

La inestabilidad social y la ruptura entre Espartero y O’Donnell pusieron fin al bienio. Leopoldo O’Donnell fundó la Unión Liberal, un partido de centro pragmático que buscaba agrupar a los sectores moderados del progresismo y a los más liberales del moderantismo. Su «gobierno largo» (1858-1863) coincidió con una fase de expansión económica y estabilidad política.   

En política exterior, O’Donnell buscó recuperar el prestigio internacional mediante una serie de expediciones militares de carácter nacionalista: la Guerra de África (1859-1860) contra Marruecos, las intervenciones en Cochinchina junto a Francia, la participación en México y la reincorporación temporal de Santo Domingo. Aunque despertaron un efímero entusiasmo patriótico, estas acciones no reportaron beneficios territoriales o económicos sustanciales para el país.   

A partir de 1863, el sistema entró en una crisis terminal. La Reina, cada vez más influenciada por camarillas ultramontanas y autoritarias, se negó a permitir la alternancia política, lo que empujó a progresistas y demócratas al «retraimiento» (negativa a participar en el sistema) y a la conspiración. La crisis financiera de 1866 —el estallido de la burbuja ferroviaria—, unida a una grave crisis de subsistencias y al fallecimiento de los principales líderes (Narváez y O’Donnell), dejó a la monarquía sin apoyos. El Pacto de Ostende (1866) entre progresistas, demócratas y unionistas selló el destino de Isabel II, culminando en la Revolución de 1868 («La Gloriosa»), que forzó su exilio y puso fin a la construcción del Estado liberal isabelino.   

La sociedad del reinado de Isabel II vivió la transición de la estructura estamental a la de clases, un proceso marcado por la consolidación de una nueva oligarquía y el surgimiento de la conciencia obrera.   

Las relaciones entre la Iglesia y el Estado liberal fueron uno de los ejes de mayor tensión. Tras la ruptura total durante las desamortizaciones de Mendizábal, que supusieron la disolución de las órdenes religiosas y la expropiación de sus bienes, el moderantismo buscó la reconciliación. El Concordato de 1851 fue el instrumento que permitió normalizar la situación, otorgando a la Iglesia un control casi total sobre la enseñanza y la censura de libros a cambio de la aceptación del nuevo orden de propiedad. Sin embargo, la monarquía siguió bajo la influencia de figuras religiosas carismáticas y reaccionarias, lo que aumentó su impopularidad entre los sectores liberales avanzados.   

El ejército desempeñó un papel político hipertrofiado, fruto de su protagonismo en las guerras carlistas y de la debilidad de las instituciones civiles. Los principales partidos políticos estaban dirigidos por generales (Narváez para los moderados, Espartero para los progresistas, O’Donnell para los unionistas), lo que convertía los cambios de gobierno en una sucesión de pronunciamientos. La Guardia Civil se consolidó como el instrumento de control social de la oligarquía en el campo, mientras que el ejército regular intervenía ante cualquier amenaza al orden en las ciudades.   

La lenta pero progresiva industrialización, especialmente en Cataluña, generó el nacimiento del proletariado moderno. Las primeras manifestaciones de protesta fueron de carácter ludista (contra la maquinaria, como las «selfactinas») y por el derecho de asociación. El hito fundamental fue la Huelga General de 1855 en Barcelona durante el Bienio Progresista, considerada la primera de España. Motivada por la prohibición de las asociaciones obreras y la mecanización que generaba paro, la huelga fue duramente reprimida por el ejército, lo que provocó el alejamiento definitivo de las clases trabajadoras de los partidos liberales y el inicio de su deriva hacia el republicanismo y el socialismo utópico.   

Hito del Movimiento ObreroFechaSignificado
Primeras acciones en Barcelona1823Saqueos de almacenes y protestas gremiales.
Confederación «Unión de Clases»1854Primera gran plataforma asociativa obrera.
Huelga General de Barcelona1855Reclamación de jornada de 10h y derecho de sindicación.
Fundación del Partido Demócrata1849Primer canal político para el sufragio universal.
Prohibición de asociaciones1857Retorno a la clandestinidad durante el moderantismo.

En conclusión, el reinado de Isabel II fue el laboratorio donde se ensayó, no sin violencia e inestabilidad, la arquitectura del Estado liberal español. La incapacidad de las élites para integrar a las clases populares y la resistencia de los «obstáculos tradicionales» (la Corona y la Iglesia) impidieron una consolidación democrática, dejando una herencia de intervencionismo militar y fractura social que marcaría el devenir de España hasta bien entrado el siglo XX.   

El ejército de América y la descomposición colonial

El estudio del ocaso del sistema colonial español en América requiere un análisis de la institución militar no solo como herramienta de defensa sino como una estructura orgánica que terminó por definir las relaciones de poder en el continente.

La historiografía ha centrado su atención en las guerras de independencia de mil ochocientos diez a mil ochocientos veinticinco como el marco exclusivo de la crisis pero una revisión más detallada sugiere que la descomposición del orden colonial fue un proceso de larga duración que tuvo en el ejército su principal campo de acción y reacción.

Este proceso no comenzó con el colapso de la monarquía en mil ochocientos ocho sino que se gestó durante toda la segunda mitad del siglo dieciocho a través de una serie de reformas que alteraron el equilibrio social económico y político de las provincias de ultramar. La institución militar en este periodo debe entenderse como inherente al mismo orden colonial alcanzando no solo lo metropolitano sino la propia esencia de lo americano en un contexto donde lo político lo social y lo económico conformaron parcelas donde lo militar tuvo una extraordinaria importancia.   

Uno de los problemas más agudos que enfrentó la administración colonial fue el de la financiación de la defensa americana durante el siglo dieciocho. En la lógica administrativa de los Borbones un esfuerzo defensivo más efectivo requería mayores desembolsos de capital lo que forzó un incremento de la presión fiscal afectando la economía americana en su conjunto. El régimen de situados constituyó el eje de este sistema financiero consistiendo en transferencias de capital desde las cajas reales más prósperas hacia aquellas plazas militares deficitarias que por su ubicación estratégica requerían guarniciones permanentes y costosas fortificaciones.

Este sistema creado desde el siglo diecisiete y consolidado en la recopilación de mil seiscientos ochenta obligaba a determinadas cajas matrices como las de México o Lima a remitir anualmente caudales para el pago de sueldos avituallamiento y conservación de material en presidios y castillos situados en zonas periféricas o costeras.   

El impacto económico de los situados fue determinante para las regiones receptoras ya que la existencia de una guarnición generaba riqueza a nivel local y regional al poner en circulación metales preciosos procedentes del exterior. En muchas plazas la aportación del situado representaba el principal soporte financiero del mercado local permitiendo a la élite local controlar los mecanismos de liquidez de la ciudad. Por el contrario las cajas emisoras protestaban por lo que consideraban una sangría continua de sus recursos especialmente cuando los envíos se multiplicaron sin cesar durante las últimas décadas del periodo colonial. Cuando se producían interrupciones en las remisiones fenómeno corriente debido a las dificultades de transporte y las crisis en las cajas matrices se activaban canales financieros alternativos como préstamos créditos y libranzas que dinamizaban la economía regional bajo el respaldo de la corona.   

Este sistema financiero generó una red de intereses donde el capital privado comenzó a manejar la deuda de la real hacienda. Los comerciantes y mercaderes locales se convirtieron en proveedores de la tropa y en especuladores de sueldos comprando por adelantado las pagas de los soldados a cambio de mercancías o efectivo con grandes descuentos. El endeudamiento constante de la hacienda militar se volvió crónico entregando el control de los flujos de metal a grupos de prestamistas locales que manejaban buena parte de la liquidez del mercado. Esta relación de dependencia entre la administración y los grupos de poder locales fortaleció a las élites criollas quienes mediante el manejo de la deuda pública lograron un control estrecho sobre la estructura militar americana mucho antes de los sucesos de mil ochocientos diez.   

El ejército de América creció durante el siglo dieciocho conformado por tres grandes colectivos con funciones y orígenes diferenciados. El primero era el ejército de dotación compuesto por unidades veteranas fijas de guarnición permanente en las principales ciudades cuya composición fue progresivamente americanizándose a pesar de su estructura peninsular. El segundo era el ejército de refuerzo o de operaciones unidades peninsulares enviadas temporalmente para campañas específicas que solían regresar a España tras finalizar las misiones. El tercer componente eran las milicias un ejército de reserva territorial que englobaba a la población masculina de cada jurisdicción y que rara vez era movilizada salvo ante ataques exteriores o tumultos internos.   

Las reformas borbónicas aplicadas a lo militar transformaron esta institución en un instrumento que no solo servía para la defensa exterior sino que asumió la representación de la autoridad real para respaldar la ejecución de las políticas reformistas. Sin embargo el sistema defensivo basado en plazas fuertes mostró sus límites durante la guerra de los siete años cuando la caída de La Habana y Manila en 1762 evidenció la fragilidad de la posición española. La pérdida de estas plazas fundamentales forzó una revisión completa de la estrategia militar enviándose a técnicos y reformadores como Alejandro O’Reilly y Juan de Villalba para reorganizar las defensas y modernizar las unidades en Cuba México y el Caribe.   

O’Reilly y otros reformadores concluyeron que era necesario contar con un sistema que garantizara tanto la seguridad ante la penetración británica como la aplicación de las directrices borbónicas en el interior de los territorios. Se argumentaba que las medidas de la administración no podían cumplirse si no existía una fuerza que obligara a su acatamiento lo que llevó a utilizar el aparato militar como apoyo de la autoridad real frente a la libre voluntad de los habitantes. En este contexto algunos virreyes como Messía de la Cerda o Caballero y Góngora defendieron el establecimiento de cuerpos militares para perpetuar el orden y la seguridad interna en provincias donde la fidelidad de los pueblos se consideraba erosionada.   

La discusión sobre la estructura defensiva óptima enfrentó a quienes deseaban basar la defensa exclusivamente en tropas peninsulares veteranas y quienes defendían el uso de milicias locales disciplinadas. Los primeros argumentaban que la tropa americana carecía de espíritu militar y estaba entregada al ocio y la desidia mientras que los defensores de las milicias señalaban que enviar y mantener miles de soldados europeos era una carga económica insoportable para la corona. Finalmente la necesidad obligó a seguir un sistema de defensa acomodado a los medios disponibles sacando de los naturales del país todo el partido posible para unir la defensa de los derechos del rey con la de sus propios bienes y familias.   

El proceso de americanización del ejército de dotación es uno de los fenómenos más relevantes para entender la crisis del orden colonial. A lo largo de la segunda mitad del siglo dieciocho la supremacía de los peninsulares en las filas disminuyó drásticamente en favor de los americanos. Los datos muestran que si en el siglo diecisiete los peninsulares representaban la gran mayoría de la tropa para finales del dieciocho los criollos componían casi la totalidad de las unidades fijas. Este cambio radical tuvo profundas repercusiones sociológicas y políticas ya que el orden colonial terminó sustentándose en soldados cuyo interés principal estaba ligado a la realidad americana más que a la metrópoli.   

La siguiente tabla detalla la evolución del componente humano en el ejército de América basada en el estudio de muestras de soldados en diferentes periodos.

  Esta americanización no se limitó a la tropa sino que alcanzó a la oficialidad. Aunque las normativas exigían que los cadetes fueran hijos de oficiales o personas de limpieza de sangre la realidad obligó a una equiparación formal entre la nobleza de sangre peninsular y la nobleza de vida criolla. La vinculación entre el ejército y los grupos de poder locales se consolidó al permitir que los hijos de terratenientes y comerciantes ingresaran en los cuadros de mando descargando a la corona de la necesidad de enviar unidades completas desde España. Además muchos oficiales peninsulares se integraron rápidamente en las oligarquías locales mediante matrimonios con criollas de familias prestigiosas que aportaban dotes importantes asegurando su acceso al poder económico americano.   

La condición social del soldado raso en las ciudades americanas era por lo general precaria y se asemejaba a la de los sectores populares urbanos. Calificados a menudo como miserables o desidiosos por sus superiores los soldados reclutados en América solían mantener familias y ñ;l, dedicarse a actividades extraoficiales para complementar sus sueldos insuficientes. En plazas como Panamá el prest diario apenas alcanzaba para la alimentación básica impidiendo el consumo de pan o productos adicionales lo que forzaba a la tropa al contrabando o a trabajar en otros oficios cuando no vestían el uniforme. Esta realidad convirtió al soldado en un habitante más de la ciudad plenamente identificado con las vicisitudes de la plebe urbana.   

Por otro lado el sistema de milicias disciplinadas se transformó en el exponente más claro de las relaciones de poder de las élites locales hacia los sectores populares. Al dotar a los milicianos del fuero militar y conceder beneficios a la oficialidad criolla la corona estableció un pacto táctico con el patriciado local para que actuara como garante de la política reformadora. Sin embargo este sistema generó recelos entre los altos funcionarios peninsulares quienes temían que armar e instruir a la plebe especialmente a los pardos y morenos fuera una medida peligrosa que terminaría por amenazar el propio orden social. Virreyes como Cruillas en México advirtieron que poner el fusil en manos de una plebe que ya perdía el respeto a la autoridad podría tener consecuencias nefastas para el reino.   

El fuero militar fue una de las herramientas más poderosas y conflictivas de este proceso. Al eximir a los militares de la jurisdicción judicial ordinaria se creó una clase privilegiada que a menudo entraba en conflicto con los tribunales civiles. Este privilegio no solo protegía a la oficialidad sino que en manos de miles de milicianos de color socavaba el sistema de estados legales tradicional permitiendo a sectores antes despreciados reclamar exenciones y privilegios judiciales. La expansión de las fuerzas armadas y la extensión del fuero multiplicaron las competencias entre autoridades debilitando el respeto público a la administración de justicia y por ende a la integridad de la administración colonial.   

La militarización de la sociedad americana a finales del siglo dieciocho preparó el terreno para los cambios políticos de mil ochocientos diez. Las milicias bajo el control de los cabildos y los hacendados criollos se convirtieron en guardias pretorianas al servicio de intereses locales. En regiones como los Andes las élites rurales utilizaron estas unidades para defender su autonomía frente a los centros de control comercial como Lima o Buenos Aires mientras que en México se emplearon para sofocar reclamos populares de tierras y justicia. El ejército de América para mil ochocientos ya era una institución criolla donde el juego de lealtades e intereses privados primaba sobre la identificación con la corona española.   

El desmoronamiento del orden colonial se vio acelerado por la imposibilidad de la metrópoli de mantener un flujo constante de tropas de refuerzo debido al agravamiento de las guerras en Europa y la debilidad de la armada tras Trafalgar. La administración colonial consciente de que su autoridad pendía de cuestiones difícilmente evaluables trató de potenciar el sentido de lealtad pero para entonces el ejército ya estaba profundamente integrado en las estructuras de poder americanas. La herencia de este proceso fue la consolidación de una estructura de poder forjada en la esencia socioeconómica del continente que transformaría a la institución militar en el actor político dominante del siglo diecinueve americano.   

El análisis de la financiación militar revela cómo la real hacienda americana comenzó a bascular en torno a las necesidades defensivas absorbiendo la mayor parte del gasto administrativo hasta desbordarlo por entero. Este fenómeno permitió a las élites económicas manejar la deuda generada por los gastos militares creando una relación de dependencia de la hacienda real hacia los capitales privados. En las plazas fuertes los beneficios de las inversiones militares y las remesas de situados atrajeron intereses comerciales que buscaron deliberadamente incrementar los costos del aparato militar para controlar los desembolsos de la real hacienda.   

A continuación se detalla el gasto militar estimado en las principales áreas defensivas del Caribe y su relación con el sistema financiero colonial a finales del siglo dieciocho.

 La militarización no fue solo una respuesta a la amenaza exterior sino una estrategia de gobierno centralizado que buscaba encontrar provecho económico en las colonias y salvaguardarlas de otras potencias. Esta política otorgó a los militares un papel de agentes de la corona dotándolos de una formación que los hacía más ejecutivos y menos apegados a los usos tradicionales lo que facilitaba la implementación de reformas impopulares. Sin embargo esta misma formación y autonomía institucional permitieron que el ejército se transformara en una institución autosupervisada que acumuló autoridad y prestigio convirtiéndose en un medio de acumulación de poder para los criollos.   

En el caso de México los privilegios concedidos al ejército fueron el factor más importante en la creación de una tradición pretoriana. El fuero militar ofreció a diversos sectores la posibilidad de evadir la ley y mejorar su estatus creyéndose una clase aparte e inmune a la justicia ordinaria. Este ejército bajo banderas como la de las tres garantías terminó por consumar la independencia y hacerse dueño de la nación tras la fachada de instituciones republicanas. En Sudamérica el papel de la guerra fue central en la creación de nuevas identidades políticas transformando tropas de milicias poco entrenadas en poderosos ejércitos de infantería representantes de naciones a punto de nacer.   

La transición del antiguo régimen a la revolución estuvo marcada por la violencia y el terror lo que ofreció a los jefes militares oportunidades sin precedentes para conseguir poder riqueza y posición. La soberanía que escapaba de la monarquía fue reconstituida bajo la forma de repúblicas donde el ejército se convirtió en la metonimia de la nación. Sin embargo las estructuras de poder de larga pervivencia forjadas en los últimos años del periodo colonial acabaron por transformarse en una pesada losa que gravitó sobre el siglo diecinueve manifestándose en una conmoción permanente de caudillismos y militarismo.   

En definitiva el ejército de América y la descomposición del orden colonial son dos procesos inseparables que explican la génesis de las naciones hispanoamericanas. La institución militar lejos de ser un mero espectador fue el motor que dinamizó la economía consolidó el poder de las élites criollas y finalmente precipitó la ruptura con la metrópoli cuando los intereses locales superaron las lealtades hacia un trono lejano y debilitado. El legado de este ejército borbónico con sus fueros privilegios y composición americanizada marcó el rumbo de la historia americana generando una realidad donde el poder militar ha tenido una presencia constante y a menudo trágica hasta nuestros días.   

La realidad del soldado en el periodo colonial tardío ofrece una perspectiva detallada sobre las tensiones internas de la institución. En plazas como Portobelo o Panamá la carestía de la vida hacía que el real y medio diario destinado a la alimentación fuera insuficiente forzando a los soldados a vivir en condiciones de pobreza extrema similares a las de la plebe local. Esta precariedad fomentaba la deserción y el apoyo a actividades ilegales como el contrabando desdibujando la frontera entre el orden militar y el desorden civil. A menudo los soldados se negaban a realizar ejercicios militares alegando que se les usurpaba el tiempo que necesitaban para trabajar en otros oficios legales o ilegales con el fin de mantener a sus familias.   

Por su parte la oficialidad criolla aprovechó el prestigio de las armas para consolidar su primacía política y económica. La vanidad social de obtener títulos militares se convirtió en un motor de las milicias donde los comerciantes y hacendados aspiraban a ser coroneles o brigadieres para obtener el tratamiento de señoría y mejorar su posición en la vida doméstica y social. Este interés por el rango militar no respondía necesariamente a una vocación guerrera sino a la necesidad de asegurar la estabilidad del orden social impuesto frente a las posibles conmociones raciales de los sectores más desfavorecidos. El ejército borbónico envolvió así a buena parte de la población americana afectando extensas parcelas de la economía dado el crecimiento imparable de sus costos de mantenimiento.   

La militarización del mundo americano a fines del siglo dieciocho se extendió sobre las guerras de independencia y la conformación de las primeras repúblicas. El estudio de las instituciones militares de este periodo proporciona claves fundamentales para interpretar el militarismo constante en la historia del continente. Las raíces de esta presencia militar se hallan en la forma en que el ejército borbónico integró lo social lo étnico lo religioso y lo político generando una visión específica de la guerra y del poder que no se modificó sustancialmente tras la independencia. Los soldados del rey terminaron por estar al servicio de las élites locales garantizando el mantenimiento del estado de las cosas y consolidando las primacías políticas y económicas de los grupos dominantes americanos.   

La organización de las milicias en el virreinato del Río de la Plata por ejemplo mostró cómo un sistema normativo detallado como el reglamento de milicias de mil ochocientos uno podía resultar ineficaz ante ataques exteriores como la invasión británica de mil ochocientos seis pero ser fundamental para la movilización política interna. Estos cuerpos integrados por vecinos obligados a colaborar en la defensa del territorio se convirtieron en la base de las fuerzas que luego protagonizarían la revolución de mayo y la construcción de los estados provinciales. En este sentido las milicias disciplinadas fueron el marco donde se institucionalizó el servicio militar de los súbditos americanos vinculándolos directamente con la defensa de sus propias vidas haciendas y religión.   

La crisis de autoridad y la corrupción también jugaron un papel central en la descomposición del orden colonial. El ejército en América se convirtió en una institución autónoma que se supervisaba a sí misma debido tanto a la importancia que tenían los criollos en su financiamiento como al prestigio acumulado por sus miembros. Esta autonomía permitió a los militares reclamar un espacio de poder propio independiente de la burocracia civil lo que tras mil ochocientos diez facilitó la toma del control político por parte de los oficiales criollos. La debilidad de la mano del estado en regiones remotas favoreció el surgimiento de hombres fuertes y guerrilleros que buscaban formar parte de la construcción de la nueva nación a través de la comandancia militar de sus respectivas zonas.   

El temor a la guerra de razas fue otro factor determinante en la organización militar a finales del siglo dieciocho especialmente en la costa caribe de Nueva Granada y en el Perú tras las rebeliones andinas. La necesidad de mantener el orden racial y social frente a la amenaza de levantamientos de castas o indígenas obligó a las autoridades a fortalecer la presencia militar en el interior de los territorios. Sin embargo este mismo proceso dio a los sectores populares armados una conciencia de su fuerza y de sus derechos devenidos del servicio militar lo que complicó el control social una vez estallaron los movimientos independentistas. Los milicianos de color reclamaban exenciones basadas en las leyes militares lo que a menudo privaba a las tesorerías coloniales de fondos necesarios para los propios gastos de defensa.   

En resumen el ejército de América fue el crisol donde se fundieron las tensiones del orden colonial tardío. Su transformación de una fuerza defensiva metropolitana a una institución profundamente arraigada en el suelo americano con intereses económicos propios y una composición social mayoritariamente criolla explica por qué la caída de la monarquía española no supuso la desaparición del aparato militar sino su fragmentación en los ejércitos nacionales de Hispanoamérica. La herencia colonial entendida como el conjunto de factores que generaron y consolidaron una estructura de poder de larga pervivencia marcó definitivamente la historia de los pueblos americanos generando una conmoción permanente de la que el militarismo contemporáneo es un heredero directo.   

La participación de los oficiales militares en la administración colonial se hizo especialmente patente después de mil setecientos ochenta cuando la corona comenzó a depositar la autoridad civil en oficiales castrenses de confianza. Esta práctica buscaba despojar al cuerpo administrativo de funcionarios corruptos y sustituirlos por militares con una formación intelectual y práctica superior acostumbrados a la disciplina y la jerarquía. Sin embargo esta estrategia enfrentó la autoridad del rey contra el control social y político de las élites criollas generando actitudes encontradas que en última instancia debilitaron el orden colonial allí donde no se logró un entendimiento entre ambos sectores.   

El régimen de situados puede entenderse como un sistema de capitalización externa de los circuitos locales que redistribuyó ingresos antaño destinados a la metrópoli hacia áreas de aplicación de gasto dentro del continente. Este flujo neto americano permitió el desarrollo de sectores oligárquicos fuertemente capitalizados en torno a los centros comerciales y militares. La aceleración de estos flujos de capital durante las últimas tres décadas del siglo dieciocho y el manejo de la deuda pública por parte de las élites locales devino en un control estrecho sobre el total de la estructura militar americana con amplias repercusiones para el futuro de las naciones que surgieron tras mil ochocientos diez.   

Finalmente el ejército de América antes de la independencia se caracterizó por ser un componente humano heterogéneo donde los intereses de clase y región terminaron por imponerse sobre la lealtad dinástica. La descomposición del orden colonial no fue el resultado de una derrota militar exterior sino de la implosión de un sistema de lealtades que ya no satisfacía las aspiraciones de los grupos de poder americanos integrados en la institución militar. La mirada a este conflicto de lealtades permite posicionar con mayor exactitud el lugar ocupado por la institución militar en la construcción mantenimiento y extinción del orden colonial español en América.   

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La expulsion de la Compañia de Jesús de las reducciones de Paraguay

Representó un quiebre estructural en el Imperio español, motivado no solo por tensiones políticas e ideológicas, sino por una necesidad económica de la Corona que buscó en los bienes jesuíticos una suerte de desamortización para sanear sus arcas. El foco de las acusaciones se centró en las misiones del Paraguay, presentadas por la propaganda real como un estado sedicioso e independiente que desafiaba la soberanía monárquica. Sin embargo, la realidad de estas reducciones mostraba un sistema de altísima eficiencia económica, basado en la gestión ganadera y agrícola, que sostenía tanto la labor evangelizadora como la educativa en todo el continente.

El territorio de la provincia jesuítica del Paraguay era vasto y no se limitaba a las fronteras actuales del país homónimo, teniendo su centro administrativo en Córdoba, hoy Argentina. En estas comunidades, los jesuitas implementaron un modelo de aislamiento para proteger a los indígenas de los abusos coloniales, lo que alimentó leyendas sobre riquezas ocultas y reyes ficticios. Pese a estas sospechas, los misioneros siempre reconocieron la autoridad real, pagando tributos y aportando milicias guaraníes para la defensa de las fronteras contra las incursiones portuguesas.

El conflicto de límites de 1750 y la posterior resistencia indígena a entregar territorios a Portugal marcaron el inicio del fin para la orden, al consolidar la desconfianza del monarca. La ejecución del extrañamiento en el sur fue operada como una acción militar por el gobernador Bucareli, mientras que en las misiones del Amazonas y el Marañón, mucho más precarias y dispersas, el proceso fue una transición agónica marcada por el abandono y la falta de reemplazos competentes que conocieran las lenguas locales.

Las consecuencias humanas de este destierro fueron devastadoras. El traslado de los religiosos hacia Europa estuvo marcado por una altísima mortalidad debido a las malas condiciones de los navíos y el maltrato en territorios portugueses. Paralelamente, en las misiones, el colapso fue inmediato; la entrada de colonos, el libre comercio y la mala gestión de los nuevos administradores provocaron la pérdida de tierras comunales, la propagación de epidemias y el declive demográfico de los pueblos originarios.

A largo plazo, la salida de los jesuitas dejó un vacío educativo y cultural profundo, pero también sembró una semilla ideológica inesperada. Sus doctrinas sobre la soberanía popular y el origen del poder influyeron en las élites criollas, sirviendo de base intelectual para los movimientos de independencia. Así, lo que comenzó como un intento de fortalecer el control absolutista de la Corona terminó por debilitar los lazos imperiales, transformando la identidad y la estructura social de América del Sur.

Para profundizar en la estructura económica de las reducciones, es fundamental entender que no funcionaban como haciendas coloniales típicas, sino como un sistema de economía mixta basado en la propiedad colectiva y la autosuficiencia operativa.

En la división de la tierra había dos sectores diferenciados:

Tupambaé (Propiedad de Dios): Eran las tierras comunales trabajadas por todos los miembros de la reducción. Los frutos de estas tierras se destinaban al sostenimiento de viudas, huérfanos, enfermos y del propio culto, además de servir como reserva estratégica o granero comunitario para épocas de escasez.

Abambaé (Propiedad del hombre): Eran parcelas asignadas a cada familia para su sustento particular. Los indígenas eran dueños de los productos de esta tierra, lo que fomentaba un sentido de responsabilidad individual dentro del marco comunitario.

Como muestran los inventarios de 1768, la ganadería era la verdadera columna vertebral de la riqueza jesuítica. Con cientos de miles de cabezas de ganado, las misiones no solo garantizaban el consumo de carne (base de la dieta guaraní), sino que utilizaban el cuero, el sebo y las mulas como principales productos de exportación hacia el resto del Virreinato.

Por otro lado, la yerba mate se convirtió en el oro verde. Los jesuitas lograron domesticar la planta y sistematizar su cultivo, lo que les permitió dominar el mercado regional y generar los ingresos necesarios para pagar los tributos a la Corona y adquirir herramientas o productos que no podían fabricar internamente, como el hierro o el papel.

A diferencia de otras regiones donde el indígena era mano de obra no calificada, en las reducciones se fomentó la especialización. Existían talleres de herrería, carpintería, relojería e incluso imprentas. Esta capacidad técnica permitía que las misiones fueran nodos industriales autónomos, capaces de construir desde complejos sistemas de riego hasta órganos musicales y esculturas barrocas de alta calidad.

Cuando los jesuitas fueron expulsados, este delicado equilibrio se rompió. Los administradores civiles que los reemplazaron no comprendieron la lógica del Tupambaé y trataron las tierras comunales como botín privado. Al desaparecer la gestión centralizada y el sistema de protección, los indígenas quedaron expuestos a la economía de mercado colonial, donde sus bienes fueron malbaratados y sus estructuras sociales desmanteladas, lo que derivó en el abandono de los pueblos y el retorno de muchos guaraníes a la selva o su asimilación precaria en las ciudades criollas.

Para profundizar en el papel de las milicias guaraníes y la influencia política de la Compañía de Jesús, es necesario entender cómo estos dos factores transformaron la estructura del Virreinato y sentaron las bases de la futura independencia.

A diferencia de otras regiones americanas, las misiones del Paraguay contaban con un ejército indígena permanente y altamente entrenado. Esto no era un capricho jesuita, sino una necesidad de supervivencia frente a los bandeirantes (cazadores de esclavos portugueses) que asolaban la región desde San Pablo.

Los jesuitas obtuvieron permiso real para armar a los indígenas con armas de fuego, algo excepcional en la colonia. Estas milicias no solo defendieron sus pueblos, sino que se convirtieron en el brazo armado de la Corona en el Río de la Plata.

Participaron en la defensa de Buenos Aires y en las sucesivas tomas de la Colonia del Sacramento (en manos portuguesas). Su disciplina era tal que los gobernadores españoles dependían de estas levas de miles de guaraníes para mantener la integridad territorial del imperio.

La paradoja de 1750: Cuando el Tratado de Madrid ordenó ceder siete pueblos a Portugal, estas mismas milicias, entrenadas para defender al Rey, se sintieron traicionadas. La Guerra Guaranítica fue el resultado de esta fractura: los indígenas lucharon contra los ejércitos combinados de España y Portugal, lo que sirvió de pretexto final para acusar a los jesuitas de deslealtad.

Aunque los jesuitas fueron expulsados décadas antes de las revoluciones de 1810, su legado intelectual fue fundamental para los próceres criollos por varias razones:

El origen del poder: Frente al absolutismo de «derecho divino» de los Borbones, los jesuitas (siguiendo a pensadores como Francisco Suárez) enseñaban que la soberanía emana de Dios hacia el pueblo, y este la delega en el monarca. Si el monarca se convertía en tirano o faltaba a su deber, el poder refluía al pueblo. Esta idea fue el sustento jurídico de las Juntas de Gobierno en mayo de 1810.

Identidad americana: Los jesuitas expulsos, desde su exilio en Italia, escribieron las primeras grandes historias y geografías de América. Al defender la dignidad del indígena y la riqueza del continente frente a los ataques de intelectuales europeos, ayudaron a crear una conciencia de «patria americana» diferenciada de la española.

El vacío de liderazgo: La salida de la orden dejó descabezadas a las universidades y colegios más importantes. El desorden administrativo que siguió en las misiones demostró a las élites locales que la gestión de la metrópoli podía ser ineficiente y rapaz, alimentando el deseo de autonomía.

En resumen, la expulsión eliminó a los mejores defensores de la frontera y a los educadores de la élite, pero dejó instaladas las ideas que, años más tarde, justificarían la ruptura definitiva con España…

El fenómeno de la expulsión de la Compañía de Jesús de los dominios de la monarquía hispánica en 1767 no puede entenderse solo como un acto de autoridad administrativa, sino como el colapso de un sistema civilizatorio, económico e intelectual que había vertebrado el corazón de la América meridional durante más de un siglo y medio. La Pragmática Sanción dictada por Carlos III el 2 de abril de ese año, influenciada por las corrientes del regalismo y las tensiones políticas entre la corona y una orden de obediencia directa al papado, desencadenó una operación logística de sigilo y precisión militar sin precedentes en el Río de la Plata.

En la vasta Provincia jesuítica del Paraguay, que en aquel entonces abarcaba territorios de las actuales repúblicas de Argentina, Uruguay, Paraguay y zonas de Bolivia y Brasil, la ejecución de la orden recayó sobre el gobernador de Buenos Aires, Francisco de Paula Bucareli y Ursúa, quien debió actuar con extrema cautela para evitar levantamientos tanto de la población civil como de las milicias indígenas de las reducciones, que veían en los jesuitas a sus únicos protectores frente a las ambiciones de los encomenderos y los bandeirantes portugueses.

La figura central para reconstruir la minuciosidad de este trauma histórico es el Padre José Manuel Peramás, profesor de Moral en el Colegio-Universidad de Córdoba del Tucumán, cuyo diario constituye un testimonio excepcional de la desarticulación de una comunidad que, en el momento del arresto, sumaba 457 sujetos en toda la provincia, de los cuales 295 eran españoles y el resto formaba un contingente internacional de alemanes, italianos, ingleses y otras nacionalidades europeas.   

La estructura institucional de la Compañía en esta región tenía su epicentro en la ciudad de Córdoba, donde radicaba el Noviciado, la residencia del Provincial y el Colegio Máximo de Filosofía y Teología, facultado para conferir grados universitarios. Esta centralidad intelectual se complementaba con una red de ocho haciendas productivas que sostenían económicamente la labor educativa y misional, destacando establecimientos como Alta Gracia, Santa Catalina y Jesús María, donde se combinaba la explotación ganadera con talleres artesanales de gran complejidad. La noche del 11 de julio de 1767, la llegada de ochenta soldados bajo el mando del comandante Fernando Fabro al Colegio de Córdoba marcó el inicio del fin de esta era; mediante el engaño de una confesión urgente, las tropas penetraron en el recinto y confinaron a la comunidad en el refectorio, privándoles incluso de la celebración de la misa dominical. Este encierro inicial en el refectorio, que se prolongó por once días, transformó un espacio de convivencia en una cárcel hacinada donde 133 sujetos debían dormir sobre mesas o en el suelo, soportando el hedor y la falta de ventilación, mientras las autoridades realizaban inventarios exhaustivos en busca de tesoros legendarios que jamás aparecieron. La decepción de los comisionados fue notable al hallar apenas 1.900 pesos en efectivo, una cifra irrisoria frente a las expectativas de Bucareli, quien esperaba encontrar millones para financiar a sus tropas.   

El traslado de los jesuitas cordobeses hacia los navíos en las cercanías de Buenos Aires representó una de las etapas más penosas del extrañamiento, pues debieron recorrer las inmensas llanuras pampeanas en pleno invierno austral, confinados en carretas toscas cubiertas de paja o cuero que apenas ofrecían protección contra las inclemencias del tiempo.

El diario de Peramás describe con amargura la estrechez de estos carruajes, donde cuatro personas debían compartir un espacio mínimo, sufriendo el movimiento violento de las ruedas de madera y las goteras constantes cuando la lluvia se filtraba por las grietas del cuero reseco. Durante veintiocho días, la caravana avanzó bajo el mando de Antonio Bobadilla, quien impuso jornadas de marcha extenuantes de hasta treinta horas seguidas, permitiendo solo una comida diaria, a menudo a medianoche y a la intemperie, lo que obligaba a los religiosos a mendigar carne a los carreteros o cocinar asaduras en sus propios utensilios personales para paliar el hambre. Este trato, calificado de cruel por el diarista, contrastaba con las instrucciones reales que ordenaban una asistencia cómoda para los religiosos, evidenciando la arbitrariedad de los oficiales encargados de la ejecución del decreto. El paso de la comitiva por poblaciones como Luján generó muestras de dolor en la población civil, a pesar de las prohibiciones eclesiásticas de socorrer o hablar con los expulsos, reflejando el arraigo social de la orden en la región.   

La llegada a la Ensenada de Barragán y el posterior embarque en la fragata Santa Brígida, apodada la Venus, inauguró un nuevo periodo de sufrimiento marcado por el hacinamiento marítimo y la incertidumbre sobre el destino final. En la Venus se concentraron 151 jesuitas, repartidos entre la cámara de oficiales y los entrepuentes, donde la falta de luz, la proximidad de la tropa y el mal olor de los animales vivos creaban una atmósfera opresiva.

 La travesía atlántica, que duró 85 días desde la salida de Montevideo hasta la llegada a Cádiz, estuvo jalonada por tormentas, periodos de calma desesperante y una alimentación deficiente basada en legumbres llenas de insectos y galleta podrida. Peramás registra con curiosidad científica fenómenos como el eclipse de sol observado en el camino, los efectos del calor en la línea ecuatorial y el avistamiento de especies marinas, manteniendo una entereza intelectual que le permitía incluso ironizar sobre la supuesta alteración del ingenio al cruzar los trópicos. Es notable el episodio en que los jesuitas, convertidos en artilleros improvisados, debieron realizar ejercicios con los cañones ante el temor de encuentros con naves inglesas, lo que subraya la fragilidad de la seguridad marítima española en aquel entonces.   

El arribo a Cádiz en enero de 1768 no significó el fin del cautiverio, sino el inicio de una reclusión prolongada en el Puerto de Santa María, donde los misioneros fueron alojados en el Hospital de San Juan de Dios y en la casa de los agustinos. El desembarco se realizó de noche por orden del gobernador para evitar que el pueblo viera el estado andrajoso y derrotado de los religiosos, lo que podría haber suscitado compasión entre los habitantes de la ciudad. Durante este periodo, se alimentó la leyenda del Rey Nicolás I del Paraguay, un mito que presentaba a los jesuitas como soberanos de un imperio independiente en las misiones guaraníes, utilizado por los enemigos de la Compañía para justificar la expulsión como una medida de defensa de la soberanía real.

Peramás dedicó gran parte de sus energías posteriores a desmentir esta fábula, explicando que se trataba de una deformación del término guaraní mburuvicha y una campaña de desprestigio orquestada desde las cortes de Europa. La realidad de las reducciones, lejos de ser un imperio opulento, era la de un sistema de protección indígena que garantizaba la libertad de los nativos frente al servicio personal de las encomiendas, un modelo que comenzó a desmoronarse rápidamente tras la salida de los padres.   

La administración de los bienes confiscados, gestionada por la Junta de Temporalidades, resultó en una gestión ineficiente que dilapidó gran parte del patrimonio acumulado por la orden en el Río de la Plata. Las estancias ganaderas, que contaban con cientos de miles de cabezas de ganado, sufrieron el saqueo y la mala administración de los funcionarios coloniales, afectando la estabilidad económica de toda la región.

En las misiones, el reemplazo de los jesuitas por clero secular y otras órdenes religiosas no logró mantener la estructura productiva y social, provocando la dispersión de miles de guaraníes y la decadencia de los treinta pueblos que habían sido orgullo de la labor misional. Este desastre demográfico y económico se tradujo en una pérdida neta para la corona, que no solo dejó de percibir los tributos de los indios, sino que debió afrontar el costo de mantener una burocracia ineficaz en territorios de frontera que antes se autogestionaban.   

El exilio definitivo de los jesuitas paraguayos los llevó finalmente a Italia, tras ser rechazados inicialmente en Córcega debido a las tensiones diplomáticas entre España y el papado. En ciudades como Faenza y Rímini, los expulsos intentaron reconstruir su vida intelectual, enfrentándose a las tesis de autores como Buffon y De Pauw, quienes sostenían la inferioridad de la naturaleza americana.

Peramás, en su obra De Administratione guaranica comparate ad Republicam Platonis, defendió la organización de las reducciones comparándolas con la utopía platónica, consolidando una memoria histórica que presentaba a la Compañía como la arquitecta de un orden social superior en el Nuevo Mundo. Su fallecimiento en Faenza en 1793 cerró el ciclo vital de uno de los testigos más lúcidos de este proceso, cuya pluma logró transformar el trauma del destierro en una crónica detallada que permite hoy comprender la magnitud de la ruptura que significó la desaparición de la presencia jesuítica en el corazón de América…   

El legado de la expulsión trasciende lo puramente eclesiástico para situarse en el terreno de la identidad regional. La desarticulación de la red de colegios afectó la formación de las élites locales por décadas, mientras que el despojo de las Temporalidades generó resentimientos que aflorarían en los movimientos autonomistas posteriores.

La desaparición de la imprenta de Córdoba, rescatada años después por el virrey Vértiz para fundar la imprenta de los Niños Expósitos en Buenos Aires, es un ejemplo de cómo los restos del naufragio institucional jesuítico sirvieron para cimentar la nueva administración borbónica, aunque despojados del espíritu original que los había creado. La tragedia de los expulsos, sintetizada en el largo año y sesenta y seis días que duró el viaje de Peramás desde su aula en Córdoba hasta su confinamiento en Italia, permanece como un recordatorio de las tensiones entre el poder absoluto del Estado y las corporaciones autónomas en la modernidad temprana, un conflicto que redefinió el mapa social y político del Cono Sur.   

La complejidad de la operación militar en el Río de la Plata se evidencia en el despliegue realizado por Bucareli, quien debió coordinar simultáneamente el arresto en Buenos Aires, Montevideo, Santa Fe y las misiones, sabiendo que cualquier filtración de la noticia podría provocar la huida de los religiosos o el ocultamiento de sus archivos. La orden de abrir las instrucciones lacradas solo el día anterior a la ejecución muestra el nivel de paranoia de la corte española respecto a la supuesta influencia jesuítica. A pesar del sigilo, el trauma fue inevitable; el diario de Peramás relata cómo los soldados, temerosos de las fábulas sobre arsenales ocultos en los sótanos del Colegio, registraban cada rincón con bayoneta calada, para terminar asombrándose de la pobreza de los aposentos, donde los objetos más comunes eran cilicios y disciplinas de penitencia. Esta disonancia entre la imagen de la orden como una potencia amenazante y la realidad de su vida cotidiana es uno de los hilos conductores que atraviesan todo el proceso de extrañamiento.   

En el ámbito económico, el impacto fue devastador para las economías locales que dependían del flujo de mercancías generado por las estancias jesuíticas. Alta Gracia y Santa Catalina no eran solo granjas, sino centros de innovación técnica donde se fabricaban desde textiles hasta cal viva y herramientas de hierro. La salida de los administradores jesuitas rompió las cadenas de comercialización con el Alto Perú, dejando a los esclavos y peones en una situación de incertidumbre legal y laboral que muchas veces terminó en el abandono de las tierras o en su venta a precios irrisorios a favor de funcionarios cercanos al poder colonial. La Junta de Temporalidades, lejos de ser un órgano de fomento, se convirtió en una oficina de liquidación que priorizó la remesa de caudales a España para sufragar las deudas de la corona, ignorando las necesidades de mantenimiento de los edificios y la producción.   

La dimensión humana del exilio se refleja en las cifras de mortalidad durante los viajes oceánicos. Si bien en la fragata Venus el número de fallecidos fue relativamente bajo, otras expediciones como la del navío San Nicolás registraron la pérdida de una parte sustancial de los religiosos antes de llegar a España, debido al escorbuto y la melancolía. La angustia de ver morir a sus hermanos en alta mar, sumada a la incertidumbre de un destino errante, mermó la moral de los expulsos, quienes se vieron obligados a firmar certificaciones de entrega como si fueran mercancías transportadas. Para los novicios, la prueba fue doble, pues se les presionó repetidamente para que abandonaran la Compañía y evitaran el destierro, a lo que la inmensa mayoría se opuso con firmeza, eligiendo una vida de privaciones en Europa antes que renunciar a sus votos.   

El análisis del diario de Peramás permite también observar la percepción de los jesuitas sobre la alteridad y el mundo colonial. Sus descripciones de los negros y mulatos de Córdoba, a quienes consideraba personas de poco alcance pero con una fe sincera que requería gran paciencia para ser guiada, revelan las jerarquías sociales de la época y el papel de la Iglesia como mediadora de la disciplina social. Asimismo, la mención de un oficial francés francmasón a bordo de la Venus añade una nota de intriga ideológica al relato, sugiriendo que, incluso en el encierro de un barco de expulsos, las corrientes de pensamiento ilustrado y las sociedades secretas que los jesuitas combatían estaban presentes.   

El retorno simbólico de los jesuitas se produjo solo décadas después, pero el vacío dejado por su partida nunca fue llenado completamente por las estructuras del Estado borbónico. La decadencia de las misiones guaraníes es, quizás, el testimonio más elocuente del fracaso de una política que buscó sustituir el compromiso misional por la gestión administrativa secularizada. Al final de su vida en Faenza, Peramás no solo escribía para sus contemporáneos, sino para una posteridad que pudiera juzgar la injusticia del extrañamiento basándose en los hechos y no en las sátiras políticas. Su diario no es solo una crónica de viaje, sino un acta de resistencia cultural frente a la arbitrariedad del poder absoluto, documentando minuto a minuto cómo una de las instituciones más influyentes de la historia americana fue borrada del mapa de un solo golpe de pluma, dejando tras de sí un rastro de silencio en las selvas y una biblioteca de memorias en el exilio europeo.   

En términos de logística naval, el despliegue de fragatas como la Liebre, la Esmeralda y la Venus para el transporte de los expulsos subraya la prioridad que la corona otorgó a esta operación, desviando recursos militares necesarios para la defensa de las Malvinas y otros puntos estratégicos en un momento de tensión con Inglaterra. La coincidencia temporal entre la expulsión y la toma de posesión española de Puerto Soledad en las Malvinas indica un esfuerzo de reafirmación soberana en todos los frentes, donde la eliminación de la Compañía de Jesús era vista como un paso necesario para consolidar el control directo sobre los territorios más remotos del imperio. No obstante, esta consolidación tuvo un costo altísimo en términos de estabilidad social interna, pues al eliminar el estamento mediador que representaban los jesuitas en las fronteras, la corona quedó directamente expuesta a las presiones de las potencias rivales y a los levantamientos de una población que se sentía desamparada ante la voracidad de los nuevos administradores.   

La estancia en el Puerto de Santa María se convirtió en un limbo administrativo donde los jesuitas de diversas provincias de ultramar, incluyendo chilenos y filipinos, debieron esperar meses bajo una vigilancia estricta que les prohibía el contacto con el mundo exterior. Las condiciones en el Hospital de San Juan de Dios eran precarias, con suelos y techos ruinosos que apenas albergaban a los cientos de religiosos que llegaban en oleadas sucesivas desde todos los rincones del imperio. Fue en este periodo de espera forzosa donde se terminó de fraguar la identidad de los expulsos como una comunidad de víctimas, cuya única arma era la palabra escrita para denunciar el maltrato recibido. El diario de Manuel Luengo, otro jesuita expulso, complementa el relato de Peramás al detallar la vida en estas cárceles españolas y la posterior dispersión por los Estados Pontificios, donde los jesuitas se convertirían en los primeros cronistas de una América que ya no podían volver a ver.   

La desarticulación de la Universidad de Córdoba y del Colegio de Monserrat representó un retroceso cultural para el Virreinato del Río de la Plata, pues se perdió la continuidad de cátedras de física, matemáticas y lenguas indígenas que habían alcanzado un alto nivel académico. Aunque se intentó mantener la institución bajo la dirección de los franciscanos, el cambio de rumbo pedagógico y la pérdida de los fondos provenientes de las estancias mermaron su prestigio y capacidad de investigación. La expulsión no solo fue un acto de despojo material, sino un vaciamiento intelectual que obligó a las nuevas generaciones a buscar formación bajo modelos que, si bien más cercanos a la Ilustración oficial, carecían del profundo conocimiento del territorio y de las lenguas locales que los jesuitas habían cultivado por generaciones.   

Finalmente, la crónica de Peramás concluye con una nota de resignación providencialista al llegar a Italia, interpretando su supervivencia a tormentas y calmas como una señal de que su labor testimonial era necesaria para la posteridad. Su detallada narración de los catorce meses y medio de periplo constituye una pieza fundamental de la literatura del exilio, donde la precisión del dato geográfico y estadístico se funde con la emoción del hombre despojado de todo menos de su memoria. A través de su mirada, el extrañamiento de 1767 deja de ser una fría decisión de gabinete en Madrid para convertirse en un drama humano que recorre ríos, pampas y océanos, recordándonos que la historia de las instituciones es, ante todo, la historia de los hombres que las habitan y de los vacíos irreparables que deja su ausencia.   

La expulsión de la Compañía de Jesús de los dominios de la monarquía hispánica, decretada por Carlos III el 27 de febrero de 1767, constituye uno de los hitos más controvertidos y analizados de la historia moderna de España y sus territorios de ultramar. Este acontecimiento no puede entenderse como un acto aislado o puramente impulsivo del monarca, sino como la culminación de un proceso de tensiones ideológicas, políticas y económicas que se venían gestando desde décadas atrás, donde el papel de las misiones, particularmente las del Paraguay, adquirió un protagonismo desproporcionado en la narrativa oficial y en la propaganda de la época. En este sentido, es imperativo distinguir entre los motivos pantalla o pretextos alegados por la corona para justificar el extrañamiento y las causas profundas que maduraron el resultado final, entre las cuales destaca una suerte de desamortización camuflada ante la necesidad de sanear las arcas del reino mediante la incautación de los bienes jesuíticos.

El escenario de las misiones del Paraguay se convirtió en el principal argumento de los detractores de la orden, quienes acuñaron la noción del Estado jesuítico del Paraguay como una entidad sediciosa que desafiaba la soberanía real. Al momento de la expulsión, la Compañía contaba en América con noventa colegios y casas profesas, además de veintitrés misiones principales, de las cuales las treinta reducciones guaraníes eran las más prósperas y famosas. La organización de estas comunidades seguía un modelo de racionalidad económica y optimización de beneficios que todavía hoy asombra a los especialistas, especialmente en lo que respecta a la gestión de sus grandes propiedades rústicas y estancias ganaderas. Para ilustrar la magnitud de esta empresa agraria, basta observar los inventarios realizados por los comisionados reales en las estancias de veintiocho pueblos de las misiones guaraníes, excluyendo las dos mayores, San Miguel y Yapeyú, cuyos datos reflejan una riqueza ganadera sin parangón en la región.

Esta estructura productiva no solo garantizaba la autarquía de las reducciones, sino que permitía a los jesuitas financiar sus actividades educativas y religiosas en todo el continente. No obstante, esta misma prosperidad alimentó la leyenda de las presuntas riquezas y el oro oculto de las misiones, una quimera que los oficiales reales persiguieron con escrupulosa diligencia pero con escaso éxito económico para la corona tras la expulsión. Desde el punto de vista sociológico, el experimento comunitario guaraní interesó a figuras de la Ilustración como Voltaire, d’Alembert y Montesquieu, quienes, a pesar de su hostilidad hacia el catolicismo, vieron en el Paraguay la confirmación de que era posible crear una sociedad según planes preconcebidos, aunque otros autores prefirieron denunciarlo como un intento jesuítico de monopolizar almas y cuerpos en una república particular separada del control monárquico.

La ubicación geográfica de la provincia jesuítica del Paraguay era vasta y compleja, abarcando territorios que hoy pertenecen a Argentina, Uruguay, Paraguay, Chile, Bolivia y Brasil. Es un error común confundir este territorio con la actual República del Paraguay, ya que la mayor parte de la infraestructura administrativa y educativa de la provincia se encontraba en la actual Argentina, con Córdoba como centro neurálgico donde radicaba el noviciado, el Colegio Máximo y el internado de Monserrat. De las treinta doctrinas guaraníes, quince se situaban en territorio argentino, siete en el actual estado brasileño de Río Grande do Sul y solo ocho en lo que hoy es Paraguay. Esta dispersión geográfica explica por qué la ejecución de la expulsión requirió una coordinación logística tan extensa y por qué las consecuencias humanas variaron drásticamente según la región.

El sistema de reducciones, iniciado en 1609 con la fundación de San Ignacio Guazú, buscaba aislar a los indígenas de los abusos de los laicos y encomenderos, siguiendo los ideales de Bartolomé de las Casas. Sin embargo, este aislamiento fue interpretado por las autoridades coloniales como un artificio para formar un imperio al servicio de los intereses de la Compañía, lo que dio lugar a una abundante literatura sobre el imperio jesuítico y la fábula de Nicolás I, el supuesto rey del Paraguay y emperador de los mamelucos. En realidad, los jesuitas estructuraron el idioma guaraní, publicaron gramáticas y reconocieron siempre la autoridad suprema del rey, pagando tributos y socorriendo al Estado con levas de soldados indígenas. La capacidad militar de estas misiones era notable, habiendo sido entrenadas para defenderse de las incursiones de los paulistas cazadores de esclavos y habiendo intervenido en campañas oficiales como la conquista de la Colonia del Sacramento en 1680.

El punto de inflexión definitivo para la suerte de las misiones fue el Tratado de Límites de 1750, que estipulaba la entrega de siete reducciones guaraníes a Portugal a cambio de la Colonia del Sacramento. La resistencia de los indígenas a abandonar sus tierras y pueblos, que desembocó en una guerra abierta contra un ejército mixto luso-español, fue atribuida a la instigación de los jesuitas. Aunque los misioneros procesados fueron declarados inocentes en 1759, la desconfianza de Carlos III ya se había consolidado, alimentada por la correspondencia diplomática que sugería una posible alianza entre los jesuitas y los ingleses para mantener el control sobre el Paraguay a través del río de la Plata o la Patagonia.

La ejecución de la expulsión en el Paraguay fue concebida por el gobernador Francisco de Paula Bucareli como una operación de guerra. Ante el temor de una nueva sublevación indígena, Bucareli movilizó una fuerza desproporcionada de 1.500 hombres, artillería y suministros masivos para recorrer más de ochocientas leguas. La frialdad con la que se llevó a cabo el arresto de los misioneros refleja la animadversión personal del gobernador, quien evitaba entrar en los pueblos hasta que los jesuitas habían sido despachados en calidad de presos. El proceso de sustitución fue igualmente traumático, ya que se debió recurrir a dominicos, franciscanos y mercedarios que, en su mayoría, no conocían el guaraní y miraban con horror su destino en las misiones.

En contraste con la organización del Paraguay, las misiones del Amazonas y el Marañón presentaban una estructura mucho más precaria y dispersa, dependiente de la provincia jesuítica de Quito. Aquí, la geografía de selva cerrada y los múltiples idiomas de naciones como los omaguas, iquitos y jíbaros hacían que la labor misional fuera considerada la más penosa de la Compañía. Las incursiones portuguesas también habían causado estragos en el Marañón, obligando a miles de indígenas a refugiarse río arriba y perdiendo vastos territorios ante el avance luso. Cuando se decretó la expulsión, solo quedaban treinta y ocho pueblos de los setenta y dos fundados originalmente, con una población total de poco más de diecinueve mil almas, lo que evidencia la fragilidad de estas comunidades en comparación con las del sur.

La expulsión en el Amazonas fue ejecutada por el comisionado José Basave bajo las órdenes del presidente Diguja. A diferencia de la militarización de Bucareli, aquí el proceso tuvo tintes de una transición agónica, donde los nuevos misioneros seculares, atraídos por promesas económicas y ascensos eclesiásticos, morían o renunciaban antes de llegar a las selvas. El diario del misionero Manuel Uriarte ofrece un relato detallado de este fin de época, describiendo cómo el anuncio de la expulsión provocó en algunos pueblos el deseo de los indígenas de reducir todo a cenizas y retirarse a la selva. Sin embargo, la obediencia jesuítica prevaleció, y los misioneros entregaron inventarios meticulosos de sus iglesias y casas antes de emprender un viaje de destierro que los llevaría a través del territorio portugués del Gran Pará.

El viaje de los expulsos del Marañón se convirtió en un calvario exacerbado por las medidas sicológicas de su propio superior, Francisco Javier Aguilar, quien impuso una distribución de noviciado incluso en las canoas y prohibió cualquier conversación con soldados o indígenas. El tránsito por las tierras del marqués de Pombal fue especialmente severo; en Pará, los misioneros españoles fueron encerrados en una sala sin luz, rodeados de lámparas de aceite de tortuga que generaban una atmósfera asfixiante y debilidante. Este maltrato sistemático por parte de las autoridades portuguesas, que incluía la revisión de los prisioneros hasta la camisa y la privación de sacramentos, reflejaba la sintonía antijesuítica entre las cortes de Lisboa y Madrid.

La proporción de muertes durante el traslado de los misioneros guaraníes fue inusualmente alta en comparación con otros grupos de expulsos americanos, lo que subraya las pésimas condiciones del viaje y el impacto emocional del extrañamiento. Mientras los jesuitas morían en el mar o en prisiones europeas, en las misiones el sistema productivo y social colapsaba rápidamente. La introducción del libre comercio y el contacto con los colonos, permitidos por las ordenanzas de Bucareli, provocaron la postración de los pueblos indígenas, que se vieron sujetos a estafas, tráfico de aguardiente y la pérdida de sus tierras comunales ante la ambición de los funcionarios locales.

Las consecuencias humanas de la expulsión se extendieron más allá de la desaparición de un modelo económico. En el ámbito cultural y educativo, el vacío dejado por los jesuitas fue alarmante, cerrándose escuelas de primeras letras y universidades que habían sido focos de luz en el continente. En el plano ideológico, la doctrina jesuítica sobre el origen del poder y el tiranicidio caló hondo en la élite criolla, sirviendo de base intelectual para las futuras luchas por la independencia. Al discutir el derecho absoluto de los reyes y sostener que la soberanía residía en el pueblo, los jesuitas habían sembrado, involuntariamente, las semillas de la emancipación americana mucho antes de que las ideas francesas cruzaran el océano.

La desintegración de las reducciones también transformó la demografía de la región, fomentando un mestizaje criollo-guaraní que daría forma a la identidad de los pueblos del litoral. Sin embargo, este proceso estuvo marcado por la tragedia de las epidemias de viruela, que sin el control jesuítico, devastaron a la población indígena desprotegida. El experimento de las misiones, admirado y denostado por igual, quedó así relegado a la memoria histórica como una utopía fallida o una república musical que demostró, por un breve espacio de tiempo, la posibilidad de una organización social alternativa bajo el signo de la cruz.

El legado de la Compañía de Jesús en el Paraguay y el Amazonas persiste no solo en las ruinas de sus templos de piedra y madera, sino en la estructura misma de la sociedad colonial que se vio forzada a reorganizarse tras su partida. La expulsión fue, en definitiva, una medida traumática que afectó el devenir histórico de la América española, convirtiéndose en el germen de conflictos civiles y transformaciones políticas que terminarían por disolver los vínculos con la metrópoli. Al destruir el sistema de reducciones, la corona española no solo perdió un valioso recurso económico y defensivo, sino que también fracturó la confianza de sus súbditos americanos, abriendo un camino sin retorno hacia la fragmentación del imperio.

En las misiones del Amazonas, la desaparición de los jesuitas significó la pérdida definitiva de vastos territorios omaguas ante el avance portugués, que aprovechó la debilidad de los nuevos misioneros seculares para consolidar su frontera. El contraste entre la resistencia guaraní de 1750 y la sumisión absoluta de 1767 muestra la disciplina de una orden que prefirió el destierro y la extinción canónica antes que la desobediencia frontal al Papa o al Rey. El extrañamiento fue, por tanto, una experiencia física y psíquica demoledora para miles de religiosos que, tras haber dedicado su vida a la civilización de los indígenas, se vieron convertidos en reos de Estado y expulsados de la tierra que consideraban su patria espiritual.

El estudio de este periodo, enriquecido por la labor de historiadores como Ferrer Benimeli, nos permite comprender la complejidad de una época donde la razón de Estado se impuso sobre la labor misionera, dejando tras de sí un rastro de decadencia demográfica y cultural que todavía hoy resuena en las naciones de América del Sur. Las misiones jesuíticas permanecen como un testimonio de la ambición ilustrada por controlar todos los rincones del imperio y del fracaso de una política que subestimó la profundidad de los vínculos sociales y religiosos creados por la Compañía de Jesús en las selvas americanas.

El análisis de los inventarios y las relaciones oficiales revela que la supuesta riqueza jesuítica fue, en gran medida, una construcción necesaria para legitimar el despojo. La realidad de las misiones era la de una economía de trueque y producción comunitaria que, si bien era eficiente, no generaba los tesoros metálicos que la imaginación de los ministros de Carlos III había proyectado. Tras la expulsión, la dispersión de los bienes y la mala gestión de las temporalidades confirmaron que el verdadero tesoro de las misiones no era el oro, sino el capital humano y la organización social que los jesuitas habían logrado articular a lo largo de siglo y medio de presencia ininterrumpida.

Finalmente, el exilio en Italia de los jesuitas expulsos dio lugar a una prolífica producción literaria y científica que defendió la dignidad del indígena americano y la obra civilizadora de España, irónicamente desde el destierro impuesto por la propia corona española. Esta mediación cultural permitió que el mundo europeo conociera con detalle la geografía, la botánica y las costumbres de regiones que, sin la labor de los misioneros, habrían permanecido en el olvido geográfico por mucho más tiempo. La expulsión de los jesuitas, por tanto, no solo cerró un capítulo de la historia religiosa, sino que abrió una era de transformaciones intelectuales y sociales que definieron la modernidad hispanoamericana.

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Moneda fenicia de más de 2.000 años de se usó para pagar el billete de autobús en Leed, Inglaterra

Cómo llegó allí siempre será un misterio.

Esta antigua moneda probablemente fue acuñada en lo que hoy es España en el siglo I a. C., pero nadie sabe por qué se usó para pagar el billete de transporte en la década de 1950.

Kat Baxter, Leeds Museum and Galleries’ curator of archaeology and numismatics, shows the front of the ancient coin. (Image credit: Leeds City Council)

Una intrigante moneda depositada en la caja de un conductor de autobús en Inglaterra en la década de 1950 resultó tener orígenes antiguos: fue acuñada hace 2000 años en lo que hoy es el sur de España. Ahora, más de 70 años después, el nieto del excajero de transporte ha donado la moneda misteriosamente adquirida a un museo.

El cajero, James Edwards, trabajaba para el Transporte de la Ciudad de Leeds y se encargaba de recoger y contar los billetes de los conductores de autobús y tranvía. Siempre que descubría monedas falsas o extranjeras, las traía a casa para su nieto, Peter.

James Edwards, the former chief cashier with Leeds City Transport, gathered ineligible, fake or foreign coins from bus and tram drivers. (Image credit: Leeds City Council)

Declaró Peter Edwards en un comunicado el 9 de marzo:

Ninguno de nosotros éramos coleccionistas de monedas, pero nos fascinaba su origen y sus imágenes; para mí, eran un tesoro.

Pero una moneda en particular intrigó a Peter, cuya investigación sobre los diseños reveló que fue acuñada hace más de 2000 años en un asentamiento fenicio llamado Gadir (hoy Cádiz) en Andalucia, España.

Gadir fue fundada por los fenicios, quienes también se asentaron en Cartago, en la actual Túnez, como su primera colonia en Europa Occidental en el siglo XII a. C. Gadir quedó bajo control cartaginés tras la Primera Guerra Púnica, a principios del siglo III a. C., y posteriormente bajo dominio romano menos de un siglo después.

El anverso de la moneda de bronce muestra el rostro del dios Melqart —dios fenicio, deidad principal de Gadir, Cartago y Tiro—, con el tocado de piel de león de Hércules. En el reverso de la moneda hay dos atunes rojos (Thunnus thynnus), probablemente una referencia a la importancia de la industria pesquera en Gadir.

Dijo Edwards:

No está claro cómo llegó la moneda a Leeds, pero no fue mucho después de la guerra, así que imagino que los soldados regresaron con monedas de los países a los que habían sido enviados.

Edwards ha donado la moneda a los Museos y Galerías de Leeds para que los expertos puedan estudiarla como parte de la colección de moneda antigua del museo. Kat Baxter, curadora de arqueología y numismática de los museos, confirmó en el comunicado que la moneda tiene alrededor de 2000 años de antigüedad y fue acuñada en Gadir.

Declaró la concejala de Leeds, Salma Arif, en el comunicado:

Museos como el nuestro no se limitan a preservar objetos, sino que también cuentan historias como esta e inspiran a los visitantes a reflexionar sobre la historia que nos rodea, a veces en los lugares más inesperados.

Añadió Edwards:

Mi abuelo estaría orgulloso, como yo, de saber que la moneda volverá a Leeds. Sin embargo, cómo llegó allí siempre será un misterio

Kristina Killgrove

La encomienda

Fueron una de las instituciones socioeconómicas más determinantes (y polémicas) de la colonización española en América. Un sistema en el que la Corona encomendaba un grupo de indígenas a un colonizador español (el encomendero).

En teoría, la encomienda era una relación de reciprocidad, pero en la práctica fue muy desigual:

Lo que recibía el encomendero: El derecho a percibir tributos (en metales preciosos, especias o productos agrícolas) y, durante mucho tiempo, el uso de la mano de obra directa de los indígenas.

Lo que «debía» dar a cambio: Tenía la obligación de proteger a los indígenas, costear su evangelización (instrucción cristiana) y defender las tierras en nombre de la Corona.

El sistema no fue estático y generó grandes tensiones éticas y políticas:

Abuso y explotación: Aunque los indígenas eran considerados «vasallos libres» de la Corona y no esclavos, las condiciones de trabajo eran extenuantes, lo que provocó una catástrofe demográfica.

Las Leyes de Burgos (1512): Fueron el primer intento de la Corona por regular el sistema y humanizar el trato, tras las denuncias de frailes como Antonio de Montesinos.

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Las Leyes Nuevas (1542): Bajo la influencia de Bartolomé de las Casas, el rey Carlos I intentó abolir la herencia de las encomiendas para que estas volvieran a la Corona tras la muerte del titular. Esto provocó incluso guerras civiles entre españoles (especialmente en Perú).

La encomienda creó una jerarquía muy rígida:

Consolidó el poder de una aristocracia terrateniente en América.

Desarticuló las estructuras sociales indígenas originales.

Fue el motor de la economía colonial temprana, antes de ser desplazada por el sistema de repartimiento y las grandes haciendas.

 La encomienda no otorgaba la propiedad de la tierra (que seguía siendo de la Corona o de las comunidades), sino solo el derecho sobre el trabajo o el tributo de la gente que vivía en ella..

La comprensión de la encomienda como institución vertebral del sistema colonial español requiere un análisis profundo de su origen en el carácter privado de la financiación de la conquista. A diferencia de otros modelos de expansión europea, la empresa española en el ámbito americano, aunque regulada por el Estado a través de capitulaciones y diversas leyes de Indias, tuvo un marcado componente financiero privado. Este factor resulto determinante para imprimir un sentido señorial a la sociedad que emergería tras el choque cultural de finales del siglo XV. Los miembros de las huestes indianas, en su mayoría individuos que buscaban un ascenso social que la península les negaba, pretendieron erigirse en señores con funciones y privilegios equiparables a los de la nobleza de Castilla. Para estos hombres, sus hazañas militares en el Nuevo Mundo eran la continuación lógica de la Reconquista española y, por tanto, debían ser acreedoras de recompensas similares: vasallos y tierras que consolidaran un estatus nobiliario.   

En este contexto, la encomienda fue concebida por la Corona como el premio para canalizar estas aspiraciones. La institución ofrecía un señorío practico que, aunque no otorgaba la propiedad de la tierra de forma inherente, permitía el control sobre la mano de obra indígena y la percepción de tributos. No obstante, este señorío fue siempre más de hecho que de derecho. La Corona española, recelosa de la formación de una aristocracia poderosa que pudiera desafiar su autoridad centralizada en un territorio tan vasto y distante, se apresuró a regular la institución para limitar su alcance jurisdiccional. Desde las primeras etapas, se trató de buscar un equilibrio entre las ambiciones de los conquistadores y la protección de los indios, a quienes el monarca reconocía formalmente como sus vasallos libres.   

A pesar de las polémicas y los constantes abusos documentados desde el siglo XVI, la encomienda cumplido una función de integración social primaria. Fue el instrumento que permitió la coexistencia inicial entre españoles e indios, facilitando una osmosis cultural en lo que se ha denominado una sociedad birracial inicial. Sin embargo, esta estructura no fue estática. Con el paso de los siglos, la encomienda quedo condicionada más por la cruda realidad americana que por las leyes ideales dictadas desde la metrópoli. Para entender su importancia real, es imperativo analizar su situación en el siglo XVIII, periodo en el que la institución llego a su fin tanto legal como prácticamente, demostrando su total falta de adecuación a los nuevos tiempos borbónicos.   

La transformación de la sociedad colonial entre los siglos XVI y XVIII fue radical, impulsada principalmente por factores demográficos que minaron la base misma de la encomienda. En el momento del contacto inicial, la sociedad se componía esencialmente de dos repúblicas: la de españoles y la de indios, lo que en términos económicos equivalía a la relación entre encomenderos y encomendados. Sin embargo, hacia 1570, hitos como la Junta Magna de 1568 y las Ordenanzas de Nuevo Poblamiento de 1573 marcaron el inicio de una transición profunda hacia un modelo más complejo.   

El primer factor de cambio fue el dramático descenso de la población aborigen. El impacto de las epidemias europeas, sumado al desequilibrio biológico, económico y social derivado de la conquista, redujo el número de tributarios disponibles. A esto se unió el mestizaje, que no solo represento un trasvase demográfico, sino una ruptura en las categorías jurídicas de la colonia. Los mestizos, al no ser computados como indios puros, no podían ser sometidos legalmente al régimen de la encomienda, lo que reducía aún más la base de sustentación de la clase encomendera.   

Simultáneamente, la población española experimento un crecimiento sostenido debido a la inmigración constante y a su propia reproducción vegetativa. Con el tiempo, los españoles dejaron de ser únicamente conquistadores y encomenderos. La aparición de un funcionariado institucionalizado y la expansión de la Iglesia diversificaron la republica de españoles. En este nuevo escenario, los encomenderos pasaron a ser una minoría, aunque mantuvieron una retórica de arrogancia y prestigio basada en sus antepasados. Para mediados del siglo XVIII, la sociedad birracial se había transformado en un mosaico étnico de gran complejidad estructural.   

  Esta transformación cualitativa significo que los indios ya no eran el cimiento exclusivo de la economía colonial. El dinamismo demográfico de los otros sectores étnicos les otorgo un peso creciente en la producción y el consumo. Los encomenderos perdieron el monopolio que inicialmente tenían sobre la mano de obra, viéndose obligados a competir con otros sectores por un recurso cada vez más escaso o gestionado por vías diferentes, como el trabajo asalariado o el repartimiento estatal. En el siglo XVIII, el número de encomenderos era tan reducido que representaban menos del uno por mil de la población total, convirtiéndose en una sombra de lo que fueron durante la etapa de los Austrias.   

El terreno económico sufrió cambios no menos sustanciales. Durante la conquista, la encomienda era la institución idónea para una economía de mera subsistencia, donde la riqueza se extraía directamente del tributo indígena y del control de su fuerza de trabajo. Sin embargo, la disminución de los tributos y la mano de obra, junto con el crecimiento del sector blanco y mestizo, obligaron a una diversificación de las actividades productivas. La escasez de alimentos y el aumento de los precios estimularon a los españoles a iniciar su propia producción agraria y ganadera para abastecer a las ciudades y centros mineros.   

A finales del siglo XVI, este proceso dio paso a la consolidación de la hacienda y la estancia como unidades económicas primordiales. Los colonos introdujeron cultivos comerciales como el trigo y el maíz, y criaron ganado a gran escala en tierras que a menudo habían sido abandonadas por los indios o usurpadas de sus comunidades. Este cambio estructural transformo una economía primaria en otra de naturaleza claramente capitalista en muchos de sus aspectos, buscando la eficiencia y la racionalización de los recursos.   

  La propiedad territorial ofreció ventajas decisivas sobre la encomienda. Mientras que esta última estaba sujeta a la voluntad real y tenía una duración limitada, la tierra se poseía a perpetuidad y podía transmitirse hereditariamente sin interferencias burocráticas constantes. Para el siglo XVII, el prestigio social y la seguridad económica se habían desplazado de la posesión de indios a la posesión de tierras. La tierra se convirtió en el vehículo más seguro de ascensión social, canalizando capitales provenientes del comercio, la minería y el desempeño de cargos públicos.   

A pesar de este desplazamiento, algunos encomenderos lograron adaptarse convirtiéndose en terratenientes o invirtiendo en negocios mineros, aprovechando el capital inicial que les proporcionaba la comercialización de los tributos indígenas. No obstante, aquellos que permanecieron anclados en la mentalidad de percibir rentas pasivas sin inversión ni riesgo quedaron rezagados. Para el siglo XVIII, el grupo encomendero era visto con una mezcla de compasión y rechazo por parte de la nueva elite ilustrada, que ponía el énfasis en la actividad productiva y la explotación intensiva de los recursos frente al modelo señorial y providencialista del pasado.   

La llegada de la dinastía Borbon al trono español tras la Guerra de Sucesión Española marco un punto de inflexión en la administración de las colonias americanas. Los Borbones impulsaron un ambicioso programa de reformas para centralizar el poder, modernizar la burocracia y maximizar los ingresos fiscales para una metrópoli que se encontraba en una situación de debilidad internacional frente a potencias como Inglaterra y Holanda. Este espíritu reformista, influido por el despotismo ilustrado, chocaba frontalmente con la existencia de la encomienda, percibida como una institución obsoleta que detraía recursos que debían ingresar directamente en las Arcas Reales.   

La Corona se encontró en el siglo XVIII en una posición de fuerza mucho mayor que en los siglos precedentes. El distanciamiento de la etapa de conquista y la desaparición de los descendientes directos de los conquistadores permitieron al monarca reclamar los tributos indígenas con mayor decisión. En Nueva España, por ejemplo, muchas encomiendas ya se habían transformado en simples pensiones fijas pagadas por las Cajas Reales, perdiendo cualquier vínculo jurídico directo con las comunidades indígenas. La política real se orientó hacia la incorporación definitiva de todas las encomiendas a la Corona a medida que fueran vacando por fallecimiento de sus poseedores.   

  Un momento clave en este proceso fue la Real Cedula del 12 de julio de 1720, que ordeno la incorporación general de las encomiendas vacantes a la Corona. Sin embargo, la realidad americana impuso matices. El Consejo de Indias reconoció que, en ciertas regiones marginales o pobres, la supresión inmediata podría provocar el despoblamiento y la ruina económica. Por ello, se hizo una extraña excepción con las encomiendas de servicio personal, que debían permanecer en el estado en que se hallaban para evitar males mayores a la cristiandad y al servicio real. Esta decisión refleja la tensión constante entre el ideal reformista y la necesidad pragmática de mantener el orden en territorios donde no existían alternativas económicas solidas.   

La evolución de la encomienda mostro una marcada heterogeneidad geográfica. Mientras que en los centros virreinales de Mexico y Lima la institución era casi marginal en el siglo XVIII, en las zonas periféricas seguía jugando un papel fundamental en la estructura social y económica. En el Reino de Chile, la encomienda mantuvo un carácter predominantemente de servicio personal vinculado a las faenas mineras y agrícolas. La escasez de mano de obra y la inestabilidad de la frontera mapuche consolidaron una elite aristocrática que utilizaba el trabajo indígena para sostener sus estancias.   

En el Tucumán y el Rio de la Plata, la falta de metales preciosos convirtió al indio en la principal fuente de riqueza. Las Ordenanzas de Gonzalo de Abreu en 1576 habían legalizado un sistema de servicios personales que, a pesar de las prohibiciones reales, se mantuvo vigente hasta bien entrado el siglo XVIII. Los encomenderos del Tucumán ejercían un poder discrecional sobre sus encomendados, utilizándolos para la producción de algodón y tejidos, así como para la recolección del algarrobo, esencial para el sustento de la mano de obra. En estas regiones, la comunidad indígena quedo desestructurada ante la superposición de obligaciones que debían cumplir mediante la mita al encomendero.   

En el Paraguay, la encomienda se ligó estrechamente a la explotación de la yerba mate. Los indios eran utilizados en la dura labor de extracción en las selvas del noreste y en el transporte en balsas por los ríos hasta Asunción y el Rio de la Plata. La convivencia entre el régimen de comunidad de las misiones franciscanas y la encomienda creo una dinámica social particular, donde las autoridades y los encomenderos se disputaban constantemente el tiempo y el esfuerzo del trabajador indígena. En estos contextos, el encomendero seguía siendo la figura central de poder, ya que no existía un grupo competitivo de grandes comerciantes o mineros que desafiara su primacía.   

  El caso de Yucatán también es significativo. A diferencia de otras zonas, las encomiendas yucatecas no eran de servicio personal ni de corta entidad, pero lograron eludir la incorporación general durante gran parte del siglo XVIII. Los encomenderos constituyeron allí la elite por excelencia hasta fechas muy tardías, justificando su existencia por la supuesta pobreza de la provincia y la ausencia de injusticias graves contra los naturales. La institución solo fue incorporada en 1785, tras un largo debate entre los intereses fiscales de la Corona y la resistencia de una aristocracia local que no encontraba otros medios de subsistencia dignos de su estatus.   

La extinción definitiva de la encomienda no fue un acto único, sino un proceso gradual que culmino a finales del siglo XVIII bajo el impulso de los últimos Borbones. La Corona entendió que la modernización pasaba por erradicar cualquier vestigio de señorío privado sobre los vasallos reales para consolidar una administración centralizada y racional. Las medidas se iniciaron con fuerza en la década de 1770: en 1771 se abolieron las encomiendas en Tucumán y el Nuevo Reino de Granada; en 1785 se incorporaron las de Yucatán; y finalmente, en 1791, se decretó la abolición general de la institución en todo el imperio americano, incluyendo Chile.   

Desde el punto de vista legal, la encomienda desapareció cuando ya había dejado de ser necesaria para la estructura económica. El surgimiento del peonaje por deudas y el trabajo asalariado en las haciendas ofrecían a los propietarios medios más eficaces y menos conflictivos para obtener mano de obra. Sin embargo, la impronta social de la institución fue mucho más persistente. La mentalidad señorial, el desprecio por el trabajo manual y la búsqueda de estatus a través de la posesión de hombres y tierras marcaron profundamente el futuro de las naciones independientes que surgieron en el siglo XIX.   

  El legado de la encomienda también se manifiesta en la compleja estructura de castas y en el sistema de valores raciales que heredo la America Latina contemporánea.

La pureza de sangre, utilizada inicialmente para legitimar la sucesión en las encomiendas, se transformó en un mecanismo de discriminación social que sobrevivió mucho tiempo después de que las leyes coloniales fueran derogadas. La relación asimétrica entre el encomendero y el indígena sentó las bases de formas posteriores de dominación rural que caracterizaron el desarrollo de muchos países americanos durante su etapa republicana.   

Un aspecto fundamental para comprender el funcionamiento de la encomienda fue el aparato burocrático y judicial que la rodeaba. El fiscal protector de indios jugaba un papel ambivalente. Por un lado, debía defender los intereses de los naturales en pleitos contra particulares, pero no podía intervenir en casos que afectaran directamente a la Real Hacienda, salvo en hechos criminales claros. Esta dualidad de funciones a menudo generaba conflictos de interés, especialmente cuando las figuras de la fiscalía y la protectoria estaban unidas en una misma persona.   

La administración colonial también debió lidiar con el incumplimiento sistemático de las leyes de Indias por parte de las autoridades locales. Las quejas llegadas a España mostraban un panorama de arbitrariedad en la distribución de tierras y encomiendas, a menudo basada en redes de nepotismo y clientelismo. La Contaduría Mayor en España actuaba como un órgano de control celoso ante las propuestas de reforma provenientes de America, tratando de asegurar que cada medida se ajustara a los intereses fiscales de la monarquía.   

Las controversias legales y los pleitos frecuentes no solo muestran las imperfecciones del sistema, sino que ofrecen al historiador una ventana para conocer el funcionamiento real de las instituciones hispanoamericanas. El sistema judicial, con todos sus defectos, permitía proponer correcciones e interpretaciones que ajustaran los resortes de la maquinaria socio-estatal del Nuevo Mundo. La bigamia, la poligamia por defecto de educación y las mezclas raciales complejas obligaron a los juristas coloniales a definir constantemente situaciones que la ley general no había previsto, demostrando la capacidad de adaptación del derecho indiano a la realidad local.   

En el siglo XVIII, la ciudad emergió como el gran centro de transformación social y económica, contrastando con el conservadurismo del mundo rural donde la encomienda agonizaba. Las capitales virreinales y las ciudades portuarias se convirtieron en crisoles de razas y en símbolos del desarrollo económico borbónico. Allí, el comercio y la administración ofrecían oportunidades de ascenso social que no dependían del linaje de los conquistadores. Los nuevos grupos de comerciantes, muchos de ellos peninsulares llegados recientemente, desplazaron a los encomenderos de su preeminencia económica.   

Sin embargo, America seguía siendo en gran medida una sociedad rural. La tecnología atrasada y las comunicaciones lentas mantenían a muchas regiones en un gran aislamiento, permitiendo que las pautas de vida tradicionales persistieran. En este marco, el encomendero con su mentalidad señorial todavía tenía sentido para una parte de la población, facilitando la conducción de asuntos locales en ausencia de una presencia estatal sólida. La ampliación territorial alcanzada en el siglo XVIII se logró a menudo anexionando territorios inseguros donde la autoridad del blanco se representaba todavía a través de la figura del encomendero que velaba por el orden y el trabajo.   

La fundación de pueblos de españoles y de indios fue la estrategia básica para consolidar el dominio territorial. En el Reino de Guatemala, por ejemplo, se fundaron cientos de centros urbanos siguiendo patrones reticulares que buscaban organizar a la población de manera jerárquica. Esta urbanización permitió un control más efectivo del tributo y de la evangelización, aunque también facilito el mestizaje al poner en contacto diario a grupos étnicos diversos.   

La encomienda fue, en definitiva, la institución que mejor ejemplifica la contradicción inherente al imperio español en America: la tensión entre la ambición señorial de los conquistadores y el absolutismo centralizador de la Corona. Su auge estuvo ligado a la necesidad de recompensar el esfuerzo privado en una etapa de recursos estatales escasos, mientras que su declive fue el resultado inevitable del éxito de la colonización, que creo nuevas fuentes de riqueza y estructuras de poder más eficientes.   

El paso de la encomienda a la hacienda no fue solo un cambio económico, sino una transformación profunda en la concepción del poder y de la relación entre el Estado y el individuo. La transición hacia el trabajo libre (o aparentemente libre) marco el inicio de una nueva era en la que el capital y la propiedad de la tierra sustituyeron al privilegio de sangre como motor de la sociedad. Sin embargo, las desigualdades estructurales forjadas durante los siglos de la encomienda continuaron proyectando su sombra sobre el continente, definiendo muchas de las luchas sociales que marcarían los siglos posteriores.   

La bibliografía y la documentación oficial del siglo XVIII muestran una notable parvedad de alusiones a la encomienda en comparación con el siglo XVI, lo que confirma que para entonces la institución ya no acaparaba el interés de los tratadistas ni representaba una amenaza para la estabilidad imperial. Su desaparición fue el cierre lógico de un ciclo histórico, permitiendo que la monarquía borbónica intentara, aunque con éxito relativo, una gestión más directa y rentable de sus vastas posesiones ultramarinas antes del estallido de las guerras de independencia.   

Este cálculo, fundamental para la Real Hacienda, se volvió cada vez más complejo debido al descenso demográfico y a la introducción de numerosas deducciones como la media anata y el real de manta. La incapacidad del sistema de encomienda para garantizar ingresos estables frente a estas variables fue, en última instancia, lo que sentencio su fin ante los ojos de los reformadores ilustrados del siglo XVIII. La racionalización fiscal exigía que el Estado fuera el único perceptor del esfuerzo indígena, eliminando intermediarios que, como los encomenderos, ya no cumplían una función militar o social indispensable para la supervivencia del imperio.

Hallan el Templo del Sol de Heliogabalo del siglo III

La localización del Templo del Sol de Heliogábalo ha sido durante décadas una cuestión abierta en la historiografía sobre el Oriente Romano. Las fuentes antiguas mencionan el santuario como eje religioso y político de una ciudad en particular, pero claro, la ausencia de pruebas arqueológicas concluyentes había mantenido el debate en el terreno de las hipótesis.

Ahora, la aparición de una inscripción griega durante unas obras de restauración ha modificado ese escenario y ha devuelto el foco a un enclave que carga con siglos de historia religiosa superpuesta. El descubrimiento se produjo bajo la base de una columna y refuerza la hipótesis de que la mezquita se alza sobre los restos del santuario solar dedicado a Heliogábalo.

La investigación, publicada en la revista Shedet, parte del hallazgo realizado en la Gran Mezquita de Homs, un edificio emblemático de la actual Homs (Siria), la antigua Emesa. Los resultados han confirmado que lo que se creía, era cierto: el Templo del Sol del emperador Heliogábalo siempre estuvo sobre Emesa, pero había sufrido de muchas transiciones religiosas.

El elemento central del estudio es una inscripción tallada directamente sobre granito, integrada en la base de una columna de grandes dimensiones.

El texto, escrito en griego, presenta un tono épico y referencias a un gobernante de carácter militar, descrito mediante metáforas asociadas al viento, la tormenta y animales de fuerza simbólica. Este tipo de lenguaje es habitual en inscripciones conmemorativas de época romana y apunta a un contexto oficial y ritualizado.

Los especialistas han señalado que el texto muestra irregularidades gramaticales y ortográficas, un rasgo frecuente en Siria durante el periodo romano debido al predominio del arameo como lengua hablada.

Este detalle lingüístico refuerza la autenticidad local de la inscripción y la vincula con la población de Emesa, cuya identidad religiosa giraba en torno al culto solar. La pieza permaneció oculta hasta 2016, cuando las excavaciones la sacaron a la luz, aunque la inestabilidad del país retrasó su análisis detallado durante años.

Emesa, del paganismo al islam: continuidad del Templo del Sol de Heliogábalo

El estudio, firmado por el arqueólogo Maamoun Saleh Abdulkarim, profesor de la Universidad de Sharjah, plantea que el enclave experimentó una evolución religiosa continuada. Según esta interpretación, el espacio habría comenzado como santuario pagano, se habría transformado posteriormente en iglesia cristiana y, tras la conquista islámica, en mezquita.

Esta secuencia no implicaría una ruptura radical, sino una reutilización simbólica y arquitectónica del mismo lugar sagrado.

La relevancia del emplazamiento se ve reforzada por su valor histórico posterior. La mezquita está asociada a la figura de Nur al-Din, gobernante zanguí del siglo XII, y la tradición sostiene que el edificio se levantó sobre una antigua iglesia dedicada a San Juan Bautista.

Esta superposición de cultos convierte el lugar en un ejemplo claro de continuidad espacial, donde cada religión reinterpretó un espacio previamente sacralizado.

La identidad romana de Emesa se articulaba en torno al culto a Heliogábalo, deidad solar local que dio nombre al Heliogábalo, emperador romano desde el año 218. El templo dedicado a esta divinidad constituía el centro de las festividades y de la vida religiosa de la región.

El peso político del sacerdocio fue tal que uno de sus miembros logró acceder al trono imperial e intentó situar a su dios como divinidad suprema del Imperio.

Desde entonces, el proceso de cambio religioso en la ciudad fue gradual. Paganos y cristianos coexistieron durante generaciones, del mismo modo que siglos después lo hicieron cristianos y musulmanes.

Esta convivencia explica la reutilización de espacios sagrados y refuerza la idea de que el Templo del Sol de Heliogábalo no desapareció, sino que fue integrado en nuevas estructuras religiosas. La inscripción griega aportaría así un elemento material que conecta las fuentes literarias con la arqueología.

Los arqueólogos, entre el brindis y el estupor: hallan la localización exacta del mítico Templo del Sol de Heliogábalo

La España del XIX

El siglo diecinueve en España constituye un periodo de transición traumática y cambio perpetuo, marcado por la desintegración de las estructuras del Antiguo Régimen y el alumbramiento, a menudo violento, de un Estado liberal que luchó durante cien años por consolidarse frente a la resistencia de las fuerzas tradicionalistas.

Este proceso no fue una progresión lineal hacia el progreso, sino más bien una serie de avances y retrocesos dialécticos que dividieron a la sociedad en dos campos irreconciliables, sembrando las raíces de conflictos que perdurarían mucho más allá del cambio de centuria.

La catedral de Burgos entre 1850 y 1860 en una imagen de Henri Plaut publicada por la editorial francesa Gaudin-Frères.

La historia de este siglo es la historia de una crisis general de las instituciones nacionales que comenzó con el impacto de la Revolución Francesa y la posterior invasión napoleónica, eventos que actuaron como catalizadores de una transformación revolucionaria pero que también dejaron como herencia una división profunda entre un liberalismo ilustrado, a menudo agresivo y paternalista, y un tradicionalismo absolutista y católico intransigente que contaba con el apoyo de amplios sectores de la población analfabeta.   

La quiebra del sistema absolutista se precipitó en 1808, un año que marca el inicio de la Edad Contemporánea en España y que puso de manifiesto la extrema fragilidad de la monarquía borbónica de Carlos IV.

La Giralda entre 1850 y 1860 en una imagen de Henri Plaut publicada por la editorial francesa Gaudin-Frères.

La política exterior de la corona, dirigida por el polémico favorito Manuel Godoy, había vinculado el destino de España a la Francia de Napoleón Bonaparte mediante tratados como el de San Ildefonso y el de Fontainebleau, permitiendo el tránsito de tropas francesas para la invasión de Portugal.

Sin embargo, la ocupación francesa pronto reveló sus verdaderas ambiciones, provocando una crisis dinástica sin precedentes que culminó en el Motín de Aranjuez, donde Carlos IV se vio obligado a abdicar en su hijo Fernando VII. La posterior intervención de Napoleón en las abdicaciones de Bayona, donde forzó a ambos monarcas a renunciar al trono en favor de su hermano José I Bonaparte, dejó al país en un vacío de poder que fue llenado por la insurrección popular del dos de mayo en Madrid.   

La Guerra de la Independencia fue un conflicto multifacético que funcionó simultáneamente como una lucha de liberación nacional, una guerra civil entre patriotas y afrancesados, y un escenario de revolución política.

Ramblas du Centre, una imagen anónima de Las Ramblas de Barcelona a finales del siglo XIX.

La resistencia se organizó de manera espontánea a través de Juntas Locales y Provinciales que asumieron la soberanía en nombre del rey cautivo, desembocando finalmente en la creación de una Junta Suprema Central.

Rock of Gibraltar from the Spanish Bay, una imagen del Peñón tomada por B. L. Singley y publicada por Keystone View Co. en 1895.

Este conflicto militarizó profundamente la sociedad española, elevando al ejército y al clero como las únicas fuerzas sociales organizadas en un país donde la opinión pública era inexistente y los partidos políticos aún no habían nacido. La aparición de la guerrilla, una táctica de guerra de desgaste basada en el conocimiento del terreno y el apoyo popular, permitió a figuras de origen modesto ascender socialmente a través del mando militar, transformando al ejército en un potencial instrumento de cambio político para el futuro.   

Mientras la península ardía en combates, en la ciudad de Cádiz se gestaba el laboratorio de la modernidad política española. Las Cortes de Cádiz representaron una ruptura radical con el pasado al reunir a diputados de ambos hemisferios y proclamar que la soberanía residía esencialmente en la nación, y no en el monarca.

La Puerta de Serranos de Valencia en una imagen anónima y sin titular de la década de 1870.

La Constitución de 1812, conocida como la Pepa, fue el primer gran intento de racionalización del Estado, introduciendo la división de poderes, la libertad de prensa, la abolición de la Inquisición y el fin de los privilegios señoriales. Este documento no fue una mera copia de los modelos franceses, sino una creación original que buscaba conciliar la tradición histórica española con los principios del liberalismo racionalista, estableciendo un concepto de nación que incluía a los españoles de la península y de ultramar.   

Periodización política del siglo diecinueve en EspañaFechas claveCaracterísticas fundamentales
Guerra de la Independencia y Cortes de Cádiz1808-1814Crisis del Antiguo Régimen y primer intento constitucional.
Reinado de Fernando VII1814-1833Conflicto constante entre absolutismo y liberalismo.
Reinado de Isabel II1833-1868Construcción del Estado liberal bajo el dominio de los militares.
Sexenio Democrático1868-1874Experimentación democrática, monarquía de Amadeo I y Primera República.
Restauración Borbónica1875-1898Estabilidad basada en el turno pacífico y el fraude electoral.

El regreso de Fernando VII en 1814 supuso el fin inmediato del experimento liberal gaditano. El monarca, alentado por el Manifiesto de los Persas, decretó la nulidad de la Constitución y restauró el absolutismo, iniciando el Sexenio Absolutista marcado por una represión sistemática contra los liberales. Este periodo puso de relieve la incapacidad del rey para resolver los problemas económicos de una Hacienda en bancarrota tras la guerra y la pérdida de ingresos procedentes de las colonias americanas, que habían iniciado sus propios procesos de independencia aprovechando el vacío de poder en la metrópoli. La debilidad de la burguesía española obligó a los liberales a recurrir al ejército como único instrumento capaz de forzar cambios políticos, inaugurando la era de los pronunciamientos militares.   

El éxito del pronunciamiento del coronel Rafael del Riego en 1820 obligó al rey a aceptar la Constitución de 1812, dando paso al Trienio Liberal. Durante estos tres años, España intentó modernizarse mediante la supresión de la Inquisición, la abolición del régimen señorial y el inicio de reformas educativas. Sin embargo, la división interna entre liberales moderados, partidarios de reformas lentas con el apoyo de la corona, y los exaltados, que buscaban una ruptura total con el Antiguo Régimen, debilitó al gobierno. Esta inestabilidad, sumada a las intrigas constantes del rey y la intervención de la Santa Alianza europea, culminó en la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis en 1823, que restauró el poder absoluto de Fernando VII en la denominada Década Ominosa.   

La muerte de Fernando VII en 1833 abrió un nuevo capítulo de conflicto civil a través de la cuestión sucesoria. La derogación de la Ley Sálica mediante la Pragmática Sanción permitió el ascenso al trono de su hija Isabel II, provocando el rechazo de los partidarios del infante Carlos María Isidro, hermano del rey. Las Guerras Carlistas que siguieron no fueron solo una disputa dinástica, sino un enfrentamiento entre dos modelos de sociedad: el carlismo representaba el absolutismo, el clericalismo y la defensa de los fueros tradicionales de territorios como el País Vasco y Navarra; el bando isabelino, por su parte, se vio forzado a apoyarse en los liberales para sostener el trono, vinculando definitivamente la monarquía a la causa de la reforma constitucional.   

El reinado efectivo de Isabel II fue un periodo de inestabilidad crónica dominado por la figura de los espadones o generales-políticos como Espartero, Narváez y O’Donnell. La política española se dividió en dos grandes familias liberales: los moderados, que defendían una soberanía compartida entre el rey y las Cortes, un sufragio muy restringido y el orden social; y los progresistas, partidarios de la soberanía nacional, la ampliación de libertades y el desmantelamiento de las estructuras eclesiásticas. La Constitución de 1845 consolidó el modelo moderado, creando un Estado centralizado donde el gobierno nombraba directamente a los alcaldes y la Guardia Civil garantizaba el orden en las zonas rurales.   

En el ámbito económico, el siglo diecinueve español se caracterizó por un intento desesperado de modernización que chocó con la falta de capitales nacionales y la inestabilidad política. Las desamortizaciones fueron el mecanismo principal para transformar la propiedad de la tierra y financiar al Estado. La desamortización de Mendizábal en 1836 se centró en los bienes de las órdenes religiosas, buscando recaudar fondos para la guerra carlista y crear una base de propietarios fieles al liberalismo. Décadas después, la desamortización general de Pascual Madoz en 1855 afectó también a los bienes municipales, provocando una fractura social en el campo al privar a los campesinos pobres de los recursos comunales, aunque permitió un aumento de la superficie cultivada y el saneamiento parcial de la Hacienda.   

Comparativa de las principales constituciones del siglo diecinueve1812 (La Pepa)1845 (Moderada)1869 (Democrática)1876 (Restauración)
SoberaníaNacional.Compartida Rey/Cortes.Nacional.Compartida Rey/Cortes.
DerechosLimitados/Individuales.Restringidos.Amplios/Universales.Reconocidos/Flexibles.
SufragioUniversal masculino indirecto.Censitario muy restringido.Universal masculino directo.Censitario/Universal (1890).
ReligiónConfesional católica.Confesional (Concordato 1851).Libertad de cultos.Confesional/Tolerancia.

La industrialización española fue un proceso lento y geográficamente dispar. Mientras Cataluña desarrollaba una potente industria textil y el País Vasco se especializaba en la siderurgia, gran parte del interior peninsular seguía anclado en una agricultura de subsistencia poco productiva. El ferrocarril, concebido como el gran motor de integración nacional, comenzó a construirse de manera intensiva a mediados de siglo gracias a la Ley de 1855, que atrajo capital extranjero. Sin embargo, la adopción de un ancho de vía distinto al europeo y la dependencia de tecnología importada limitaron sus efectos positivos sobre la industria metalúrgica nacional, convirtiendo a España en una economía dependiente y periférica dentro del contexto europeo.   

La crisis final del reinado de Isabel II se debió a una combinación de escándalos financieros, crisis de subsistencias y el autoritarismo de los últimos gobiernos moderados. La Revolución de 1868, conocida como la Gloriosa, envió a la reina al exilio e inició el Sexenio Democrático, un periodo de experimentación política sin precedentes. La Constitución de 1869 estableció por primera vez en España una verdadera democracia con sufragio universal masculino y libertad de cultos. No obstante, la búsqueda de un nuevo rey por toda Europa debilitó la coalición revolucionaria, y el breve reinado de Amadeo de Saboya fracasó ante la oposición de republicanos, carlistas y alfonsinos, así como por el estallido de la guerra en Cuba.   

La proclamación de la Primera República en 1873 fue la culminación del ideal democrático, pero también un periodo de caos absoluto. La división entre republicanos federales y unitarios, sumada a la insurrección cantonalista en la que diversas ciudades se declararon independientes, impidió la consolidación del régimen. La inestabilidad, con cuatro presidentes en menos de un año, facilitó que los sectores conservadores prepararan el regreso de los Borbones. El pronunciamiento del general Martínez Campos en Sagunto en 1874 puso fin al Sexenio y dio inicio a la Restauración en la persona de Alfonso XII, hijo de Isabel II.   

El sistema de la Restauración, ideado por Antonio Cánovas del Castillo, buscaba terminar con el intervencionismo militar y los conflictos civiles mediante un modelo de convivencia pactada entre las élites. La Constitución de 1876, la más longeva de la historia de España, ofrecía un marco flexible para que los dos grandes partidos dinásticos, el Conservador de Cánovas y el Liberal de Sagasta, se alternaran pacíficamente en el poder mediante el turno pacífico. Este sistema se sostenía sobre un fraude electoral sistemático coordinado por el Ministerio de la Gobernación y ejecutado por los caciques locales, quienes manipulaban los votos para asegurar que el partido que debía gobernar obtuviera siempre la mayoría necesaria en las Cortes.   

Pese a su estabilidad inicial, la Restauración dejó fuera de la participación política a las fuerzas emergentes del país: el movimiento obrero, los republicanos y los nacionalismos periféricos. El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) fue fundado en 1879 por Pablo Iglesias, mientras que en Cataluña y el País Vasco surgían partidos que reivindicaban su identidad propia frente al Estado centralista. El final del siglo estuvo marcado por el trauma del Desastre del 98, cuando España perdió sus últimas colonias (Cuba, Puerto Rico y Filipinas) tras una guerra desigual contra los Estados Unidos. Este evento provocó una profunda crisis de identidad nacional que dio origen al regeneracionismo, una corriente intelectual liderada por Joaquín Costa que pedía una modernización radical del país bajo el lema escuela y despensa.   

La vida cultural y social del siglo diecinueve reflejó estas tensiones políticas. El Romanticismo de la primera mitad de siglo, con figuras como Larra y Espronceda, dio paso al Realismo de la segunda mitad, donde novelistas como Benito Pérez Galdós retrataron con precisión las contradicciones de la sociedad española en sus Episodios Nacionales. Las mujeres, a pesar de estar privadas de derechos políticos, comenzaron a ocupar espacios públicos de relevancia. Concepción Arenal, pionera del feminismo, denunció la situación de las prisiones y defendió el acceso de la mujer a la educación, mientras que Emilia Pardo Bazán introdujo el Naturalismo en España y luchó por el reconocimiento intelectual femenino en un mundo dominado por hombres.   

Hitos del desarrollo económico y social del siglo diecinueveAño/PeriodoImportancia histórica
Decreto de abolición de gremios1813/1834Paso hacia la libertad de industria y comercio.
Desamortización de Mendizábal1836-1837Transferencia masiva de tierras de la Iglesia al mercado.
Creación de la Guardia Civil1844Consolidación del orden público centralizado en el rural.
Ley de Ferrocarriles1855Inicio de la gran red de transportes con capital extranjero.
Fundación del Banco de EspañaMediados s. XIXModernización de las instituciones financieras y monetarias.
Restablecimiento del sufragio universal masculino1890Apertura teórica del sistema político durante la Restauración.

El análisis detallado de la Guerra de la Independencia permite observar que el conflicto no solo fue una respuesta al invasor, sino el inicio de una militarización que marcaría el destino de la política española. Al no existir partidos políticos organizados ni una clase media burguesa lo suficientemente fuerte, los oficiales del ejército se convirtieron en los únicos gestores del cambio social. Muchos de estos militares, de origen modesto y ascendidos por méritos de guerra, formaron una clase media instruida preocupada por modernizar el país, pero en constante tensión con la oligarquía nobiliaria y clerical que trataba de apartarlos de los asuntos de Estado. Esta tensión explica por qué durante todo el reinado de Isabel II y el Sexenio, el mecanismo de cambio de gobierno fue casi exclusivamente el pronunciamiento, donde generales como Prim o Espartero actuaban como árbitros de la voluntad nacional en ausencia de un sistema electoral limpio.   

La evolución del liberalismo español durante el siglo también estuvo profundamente influenciada por las corrientes intelectuales europeas, especialmente el krausismo. Esta filosofía, introducida a mediados de siglo, propugnaba una educación laica, basada en la libertad de cátedra y el desarrollo integral de la persona, lo que cristalizó en la Institución Libre de Enseñanza. Profesores como Francisco Giner de los Ríos buscaron formar a una nueva élite intelectual capaz de sacar a España de su atraso histórico mediante la reforma de las conciencias, convirtiéndose en el germen de la modernización pedagógica que florecería en el siglo veinte. Sin embargo, estas ideas chocaron frontalmente con el clericalismo dominante de la Restauración, que mantenía un control estricto sobre la enseñanza oficial.   

La cuestión de las colonias americanas fue otro factor determinante que a menudo se analiza de forma aislada, pero que tuvo un impacto directo en la política interna peninsular. La pérdida de los virreinatos americanos entre 1810 y 1825 no solo significó el fin del imperio mundial de los Borbones, sino que privó al Estado español de los recursos minerales y el mercado exclusivo que sostenían la Hacienda. Este colapso financiero forzó las desamortizaciones y explica la fragilidad permanente de los gobiernos liberales, incapaces de acometer grandes obras públicas sin recurrir al endeudamiento externo o a la venta del patrimonio nacional. El Desastre del 98 no fue, por tanto, un evento repentino, sino el capítulo final de un largo proceso de declive imperial que comenzó con las guerras napoleónicas.   

En el ámbito social, la transición al capitalismo no fue fluida. Las desamortizaciones, aunque necesarias para movilizar la propiedad de la tierra, generaron un enorme resentimiento entre el campesinado. Al perder el acceso a los montes comunales y las tierras de la Iglesia que antes arrendaban en condiciones favorables, muchos campesinos se sintieron más pobres y desprotegidos bajo el régimen liberal que bajo el feudal. Esto explica por qué las partidas carlistas encontraron un apoyo tan sólido y duradero en las zonas rurales de Navarra, Cataluña y el País Vasco, donde los campesinos veían en la defensa de la tradición y el altar una forma de proteger su modo de vida frente a las innovaciones de la burguesía urbana.   

La condición de la mujer en la España del siglo diecinueve es un reflejo de esta lucha entre modernidad y tradición. A pesar de figuras excepcionales, la mayoría de las mujeres seguían careciendo de derechos políticos y su acceso a la educación era muy restringido. No obstante, hitos como el de Elena Maseras, quien en 1872 fue la primera mujer en matricularse en la universidad para estudiar medicina, marcaron el inicio de una ruptura lenta pero irreversible con las normas sociales imperantes. Escritoras como Fernán Caballero o Rosalía de Castro utilizaron la literatura no solo para la expresión estética, sino como una herramienta de reivindicación de identidades lingüísticas y de género que desafiaban el canon centralista y patriarcal del momento.   

Mujeres influyentes en la España del siglo diecinueveContribución principalÁmbito de actuación
Concepción ArenalReforma penitenciaria y derechos de la mujer.Derecho y Sociología.
Emilia Pardo BazánIntroducción del naturalismo y feminismo literario.Literatura y Ensayo.
Rosalía de CastroReivindicación de la lengua gallega y poesía lírica.Literatura y Poesía.
Elena MaserasPrimera mujer en acceder a estudios universitarios oficiales.Ciencia y Medicina.
Juana de VegaActivismo político liberal y promoción social.Política y Filantropía.
Gertrudis Gómez de AvellanedaPoesía y teatro de corte romántico y antiesclavista.Literatura y Teatro.

Hacia el final de la centuria, la derrota frente a Estados Unidos y la pérdida de Cuba actuaron como un revulsivo psicológico sin precedentes. El regeneracionismo de Joaquín Costa no era simplemente un programa político, sino un estado de ánimo que exigía el fin de la política de ficción de la Restauración. Costa denunció que España vivía bajo una oligarquía que secuestraba la voluntad nacional a través del caciquismo, impidiendo que el país se europeizara. Su propuesta de un cirujano de hierro que extirpara los males de la nación sería interpretada de diversas formas en las décadas posteriores, pero su diagnóstico sobre la necesidad de invertir en regadíos, educación y modernización económica marcó el debate intelectual del cambio de siglo.   

En conclusión, el siglo diecinueve español fue el escenario de una batalla épica por la identidad nacional. España empezó el siglo siendo una monarquía absoluta de vocación imperial y lo terminó como un Estado nacional desgarrado por la pérdida de sus últimas colonias, pero con las bases institucionales del parlamentarismo, el derecho moderno y una incipiente sociedad civil ya establecidas. Fue el siglo de las contradicciones, donde convivieron el tren y el arado romano, la libertad de prensa y el pucherazo, los generales revolucionarios y los obispos absolutistas. Un periodo convulso que sentó las bases de la España moderna y cuya comprensión es indispensable para entender los conflictos y las aspiraciones que marcarían el devenir del país durante todo el siglo veinte.   

https://www.jotdown.es/2013/10/un-paseo-en-tres-dimensiones-por-la-espana-del-xix/

Hallan en Colonia el palacio perdido del gobernador romano

Las obras de construcción del futuro MiQua, el Museo Arqueológico Judío que se levanta sobre el corazón del casco histórico de Colonia, han deparado un conjunto de hallazgos romanos de una calidad de conservación excepcional. Durante los trabajos de excavación previos a la instalación de un pasaje subterráneo destinado a los visitantes, los arqueólogos del Römisch-Germanisches Museum han logrado documentar tres estructuras hasta ahora desconocidas del pretorio, el palacio del gobernador romano.

Entre ellas destaca un lararium, un altar doméstico del siglo II que constituye el único ejemplar de estas características hallado al norte de los Alpes, y una escalera del siglo I que conectaba niveles muy profundos del asentamiento primitivo con la antigua orilla del Rin. Las labores de excavación, que se han intensificado en los últimos meses debido a la necesidad de abrir zanjas profundas para el nuevo recorrido museístico, han permitido cortar estratos que en condiciones normales habrían sido arrasados por edificaciones posteriores.

El punto de partida lo constituye la reexcavación del ábside de un gran edificio basilical de cuatro naves levantado en el siglo IV. Lo que en superficie apenas se manifestaba como una leve depresión en el pavimento del Rathausplatz se ha revelado ahora, tras la apertura de un perfil estratigráfico, como un macizo de cimentación de hasta cuatro metros de espesor.

La sección practicada ha permitido determinar que no se trata del opus caementitium característico de la ingeniería romana, en el cual los áridos se vierten dentro de un encofrado de madera, sino de una técnica de construcción más cuidada: hiladas sucesivas de piedra volcánica, basalto y caliza dispuestas en tongadas regulares y trabadas con un mortero de extrema dureza de cerámica machacada y grava.

Ese conglomerado, conocido en la literatura arqueológica como caementicium con inclusión de cocciopesto, ha garantizado la pervivencia de la mole absidal hasta nuestros días. Los arqueólogos subrayan que la conservación de este paramento no se debe al azar ni a una particular solidez del material, sino al hecho de que ya en época romana tardía toda esa área fue recrecida artificialmente con aportes de tierra, probablemente para regularizar la pronunciada pendiente de la ribera fluvial. Esa colmatación temprana protegió los niveles inferiores de las demoliciones sistemáticas que sufrió el resto del conjunto palatino durante la Edad Media.

El segundo hallazgo, es una escalera fechada a finales del siglo I. Las escaleras constituyen uno de los elementos arquitectónicos menos frecuentes en los registros de la arqueología urbana germánica, dado que de los edificios romanos solo se preservan por lo general las cimentaciones y los primeros cursos de los muros, mientras que las huellas de los accesos elevados desaparecen.

En este caso, la pendiente natural del terreno hacia el cauce del Rin creó una diferencia de cotas tan acusada dentro del propio pretorio que los constructores se vieron obligados a salvar un desnivel considerable mediante una estructura de peldaños pétreos. La escalera, cuyos extremos superior e inferior no han podido ser determinados todavía, descendía desde un área aún no identificada del palacio hacia un nivel situado varios metros más abajo en dirección al río.

Los responsables de la excavación han señalado que la estabilidad del conjunto se debe a que el nivel de circulación del siglo I quedó sepultado muy pronto, durante el mismo periodo romano, por sucesivos rellenos destinados a ampliar la plataforma del pretorio. Esa pronta cobertura impidió que la escalera fuera expoliada como cantera o desmontada para recuperar sus sillares.

La pieza que ha concitado la atención es el lararium aparecido en una estancia perteneciente a la fase del siglo II del pretorio. Es una pequeña hornacina practicada en el grueso de un muro, claramente identificable como altar doméstico dedicado a los Lares, las divinidades protectoras del hogar y de la familia en la religión romana.

El ejemplar de Colonia presenta un estado de conservación que, pese a encontrarse todavía sin restaurar, permite apreciar numerosos detalles de su fisonomía original. La hornacina, de reducidas dimensiones, conserva en su interior restos evidentes de una capa de estuco coloreado, lo que indica que estuvo pintada, aunque la policromía exacta no ha sido aún determinada. Sobre el vano y a ambos lados de la abertura se distinguen orificios practicados en la fábrica que alojaron clavos de hierro, según interpretan los arqueómetros; esos clavos servían para suspender guirnaldas vegetales o cintas votivas durante las ceremonias domésticas de ofrenda.

Bajo la hornacina, una fina línea de rotura en el enlucido delimita con precisión el lugar donde estuvo colocada una repisa o mesa de altar. Esa pieza, la placa propiamente dicha donde se depositaban las ofrendas, apareció desprendida y ligeramente desplazada durante los trabajos de limpieza del estrato; tras su restauración, está previsto reintegrarla en su posición original. Asimismo, los laterales de la hornacina presentan unos resaltes o retranqueos que debieron servir para enmarcar el nicho con un pequeño frontón o con una moldura, quizá de madera o estuco, que acentuaba la sacralidad del espacio.

El valor excepcional del lararium de Colonia reside en su rareza geográfica. Hasta ahora, los ejemplos de altares lares completamente conservados en su contexto arquitectónico se conocían casi exclusivamente en las ciudades vesubianas, Pompeya y Herculano, donde la erupción del año 79 selló los interiores domésticos sin alterar su disposición. En el resto del Imperio romano, y particularmente en las provincias del noroeste, estos pequeños santuarios domésticos o bien fueron desmantelados durante la Antigüedad tardía o bien sus restos son tan fragmentarios que resulta imposible reconstruir su forma.

El hecho de que en Colonia se haya preservado no solo la estructura muraria de la hornacina, sino también indicios de su decoración parietal, los orificios para las guirnaldas y la propia placa del altar caída justo delante de su emplazamiento, confiere a este hallazgo una relevancia equiparable a la de los conjuntos campanos. Los arqueólogos han señalado que la posición del lararium dentro del pretorio, un edificio de carácter público y representativo pero también residencia del gobernador y su familia, aporta información novedosa sobre la pervivencia de cultos privados en ámbitos oficiales.

Todos estos elementos han salido a la luz gracias a la profundidad excepcional que alcanzará el futuro recorrido subterráneo del MiQua. A diferencia de las excavaciones convencionales, que rara vez descienden por debajo de los niveles de ocupación medieval, los trabajos actuales han debido penetrar hasta cotas que corresponden a los primeros asentamientos romanos del siglo I, situados bajo el nivel freático histórico y protegidos por los potentes rellenos acumulados durante diecinueve siglos.

Esa misma profundidad ha obligado al empleo de sistemas de bombeo continuo y a la consolidación inmediata de los perfiles para evitar desprendimientos. La dirección del museo ha anunciado que tanto la escalera como el altar doméstico serán integrados en el discurso expositivo del futuro recorrido, que permitirá a los visitantes contemplar in situ las estructuras en su posición original.

El lararium, una vez completados los trabajos de restauración y fijación de la pintura mural, será protegido mediante una vitrina climática que garantice su preservación sin privar al público de la visión directa de este testimonio único de la religiosidad doméstica romana más allá de los confines mediterráneos. Las excavaciones continúan en las áreas adyacentes del Rathausplatz con la expectativa de que la remoción de los rellenos tardíos pueda deparar nuevos contextos igualmente preservados por la misma dinámica de colmatación temprana.

Stadt Köln

La brujula verde

La América colonial española

La llegada de los europeos al continente americano a finales del siglo quince desencadenó uno de los procesos de transformación más profundos y complejos de la historia, caracterizado por un impacto demográfico devastador y la instauración de una estructura social estratificada que buscaba fusionar realidades culturales y biológicas divergentes bajo un marco institucional centralizado.

Este fenómeno se manifestó inicialmente a través de un colapso poblacional sin parangón en las sociedades indígenas, cuya magnitud ha sido objeto de un intenso debate historiográfico a lo largo del siglo veinte, oscilando entre posturas maximalistas que sugieren una población precolombina de hasta cien millones de habitantes y visiones más conservadoras que la sitúan cerca de los diez millones. Las investigaciones contemporáneas han tendido a converger en una estimación intermedia de aproximadamente cincuenta millones de personas, reconociendo que la debacle poblacional fue producto de una convergencia multicausal donde los agentes patógenos introducidos por los conquistadores desempeñaron el papel más letal y cuantificable.

El choque demográfico fue especialmente agudo en las regiones insulares del Caribe, donde las poblaciones autóctonas fueron diezmadas en apenas unas pocas décadas debido a su fragilidad inmunológica y al carácter disruptivo de la colonización inicial, lo que provocó una temprana necesidad de importar mano de obra africana esclavizada para sostener la economía colonial. En el interior del continente, particularmente en los altiplanos densamente poblados de México y los Andes, el impacto fue brutal y el descenso demográfico intenso, aunque algo menor en territorios de baja densidad o escaso interés económico inicial, donde la distancia y la falta de contacto frecuente con los europeos frenaron temporalmente la propagación de enfermedades. Este desplome poblacional no puede atribuirse exclusivamente a las conflagraciones bélicas, pues, aunque la violencia de la conquista fue real, las armas indígenas como arcos, flechas y macanas poseían a menudo una eficacia superior en el terreno frente a los lentos arcabuces europeos. La causa reside en el factor epidemiológico, con brotes recurrentes de viruela, sarampión, gripe y tifus que asolaban a las poblaciones nativas cada diez o doce años, impidiendo cualquier posibilidad de recuperación demográfica sostenida durante los siglos dieciséis y diecisiete.   

 A la letalidad de los microbios se sumó lo que los historiadores denominan desgana vital, una crisis anímica profunda provocada por el colapso de las estructuras tradicionales de vida y la ruptura de los marcos de referencia culturales de los indígenas, lo que derivó en una caída de la natalidad, abortos voluntarios y muertes por inanición en el contexto de un sistema de trabajo forzado que los sometía a ritmos de producción agotadores en las minas y las encomiendas. El desequilibrio biológico se vio agravado por la introducción de ganado europeo que competía por los recursos alimenticios y alteraba los ecosistemas agrícolas locales, forzando desplazamientos de población que facilitaban aún más el contagio de enfermedades exógenas. Solo hacia mediados del siglo diecisiete comenzó a observarse una estabilización demográfica en Nueva España, mientras que en la región andina este proceso se retrasó hasta el siglo dieciocho, coincidiendo con el desarrollo de autodefensas inmunológicas y el incremento del mestizaje.   

La recomposición de la población americana se nutrió también de un flujo migratorio constante desde la península ibérica, el cual fue regulado meticulosamente por la Corona de Castilla a través de instituciones como la Casa de Contratación. Durante el siglo dieciséis, se estima que unos doscientos mil españoles se asentaron legalmente en las Indias, cifra que aumentó significativamente hacia finales del siglo diecisiete con un promedio anual de cuatro mil inmigrantes. Este movimiento migratorio tuvo un marcado sesgo regional inicial, con una preeminencia de andaluces que representaban el cuarenta por ciento de los llegados hasta 1519, seguidos por extremeños y castellanos. Con el tiempo, la presencia de mujeres españolas creció de un escaso seis por ciento inicial a un tercio de los inmigrantes hacia la segunda mitad del siglo dieciséis, lo que permitió la consolidación del modelo de familia nuclear hispana y la transmisión de valores sociales y religiosos europeos en el Nuevo Mundo.   

La estructura social colonial se configuró sobre la base de una división teórica conocida como el sistema de las dos repúblicas, que separaba jurídicamente a los españoles de los indios para facilitar la administración y la evangelización, aunque la realidad cotidiana fue mucho más fluida debido al mestizaje biológico y cultural. En la cúspide de esta pirámide se encontraban los españoles peninsulares, poseedores de los cargos más altos de la burocracia, la Iglesia y el ejército, mientras que los criollos, hijos de españoles nacidos en América, dominaban la propiedad de tierras y minas pero enfrentaban limitaciones en el acceso al poder político de alta jerarquía, lo que sembró las bases de un descontento social prolongado. El sistema de castas emergió como una respuesta administrativa a la creciente mezcla étnica, clasificando a los individuos según su ascendencia racial en categorías como mestizos, mulatos y zambos, cada una con un estatus legal y privilegios específicos que determinaban sus posibilidades de ascenso social.   

La Iglesia Católica desempeñó un papel central como garante de la cohesión social y la moralidad pública, operando a través de una red de instituciones que incluía las órdenes religiosas y el Santo Oficio de la Inquisición. Establecida formalmente en Lima y México hacia 1570, la Inquisición americana tuvo como cometido principal evitar la corrupción del catolicismo entre la población europea y mestiza, persiguiendo a judaizantes, protestantes y sospechosos de brujería, aunque los indígenas quedaban en gran medida fuera de su jurisdicción directa por ser considerados neófitos. La actividad del Santo Oficio en América fue cuantitativamente inferior a la peninsular, dictándose en Lima solo treinta condenas a muerte en dos siglos y medio de existencia, y funcionando a menudo más como un mecanismo de control social y censura de lecturas que como un órgano de exterminio masivo.   

El componente africano fue otro pilar fundamental de la demografía colonial, especialmente tras el declive de la población nativa. Los esclavos eran introducidos bajo el sistema de piezas de Indias, una unidad de medida mercantil que representaba la capacidad de trabajo de un hombre joven y sano. Se estima que hasta principios del siglo diecinueve llegaron a la América española cerca de un millón de esclavos negros, empleados no solo en las plantaciones de azúcar y cacao del Caribe y Venezuela, sino también en las minas y el servicio doméstico urbano en ciudades como Lima y México. Muchos esclavos lograron eventualmente su libertad mediante la compra de su libertad o la concesión de sus amos, conformando un sector de negros y mulatos libres que se integraron a la vida urbana y artesanal.   

Económicamente, la minería de plata fue el motor que articuló el espacio colonial, vinculando centros de extracción como Potosí en el Alto Perú y Zacatecas en Nueva España con vastos circuitos comerciales que proveían de alimentos, textiles y mano de obra. El sistema de la mita andina, adaptado de las estructuras incaicas, obligaba a las comunidades indígenas a enviar periódicamente contingentes de trabajadores a las minas, lo que suponía un esfuerzo sobrehumano para una población ya debilitada por las crisis demográficas y la presión tributaria. La producción minera alcanzó niveles históricos en el siglo dieciocho, cuando México se convirtió en el principal centro de acuñación del imperio, impulsado por reformas que redujeron el precio del mercurio y fomentaron la creación de gremios y bancos de rescate para financiar a los mineros.   

El siglo dieciocho estuvo marcado por la implementación de las reformas borbónicas, un conjunto de medidas impulsadas por la nueva dinastía reinante para centralizar el poder, aumentar la recaudación fiscal y modernizar la administración imperial bajo los principios del despotismo ilustrado. Estas reformas incluyeron la creación de nuevos virreinatos como el del Río de la Plata y Nueva Granada, la expulsión de la Compañía de Jesús en 1767 y el establecimiento de intendencias para reducir el poder de las oligarquías locales y mejorar la eficiencia burocrática. Si bien estas políticas lograron incrementar significativamente los ingresos de la Real Hacienda, también generaron profundas tensiones sociales al desplazar a los criollos de los puestos de mando y aumentar la presión impositiva sobre las capas bajas y medias de la sociedad.   

La liberalización del comercio en 1778 permitió que numerosos puertos americanos comerciaran directamente con la península, lo que dinamizó economías regionales que antes eran marginales, como las de Cuba, Venezuela y el Río de la Plata. En las Antillas, la producción de azúcar y tabaco experimentó un auge sin precedentes tras la crisis de Haití, convirtiendo a Cuba en una de las colonias más prósperas del imperio gracias a una agricultura de plantación intensiva apoyada en el trabajo esclavo. No obstante, este crecimiento económico no fue uniforme y convivió con el estancamiento de zonas del interior que no lograron adaptarse a las nuevas demandas del mercado internacional o que sufrieron el agotamiento de sus recursos naturales.   

La vida urbana colonial se estructuró en torno a ciudades que funcionaban como centros de relación social, religiosa y administrativa, donde convergían peninsulares, criollos, mestizos e indios aculturados. El trazado rectangular de las ciudades, con la Plaza Mayor como eje central donde se situaban el cabildo y la iglesia, reflejaba la jerarquía del poder y facilitaba el control de la población. En estas urbes, los gremios de artesanos y las cofradías religiosas proporcionaban redes de ayuda mutua y cohesión social para los sectores intermedios y bajos, mientras que las universidades y cortes virreinales concentraban a la élite intelectual y política.   

La familia fue la institución fundamental de organización y reproducción social en todos los estratos, aunque con características diferenciadas según la calidad de sus miembros. Entre las élites, el matrimonio y la dote eran mecanismos clave para consolidar fortunas y redes de poder, mientras que en los sectores más modestos existían altos niveles de informalidad y un elevado porcentaje de hijos ilegítimos. La dependencia de los hijos respecto a los padres era marcada, con una mayoría de edad establecida a los veinticinco años, lo que reforzaba la autoridad patriarcal y la solidaridad familiar como base de la supervivencia en un entorno social compartimentado.   

La situación de los indígenas que permanecieron fuera de las ciudades estuvo marcada por la persistencia de sus estructuras comunitarias, a pesar de las políticas de reducción impuestas por la Corona para facilitar el cobro del tributo y la evangelización. Las comunidades indígenas eran propietarias de tierras de resguardo que no podían ser enajenadas, lo que permitió el mantenimiento de cierta cohesión étnica y cultural frente al avance de las haciendas de los colonos. Los corregidores de indios y los caciques locales gestionaban la vida política y económica de estas comunidades, a menudo en un equilibrio precario entre la defensa de los intereses locales y las exigencias de la administración virreinal.   

Hacia finales del periodo colonial, la sociedad americana presentaba una complejidad étnica y social que desbordaba los intentos normativos de la metrópoli. El crecimiento de la población blanca y mestiza, unido a la recuperación demográfica indígena y el auge de la trata negrera en ciertas regiones, configuró un mosaico humano vibrante pero atravesado por profundas desigualdades estructurales. Las reformas borbónicas, al intentar imponer un orden fiscal y administrativo más riguroso, terminaron por agudizar las contradicciones de un sistema que ya no podía contener las aspiraciones de autonomía de sus súbditos americanos, sentando las bases de las crisis políticas que desembocarían en los procesos de independencia a principios del siglo diecinueve.   

Lev Samuilovich Klein o la arqueología de la resistencia

La vida de Lev Samuilovich Klein, nacido el primero de julio de mil novecientos veintisiete en Vítebsk y fallecido el siete de noviembre de dos mil diecinueve en San Petersburgo, constituye una de las crónicas más fascinantes y complejas de la intelectualidad soviética y rusa. Su figura no solo destaca por ser uno de los fundadores de la arqueología teórica contemporánea, sino también por personificar la resistencia del pensamiento crítico frente a los dogmas ideológicos impuestos por el estado totalitario. A lo largo de más de nueve décadas, Klein navegó por las turbulentas aguas de la historia rusa del siglo veinte, desde la Gran Guerra Patria hasta la caída de la Unión Soviética y la posterior transición, dejando una obra que abarca la arqueología, la filología, la antropología cultural y la sociología.

Lev Klein nació en el seno de una familia de médicos judíos en Bielorrusia. Sus padres, Stanislav Semenovich Kleyn y Asya Moiseyevna Rafalson, representaban a la intelectualidad profesional de la época. Un detalle significativo en su genealogía es la posición socioeconómica de sus abuelos: uno era dueño de una fábrica y el otro un comerciante de alto rango, lo que en el contexto soviético inicial podía marcar a una familia como elementos sospechosos para el nuevo régimen. Esta herencia cultural, imbuida de un respeto profundo por la educación y la ciencia, fue el cimiento sobre el cual Klein construyó su curiosidad polímata.

La Segunda Guerra Mundial, conocida en el ámbito soviético como la Gran Guerra Patria, interrumpió su adolescencia de manera abrupta. En mil novecientos cuarenta y uno, tras la invasión alemana, su familia fue evacuada hacia el este, estableciéndose inicialmente cerca de Moscú y luego en Yoshkar-Ola. A la temprana edad de dieciséis años, Klein dejó la escuela para unirse al Tercer Frente Bielorruso como trabajador civil en unidades de construcción, participando en la edificación de búnkeres y defensas en Bielorrusia y Rusia. Esta experiencia en el frente, que incluyó una contusión ocular por una explosión, no solo forjó su resiliencia física, sino que también le proporcionó una perspectiva pragmática sobre la estructura del poder y la logística del estado que más tarde aplicaría en sus análisis sociales.

Tras el conflicto, la familia se asentó en Grodno, donde Klein intentó seguir una formación técnica en una escuela ferroviaria antes de decidirse por las humanidades. Su ingreso en el Instituto Pedagógico de Grodno marcó el inicio de su carrera académica, pero también de su historial de disidencia. En mil novecientos cuarenta y siete, durante una conferencia, Klein se atrevió a cuestionar públicamente al Primer Secretario del Comité del Partido local, un acto de audacia que le obligó a huir a Leningrado para evitar consecuencias mayores, trasladándose a la Universidad Estatal de Leningrado (LGU).

En la Universidad de Leningrado, Klein tuvo la oportunidad excepcional de estudiar bajo la tutela de dos gigantes del pensamiento ruso: Mikhail Artamonov en arqueología y Vladimir Propp en filología y folclore. La influencia de Propp fue especialmente determinante para su metodología futura; de él aprendió el análisis estructural y la búsqueda de patrones subyacentes en las manifestaciones culturales, herramientas que Klein trasladaría décadas después a la clasificación de materiales arqueológicos. Sin embargo, la atmósfera antisemita de los últimos años del estalinismo dificultó su ascenso. Tras graduarse en mil novecientos cincuenta y uno, Klein pasó seis años trabajando como bibliotecario y profesor de secundaria, ya que su origen étnico y su falta de afiliación al Partido Comunista le cerraban las puertas de la investigación académica formal.

El regreso de Klein a la Universidad de Leningrado para realizar estudios de posgrado en mil novecientos cincuenta y siete marcó el inicio de su fase más productiva en el ámbito de la teoría. En mil novecientos sesenta, se incorporó al Departamento de Arqueología y en mil novecientos sesenta y dos fue nombrado profesor asistente. Este nombramiento fue notable, pues se produjo mediante una sesión especial del Buró del Partido de la facultad que reconoció sus excepcionales calificaciones académicas a pesar de su perfil político no alineado.3

Klein se propuso revitalizar la arqueología soviética, que tras las purgas de los años treinta se había refugiado en un empirismo descriptivo seguro, evitando los debates teóricos que pudieran entrar en conflicto con el materialismo histórico ortodoxo. Su enfoque, que él denominó metaarqueología, se centraba en el estudio de la arqueología como una disciplina científica con sus propias estructuras lógicas y metodológicas, independiente de las narrativas históricas preconcebidas.

Para Klein, la arqueología no era simplemente historia armada con una pala, como sostenía la escuela dominante en Moscú, sino una disciplina de estudio de fuentes similar en su rigor a la ciencia forense. Su argumento central residía en que los restos materiales son mudos y no constituyen hechos históricos por sí mismos; requieren un proceso de traducción mediado por la teoría para convertirse en información histórica. Esta visión de la arqueología como una ciencia de fuentes o istochnikovedenie buscaba dotar a la disciplina de una autonomía que la protegiera de las manipulaciones ideológicas que sufría la historiografía soviética.

En mil novecientos sesenta y ocho, Klein defendió su tesis de candidato (equivalente al doctorado) sobre los orígenes de la cultura de las catacumbas del Donets. En este trabajo, ya mostraba su inclinación por las explicaciones basadas en la migración y la interacción cultural, desafiando las teorías autóctonas que eran favorecidas por el nacionalismo académico soviético por su alineación con el desarrollo lineal de las sociedades propuesto por el marxismo. Su capacidad para integrar datos de la Edad del Bronce con marcos teóricos complejos le permitió ganar un reconocimiento internacional que, paradójicamente, aumentaba el recelo de las autoridades en casa.

Uno de los campos de batalla intelectual más intensos para Klein fue la controversia normandista sobre el origen de la Rus de Kiev. Esta disputa, que se remonta al siglo dieciocho, gira en torno al papel que desempeñaron los escandinavos (varegos) en la fundación del primer estado eslavo oriental. Durante la era soviética, el antinormandismo era la posición oficial obligatoria, ya que se consideraba que admitir una influencia externa en la creación del estado ruso era antipatriótico y contrario a las tesis de la evolución social independiente.

En la década de mil novecientos sesenta, Klein organizó una serie de seminarios en Leningrado donde, basándose en el análisis de la cultura material y la lingüística, defendió que la presencia escandinava había sido un factor clave en la formación de la élite y las estructuras políticas de la Rus temprana. Klein argumentaba que los nombres de los primeros gobernantes, como Rurik y Helga (Olga), tenían etimologías nórdicas claras y que los hallazgos arqueológicos en centros comerciales como Stáraya Ládoga confirmaban una presencia varega significativa.

Su postura no era un intento de disminuir la importancia de la población eslava, sino un llamado al rigor científico frente a la propaganda. En mil novecientos sesenta y cinco, participó en un célebre debate público contra los defensores de la línea dura del partido, donde denunció que el antinormandismo era un síntoma de un complejo de inferioridad nacional que impedía una comprensión objetiva de la historia. Esta honestidad intelectual le valió la vigilancia constante del KGB y la hostilidad del establecimiento académico de Moscú, encabezado por figuras como B. A. Rybakov, a quien Klein retrataría más tarde como el príncipe de la arqueología soviética en sus críticas históricas.

La presión sobre Klein culminó en mil novecientos ochenta y uno. Sus frecuentes publicaciones en revistas extranjeras y su persistencia en desafiar el materialismo histórico oficial le habían convertido en un objetivo prioritario para los servicios de seguridad. Fue arrestado bajo la acusación de homosexualidad, tipificada en el Artículo 121 del Código Penal de la RSFSR. Durante el registro de su domicilio, se intentó plantar material pornográfico de manera burda para reforzar el caso, pero el tribunal no pudo aceptar dicha evidencia debido a las irregularidades del procedimiento; no obstante, fue condenado por sodomía y sentenciado a prisión.

El encarcelamiento de Klein, a los cincuenta y cuatro años, fue un intento de destrucción profesional y personal. Como veterano de guerra y académico distinguido, se vio sumergido en el brutal sistema de castas de las prisiones soviéticas. En este entorno, los condenados por el Artículo 121 ocupaban el escalón más bajo de la jerarquía social, conocidos como parias o chushki. Estas personas sufrían una marginación extrema, siendo obligadas a comer por separado con utensilios marcados o perforados para evitar que su supuesta impureza contaminara al resto de la población penal.

Sin embargo, Klein abordó su cautiverio con la misma mentalidad analítica que aplicaba a sus excavaciones. En su libro Un mundo al revés (Perevórnutyi mir), documentó las estructuras de poder y las reglas no escritas de la cárcel. Gracias a su resiliencia y al respeto que infundía su edad y su conocimiento, logró ascender en la jerarquía interna. Relató con ironía cómo sus compañeros de celda realizaron una suerte de investigación propia y concluyeron que no era un homosexual en los términos degradantes que ellos manejaban, lo que le permitió ocupar posiciones de cierta autoridad, como la de distribuidor de azúcar o uglovoy (el que ocupa la cama de la esquina), títulos que para él llegaron a tener más peso existencial que sus grados académicos.

Jerarquía en la Prisión Soviética según KleinEstatus SocialFunciones / Características
UglovoyÉliteOcupa la esquina de la celda; tiene autoridad sobre los demás
Distribuidor de AzúcarConfianzaEncargado de repartir raciones; implica integridad reconocida
Preso comúnMedioSigue las normas de la comunidad criminal
Paria (Chushki)IntocableMarginado absoluto; usa el plato de goteo

Tras cumplir un año y medio de su condena, Klein fue liberado, pero se le prohibió ejercer la docencia y se le despojó de sus títulos científicos. Durante la siguiente década, vivió en un limbo profesional, trabajando de manera informal y guardando meticulosamente cada documento y carta en un archivo personal que denominaba su expediente de defensa. Este periodo de ostracismo terminó solo con la llegada de la Perestroika y el colapso del sistema soviético.

El cambio político de finales de los años ochenta permitió la rehabilitación de Klein. En mil novecientos noventa y cuatro, en un acto cargado de simbolismo, defendió una nueva tesis ante un tribunal que le otorgó el título de Doctor en Ciencias por unanimidad, reconociendo finalmente la validez de sus décadas de investigación teórica. Ese mismo año, se convirtió en uno de los pilares fundamentales para la creación de la Universidad Europea de San Petersburgo (EUSP), una institución privada diseñada para romper con el aislamiento de las ciencias sociales rusas y fomentar un diálogo abierto con el pensamiento occidental.

En la EUSP, Klein ocupó la cátedra de antropología cultural y continuó formando a nuevas generaciones de arqueólogos en lo que se conocía como la Escuela de Leningrado, caracterizada por un enfoque sistémico, un rigor filológico extremo y una independencia intelectual innegociable. Su labor docente se extendió más allá de las fronteras rusas, siendo invitado como profesor visitante en universidades de Berlín, Viena, Durham, Copenhague y Seattle, donde sus conferencias sobre la fenomenología de la arqueología eran recibidas como un testimonio vivo de la historia de la ciencia.

Su obra Fenómeno de la arqueología soviética, publicada originalmente en ruso y alemán antes de su traducción definitiva al inglés en dos mil doce, se convirtió en el texto de referencia para comprender cómo una disciplina científica puede desarrollarse bajo una presión ideológica constante. En este libro, Klein no solo analizaba las teorías, sino que realizaba retratos vívidos de las personalidades del sistema, desde el demonio rojo V. I. Ravdonikas hasta el influyente N. Ya. Marr, proporcionando una sociología de la ciencia que pocos autores han logrado igualar.

La curiosidad de Klein nunca se limitó a la cultura material. Su formación bajo Vladimir Propp le permitió realizar contribuciones significativas al estudio de la épica homérica y las religiones antiguas. En sus trabajos sobre la Ilíada, propuso una interpretación estructural que buscaba los ecos de la organización social de las estepas euroasiáticas en los versos de Homero, sugiriendo que la epopeya contenía estratos de memoria histórica que podían ser decodificados mediante la comparación con los datos arqueológicos de la Edad del Bronce.

Asimismo, tras su liberación, Klein se convirtió en uno de los primeros académicos en Rusia en abordar el estudio de la homosexualidad desde una perspectiva científica y antropológica. En obras como El otro amor y La otra cara del sol, exploró la historia de la sexualidad y las contribuciones de personas destacadas con orientaciones diversas, desafiando los prejuicios persistentes en la sociedad rusa postsoviética. Este trabajo fue una extensión de su compromiso con la verdad científica: si el estado había utilizado su sexualidad para perseguirlo, él utilizaría la ciencia para explicar la sexualidad al estado.

En el ámbito del folclore, su obra Resurrección de Perun es considerada un hito en la reconstrucción del paganismo de los eslavos orientales. Klein aplicó técnicas de análisis lingüístico y comparativo para desentrañar las capas de influencia cristiana y recuperar las estructuras originales de los mitos eslavos, evitando las interpretaciones románticas o nacionalistas que a menudo plagan este campo de estudio.

Uno de los mayores aportes teóricos de Klein fue su insistencia en la distinción entre cultura arqueológica y cultura viva. En la arqueología soviética tradicional, existía la tendencia a igualar automáticamente un conjunto de artefactos similares con un grupo étnico específico (un pueblo). Klein advirtió que esta correlación es a menudo falaz; los objetos pueden viajar por comercio, emulación o prestigio, sin que ello implique una identidad étnica compartida.

Para Klein, la cultura arqueológica es una herramienta taxonómica del investigador, no una realidad biológica o política intrínseca al pasado. Esta visión fue crucial en sus estudios sobre la etnogénesis de los eslavos, los arios y los griegos, donde siempre abogó por un modelo multicausal que incluyera migraciones, contactos culturales y desarrollos internos, en lugar de búsquedas de ancestros puros.

Su metodología, a la que denominó arqueología de las interacciones locales, permitía analizar cómo pequeñas comunidades se integraban en sistemas mayores de intercambio de información y símbolos, una perspectiva que anticipó muchos de los debates de la arqueología post-procesual occidental. A pesar de trabajar gran parte de su vida aislado por el Telón de Acero, Klein mantuvo una correspondencia activa con colegas internacionales y fue capaz de criticar tanto el funcionalismo extremo de la New Archaeology americana como el relativismo de algunas corrientes europeas posteriores.

La vida de Lev Klein concluyó en su modesto apartamento de la isla Vasílievski, un espacio abarrotado de libros donde continuó trabajando hasta sus últimos días en investigaciones sobre los varegos y la historia de la ciencia. Su pesimismo respecto al rumbo político de Rusia en sus años finales, que comparaba con su propio cáncer de próstata como una enfermedad que el país se negaba a reconocer, no disminuyó su dedicación al trabajo intelectual. Klein dejó tras de sí más de quinientos artículos y una treintena de libros que siguen siendo fundamentales para cualquier estudiante de arqueología o historia de las ideas. Su legado es el de un científico que demostró que, incluso en un mundo al revés, la claridad del método y la valentía de la palabra pueden reconstruir la verdad de los fragmentos del pasado.