La centuria de las Luces no solo representó una transformación en el pensamiento filosófico y político de Occidente, sino que marcó un punto de inflexión crítico en la proyección de las potencias europeas sobre el resto del globo. Este proceso, que ha sido denominado por diversos sectores de la historiografía como una fase de globalización temprana, no se limitó a la mera explotación comercial, sino que evolucionó hacia una ocupación territorial sistemática y una organización administrativa de los espacios periféricos. El siglo XVIII asistió al paso de un modelo de expansión basado en factorías y rutas mercantiles hacia un sistema de imperios territoriales donde la soberanía se ejercía de manera efectiva sobre vastas extensiones de tierra y poblaciones diversas. Este fenómeno fue impulsado por la necesidad de las monarquías europeas de obtener metales preciosos para financiar sus estructuras estatales y por la demanda creciente de productos exóticos como la seda y las especias, cuya ruta tradicional a través de Constantinopla había sido clausurada o encarecida por el dominio otomano en siglos anteriores.
El desarrollo tecnológico fue el catalizador indispensable de esta expansión. Los avances en la cartografía, la construcción de embarcaciones más resistentes y maniobrables como las fragatas, y el perfeccionamiento de instrumentos de navegación como el cronómetro y el sextante, permitieron a los navegantes europeos aventurarse con mayor seguridad en océanos hasta entonces poco transitados. Estas innovaciones técnicas no solo facilitaron el comercio, sino que dotaron a las expediciones de un carácter científico, alineado con el espíritu de la Ilustración, que buscaba catalogar la naturaleza y comprender la geografía mundial bajo una óptica racionalista y utilitaria. En este contexto, la expansión ultramarina se convirtió en una herramienta de prestigio nacional y de competencia geopolítica, donde el dominio de los mares era sinónimo de la supremacía en el continente europeo.
En el contexto de la América española, el siglo XVIII es testigo de lo que se ha dado en llamar el segundo descubrimiento de América. Tras un siglo XVII de relativa estabilización y repliegue, la llegada de la dinastía borbónica al trono español trajo consigo una voluntad de reafirmar la presencia de la corona en territorios que, aunque formalmente bajo su soberanía, carecían de una ocupación efectiva. Esta política respondía a la presión creciente de colonos británicos y franceses que avanzaban desde el norte del continente, obligando a España a emprender una serie de expediciones y fundaciones que blindaran sus fronteras. La expansión no fue solo militar, sino que se apoyó fundamentalmente en el sistema de misiones y presidios, una estructura dual que permitía la evangelización de las poblaciones indígenas y la defensa fronteriza con recursos limitados.
La marca norte de este despliegue fue Nuevo México, un inmenso territorio que había sido ocupado originalmente a finales del siglo XVI por Juan de Oñate en 1598. Durante el siglo XVIII, esta plataforma sirvió para proyectar la ocupación hacia Texas, una región desértica que hasta entonces había permanecido fuera del control administrativo efectivo. La necesidad de asegurar estos espacios se hizo patente con expediciones como la de Pedro de Villasur, quien desde Santa Fe intentó instalarse en el territorio de Nebraska, aunque su misión terminó trágicamente ante el hostigamiento de las tribus indígenas locales. Asimismo, se hizo imperativo explorar y ocupar zonas intermedias dentro del México actual, como Nayarit y la región comprendida entre Tampico y Texas, para consolidar un cordón defensivo continuo frente a las incursiones extranjeras.
El impulso explorador en la zona de Sonora y Arizona fue guiado por una voluntad misional que llevó a los exploradores españoles hasta las bocas del río Colorado. Sin embargo, la empresa más ambiciosa de este periodo fue la colonización de California. Bajo la dirección espiritual del franciscano fray Junípero Serra y el mando militar de Gaspar de Portolá, se fundaron asentamientos estratégicos que hoy constituyen grandes urbes. La fundación de San Diego en 1769, Monterrey en 1770 y San Francisco en 1776, seguidas por San Gabriel (Los Ángeles) en 1781, no solo aseguró la costa del Pacífico, sino que creó una red de más de veinte misiones que transformaron la demografía y la economía de la región. Este avance se vio complementado por la adquisición de la Luisiana occidental tras la Paz de París en 1763, lo que permitió a España explorar un vasto territorio cedido por Francia y fortalecer su presencia en el Mississippi.
| Localización | Año Clave | Acción o Fundación | Protagonistas |
| Nuevo México | 1598 | Ocupación inicial | Juan de Oñate |
| San Diego | 1769 | Fundación de Misión | Junípero Serra, Gaspar de Portolá |
| Monterrey | 1770 | Fundación de Presidio/Misión | Gaspar de Portolá |
| San Francisco | 1776 | Establecimiento estratégico | Franciscanos |
| Los Ángeles | 1781 | Fundación de San Gabriel | Pobladores y misioneros |
| Luisiana | 1763 | Cesión territorial | Francia a España (Paz de París) |
En América del Sur, la expansión también fue muy activa, especialmente en las franjas periféricas de los virreinatos de Perú, Nueva Granada y el Río de la Plata. Las misiones jesuíticas de Moxos y Chiquitos en la actual Bolivia lograron congregar a miles de almas en pueblos organizados, dejando un legado cultural y arquitectónico significativo. No obstante, las llamadas reducciones del Paraguay destacaron por su originalidad y por el debate que aún hoy generan sobre su nivel de autonomía frente a la corona. Tras la expulsión de los jesuitas, otras órdenes como los capuchinos se extendieron por los llanos venezolanos y la península de la Guajira, mientras que los mercedarios y franciscanos llevaron su labor evangelizadora hasta las islas Malvinas, la Patagonia y la isla de Chiloé. Esta colonización del extremo sur, personificada en asentamientos como Puerto Deseado en 1789, fue una respuesta directa a las incursiones británicas en el Atlántico Sur.
Mientras el imperio español se consolidaba en América, el escenario asiático, y específicamente la India, experimentaba una transformación radical. A diferencia de los imperios de China y Japón, que mantuvieron una estabilidad política férrea frente a los europeos, la India entró en el siglo XVIII en un periodo de grave descomposición interna. La muerte del emperador Aurangzeb en 1707 marcó el fin de la era de esplendor mogol y el inicio de una fragmentación política que sería aprovechada por las compañías comerciales europeas. Los gobernadores provinciales comenzaron a actuar con independencia de Delhi, y el ascenso de estados guerreros como el de los Marathas no logró restaurar la unidad perdida, facilitando la intervención de potencias como Gran Bretaña y Francia.
La fragmentación política india convirtió al subcontinente en un campo de batalla para las rivalidades europeas, especialmente durante la Guerra de Sucesión de Austria. En 1746, los franceses, liderados por Joseph-François Dupleix y el conde de La Bourdonnais, lograron capturar la factoría inglesa de Madrás, aunque la Paz de Aquisgrán en 1748 obligó a su devolución. Sin embargo, la tregua en Europa no detuvo las hostilidades en la India, donde Dupleix continuó interviniendo en los conflictos sucesorios locales, obteniendo victorias como la de Ambur en 1749 y expandiendo el territorio de Pondichéry. La suerte de las armas cambiaría definitivamente con el estallido de la Guerra de los Siete Años.
El golfo de Bengala se convirtió en el escenario principal del conflicto, donde competían las factorías de Calcuta (inglesa), Chandernagor (francesa), Chinsura (holandesa) y Frederiksnagor (danesa). Robert Clive, enviado por Inglaterra para dirigir las operaciones, infligió una derrota decisiva al nabab Suradjah Daula en la batalla de Plassey el 24 de junio de 1757. A partir de este momento, el avance británico fue imparable: Clive tomó Chinsura a los holandeses, levantó el cerco de Madrás y capturó Masulipatam en 1759. La victoria de Wandewash en 1760 y la toma final de Pondichéry en 1761 significaron el colapso de la India francesa. La Paz de París de 1763 ratificó que la India quedaba bajo la órbita inglesa, permitiendo a Gran Bretaña introducirse en las profundidades del subcontinente mediante una mezcla de diplomacia y fuerza militar.
| Conflicto / Batalla | Año | Resultado | Significado Geopolítico |
| Ocupación de Madrás | 1746 | Victoria francesa | Dominio temporal francés en el sur |
| Paz de Aquisgrán | 1748 | Devolución de Madrás | Equilibrio precario entre potencias |
| Batalla de Ambur | 1749 | Victoria francesa | Expansión de Pondichéry |
| Batalla de Plassey | 1757 | Victoria británica | Control de Bengala por Robert Clive |
| Batalla de Wandewash | 1760 | Victoria británica | Expulsión efectiva de los franceses |
| Toma de Pondichéry | 1761 | Victoria británica | Fin de la soberanía francesa extensa |
| Paz de París | 1763 | Tratado internacional | India reconocida como zona británica |
Los años finales del siglo XVIII estuvieron marcados por la resistencia de los estados indios más combativos: la Confederación de los Marathas en el Decán y el sultanato de Mysore gobernado por Haider Alí y su hijo Tippu Sahib. La derrota y muerte de Tippu Sahib en el asalto a Srirangapatam el 4 de mayo de 1799 eliminó uno de los obstáculos más serios para la Compañía de las Indias Orientales. Las guerras marathas concluyeron finalmente en 1818, dejando a Gran Bretaña como dueña absoluta de la India, desde el Himalaya hasta el Cabo Comorín, e incorporando territorios estratégicos como Ceilán, arrebatado a los holandeses en 1796. Este proceso transformó a una compañía mercantil en un estado soberano de dimensiones imperiales, sentando las bases del Raj británico.
En vísperas del gran reparto que ocurriría en el siglo XIX, África presentaba un mosaico de soberanías y estados que, aunque presionados por la presencia europea en las costas, mantenían una notable independencia en el interior. En el norte, las provincias otomanas de Argel, Túnez y Trípoli vivían procesos de autonomía creciente. Argel, bajo el dey Muhammad ibn Utman entre 1766 y 1791, mantuvo su posición política hasta que la debilidad económica y la agitación mística interna a principios del siglo XIX la hicieron vulnerable a la conquista francesa en 1830. Túnez, por su parte, se benefició de la estabilidad bajo Alí Bey y Hammuda Pashá, aunque no pudo escapar al imperialismo colonial que se concretaría más tarde.
Egipto enfrentó una profunda crisis sucesoria y económica en el último cuarto del siglo XVIII, lo que facilitó la intervención extranjera. El desembarco otomano de Hasán Pashá en 1786 intentó restaurar el control central, pero la autonomía fue recuperada por los beyes locales hasta la llegada de Napoleón Bonaparte en 1798. La derrota mameluca en la batalla de las Pirámides marcó el inicio de la influencia europea moderna en Egipto, aunque Mehmet Alí lograría posteriormente fundar una nueva dinastía que garantizara la independencia frente a turcos y europeos a partir de 1805. Marruecos, a diferencia de sus vecinos, optó por un aislamiento relativo tras sufrir epidemias y luchas internas, lo que le permitió preservar su independencia durante casi todo el siglo XIX.
En el África occidental y central, la dinámica estuvo marcada por el impacto de la trata de esclavos y la formación de estados poderosos como Dahomey y Ashanti. Sin embargo, a finales de siglo surgieron iniciativas que buscaban alternativas al tráfico de personas. Sierra Leona se fundó como colonia británica en 1808 para esclavos liberados, y Liberia fue creada por la Sociedad Americana de Colonización en 1821 con un propósito similar. En el Congo y Angola, la influencia portuguesa persistió, centrada en la exportación de mano de obra esclava hacia Brasil, a pesar de los intentos reformistas de gobernadores como Francisco de Sousa Coutinho, cuyos planes de colonización integral fueron saboteados por los intereses negreros locales.
El África oriental vivió una resurrección de la cultura swahili y de la independencia política frente a los portugueses, gracias al empuje de las dinastías omaníes que confinaron a los europeos a enclaves meridionales como Mozambique. En el extremo sur, la situación dio un giro radical cuando los ingleses ocuparon la colonia del Cabo en 1795 y de forma definitiva en 1806, desplazando a los holandeses. La presión británica sobre los colonos boers (descendientes de agricultores neerlandeses) provocaría el inicio del «gran trek» hacia el interior, estableciendo un conflicto latente con las poblaciones zulúes y preparando el escenario para las guerras anglo-boer del siglo siguiente.
La exploración del Pacífico fue la última gran frontera de la expansión europea en el siglo XVIII. Aunque navegantes portugueses y españoles ya habían transitado sus aguas desde el siglo XVI, la ocupación efectiva se limitaba a las islas de las especias y las Filipinas. España mantenía su hegemonía en la Micronesia, con las islas Marianas y Guam sirviendo de escala vital para el Galeón de Manila que conectaba Acapulco con Asia. Sin embargo, la segunda mitad del siglo XVIII trajo consigo una oleada de navegantes científicos movidos por la rivalidad imperial y el espíritu ilustrado.
El archipiélago de Tahití se convirtió en un objeto de deseo para todas las potencias navales. Tras la toma de posesión británica por Wallis en 1767 y la visita de Bougainville en 1768, España reaccionó enviando tres expediciones desde el virreinato del Perú entre 1772 y 1775 para poner la isla bajo su soberanía, aunque la dificultad de sostener una posesión tan remota llevó al abandono de la empresa. De manera similar, la isla de Pascua fue incorporada a la corona española en 1770. No obstante, el protagonismo británico en la región se consolidó con la ocupación sistemática de Australia. En 1788, Arthur Phillip fundó el primer asentamiento en Botany Bay y Port Jackson (Sidney), concibiendo el territorio inicialmente como una colonia penitenciaria para convictos británicos.
| Explorador | Nacionalidad | Año de Viaje | Descubrimiento o Acción |
| Wallis | Británico | 1767 | Toma de posesión de Tahití |
| Bougainville | Francés | 1768 | Exploración de Tahití y circunnavegación |
| James Cook | Británico | 1768-1779 | Exploración detallada de Oceanía y Hawái |
| Arthur Phillip | Británico | 1788 | Fundación de Port Jackson (Australia) |
| Alejandro Malaspina | Español | 1789-1794 | Expedición científica por el Pacífico |
| Juan Bautista Monteverde | Español | 1806 | Descubrimiento de las islas Nukuoro |
Nueva Zelanda también entró en la órbita del imperialismo británico, aunque de forma más informal al principio. A partir de 1802, se establecieron factorías para la caza de ballenas y focas en el norte de la isla de Nueva Ulster, iniciando un contacto con la población maorí que alternaba el comercio con el conflicto armado. El aprovechamiento de recursos como la madera y el lino fomentó una dinámica económica que vinculaba a Nueva Zelanda con el floreciente puerto de Sidney. Mientras tanto, España cerraba su ciclo de descubrimientos con expediciones como la de Malaspina o los avistamientos de islas menores por navegantes como Zapiaín y Monteverde a principios del siglo XIX, marcando el final de una era antes de que la independencia de las colonias americanas redefiniera por completo su posición en el mundo.
La expansión ultramarina del siglo XVIII no fue simplemente un fenómeno de conquista territorial; fue una reconfiguración total de las redes comerciales y biológicas del planeta. El concepto de la «primera globalización» cobra sentido al observar cómo los productos americanos como la patata, el maíz y el cacao se integraron en la dieta europea y asiática, mientras que las especias de Oriente y los metales preciosos de las Indias financiaban el ascenso del capitalismo industrial. El comercio triangular, basado en la transferencia masiva de esclavos africanos hacia las plantaciones americanas, constituyó la base económica de imperios como el británico y el francés, generando una acumulación de capital sin precedentes a costa de un sufrimiento humano incalculable.
Desde una perspectiva científica, las expediciones de la segunda mitad del siglo representaron un cambio en la mentalidad europea. Ya no se buscaba solo el oro o la evangelización, sino la utilidad pública y la gloria de la patria a través del conocimiento botánico, zoológico y mineralógico. La corona española, con la fundación del puerto de San Blas en 1768 y la promoción de la Real Expedición Botánica, intentó aplicar la ciencia ilustrada para mejorar la productividad de sus dominios. Este esfuerzo, sin embargo, se vio truncado por las guerras napoleónicas y la subsiguiente crisis de la monarquía hispánica, que debilitó los lazos imperiales justo cuando el sistema de comercio global se volvía más competitivo.
En conclusión, el siglo XVIII cerró con una Europa que dominaba gran parte de las costas y rutas marítimas del mundo, pero que también se enfrentaba a las contradicciones de sus propios imperios. La independencia de las Trece Colonias en América del Norte fue el primer signo de que la era del control colonial absoluto estaba llegando a su fin, a pesar de que en Asia y África el proceso de colonización apenas estaba entrando en su fase más agresiva. La transición hacia el siglo XIX vería el paso de los viejos imperios de base mercantilista a los nuevos imperios industriales, donde la tecnología de vapor y el control directo del territorio definirían la hegemonía mundial por el siguiente siglo. Para el estudiante que enfrenta el examen, es crucial entender que esta expansión no fue un evento aislado, sino una cadena de causas y efectos donde la geografía, la tecnología y la política se entrelazaron para crear el mundo moderno tal como lo conocemos.
