Lev Samuilovich Klein o la arqueología de la resistencia

La vida de Lev Samuilovich Klein, nacido el primero de julio de mil novecientos veintisiete en Vítebsk y fallecido el siete de noviembre de dos mil diecinueve en San Petersburgo, constituye una de las crónicas más fascinantes y complejas de la intelectualidad soviética y rusa. Su figura no solo destaca por ser uno de los fundadores de la arqueología teórica contemporánea, sino también por personificar la resistencia del pensamiento crítico frente a los dogmas ideológicos impuestos por el estado totalitario. A lo largo de más de nueve décadas, Klein navegó por las turbulentas aguas de la historia rusa del siglo veinte, desde la Gran Guerra Patria hasta la caída de la Unión Soviética y la posterior transición, dejando una obra que abarca la arqueología, la filología, la antropología cultural y la sociología.

Lev Klein nació en el seno de una familia de médicos judíos en Bielorrusia. Sus padres, Stanislav Semenovich Kleyn y Asya Moiseyevna Rafalson, representaban a la intelectualidad profesional de la época. Un detalle significativo en su genealogía es la posición socioeconómica de sus abuelos: uno era dueño de una fábrica y el otro un comerciante de alto rango, lo que en el contexto soviético inicial podía marcar a una familia como elementos sospechosos para el nuevo régimen. Esta herencia cultural, imbuida de un respeto profundo por la educación y la ciencia, fue el cimiento sobre el cual Klein construyó su curiosidad polímata.

La Segunda Guerra Mundial, conocida en el ámbito soviético como la Gran Guerra Patria, interrumpió su adolescencia de manera abrupta. En mil novecientos cuarenta y uno, tras la invasión alemana, su familia fue evacuada hacia el este, estableciéndose inicialmente cerca de Moscú y luego en Yoshkar-Ola. A la temprana edad de dieciséis años, Klein dejó la escuela para unirse al Tercer Frente Bielorruso como trabajador civil en unidades de construcción, participando en la edificación de búnkeres y defensas en Bielorrusia y Rusia. Esta experiencia en el frente, que incluyó una contusión ocular por una explosión, no solo forjó su resiliencia física, sino que también le proporcionó una perspectiva pragmática sobre la estructura del poder y la logística del estado que más tarde aplicaría en sus análisis sociales.

Tras el conflicto, la familia se asentó en Grodno, donde Klein intentó seguir una formación técnica en una escuela ferroviaria antes de decidirse por las humanidades. Su ingreso en el Instituto Pedagógico de Grodno marcó el inicio de su carrera académica, pero también de su historial de disidencia. En mil novecientos cuarenta y siete, durante una conferencia, Klein se atrevió a cuestionar públicamente al Primer Secretario del Comité del Partido local, un acto de audacia que le obligó a huir a Leningrado para evitar consecuencias mayores, trasladándose a la Universidad Estatal de Leningrado (LGU).

En la Universidad de Leningrado, Klein tuvo la oportunidad excepcional de estudiar bajo la tutela de dos gigantes del pensamiento ruso: Mikhail Artamonov en arqueología y Vladimir Propp en filología y folclore. La influencia de Propp fue especialmente determinante para su metodología futura; de él aprendió el análisis estructural y la búsqueda de patrones subyacentes en las manifestaciones culturales, herramientas que Klein trasladaría décadas después a la clasificación de materiales arqueológicos. Sin embargo, la atmósfera antisemita de los últimos años del estalinismo dificultó su ascenso. Tras graduarse en mil novecientos cincuenta y uno, Klein pasó seis años trabajando como bibliotecario y profesor de secundaria, ya que su origen étnico y su falta de afiliación al Partido Comunista le cerraban las puertas de la investigación académica formal.

El regreso de Klein a la Universidad de Leningrado para realizar estudios de posgrado en mil novecientos cincuenta y siete marcó el inicio de su fase más productiva en el ámbito de la teoría. En mil novecientos sesenta, se incorporó al Departamento de Arqueología y en mil novecientos sesenta y dos fue nombrado profesor asistente. Este nombramiento fue notable, pues se produjo mediante una sesión especial del Buró del Partido de la facultad que reconoció sus excepcionales calificaciones académicas a pesar de su perfil político no alineado.3

Klein se propuso revitalizar la arqueología soviética, que tras las purgas de los años treinta se había refugiado en un empirismo descriptivo seguro, evitando los debates teóricos que pudieran entrar en conflicto con el materialismo histórico ortodoxo. Su enfoque, que él denominó metaarqueología, se centraba en el estudio de la arqueología como una disciplina científica con sus propias estructuras lógicas y metodológicas, independiente de las narrativas históricas preconcebidas.

Para Klein, la arqueología no era simplemente historia armada con una pala, como sostenía la escuela dominante en Moscú, sino una disciplina de estudio de fuentes similar en su rigor a la ciencia forense. Su argumento central residía en que los restos materiales son mudos y no constituyen hechos históricos por sí mismos; requieren un proceso de traducción mediado por la teoría para convertirse en información histórica. Esta visión de la arqueología como una ciencia de fuentes o istochnikovedenie buscaba dotar a la disciplina de una autonomía que la protegiera de las manipulaciones ideológicas que sufría la historiografía soviética.

En mil novecientos sesenta y ocho, Klein defendió su tesis de candidato (equivalente al doctorado) sobre los orígenes de la cultura de las catacumbas del Donets. En este trabajo, ya mostraba su inclinación por las explicaciones basadas en la migración y la interacción cultural, desafiando las teorías autóctonas que eran favorecidas por el nacionalismo académico soviético por su alineación con el desarrollo lineal de las sociedades propuesto por el marxismo. Su capacidad para integrar datos de la Edad del Bronce con marcos teóricos complejos le permitió ganar un reconocimiento internacional que, paradójicamente, aumentaba el recelo de las autoridades en casa.

Uno de los campos de batalla intelectual más intensos para Klein fue la controversia normandista sobre el origen de la Rus de Kiev. Esta disputa, que se remonta al siglo dieciocho, gira en torno al papel que desempeñaron los escandinavos (varegos) en la fundación del primer estado eslavo oriental. Durante la era soviética, el antinormandismo era la posición oficial obligatoria, ya que se consideraba que admitir una influencia externa en la creación del estado ruso era antipatriótico y contrario a las tesis de la evolución social independiente.

En la década de mil novecientos sesenta, Klein organizó una serie de seminarios en Leningrado donde, basándose en el análisis de la cultura material y la lingüística, defendió que la presencia escandinava había sido un factor clave en la formación de la élite y las estructuras políticas de la Rus temprana. Klein argumentaba que los nombres de los primeros gobernantes, como Rurik y Helga (Olga), tenían etimologías nórdicas claras y que los hallazgos arqueológicos en centros comerciales como Stáraya Ládoga confirmaban una presencia varega significativa.

Su postura no era un intento de disminuir la importancia de la población eslava, sino un llamado al rigor científico frente a la propaganda. En mil novecientos sesenta y cinco, participó en un célebre debate público contra los defensores de la línea dura del partido, donde denunció que el antinormandismo era un síntoma de un complejo de inferioridad nacional que impedía una comprensión objetiva de la historia. Esta honestidad intelectual le valió la vigilancia constante del KGB y la hostilidad del establecimiento académico de Moscú, encabezado por figuras como B. A. Rybakov, a quien Klein retrataría más tarde como el príncipe de la arqueología soviética en sus críticas históricas.

La presión sobre Klein culminó en mil novecientos ochenta y uno. Sus frecuentes publicaciones en revistas extranjeras y su persistencia en desafiar el materialismo histórico oficial le habían convertido en un objetivo prioritario para los servicios de seguridad. Fue arrestado bajo la acusación de homosexualidad, tipificada en el Artículo 121 del Código Penal de la RSFSR. Durante el registro de su domicilio, se intentó plantar material pornográfico de manera burda para reforzar el caso, pero el tribunal no pudo aceptar dicha evidencia debido a las irregularidades del procedimiento; no obstante, fue condenado por sodomía y sentenciado a prisión.

El encarcelamiento de Klein, a los cincuenta y cuatro años, fue un intento de destrucción profesional y personal. Como veterano de guerra y académico distinguido, se vio sumergido en el brutal sistema de castas de las prisiones soviéticas. En este entorno, los condenados por el Artículo 121 ocupaban el escalón más bajo de la jerarquía social, conocidos como parias o chushki. Estas personas sufrían una marginación extrema, siendo obligadas a comer por separado con utensilios marcados o perforados para evitar que su supuesta impureza contaminara al resto de la población penal.

Sin embargo, Klein abordó su cautiverio con la misma mentalidad analítica que aplicaba a sus excavaciones. En su libro Un mundo al revés (Perevórnutyi mir), documentó las estructuras de poder y las reglas no escritas de la cárcel. Gracias a su resiliencia y al respeto que infundía su edad y su conocimiento, logró ascender en la jerarquía interna. Relató con ironía cómo sus compañeros de celda realizaron una suerte de investigación propia y concluyeron que no era un homosexual en los términos degradantes que ellos manejaban, lo que le permitió ocupar posiciones de cierta autoridad, como la de distribuidor de azúcar o uglovoy (el que ocupa la cama de la esquina), títulos que para él llegaron a tener más peso existencial que sus grados académicos.

Jerarquía en la Prisión Soviética según KleinEstatus SocialFunciones / Características
UglovoyÉliteOcupa la esquina de la celda; tiene autoridad sobre los demás
Distribuidor de AzúcarConfianzaEncargado de repartir raciones; implica integridad reconocida
Preso comúnMedioSigue las normas de la comunidad criminal
Paria (Chushki)IntocableMarginado absoluto; usa el plato de goteo

Tras cumplir un año y medio de su condena, Klein fue liberado, pero se le prohibió ejercer la docencia y se le despojó de sus títulos científicos. Durante la siguiente década, vivió en un limbo profesional, trabajando de manera informal y guardando meticulosamente cada documento y carta en un archivo personal que denominaba su expediente de defensa. Este periodo de ostracismo terminó solo con la llegada de la Perestroika y el colapso del sistema soviético.

El cambio político de finales de los años ochenta permitió la rehabilitación de Klein. En mil novecientos noventa y cuatro, en un acto cargado de simbolismo, defendió una nueva tesis ante un tribunal que le otorgó el título de Doctor en Ciencias por unanimidad, reconociendo finalmente la validez de sus décadas de investigación teórica. Ese mismo año, se convirtió en uno de los pilares fundamentales para la creación de la Universidad Europea de San Petersburgo (EUSP), una institución privada diseñada para romper con el aislamiento de las ciencias sociales rusas y fomentar un diálogo abierto con el pensamiento occidental.

En la EUSP, Klein ocupó la cátedra de antropología cultural y continuó formando a nuevas generaciones de arqueólogos en lo que se conocía como la Escuela de Leningrado, caracterizada por un enfoque sistémico, un rigor filológico extremo y una independencia intelectual innegociable. Su labor docente se extendió más allá de las fronteras rusas, siendo invitado como profesor visitante en universidades de Berlín, Viena, Durham, Copenhague y Seattle, donde sus conferencias sobre la fenomenología de la arqueología eran recibidas como un testimonio vivo de la historia de la ciencia.

Su obra Fenómeno de la arqueología soviética, publicada originalmente en ruso y alemán antes de su traducción definitiva al inglés en dos mil doce, se convirtió en el texto de referencia para comprender cómo una disciplina científica puede desarrollarse bajo una presión ideológica constante. En este libro, Klein no solo analizaba las teorías, sino que realizaba retratos vívidos de las personalidades del sistema, desde el demonio rojo V. I. Ravdonikas hasta el influyente N. Ya. Marr, proporcionando una sociología de la ciencia que pocos autores han logrado igualar.

La curiosidad de Klein nunca se limitó a la cultura material. Su formación bajo Vladimir Propp le permitió realizar contribuciones significativas al estudio de la épica homérica y las religiones antiguas. En sus trabajos sobre la Ilíada, propuso una interpretación estructural que buscaba los ecos de la organización social de las estepas euroasiáticas en los versos de Homero, sugiriendo que la epopeya contenía estratos de memoria histórica que podían ser decodificados mediante la comparación con los datos arqueológicos de la Edad del Bronce.

Asimismo, tras su liberación, Klein se convirtió en uno de los primeros académicos en Rusia en abordar el estudio de la homosexualidad desde una perspectiva científica y antropológica. En obras como El otro amor y La otra cara del sol, exploró la historia de la sexualidad y las contribuciones de personas destacadas con orientaciones diversas, desafiando los prejuicios persistentes en la sociedad rusa postsoviética. Este trabajo fue una extensión de su compromiso con la verdad científica: si el estado había utilizado su sexualidad para perseguirlo, él utilizaría la ciencia para explicar la sexualidad al estado.

En el ámbito del folclore, su obra Resurrección de Perun es considerada un hito en la reconstrucción del paganismo de los eslavos orientales. Klein aplicó técnicas de análisis lingüístico y comparativo para desentrañar las capas de influencia cristiana y recuperar las estructuras originales de los mitos eslavos, evitando las interpretaciones románticas o nacionalistas que a menudo plagan este campo de estudio.

Uno de los mayores aportes teóricos de Klein fue su insistencia en la distinción entre cultura arqueológica y cultura viva. En la arqueología soviética tradicional, existía la tendencia a igualar automáticamente un conjunto de artefactos similares con un grupo étnico específico (un pueblo). Klein advirtió que esta correlación es a menudo falaz; los objetos pueden viajar por comercio, emulación o prestigio, sin que ello implique una identidad étnica compartida.

Para Klein, la cultura arqueológica es una herramienta taxonómica del investigador, no una realidad biológica o política intrínseca al pasado. Esta visión fue crucial en sus estudios sobre la etnogénesis de los eslavos, los arios y los griegos, donde siempre abogó por un modelo multicausal que incluyera migraciones, contactos culturales y desarrollos internos, en lugar de búsquedas de ancestros puros.

Su metodología, a la que denominó arqueología de las interacciones locales, permitía analizar cómo pequeñas comunidades se integraban en sistemas mayores de intercambio de información y símbolos, una perspectiva que anticipó muchos de los debates de la arqueología post-procesual occidental. A pesar de trabajar gran parte de su vida aislado por el Telón de Acero, Klein mantuvo una correspondencia activa con colegas internacionales y fue capaz de criticar tanto el funcionalismo extremo de la New Archaeology americana como el relativismo de algunas corrientes europeas posteriores.

La vida de Lev Klein concluyó en su modesto apartamento de la isla Vasílievski, un espacio abarrotado de libros donde continuó trabajando hasta sus últimos días en investigaciones sobre los varegos y la historia de la ciencia. Su pesimismo respecto al rumbo político de Rusia en sus años finales, que comparaba con su propio cáncer de próstata como una enfermedad que el país se negaba a reconocer, no disminuyó su dedicación al trabajo intelectual. Klein dejó tras de sí más de quinientos artículos y una treintena de libros que siguen siendo fundamentales para cualquier estudiante de arqueología o historia de las ideas. Su legado es el de un científico que demostró que, incluso en un mundo al revés, la claridad del método y la valentía de la palabra pueden reconstruir la verdad de los fragmentos del pasado.

Publicado por ilabasmati

Licenciada en Bellas Artes, FilologÍa Hispánica y lIiteratura Inglesa.

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