El ejército de América y la descomposición colonial

El estudio del ocaso del sistema colonial español en América requiere un análisis de la institución militar no solo como herramienta de defensa sino como una estructura orgánica que terminó por definir las relaciones de poder en el continente.

La historiografía ha centrado su atención en las guerras de independencia de mil ochocientos diez a mil ochocientos veinticinco como el marco exclusivo de la crisis pero una revisión más detallada sugiere que la descomposición del orden colonial fue un proceso de larga duración que tuvo en el ejército su principal campo de acción y reacción.

Este proceso no comenzó con el colapso de la monarquía en mil ochocientos ocho sino que se gestó durante toda la segunda mitad del siglo dieciocho a través de una serie de reformas que alteraron el equilibrio social económico y político de las provincias de ultramar. La institución militar en este periodo debe entenderse como inherente al mismo orden colonial alcanzando no solo lo metropolitano sino la propia esencia de lo americano en un contexto donde lo político lo social y lo económico conformaron parcelas donde lo militar tuvo una extraordinaria importancia.   

Uno de los problemas más agudos que enfrentó la administración colonial fue el de la financiación de la defensa americana durante el siglo dieciocho. En la lógica administrativa de los Borbones un esfuerzo defensivo más efectivo requería mayores desembolsos de capital lo que forzó un incremento de la presión fiscal afectando la economía americana en su conjunto. El régimen de situados constituyó el eje de este sistema financiero consistiendo en transferencias de capital desde las cajas reales más prósperas hacia aquellas plazas militares deficitarias que por su ubicación estratégica requerían guarniciones permanentes y costosas fortificaciones.

Este sistema creado desde el siglo diecisiete y consolidado en la recopilación de mil seiscientos ochenta obligaba a determinadas cajas matrices como las de México o Lima a remitir anualmente caudales para el pago de sueldos avituallamiento y conservación de material en presidios y castillos situados en zonas periféricas o costeras.   

El impacto económico de los situados fue determinante para las regiones receptoras ya que la existencia de una guarnición generaba riqueza a nivel local y regional al poner en circulación metales preciosos procedentes del exterior. En muchas plazas la aportación del situado representaba el principal soporte financiero del mercado local permitiendo a la élite local controlar los mecanismos de liquidez de la ciudad. Por el contrario las cajas emisoras protestaban por lo que consideraban una sangría continua de sus recursos especialmente cuando los envíos se multiplicaron sin cesar durante las últimas décadas del periodo colonial. Cuando se producían interrupciones en las remisiones fenómeno corriente debido a las dificultades de transporte y las crisis en las cajas matrices se activaban canales financieros alternativos como préstamos créditos y libranzas que dinamizaban la economía regional bajo el respaldo de la corona.   

Este sistema financiero generó una red de intereses donde el capital privado comenzó a manejar la deuda de la real hacienda. Los comerciantes y mercaderes locales se convirtieron en proveedores de la tropa y en especuladores de sueldos comprando por adelantado las pagas de los soldados a cambio de mercancías o efectivo con grandes descuentos. El endeudamiento constante de la hacienda militar se volvió crónico entregando el control de los flujos de metal a grupos de prestamistas locales que manejaban buena parte de la liquidez del mercado. Esta relación de dependencia entre la administración y los grupos de poder locales fortaleció a las élites criollas quienes mediante el manejo de la deuda pública lograron un control estrecho sobre la estructura militar americana mucho antes de los sucesos de mil ochocientos diez.   

El ejército de América creció durante el siglo dieciocho conformado por tres grandes colectivos con funciones y orígenes diferenciados. El primero era el ejército de dotación compuesto por unidades veteranas fijas de guarnición permanente en las principales ciudades cuya composición fue progresivamente americanizándose a pesar de su estructura peninsular. El segundo era el ejército de refuerzo o de operaciones unidades peninsulares enviadas temporalmente para campañas específicas que solían regresar a España tras finalizar las misiones. El tercer componente eran las milicias un ejército de reserva territorial que englobaba a la población masculina de cada jurisdicción y que rara vez era movilizada salvo ante ataques exteriores o tumultos internos.   

Las reformas borbónicas aplicadas a lo militar transformaron esta institución en un instrumento que no solo servía para la defensa exterior sino que asumió la representación de la autoridad real para respaldar la ejecución de las políticas reformistas. Sin embargo el sistema defensivo basado en plazas fuertes mostró sus límites durante la guerra de los siete años cuando la caída de La Habana y Manila en 1762 evidenció la fragilidad de la posición española. La pérdida de estas plazas fundamentales forzó una revisión completa de la estrategia militar enviándose a técnicos y reformadores como Alejandro O’Reilly y Juan de Villalba para reorganizar las defensas y modernizar las unidades en Cuba México y el Caribe.   

O’Reilly y otros reformadores concluyeron que era necesario contar con un sistema que garantizara tanto la seguridad ante la penetración británica como la aplicación de las directrices borbónicas en el interior de los territorios. Se argumentaba que las medidas de la administración no podían cumplirse si no existía una fuerza que obligara a su acatamiento lo que llevó a utilizar el aparato militar como apoyo de la autoridad real frente a la libre voluntad de los habitantes. En este contexto algunos virreyes como Messía de la Cerda o Caballero y Góngora defendieron el establecimiento de cuerpos militares para perpetuar el orden y la seguridad interna en provincias donde la fidelidad de los pueblos se consideraba erosionada.   

La discusión sobre la estructura defensiva óptima enfrentó a quienes deseaban basar la defensa exclusivamente en tropas peninsulares veteranas y quienes defendían el uso de milicias locales disciplinadas. Los primeros argumentaban que la tropa americana carecía de espíritu militar y estaba entregada al ocio y la desidia mientras que los defensores de las milicias señalaban que enviar y mantener miles de soldados europeos era una carga económica insoportable para la corona. Finalmente la necesidad obligó a seguir un sistema de defensa acomodado a los medios disponibles sacando de los naturales del país todo el partido posible para unir la defensa de los derechos del rey con la de sus propios bienes y familias.   

El proceso de americanización del ejército de dotación es uno de los fenómenos más relevantes para entender la crisis del orden colonial. A lo largo de la segunda mitad del siglo dieciocho la supremacía de los peninsulares en las filas disminuyó drásticamente en favor de los americanos. Los datos muestran que si en el siglo diecisiete los peninsulares representaban la gran mayoría de la tropa para finales del dieciocho los criollos componían casi la totalidad de las unidades fijas. Este cambio radical tuvo profundas repercusiones sociológicas y políticas ya que el orden colonial terminó sustentándose en soldados cuyo interés principal estaba ligado a la realidad americana más que a la metrópoli.   

La siguiente tabla detalla la evolución del componente humano en el ejército de América basada en el estudio de muestras de soldados en diferentes periodos.

  Esta americanización no se limitó a la tropa sino que alcanzó a la oficialidad. Aunque las normativas exigían que los cadetes fueran hijos de oficiales o personas de limpieza de sangre la realidad obligó a una equiparación formal entre la nobleza de sangre peninsular y la nobleza de vida criolla. La vinculación entre el ejército y los grupos de poder locales se consolidó al permitir que los hijos de terratenientes y comerciantes ingresaran en los cuadros de mando descargando a la corona de la necesidad de enviar unidades completas desde España. Además muchos oficiales peninsulares se integraron rápidamente en las oligarquías locales mediante matrimonios con criollas de familias prestigiosas que aportaban dotes importantes asegurando su acceso al poder económico americano.   

La condición social del soldado raso en las ciudades americanas era por lo general precaria y se asemejaba a la de los sectores populares urbanos. Calificados a menudo como miserables o desidiosos por sus superiores los soldados reclutados en América solían mantener familias y ñ;l, dedicarse a actividades extraoficiales para complementar sus sueldos insuficientes. En plazas como Panamá el prest diario apenas alcanzaba para la alimentación básica impidiendo el consumo de pan o productos adicionales lo que forzaba a la tropa al contrabando o a trabajar en otros oficios cuando no vestían el uniforme. Esta realidad convirtió al soldado en un habitante más de la ciudad plenamente identificado con las vicisitudes de la plebe urbana.   

Por otro lado el sistema de milicias disciplinadas se transformó en el exponente más claro de las relaciones de poder de las élites locales hacia los sectores populares. Al dotar a los milicianos del fuero militar y conceder beneficios a la oficialidad criolla la corona estableció un pacto táctico con el patriciado local para que actuara como garante de la política reformadora. Sin embargo este sistema generó recelos entre los altos funcionarios peninsulares quienes temían que armar e instruir a la plebe especialmente a los pardos y morenos fuera una medida peligrosa que terminaría por amenazar el propio orden social. Virreyes como Cruillas en México advirtieron que poner el fusil en manos de una plebe que ya perdía el respeto a la autoridad podría tener consecuencias nefastas para el reino.   

El fuero militar fue una de las herramientas más poderosas y conflictivas de este proceso. Al eximir a los militares de la jurisdicción judicial ordinaria se creó una clase privilegiada que a menudo entraba en conflicto con los tribunales civiles. Este privilegio no solo protegía a la oficialidad sino que en manos de miles de milicianos de color socavaba el sistema de estados legales tradicional permitiendo a sectores antes despreciados reclamar exenciones y privilegios judiciales. La expansión de las fuerzas armadas y la extensión del fuero multiplicaron las competencias entre autoridades debilitando el respeto público a la administración de justicia y por ende a la integridad de la administración colonial.   

La militarización de la sociedad americana a finales del siglo dieciocho preparó el terreno para los cambios políticos de mil ochocientos diez. Las milicias bajo el control de los cabildos y los hacendados criollos se convirtieron en guardias pretorianas al servicio de intereses locales. En regiones como los Andes las élites rurales utilizaron estas unidades para defender su autonomía frente a los centros de control comercial como Lima o Buenos Aires mientras que en México se emplearon para sofocar reclamos populares de tierras y justicia. El ejército de América para mil ochocientos ya era una institución criolla donde el juego de lealtades e intereses privados primaba sobre la identificación con la corona española.   

El desmoronamiento del orden colonial se vio acelerado por la imposibilidad de la metrópoli de mantener un flujo constante de tropas de refuerzo debido al agravamiento de las guerras en Europa y la debilidad de la armada tras Trafalgar. La administración colonial consciente de que su autoridad pendía de cuestiones difícilmente evaluables trató de potenciar el sentido de lealtad pero para entonces el ejército ya estaba profundamente integrado en las estructuras de poder americanas. La herencia de este proceso fue la consolidación de una estructura de poder forjada en la esencia socioeconómica del continente que transformaría a la institución militar en el actor político dominante del siglo diecinueve americano.   

El análisis de la financiación militar revela cómo la real hacienda americana comenzó a bascular en torno a las necesidades defensivas absorbiendo la mayor parte del gasto administrativo hasta desbordarlo por entero. Este fenómeno permitió a las élites económicas manejar la deuda generada por los gastos militares creando una relación de dependencia de la hacienda real hacia los capitales privados. En las plazas fuertes los beneficios de las inversiones militares y las remesas de situados atrajeron intereses comerciales que buscaron deliberadamente incrementar los costos del aparato militar para controlar los desembolsos de la real hacienda.   

A continuación se detalla el gasto militar estimado en las principales áreas defensivas del Caribe y su relación con el sistema financiero colonial a finales del siglo dieciocho.

 La militarización no fue solo una respuesta a la amenaza exterior sino una estrategia de gobierno centralizado que buscaba encontrar provecho económico en las colonias y salvaguardarlas de otras potencias. Esta política otorgó a los militares un papel de agentes de la corona dotándolos de una formación que los hacía más ejecutivos y menos apegados a los usos tradicionales lo que facilitaba la implementación de reformas impopulares. Sin embargo esta misma formación y autonomía institucional permitieron que el ejército se transformara en una institución autosupervisada que acumuló autoridad y prestigio convirtiéndose en un medio de acumulación de poder para los criollos.   

En el caso de México los privilegios concedidos al ejército fueron el factor más importante en la creación de una tradición pretoriana. El fuero militar ofreció a diversos sectores la posibilidad de evadir la ley y mejorar su estatus creyéndose una clase aparte e inmune a la justicia ordinaria. Este ejército bajo banderas como la de las tres garantías terminó por consumar la independencia y hacerse dueño de la nación tras la fachada de instituciones republicanas. En Sudamérica el papel de la guerra fue central en la creación de nuevas identidades políticas transformando tropas de milicias poco entrenadas en poderosos ejércitos de infantería representantes de naciones a punto de nacer.   

La transición del antiguo régimen a la revolución estuvo marcada por la violencia y el terror lo que ofreció a los jefes militares oportunidades sin precedentes para conseguir poder riqueza y posición. La soberanía que escapaba de la monarquía fue reconstituida bajo la forma de repúblicas donde el ejército se convirtió en la metonimia de la nación. Sin embargo las estructuras de poder de larga pervivencia forjadas en los últimos años del periodo colonial acabaron por transformarse en una pesada losa que gravitó sobre el siglo diecinueve manifestándose en una conmoción permanente de caudillismos y militarismo.   

En definitiva el ejército de América y la descomposición del orden colonial son dos procesos inseparables que explican la génesis de las naciones hispanoamericanas. La institución militar lejos de ser un mero espectador fue el motor que dinamizó la economía consolidó el poder de las élites criollas y finalmente precipitó la ruptura con la metrópoli cuando los intereses locales superaron las lealtades hacia un trono lejano y debilitado. El legado de este ejército borbónico con sus fueros privilegios y composición americanizada marcó el rumbo de la historia americana generando una realidad donde el poder militar ha tenido una presencia constante y a menudo trágica hasta nuestros días.   

La realidad del soldado en el periodo colonial tardío ofrece una perspectiva detallada sobre las tensiones internas de la institución. En plazas como Portobelo o Panamá la carestía de la vida hacía que el real y medio diario destinado a la alimentación fuera insuficiente forzando a los soldados a vivir en condiciones de pobreza extrema similares a las de la plebe local. Esta precariedad fomentaba la deserción y el apoyo a actividades ilegales como el contrabando desdibujando la frontera entre el orden militar y el desorden civil. A menudo los soldados se negaban a realizar ejercicios militares alegando que se les usurpaba el tiempo que necesitaban para trabajar en otros oficios legales o ilegales con el fin de mantener a sus familias.   

Por su parte la oficialidad criolla aprovechó el prestigio de las armas para consolidar su primacía política y económica. La vanidad social de obtener títulos militares se convirtió en un motor de las milicias donde los comerciantes y hacendados aspiraban a ser coroneles o brigadieres para obtener el tratamiento de señoría y mejorar su posición en la vida doméstica y social. Este interés por el rango militar no respondía necesariamente a una vocación guerrera sino a la necesidad de asegurar la estabilidad del orden social impuesto frente a las posibles conmociones raciales de los sectores más desfavorecidos. El ejército borbónico envolvió así a buena parte de la población americana afectando extensas parcelas de la economía dado el crecimiento imparable de sus costos de mantenimiento.   

La militarización del mundo americano a fines del siglo dieciocho se extendió sobre las guerras de independencia y la conformación de las primeras repúblicas. El estudio de las instituciones militares de este periodo proporciona claves fundamentales para interpretar el militarismo constante en la historia del continente. Las raíces de esta presencia militar se hallan en la forma en que el ejército borbónico integró lo social lo étnico lo religioso y lo político generando una visión específica de la guerra y del poder que no se modificó sustancialmente tras la independencia. Los soldados del rey terminaron por estar al servicio de las élites locales garantizando el mantenimiento del estado de las cosas y consolidando las primacías políticas y económicas de los grupos dominantes americanos.   

La organización de las milicias en el virreinato del Río de la Plata por ejemplo mostró cómo un sistema normativo detallado como el reglamento de milicias de mil ochocientos uno podía resultar ineficaz ante ataques exteriores como la invasión británica de mil ochocientos seis pero ser fundamental para la movilización política interna. Estos cuerpos integrados por vecinos obligados a colaborar en la defensa del territorio se convirtieron en la base de las fuerzas que luego protagonizarían la revolución de mayo y la construcción de los estados provinciales. En este sentido las milicias disciplinadas fueron el marco donde se institucionalizó el servicio militar de los súbditos americanos vinculándolos directamente con la defensa de sus propias vidas haciendas y religión.   

La crisis de autoridad y la corrupción también jugaron un papel central en la descomposición del orden colonial. El ejército en América se convirtió en una institución autónoma que se supervisaba a sí misma debido tanto a la importancia que tenían los criollos en su financiamiento como al prestigio acumulado por sus miembros. Esta autonomía permitió a los militares reclamar un espacio de poder propio independiente de la burocracia civil lo que tras mil ochocientos diez facilitó la toma del control político por parte de los oficiales criollos. La debilidad de la mano del estado en regiones remotas favoreció el surgimiento de hombres fuertes y guerrilleros que buscaban formar parte de la construcción de la nueva nación a través de la comandancia militar de sus respectivas zonas.   

El temor a la guerra de razas fue otro factor determinante en la organización militar a finales del siglo dieciocho especialmente en la costa caribe de Nueva Granada y en el Perú tras las rebeliones andinas. La necesidad de mantener el orden racial y social frente a la amenaza de levantamientos de castas o indígenas obligó a las autoridades a fortalecer la presencia militar en el interior de los territorios. Sin embargo este mismo proceso dio a los sectores populares armados una conciencia de su fuerza y de sus derechos devenidos del servicio militar lo que complicó el control social una vez estallaron los movimientos independentistas. Los milicianos de color reclamaban exenciones basadas en las leyes militares lo que a menudo privaba a las tesorerías coloniales de fondos necesarios para los propios gastos de defensa.   

En resumen el ejército de América fue el crisol donde se fundieron las tensiones del orden colonial tardío. Su transformación de una fuerza defensiva metropolitana a una institución profundamente arraigada en el suelo americano con intereses económicos propios y una composición social mayoritariamente criolla explica por qué la caída de la monarquía española no supuso la desaparición del aparato militar sino su fragmentación en los ejércitos nacionales de Hispanoamérica. La herencia colonial entendida como el conjunto de factores que generaron y consolidaron una estructura de poder de larga pervivencia marcó definitivamente la historia de los pueblos americanos generando una conmoción permanente de la que el militarismo contemporáneo es un heredero directo.   

La participación de los oficiales militares en la administración colonial se hizo especialmente patente después de mil setecientos ochenta cuando la corona comenzó a depositar la autoridad civil en oficiales castrenses de confianza. Esta práctica buscaba despojar al cuerpo administrativo de funcionarios corruptos y sustituirlos por militares con una formación intelectual y práctica superior acostumbrados a la disciplina y la jerarquía. Sin embargo esta estrategia enfrentó la autoridad del rey contra el control social y político de las élites criollas generando actitudes encontradas que en última instancia debilitaron el orden colonial allí donde no se logró un entendimiento entre ambos sectores.   

El régimen de situados puede entenderse como un sistema de capitalización externa de los circuitos locales que redistribuyó ingresos antaño destinados a la metrópoli hacia áreas de aplicación de gasto dentro del continente. Este flujo neto americano permitió el desarrollo de sectores oligárquicos fuertemente capitalizados en torno a los centros comerciales y militares. La aceleración de estos flujos de capital durante las últimas tres décadas del siglo dieciocho y el manejo de la deuda pública por parte de las élites locales devino en un control estrecho sobre el total de la estructura militar americana con amplias repercusiones para el futuro de las naciones que surgieron tras mil ochocientos diez.   

Finalmente el ejército de América antes de la independencia se caracterizó por ser un componente humano heterogéneo donde los intereses de clase y región terminaron por imponerse sobre la lealtad dinástica. La descomposición del orden colonial no fue el resultado de una derrota militar exterior sino de la implosión de un sistema de lealtades que ya no satisfacía las aspiraciones de los grupos de poder americanos integrados en la institución militar. La mirada a este conflicto de lealtades permite posicionar con mayor exactitud el lugar ocupado por la institución militar en la construcción mantenimiento y extinción del orden colonial español en América.   

https://aulavirtual.ual.es/ultra/courses/_20958_1/outline/file/_1698295_

Publicado por ilabasmati

Licenciada en Bellas Artes, FilologÍa Hispánica y lIiteratura Inglesa.

Deja un comentario