El Siglo de las Luces o la Modernidad

El siglo XVIII, conocido universalmente como el Siglo de las Luces o la Ilustración, representa un punto de inflexión estructural en la historia de la civilización occidental, marcando la transición definitiva hacia una modernidad regida por la autonomía de la razón humana. Este fenómeno, que Luis Ribot analiza de manera exhaustiva, no surge en un vacío, sino que es la culminación de procesos económicos y técnicos iniciados en las centurias anteriores, especialmente la Revolución Científica del siglo XVII. La base material de esta transformación se encuentra en la acumulación de inventos y la aplicación del vapor a la maquinaria, lo que dio inicio a la era de la mecanización. Este cambio tecnológico supuso el fin de la producción artesanal basada en la habilidad individual del trabajador, sustituyéndola por una producción industrial orientada al mercado masivo y a compradores desconocidos, lo que priorizó la eficiencia y la cantidad sobre la calidad tradicional. En este contexto, la Ilustración emerge no solo como un sistema de ideas, sino como una actitud vital del hombre que, en palabras de Immanuel Kant, decide salir de su minoría de edad para guiarse exclusivamente por su propio intelecto, emancipándose de la tutela de la teología y la tradición.   

La esencia de la Ilustración radica en la centralidad de la razón como la luz que disipa las tinieblas de la ignorancia, un concepto que se refleja en las diversas denominaciones nacionales del movimiento: les Lumières en Francia, die Aufklärung en Alemania o the Enlightenment en el ámbito anglosajón. Este predominio de lo racional se vincula directamente con el empirismo de Isaac Newton y John Locke, quienes propusieron que el conocimiento debe basarse en la ordenación de la experiencia sensible, rechazando de plano las ideas innatas. El movimiento tuvo sus pioneros en Inglaterra y las Provincias Unidas a finales del siglo XVII, regiones que gozaban de una prosperidad económica y una tolerancia religiosa que facilitaron la eclosión de este nuevo pensamiento burgués. Desde estos focos, la Ilustración se desplazó a Francia, donde adquirió su forma prototípica y más combativa, difundiéndose posteriormente por toda Europa y América.   

Socio-culturalmente, la Ilustración fue un fenómeno eminentemente urbano que proliferó en las cortes, grandes puertos y centros mercantiles. Sus protagonistas pertenecían mayoritariamente a la burguesía culta —letrados, médicos, profesores y escritores—, aunque también atrajo a sectores de la nobleza y el clero. Un aspecto distintivo de este periodo fue la creación de nuevos espacios de sociabilidad que escapaban al control de las universidades tradicionales, las cuales permanecieron en su mayoría ancladas en la vieja escolástica. Así, las academias científicas, las tertulias, las logias masónicas y, muy especialmente, los salones parisinos se convirtieron en los verdaderos motores del debate intelectual. En estos salones, a menudo regentados por mujeres de la alta burguesía o la nobleza como madame Geoffrin o la marquesa de Deffand, se fraguaron las ideas que cuestionarían los cimientos del Antiguo Régimen.   

El optimismo ilustrado se basaba en una fe inquebrantable en el progreso y en la capacidad de la técnica para mejorar la vida humana. Esta mentalidad fomentó un interés renovado por la economía política y la búsqueda de la felicidad tanto pública como privada. La divulgación de estos conocimientos útiles se vio favorecida por el abandono progresivo del latín en favor de las lenguas nacionales y el auge de la prensa periódica, aunque el analfabetismo persistente seguía siendo una barrera para la extensión total de las «luces». El personaje central de esta época fue el philosophe, un intelectual con vocación práctica que utilizaba la crítica universal contra todos los conocimientos heredados que no pasaran por el tamiz de la razón.   

Ámbito de InfluenciaCaracterísticas Principales del Pensamiento IlustradoFundamentos Filosóficos
EpistemologíaRazón como única guía; rechazo de la autoridad dogmática.Empirismo de Locke y Newton.
SociedadMovimiento urbano, burgués; importancia de los salones y tertulias.Cosmopolitismo y utilitarismo.
PolíticaCrítica al despotismo; búsqueda de reformas administrativas.Iusnaturalismo y contrato social.
ReligiónDeísmo, secularización; crítica a las iglesias jerárquicas.Religión natural y tolerancia.
CulturaLenguas nacionales; auge de la prensa y la Enciclopedia.Divulgación del saber práctico.

Frente a este avance, surgió una potente corriente de antiilustrados que defendían el orden tradicional, los privilegios señoriales y el dominio clerical de la sociedad. En países como España, la oposición se atrincheró en las universidades y utilizó el púlpito para denunciar el «filosofismo» como un monstruo infernal vinculado al ateísmo y la herejía. Figuras como el obispo de Santander, Menéndez Luarca, llegaron a calificar al Siglo de las Luces como un lugar de tinieblas diabólicas. Sin embargo, también existió una vertiente de Ilustración cristiana que intentaba armonizar los avances científicos y la crítica de las prácticas supersticiosas con la fe religiosa, buscando una religión más auténtica y depurada de excesos barrocos.   

En Gran Bretaña, la Ilustración se vio favorecida por un régimen de libertades políticas que permitió una crítica social moderada a través de la literatura y el ensayo, con autores como Daniel Defoe o Jonathan Swift. El pensamiento británico profundizó en el empirismo, destacando el idealismo subjetivo de George Berkeley, quien afirmó que la materia no tiene realidad independiente del espíritu que la percibe, y el escepticismo radical de David Hume. Hume negó la posibilidad de demostrar la causalidad y redujo el conocimiento a impresiones sensibles, situándose en una vía que desafiaba incluso el optimismo racionalista de sus contemporáneos. En el terreno moral, pensadores como el conde de Shaftesbury defendieron la existencia de un sentido moral innato y la búsqueda de la utilidad pública, mientras que Bernard de Mandeville provocó un gran escándalo con su tesis de que los «vicios privados» producen «beneficios públicos» al dinamizar la economía a través del lujo y el consumo.   

Francia fue, sin duda, el corazón del movimiento ilustrado, donde la capacidad crítica alcanzó su máxima expresión combativa. El proyecto más ambicioso de la centuria fue la Enciclopedia, dirigida por Diderot y D’Alembert, que pretendía ser un inventario razonado de todos los conocimientos humanos. A pesar de sufrir constantes ataques de la Iglesia y el Parlamento de París —siendo calificada como la «Torre de Babel» por sus enemigos—, la obra logró completarse gracias a la protección de figuras de la corte como madame Pompadour, convirtiéndose en el gran vehículo de difusión de las ideas de progreso, tolerancia y razón. Junto a esta obra colectiva, tres figuras dominaron el pensamiento francés: Montesquieu, Voltaire y Rousseau.   

FilósofoObra FundamentalAportación Principal al Pensamiento Político/Social
MontesquieuEl espíritu de las leyes (1748)Separación de poderes y equilibrio jurídico.
VoltaireDiccionario Filosófico (1764)Defensa de la tolerancia y crítica al fanatismo.
RousseauEl contrato social (1762)Soberanía popular y voluntad general.
DiderotLa Enciclopedia (1751-1772)Divulgación sistemática del saber racional.
HumeTratado de la naturaleza humanaEscepticismo empirista y crítica a la causalidad.

Montesquieu, en El espíritu de las leyes, aplicó el método científico al estudio de la sociedad para concluir que la libertad política depende de la separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, una doctrina que sentaría las bases del constitucionalismo moderno. Voltaire, el filósofo más emblemático del siglo, personificó la lucha contra la intolerancia y el fanatismo mediante una ironía mordaz. Aunque admirador del sistema británico, su pensamiento se alineaba más con un absolutismo ilustrado que buscaba reformas desde el poder sin caer en extremismos. Por su parte, Jean-Jacques Rousseau introdujo una nota discordante al exaltar el sentimiento frente a la razón pura y denunciar que la sociedad civil y la propiedad privada habían corrompido la bondad natural del hombre. En El contrato social, propuso que la soberanía reside de forma inalienable en el pueblo y que la libertad se logra a través de la sumisión a la voluntad general, ideas que tendrían un impacto sísmico durante la Revolución francesa.   

La Ilustración alemana, o Aufklärung, se distinguió por su carácter profundo y universitario, menos orientado a la divulgación panfletaria que la francesa y más vinculado al análisis metafísico y administrativo. Autores como Christian Wolf divulgaron el racionalismo de Leibniz, mientras que el cameralismo desarrolló las bases teóricas para la intervención estatal en la economía y el bienestar social. El punto culminante de la filosofía alemana y universal llegó con Immanuel Kant, quien superó la dicotomía entre racionalismo y empirismo en su Crítica de la razón pura. Kant estableció que, aunque el conocimiento comienza con la experiencia, la mente humana posee formas a priori (espacio y tiempo) y conceptos del entendimiento (causalidad) que organizan los datos sensibles. En su ética, formuló el imperativo categórico como una ley moral universal basada en el deber, independizando la conducta humana de los mandatos religiosos tradicionales.   

En el sur de Europa, la Ilustración tuvo un carácter más tardío y reformista. En España, figuras como el padre Feijoo trabajaron para erradicar supersticiones y errores comunes, mientras que políticos como Campomanes, Olavide o Jovellanos impulsaron reformas económicas y educativas bajo el amparo de Carlos III. En Italia, destacaron personalidades como Cesare Beccaria, cuyo tratado De los delitos y las penas revolucionó el derecho penal al abogar por la abolición de la tortura y la proporcionalidad de las penas, y Antonio Genovesi, quien ocupó la primera cátedra de economía política en Nápoles.   

El progreso de las ciencias físico-matemáticas durante el siglo XVIII fue formidable, consolidando el método experimental y el lenguaje matemático como herramientas supremas de conocimiento. Leonhard Euler destacó como el matemático más prolífico de la centuria, desarrollando el cálculo infinitesimal y la geometría descriptiva. En física, el estudio de la electricidad experimentó un avance espectacular. Stephen Gray descubrió la conductividad de los materiales, mientras que el holandés Musschenbroek inventó la botella de Leiden, el primer condensador eléctrico. Estos experimentos, que a menudo se convertían en espectáculos públicos bajo la dirección de figuras como el padre Nollet, culminaron en inventos prácticos como el pararrayos de Benjamin Franklin, que demostró que el rayo era un fenómeno físico y no una expresión de la cólera divina.   

CientíficoCampo de EstudioLogro Destacado
Antoine LavoisierQuímicaLey de conservación de la materia; estudio del oxígeno.
Leonhard EulerMatemáticasDesarrollo del cálculo y análisis matemático.
Friedrich HerschelAstronomíaDescubrimiento del planeta Urano (1781).
Luigi GalvaniFísica/MedicinaNaturaleza eléctrica del impulso nervioso.
Alessandro VoltaFísicaInvención de la pila eléctrica (1800).
Karl LinneoBiologíaSistema de clasificación taxonómica binominal.

La química nació como ciencia moderna gracias a la labor de Antoine Lavoisier, quien dotó a la disciplina de un método cuantitativo y un lenguaje preciso. Lavoisier formuló la ley de conservación de la materia y explicó la combustión y la respiración a través del papel del oxígeno, refutando definitivamente la vieja teoría del flogisto. En astronomía, el descubrimiento de Urano por Friedrich Wilhelm Herschel y las teorías de Laplace sobre el origen del sistema solar a partir de una nebulosa ampliaron las fronteras del universo conocido, mientras que en medicina se avanzó en la descripción de patologías y se introdujo la vacuna contra la viruela.   

Las ciencias naturales también experimentaron un auge sin precedentes. Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, produjo una monumental Historia Natural en 44 volúmenes que sintetizaba todo el saber biológico y geológico de la época, sugiriendo una cronología de la Tierra mucho más dilatada que la admitida por la ortodoxia bíblica. Simultáneamente, el sueco Karl Linneo estableció las bases de la taxonomía moderna con su sistema de clasificación de seres vivos, aunque mantenía una visión estática de la creación que otros naturalistas empezaban a cuestionar al intuir los procesos de evolución y selección natural. Este afán por conocer y dominar la naturaleza se tradujo también en hitos técnicos como los primeros globos aerostáticos de los hermanos Montgolfier o el desarrollo del telégrafo óptico.   

El siglo XVIII presenció una notable pérdida de influencia política del Papado y un proceso creciente de secularización e indiferencia religiosa en ciertos sectores de la élite. Las monarquías absolutas europeas intensificaron sus políticas regalistas, buscando controlar las iglesias nacionales y limitar la autoridad de Roma. Este conflicto alcanzó su punto álgido con la persecución y supresión de la Compañía de Jesús. Los jesuitas, debido a su enorme influencia educativa, su riqueza y su voto especial de obediencia al Papa, se convirtieron en el blanco de las cortes ilustradas y de sus enemigos internos en la Iglesia, como los jansenistas. Tras ser expulsados de Portugal, Francia y España bajo acusaciones de intrigas políticas, la orden fue finalmente suprimida por el papa Clemente XIV en 1773, presionado por las potencias borbónicas.   

Al mismo tiempo, el deísmo se consolidó como la postura religiosa de muchos ilustrados, defendiendo una «religión natural» basada en un Dios creador o «Gran Arquitecto» que no interviene en los asuntos humanos ni requiere dogmas revelados. Esta visión fomentó el auge de la masonería especulativa, que se difundió rápidamente por todo el continente tras la fundación de la Gran Logia de Inglaterra en 1717. La masonería, con sus ritos secretos y su énfasis en la fraternidad y la tolerancia, se convirtió en un refugio para deístas y librepensadores, aunque fue condenada repetidamente por las autoridades eclesiásticas y algunos monarcas.   

No obstante, la decadencia religiosa no fue uniforme. En el mundo protestante surgieron movimientos de revitalización espiritual como el pietismo alemán y el metodismo británico. John Wesley, fundador del metodismo, predicó una «religión del corazón» centrada en la experiencia emocional y la santificación personal, logrando un éxito masivo entre las clases trabajadoras de Gran Bretaña y América. Estos movimientos, junto con la persistencia de la religiosidad popular en los países católicos, demuestran que la Ilustración no logró erradicar la fe, sino que provocó una fractura duradera entre la cultura racionalista de las élites y las creencias tradicionales de la mayoría de la población.   

Hacia las últimas décadas del siglo, el optimismo racionalista comenzó a dar paso a una nueva sensibilidad que valoraba la emoción, lo irracional y el sentimiento. Este prerromanticismo se manifestó en el movimiento alemán Sturm und Drang, con figuras como Herder y el joven Goethe, y en la propia evolución de Rousseau. Al tiempo que la Revolución francesa estallaba en 1789, cerrando el ciclo de las reformas ilustradas, el mundo europeo se adentraba en una nueva era donde la razón soberana del siglo XVIII tendría que convivir con las fuerzas impetuosas del sentimiento nacional y el individualismo romántico.   

Publicado por ilabasmati

Licenciada en Bellas Artes, FilologÍa Hispánica y lIiteratura Inglesa.

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