Las obras de construcción del futuro MiQua, el Museo Arqueológico Judío que se levanta sobre el corazón del casco histórico de Colonia, han deparado un conjunto de hallazgos romanos de una calidad de conservación excepcional. Durante los trabajos de excavación previos a la instalación de un pasaje subterráneo destinado a los visitantes, los arqueólogos del Römisch-Germanisches Museum han logrado documentar tres estructuras hasta ahora desconocidas del pretorio, el palacio del gobernador romano.

Entre ellas destaca un lararium, un altar doméstico del siglo II que constituye el único ejemplar de estas características hallado al norte de los Alpes, y una escalera del siglo I que conectaba niveles muy profundos del asentamiento primitivo con la antigua orilla del Rin. Las labores de excavación, que se han intensificado en los últimos meses debido a la necesidad de abrir zanjas profundas para el nuevo recorrido museístico, han permitido cortar estratos que en condiciones normales habrían sido arrasados por edificaciones posteriores.

El punto de partida lo constituye la reexcavación del ábside de un gran edificio basilical de cuatro naves levantado en el siglo IV. Lo que en superficie apenas se manifestaba como una leve depresión en el pavimento del Rathausplatz se ha revelado ahora, tras la apertura de un perfil estratigráfico, como un macizo de cimentación de hasta cuatro metros de espesor.

La sección practicada ha permitido determinar que no se trata del opus caementitium característico de la ingeniería romana, en el cual los áridos se vierten dentro de un encofrado de madera, sino de una técnica de construcción más cuidada: hiladas sucesivas de piedra volcánica, basalto y caliza dispuestas en tongadas regulares y trabadas con un mortero de extrema dureza de cerámica machacada y grava.

Ese conglomerado, conocido en la literatura arqueológica como caementicium con inclusión de cocciopesto, ha garantizado la pervivencia de la mole absidal hasta nuestros días. Los arqueólogos subrayan que la conservación de este paramento no se debe al azar ni a una particular solidez del material, sino al hecho de que ya en época romana tardía toda esa área fue recrecida artificialmente con aportes de tierra, probablemente para regularizar la pronunciada pendiente de la ribera fluvial. Esa colmatación temprana protegió los niveles inferiores de las demoliciones sistemáticas que sufrió el resto del conjunto palatino durante la Edad Media.

El segundo hallazgo, es una escalera fechada a finales del siglo I. Las escaleras constituyen uno de los elementos arquitectónicos menos frecuentes en los registros de la arqueología urbana germánica, dado que de los edificios romanos solo se preservan por lo general las cimentaciones y los primeros cursos de los muros, mientras que las huellas de los accesos elevados desaparecen.

En este caso, la pendiente natural del terreno hacia el cauce del Rin creó una diferencia de cotas tan acusada dentro del propio pretorio que los constructores se vieron obligados a salvar un desnivel considerable mediante una estructura de peldaños pétreos. La escalera, cuyos extremos superior e inferior no han podido ser determinados todavía, descendía desde un área aún no identificada del palacio hacia un nivel situado varios metros más abajo en dirección al río.

Los responsables de la excavación han señalado que la estabilidad del conjunto se debe a que el nivel de circulación del siglo I quedó sepultado muy pronto, durante el mismo periodo romano, por sucesivos rellenos destinados a ampliar la plataforma del pretorio. Esa pronta cobertura impidió que la escalera fuera expoliada como cantera o desmontada para recuperar sus sillares.
La pieza que ha concitado la atención es el lararium aparecido en una estancia perteneciente a la fase del siglo II del pretorio. Es una pequeña hornacina practicada en el grueso de un muro, claramente identificable como altar doméstico dedicado a los Lares, las divinidades protectoras del hogar y de la familia en la religión romana.
El ejemplar de Colonia presenta un estado de conservación que, pese a encontrarse todavía sin restaurar, permite apreciar numerosos detalles de su fisonomía original. La hornacina, de reducidas dimensiones, conserva en su interior restos evidentes de una capa de estuco coloreado, lo que indica que estuvo pintada, aunque la policromía exacta no ha sido aún determinada. Sobre el vano y a ambos lados de la abertura se distinguen orificios practicados en la fábrica que alojaron clavos de hierro, según interpretan los arqueómetros; esos clavos servían para suspender guirnaldas vegetales o cintas votivas durante las ceremonias domésticas de ofrenda.
Bajo la hornacina, una fina línea de rotura en el enlucido delimita con precisión el lugar donde estuvo colocada una repisa o mesa de altar. Esa pieza, la placa propiamente dicha donde se depositaban las ofrendas, apareció desprendida y ligeramente desplazada durante los trabajos de limpieza del estrato; tras su restauración, está previsto reintegrarla en su posición original. Asimismo, los laterales de la hornacina presentan unos resaltes o retranqueos que debieron servir para enmarcar el nicho con un pequeño frontón o con una moldura, quizá de madera o estuco, que acentuaba la sacralidad del espacio.
El valor excepcional del lararium de Colonia reside en su rareza geográfica. Hasta ahora, los ejemplos de altares lares completamente conservados en su contexto arquitectónico se conocían casi exclusivamente en las ciudades vesubianas, Pompeya y Herculano, donde la erupción del año 79 selló los interiores domésticos sin alterar su disposición. En el resto del Imperio romano, y particularmente en las provincias del noroeste, estos pequeños santuarios domésticos o bien fueron desmantelados durante la Antigüedad tardía o bien sus restos son tan fragmentarios que resulta imposible reconstruir su forma.
El hecho de que en Colonia se haya preservado no solo la estructura muraria de la hornacina, sino también indicios de su decoración parietal, los orificios para las guirnaldas y la propia placa del altar caída justo delante de su emplazamiento, confiere a este hallazgo una relevancia equiparable a la de los conjuntos campanos. Los arqueólogos han señalado que la posición del lararium dentro del pretorio, un edificio de carácter público y representativo pero también residencia del gobernador y su familia, aporta información novedosa sobre la pervivencia de cultos privados en ámbitos oficiales.
Todos estos elementos han salido a la luz gracias a la profundidad excepcional que alcanzará el futuro recorrido subterráneo del MiQua. A diferencia de las excavaciones convencionales, que rara vez descienden por debajo de los niveles de ocupación medieval, los trabajos actuales han debido penetrar hasta cotas que corresponden a los primeros asentamientos romanos del siglo I, situados bajo el nivel freático histórico y protegidos por los potentes rellenos acumulados durante diecinueve siglos.
Esa misma profundidad ha obligado al empleo de sistemas de bombeo continuo y a la consolidación inmediata de los perfiles para evitar desprendimientos. La dirección del museo ha anunciado que tanto la escalera como el altar doméstico serán integrados en el discurso expositivo del futuro recorrido, que permitirá a los visitantes contemplar in situ las estructuras en su posición original.
El lararium, una vez completados los trabajos de restauración y fijación de la pintura mural, será protegido mediante una vitrina climática que garantice su preservación sin privar al público de la visión directa de este testimonio único de la religiosidad doméstica romana más allá de los confines mediterráneos. Las excavaciones continúan en las áreas adyacentes del Rathausplatz con la expectativa de que la remoción de los rellenos tardíos pueda deparar nuevos contextos igualmente preservados por la misma dinámica de colmatación temprana.
La brujula verde
