El proceso de expansión europea hacia los territorios de Asia, África y América durante los siglos XVII y XVIII no representó únicamente una empresa de carácter comercial o político, sino que constituyó un complejo fenómeno de intercambio cultural y religioso que transformó profundamente a las sociedades implicadas. Este periodo se distingue por una transición significativa en las metodologías misioneras, pasando de una imposición inicial a menudo violenta hacia estrategias de adaptación y asimilación que buscaban conciliar los dogmas cristianos con las realidades locales de civilizaciones altamente sofisticadas. La evangelización actuó como el eje central de la aculturación, operando como un vehículo para la introducción de valores, lenguas y tecnologías occidentales, al tiempo que generaba respuestas de resistencia, síntesis y reinterpretación por parte de los pueblos receptores.
En el continente asiático, la labor misionera experimentó una mutación fundamental a partir de las propuestas de la Compañía de Jesús. El caso de la India es paradigmático en este sentido, especialmente con la figura del padre Roberto de Nobili, quien llegó a la región en 1606. Nobili comprendió que para penetrar en las estructuras sociales de la India era necesaria una separación nítida entre el dogma cristiano y las formas culturales propias de la sociedad védica. De este modo, su metodología no exigía la abolición de la lengua, el vestido o los hábitos culinarios de los conversos, ni siquiera del sistema de castas o los ritos de cohesión social, que eran interpretados como expresiones tradicionales sin un valor religioso intrínsecamente pagano. Esta postura permitió a los jesuitas acercarse a la casta de los brahmanes, adoptando incluso sus vestimentas y modos de vida para facilitar la comunicación del mensaje evangélico. Sin embargo, estas prácticas generaron una profunda división en el mundo católico, enfrentando a los jesuitas con las órdenes mendicantes, como los franciscanos, quienes consideraban estas concesiones como una forma de sincretismo inaceptable. Esta tensión dio origen a la polémica de los ritos malabares, una disputa teológica y jurídica que se prolongó hasta mediados del siglo XVIII y que requirió la intervención constante de la Santa Sede.
| Estrategias Misioneras en Asia | Métodos de Adaptación | Oposición y Conflictos | Impacto en la Estructura Social |
| Misión en la India (Nobili) | Adopción de la vestimenta y dieta brahmánica; respeto al sistema de castas y ritos sociales. | Órdenes mendicantes (franciscanos) denunciaron sincretismo ante Roma. | Penetración en las élites intelectuales; creación del término malabarismo. |
| Misión en China (Ricci) | Integración en la clase letrada; uso de la ciencia y cartografía; respeto al culto de antepasados. | Querella de los ritos chinos; condenas de Inocencio X y Clemente XI. | Acceso a la corte imperial; desarrollo del apostolado por la ciencia. |
| Misión en Vietnam (Rhodes) | Uso de matemáticas y relojes; creación del sistema nacional de escritura quốc-ngu. | Expulsiones periódicas; competencia con la Société des Missions Étrangères. | Arraigo sólido que emergió como factor nacional en el siglo XIX. |
Paralelamente, en China, los jesuitas Matteo Ricci y Adam Schall introdujeron métodos misionales similares basados en la adaptación cultural. Para estos misioneros, las civilizaciones orientales contenían restos de una revelación primitiva que podía ser rescatada bajo las formas tradicionales. Sostuvieron que el culto a Confucio no era una práctica idólatra, sino una ceremonia cívica de veneración a los antepasados que poseía un valor social y político esencial para la cohesión del imperio. Esta marginalidad voluntaria de los problemas dogmáticos iniciales permitió el progreso de las conversiones y la fundación de residencias jesuitas antes de 1616. No obstante, las denuncias de las órdenes mendicantes provocaron la condena de estos ritos por el papa Inocencio X, desencadenando la querella de los ritos chinos. Este conflicto dividió a la Iglesia entre los europeizantes, seguidores de un rigorismo jansenista opuesto a cualquier compromiso con las prácticas paganas, y los sinizantes, que defendían la posibilidad de conciliar el dogma con el vocabulario y las costumbres chinas.
El fracaso final de la evangelización en China se consumó en el siglo XVIII, cuando la bula Ex illa die de 1715 y las posteriores ratificaciones de Benedicto XIV prohibieron definitivamente los ritos tradicionales para los cristianos. La respuesta del emperador Yongzheng fue la prohibición del cristianismo y la expulsión de los misioneros en 1724, con la excepción de algunos jesuitas en Pekín que servían como técnicos o científicos. Este desenlace marcó el fin de una de las tentativas más audaces de diálogo intercontinental, demostrando las limitaciones de la ortodoxia romana frente a la complejidad de las culturas asiáticas.
En Japón, el proceso fue distinto y estuvo marcado por la persecución violenta y la erradicación del cristianismo. Tras los éxitos iniciales de Francisco Javier en el siglo XVI, los shogunes Tokugawa (Ieyasu, Hidetada y Iemitsu) emprendieron una campaña sistemática para eliminar la influencia extranjera en la primera mitad del siglo XVII. La represión incluyó episodios cruentos como el gran martirio de Nagasaki en 1622 y la derrota de la rebelión de los campesinos cristianos en Shimabara entre 1637 y 1638. El cristianismo fue forzado a la clandestinidad, dando lugar a la comunidad de los cristianos ocultos, mientras el país se cerraba al mundo exterior, permitiendo únicamente un contacto limitado con los holandeses en el islote de Dejima. A través de este enclave, sin embargo, se filtró el interés por el conocimiento occidental bajo el nombre de rangaku o ciencia holandesa, que permitió a los intelectuales japoneses acceder a tratados de medicina, astronomía y geografía.
| Desarrollo del Conocimiento Occidental en Japón (Rangaku) | Áreas de Estudio | Figuras Clave y Obras | Consecuencias Sociales e Intelectuales |
| Medicina y Anatomía | Primeras disecciones y traducción de tablas anatómicas europeas. | Sugita Genpaku (Kaitai Shinsho, 1774); Hanaoka Seishū (primer uso de anestesia). | Revolución de la práctica médica; base para la modernización de la era Meiji. |
| Astronomía y Física | Introducción de la teoría heliocéntrica y conceptos físicos. | Shizuki Tadao (traducción de John Keill); Yoshitoki Takahashi (calendario Kansei). | Creación de vocabulario científico japonés (gravedad, atracción). |
| Geografía y Botánica | Catalogación de la flora japonesa y mapas del mundo. | Carl Peter Thünberg (Flora Japonica); Hayashi Shihei (Panorámica General de Tres Naciones). | Expansión de la conciencia espacial y científica del archipiélago. |
El caso de Vietnam presentó una evolución diferente, donde el jesuita francés Alexandre de Rhodes desempeñó un papel crucial al establecer misiones tanto en Cochinchina como en Tonkín a partir de 1615. Rhodes utilizó su formación científica para ganarse el favor de las cortes locales, entregando relojes y libros de matemáticas a los soberanos. Su mayor legado fue la redacción de un catecismo en quốc-ngu, el sistema de escritura latinizada que eventualmente se convertiría en la lengua nacional vietnamita. A pesar de las expulsiones y la competencia con la Société des Missions Étrangères, el arraigo del cristianismo en Vietnam fue tan profundo que se convirtió en un factor activo de la vida nacional en los siglos posteriores.
En el continente africano, la evangelización estuvo estrechamente vinculada a los reinos del Congo y del Monomotapa, aunque enfrentó desafíos significativos debido a la inestabilidad política y el impacto de la trata de esclavos. En el Congo, tras la conversión inicial de Afonso I, el siglo XVII vio un debilitamiento de la presencia misionera hasta la llegada de los capuchinos italianos en 1645. Estos religiosos lograron restablecer la obediencia romana, pero debieron coexistir con la religión tradicional y enfrentarse a movimientos sincréticos de resistencia como el antonianismo. Liderado por Beatriz Kimpa Vita, una profetisa que se proclamaba reencarnación de San Antonio, este movimiento proponía una africanización de la historia sagrada, afirmando que la Sagrada Familia era negra y natural de la capital congoleña, Mbanza. El antonianismo representó un intento de recuperar la soberanía religiosa y política frente a la influencia portuguesa, aunque terminó con la ejecución de Kimpa Vita en 1706 por orden del rey Pedro IV tras la presión de los misioneros capuchinos.
En África oriental, la labor de jesuitas y dominicos en el reino de Monomotapa permitió momentos de éxito con el bautismo de soberanos como Gatsirusere y sus sucesores, quienes entregaron concesiones mineras a los portugueses a cambio de apoyo militar. Sin embargo, la progresiva desintegración del reino durante el siglo XVIII paralizó la actividad misionera, dejando el cristianismo reducido a núcleos aislados con escasa influencia regional.
El proceso de aculturación en América adoptó formas más drásticas debido a la imposición forzosa de la cultura de los conquistadores, lo que provocó una desarticulación extrema del universo mental de los pueblos indígenas. Esta ruptura se manifestó principalmente en el terreno religioso, donde el sistema prehispánico fue sustituido por el dogma monoteísta cristiano y las prácticas devocionales católicas. No obstante, la incapacidad de los indígenas para asimilar conceptos occidentales abstractos llevó a los misioneros a recurrir a artificios iconográficos, como las trinidades isomórficas o trifaciales, que presentaban a la divinidad bajo formas visuales comprensibles para la población nativa.
A partir del siglo XVII, surgió en la América española un proyecto cultural propio liderado por los criollos, quienes buscaron diferenciar su identidad de las normas metropolitanas. Este movimiento se apoyó en la idealización del pasado prehispánico y la construcción de una historia sagrada específicamente americana. Historiadores como Fernando de Alva Ixtlilxóchitl y el Inca Garcilaso de la Vega trabajaron para reivindicar la grandeza de las civilizaciones azteca e inca, equiparándolas con los imperios de la antigüedad clásica. El patriotismo criollo se nutrió también del aparicionismo mariano, destacando la Virgen de Guadalupe en México como un símbolo de elección divina para el suelo americano, lo que otorgó a los nacidos en las Indias un sentimiento de superioridad moral y espiritual frente a los españoles peninsulares.
| Principales Historiadores y Literatos del Criollismo | Obras Destacadas | Propósito e Identidad |
| Inca Garcilaso de la Vega | Comentarios reales de los Incas. | Reivindicación del Incario como equivalente al Imperio Romano; patriotismo cusqueño. |
| Fernando de Alva Ixtlilxóchitl | Sumaria relación de la historia general de esta Nueva España. | Preservación de la memoria prehispánica frente al olvido impuesto por la conquista. |
| Bernardo Balbuena | Grandeza mexicana. | Exaltación del esplendor urbano y la vida social de la capital novohispana. |
| Juan de Santa Cruz Pachacuti | Relación de Antigüedades deste Reino del Perú. | Narración de la predicación andina del santo Tunapa (Santo Tomás). |
La utopía católica encontró su máxima expresión en las misiones jesuíticas de América del Sur, especialmente en las reducciones del Paraguay. Estas comunidades intentaron edificar una sociedad cristiana ideal basada en una organización económica colectivista, protegiendo a los indígenas de la explotación de los colonos y de las incursiones de los bandeirantes esclavistas de São Paulo. Las reducciones funcionaron como centros de enseñanza y producción artística, donde se desarrolló el barroco guaraní, fusionando formas europeas con la sensibilidad indígena en la arquitectura y la música. Sin embargo, la presión política y los tratados de límites entre España y Portugal llevaron a la destrucción de estas misiones y la expulsión definitiva de los jesuitas en 1767, poniendo fin a uno de los experimentos sociales más singulares de la época colonial.
En contraste con las reducciones católicas, la América inglesa fue escenario de utopías protestantes lideradas por grupos de disidentes como los puritanos y los cuáqueros. Mientras los primeros establecieron teocracias intransigentes en Massachusetts, como se evidenció en los procesos por brujería en Salem en 1692, los cuáqueros fundaron Pennsylvania como un refugio de igualdad y tolerancia bajo el liderazgo de William Penn. Estos experimentos religiosos, sumados al movimiento del gran despertar en el siglo XVIII, definieron el carácter plural y fragmentado de la vida religiosa en las colonias del norte, marcando una diferencia fundamental con el modelo unificado de la cristiandad hispánica.
La Ilustración introdujo un nuevo utillaje conceptual que permitió analizar la expansión europea desde perspectivas críticas. El debate sobre el buen salvaje, impulsado por autores como Jean-Jacques Rousseau, cuestionó la superioridad de la civilización occidental frente a la inocencia de los pueblos primitivos. Al mismo tiempo, el Siglo de las Luces vio nacer el movimiento abolicionista, que rechazó la esclavitud africana no solo por razones morales y humanitarias, sino también por su ineficiencia económica desde la lógica utilitarista de Adam Smith y David Hume. Figuras como William Wilberforce y Thomas Clarkson lideraron campañas que culminaron en la abolición de la trata en el Imperio británico a principios del siglo XIX.
Los intercambios científicos y tecnológicos fueron una constante en la relación entre Europa y los otros mundos. En China, la presencia de jesuitas con formación científica permitió el desarrollo de la cartografía y la reforma del calendario imperial, mientras que en Japón los estudios holandeses introdujeron la anatomía moderna y la química de Lavoisier. La fascinación europea por Oriente se tradujo en el gusto por las porcelanas chinas, las lacas japonesas y los tejidos indios, generando corrientes decorativas como las chinoiseries y las turqueries que invadieron los palacios de la nobleza occidental. Por su parte, la pintura europea dejó su impronta en las cortes de China y la India, con figuras como Giuseppe Castiglione, quien introdujo el realismo y la perspectiva en la corte de los emperadores Qing, creando un estilo híbrido que perduraría durante décadas.
Los siglos XVII y XVIII representan un periodo de transformaciones profundas donde la religión actuó como el catalizador principal de los intercambios culturales. Los procesos de evangelización y aculturación, aunque a menudo marcados por la imposición y el conflicto, dieron lugar a nuevas formas de identidad, sistemas científicos compartidos y expresiones artísticas sincréticas que sentaron las bases de la globalización cultural moderna. El legado de estas interacciones, desde las reducciones del Paraguay hasta las ciencias holandesas en Japón, demuestra la capacidad de las sociedades para reinterpretar y asimilar influencias externas en la construcción de su propio destino histórico.
