España 1527-1556, de la Expansión a la Crisis

Entre 1520 a 1560, la situación socioeconómica de Castilla se caracteriza por un crecimiento demográfico, agrícola y manufacturero, aunque esta prosperidad aparente oculta problemas subyacentes.

El crecimiento demográfico no es uniforme, algunas áreas de Castilla la Vieja exhiben signos de saturación desde 1530 y un crecimiento desacelerado en ciudades como Burgos y Valladolid a partir de la década de 1550.

 La población de Castilla crece desde 4 millones de habitantes a 6.5 millones a finales del siglo XVI. Este aumento demográfico se modera por la emigración de jóvenes hacia el Nuevo Mundo, y por la recurrencia de epidemias y hambrunas.

La expansión agrícola se logra a expensas de las tierras de pasto y de monte, lo que afecta a la ganadería trashumante.

Aunque la producción se mantiene hasta 1580, el ritmo de crecimiento agrícola no continua el ritmo del crecimiento demográfico, lo que genera un desajuste y dificultades crecientes.

La proliferación de la pobreza es evidente, con un aumento en el número de mendigos en las ciudades castellanas desde finales de la década de 1520.

La industria manufacturera, especialmente la textil, también experimenta un crecimiento, aunque este se ve perjudicado por el aumento de la contribución indirecta a partir de 1557.

La inflación se dispara desde 1532, lo que provoca quejas sobre la carestía de la vida.

Las causas de esta inflación se atribuyen a la exportación de mercancías a las Indias y a la corrupción de las oligarquías municipales.

Cataluña, en contraste, presenta un panorama diferente. Su crecimiento demográfico más significativo ocurre en la segunda mitad del siglo XVI, impulsado por la migración francesa.

 La inflación en Cataluña es menor que en Castilla durante la mayor parte del siglo…

El análisis de la historia económica del siglo XVI español está dominado por una visión de contraste teleológico. Se ha idealizado el reinado de Carlos V como una época de expansión y prosperidad económica, que sentó las bases para el posterior declive que supuestamente se inició con Felipe II.

Sin embargo, esta perspectiva, en gran medida forjada por crónicas posteriores que se centran en las hazañas militares del Emperador, tiende a simplificar una realidad socioeconómica mucho más compleja y matizada.

La investigación sobre la coyuntura de los años centrales del siglo XVI revela que, lejos de ser un período de bonanza ininterrumpida, fue una era de transición marcada por tensiones estructurales y una incipiente toma de conciencia pesimista por parte de los contemporáneos, quienes ya perciben los signos de un cambio de tendencia. El presente informe examina las circunstancias socioeconómicas de la época, destacando las fragilidades demográficas y económicas de Castilla, la precariedad del sistema fiscal de la Corona y la pluralidad de ritmos históricos en la Península Ibérica, con un enfoque particular en el contraste con Cataluña.

El objetivo es demostrar que la situación que Felipe II heredó en 1556 no era la de un reino próspero, sino un panorama ya plagado de profundos desafíos estructurales.

A pesar de la imagen de aparente pacificación y crecimiento que a menudo se proyecta sobre el reinado de Carlos V, el análisis de las dinámicas internas de Castilla revela un cuadro de tensiones latentes.

Si bien el crecimiento demográfico se ha señalado como el motor de la expansión económica, sus características y consecuencias fueron menos idílicas de lo que una lectura superficial podría sugerir.

Los censos de la época, como el de 1528-36 y el de 1591, conocido como el de Tomás González, documentan un ascenso poblacional en Castilla de poco más de 4 millones a unos 6.5 millones de habitantes, lo que representa un incremento cercano al 48.4%.

Este ritmo de crecimiento, con una tasa anual en torno al 0.6%, pudo haber sido incluso superior en sus inicios, ya que las cifras de 1530 estaban afectadas a la baja por la mala coyuntura de los años veinte, y las de 1591 ya mostraban signos de debilidad demográfica en algunas zonas.

Este crecimiento no fue uniforme y, de hecho, se tradujo en una notable redistribución de la población. Las regiones inicialmente menos densificadas, como la Meseta sur, Andalucía y Murcia, experimentaron un crecimiento superior al de las áreas septentrionales.

El principal protagonista de esta dinámica fue el mundo urbano, que creció con mayor intensidad que el medio rural. Ejemplos ilustrativos de este fenómeno incluyen a Segovia, cuya población aumentó un 49.9% entre 1530 y 1591, y a Sevilla, que triplicó sus habitantes en este mismo periodo, acercándose a los 130,000 para 1588.

Otras ciudades como Ávila y Zamora también experimentaron un crecimiento significativo, duplicando su número de vecinos en las décadas centrales del siglo.

El auge de la miseria y el recurso a la emigración revelan la frágil base de esta expansión demográfica. El crecimiento poblacional en Castilla la Vieja había llevado a una saturación en algunas áreas, con una media de 24 habitantes por kilómetro cuadrado hacia 1530, muy por encima del promedio del resto del país.

La emigración, tanto interna hacia las regiones meridionales y las ciudades, como hacia el Nuevo Mundo, se convirtió en una válvula de escape para las presiones demográficas. Los cálculos de P. Boyd-Bowman indican que entre 1493 y 1600, un 20% de los más de 55,000 pobladores hispanos establecidos en América provenían de las provincias castellano-leonesas y un 14.4% de Castilla la Nueva.

Esta salida constante de hombres jóvenes era tan pronunciada que en 1525, el veneciano Navagero describió a Sevilla como una ciudad de mujeres. Lejos de ser un simple signo de dinamismo, esta migración masiva refleja una incapacidad de la economía castellana para sostener a su población, manifestada en el aumento de la pobreza y el vagabundeo.

La recurrencia de las crisis de mortalidad subraya la vulnerabilidad del sistema. El período de 1520 a 1560 está marcado por epidemias, reflejadas en la proliferación de tratados médicos sobre la peste.

Las fuentes documentan la grave epidemia de 1521 y la de 1527, que obliga a la corte a retirarse de Valladolid. Después, el tifus exantemático se presenta con carácter endémico entre 1556 y 1558. El hambre es frecuente en estas epidemias, como se describe para la crisis de 1521.

 Las adversidades climáticas, con inundaciones graves en 1527 y sequías en 1545, exacerban las dificultades agrícolas y contribuyen a las crisis de subsistencia.

La alta incidencia de enfermedades y hambrunas no son eventos aislados, sino síntomas crónicos de una economía de subsistencia frágil, que solo puede mantener su equilibrio en condiciones ideales y que se colapsa ante cualquier shock externo. Esta situación, lejos de ser un período de prosperidad, evidencia el creciente desajuste entre el crecimiento demográfico y la capacidad de la economía para sostenerlo, un problema que se hizo cada vez más evidente en las décadas centrales del siglo.

Crecimiento poblacional de algunas de las principales ciudades castellanas, que evidencia el fenómeno de la migración interna y la urbanización en el periodo.

El análisis de las estructuras económicas de Castilla en este período revela que el crecimiento, aunque significativo en ciertas áreas, era de carácter extensivo y carecía de una base sólida para el desarrollo a largo plazo.

La expansión agraria, que se sincroniza con el crecimiento demográfico, se logra principalmente a través de la extensión de la superficie cultivada, el rompimiento de campos y exidos.

Los estudios sobre los diezmos del Arzobispado de Toledo confirman que la producción cerealística se mantuvo sostenida a partir de 1530, aunque el ritmo de crecimiento no pudo seguir el ritmo del aumento demográfico, lo que genera un desajuste progresivo.

Este crecimiento se obtiene a costa de la reducción de pastos y montes, lo que perjudica la ganadería trashumante, un pilar de la economía castellana.

De manera similar, la producción manufacturera, especialmente la textil, experimenta un notable crecimiento estimulada por la expansión demográfica y agraria.

La industria de paños, concentrada en centros urbanos como Segovia y Córdoba, son de mediana y baja calidad y está controlada por mercaderes hacedores de paños.

Sin embargo, esta industria también muestra signos de vulnerabilidad. El declive de las exportaciones de lana a Flandes a partir de 1570, aunque abarata la materia prima, no mitiga los problemas. La industria se ve negativamente afectada por el aumento de la contribución indirecta entre 1557 y 1590.

El capital mercantil, en respuesta a la creciente incertidumbre y la falta de rentabilidad, comienza a desviarse de la manufactura hacia inversiones más seguras, como la deuda pública y los censos. Este movimiento de capital refleja una falta de confianza en el modelo productivo y es un síntoma de un problema estructural más profundo.

Uno de los fenómenos más disruptivos del período fue la extraordinaria inflación que se manifiesta desde 1532, con los precios del trigo multiplicándose por 2.5 entre 1540 y 1570 en los mercados libres de Extremadura.

Los contemporáneos acusan al comercio americano de ser el principal responsable, señalando que los bienes se encarecen por causa de lo mucho que se llevaba a las Indias.

La masiva exportación de manufacturas a las Indias sin un correspondiente aumento de la producción genera escasez en el mercado interno y eleva los precios. Al mismo tiempo, el tesoro de Indias, que si bien no experimenta su gran despegue hasta la década de 1560, sí aumenta progresivamente desde la de 1530, no permanece en Castilla para mitigar los problemas.

 En una paradoja que no escapa a los observadores de la época, la Corona se apropia del oro y la plata para financiar sus continuas campañas militares en Europa, drenando la riqueza del reino. El flujo de metales preciosos actúa así como un catalizador de la inflación, sin generar una inversión productiva significativa en la economía peninsular.

La derrota de las Comunidades castellanas en Villalar en 1521 no se traduce en una subyugación total de las élites, sino en la forja de un gran pacto político que garantiza la quietud de Castilla a cambio del reparto de la renta feudal. Esta alianza entre la Corona, la aristocracia y las oligarquías urbanas se cimenta en un sistema fiscal que, aunque funcional para mantener la estabilidad política, se convierte en un freno para el desarrollo económico y una bomba de tiempo para la hacienda real.

La Corona apuntala la precaria situación económica de la nobleza mediante la confirmación de derechos señoriales, la concesión de encomiendas de las Órdenes Militares y, de manera crucial, la autorización para tomar censos consignativos sobre sus mayorazgos.

Esto permite a la nobleza endeudarse y mejorar sus ingresos, asegurando su lealtad al monarca. Por otro lado, las oligarquías urbanas se benefician enormemente del sistema de encabezamiento general de las alcabalas, culminado en 1536. Este sistema les permite pagar una cantidad fija a la Corona, cuya carga real se depreciaba con la inflación, mientras trasladaban la carga fiscal a las economías más modestas de la población, los pecheros.

Este pacto de intereses tuvo un impacto devastador en la hacienda real. La necesidad de la Corona de financiar sus guerras la sumió en una deuda creciente, principalmente a través de la emisión de juros, títulos de deuda pública. La magnitud del problema se evidencia en la siguiente tabla que ilustra la evolución de la deuda real en las décadas centrales del siglo.

El crecimiento exponencial de los juros hizo que la Corona se volviera cada vez más dependiente de los servicios votados por las Cortes.

 Los gastos militares del Emperador eran tan exorbitantes que no podía prescindir de estos ingresos, lo que le ataba políticamente a la nobleza y a las élites urbanas que controlaban las Cortes.

El rechazo de la nobleza a la propuesta de la sisa general en 1538 y las tensiones por el aumento de los encabezamientos demuestran que la Corona, lejos de ser un poder absoluto, estaba sujeta a la voluntad de los grupos privilegiados.

La inversión en juros se convirtió en un refugio seguro para los capitales de la élite, lo que, en la práctica, canalizó la riqueza de Castilla hacia el pago de una deuda real insostenible en lugar de hacia inversiones productivas en el reino.

La historia de la coyuntura socioeconómica del siglo XVI no puede ser generalizada para toda la Península Ibérica. El contraste entre Castilla y la Corona de Aragón, y en particular Cataluña, revela ritmos históricos dispares que marcan el desarrollo de cada territorio.

 A diferencia de Castilla, Cataluña experimenta su mayor crecimiento demográfico no en la primera, sino en la segunda mitad del siglo XVI, con un crecimiento de un 75% en esta última fase. Este crecimiento se debe en gran parte a la intensa inmigración francesa y no llegó a los niveles de saturación que se vivieron en Castilla.

En el plano económico, la inflación fue muy limitada en Cataluña hasta las últimas décadas del siglo, lo que sugiere un desacoplamiento de su economía con respecto al flujo de metales preciosos que afectaba a Castilla.

 La orientación comercial de Cataluña sigue estando ligada a sus contactos tradicionales con ciudades italianas y centros financieros europeos como Lyon, en lugar de centrarse en el comercio con América o las ferias castellanas.

Esta marginalidad con respecto al centro del imperio a menudo vista como un signo de decadencia, en realidad la protegió de las presiones inflacionarias y el drenaje de riqueza que sufría Castilla.

En el ámbito fiscal, la contribución catalana a la hacienda real era comparativamente liviana. Los ingresos del rey provenían principalmente de servicios que requerían la convocatoria de las Cortes, un proceso irregular. Las fuentes contemporáneas, como Pedro Mártir de Angleria y Gaspar Contarini, atestiguan esta situación.

El fracaso del proyecto de los quintos en Cataluña, en contraste con el éxito de los millones en Castilla, demuestra la profunda desarticulación de la monarquía y la capacidad de los territorios de la Corona de Aragón para defender sus privilegios.

Mientras Castilla, como corazón del imperio, soportaba la mayor parte de las cargas financieras y demográficas, Cataluña seguía su propio camino histórico, lo que le permitió evitar el agotamiento económico y fiscal que se fraguaba en el centro de la monarquía…

El análisis de la coyuntura socioeconómica entre 1527 y 1556 revela que la situación que Felipe II heredó al inicio de su reinado no era de prosperidad. En lugar de una edad de oro, el período fue una etapa de transición en la que los cimientos de la posterior crisis del siglo XVII ya estaban firmemente asentados.

Los principales problemas heredados por Felipe II incluían:

Una demografía frágil en Castilla, donde un crecimiento superficial escondía problemas de saturación, una alta mortalidad por crisis epidémicas y hambrunas, y una migración masiva que reflejaba un profundo desequilibrio entre población y recursos.

Una economía vulnerable, con un crecimiento agrario extensivo que había llegado a sus límites, una industria manufacturera incapaz de competir y una reorientación del capital de las élites hacia inversiones no productivas en la deuda pública.

Una estructura fiscal insostenible, resultado de un pacto político que beneficiaba a la nobleza y las oligarquías a expensas de los pecheros y que había sumido a la Corona en una deuda creciente y paralizante.

Las angustiosas y constantes demandas de dinero de Carlos V y la miseria generalizada entre la población, documentada desde las décadas de 1540 y 1550, son testimonio de un declive que era ya palpable para los contemporáneos.

La situación que encontró Felipe II era el resultado de un largo calvario fiscal y económico que había devorado los ideales de una época, un calvario que se manifestaba en la constante necesidad de dinero, una necesidad que, como notó el humanista Valdés, había mercantilizado incluso los aspectos más sagrados de la vida.

 La supuesta paz y prosperidad castellana no eran más que la quietud superficial de un sistema político y económico que, internamente, ya se estaba colapsando.

AñoMonto de Juros (millones de maravedís)
1504~112
~1530~200
~1554~300
1560~500
1570~1000
  
CiudadPeriodoCrecimiento
Segovia1530-1591+49.9%
Ávila1514-1571De 1,345 a 3,100 vecinos
Zamora1528-1561De 885 a 1,923 vecinos
Sevilla1530-1588Se triplicó, a 130,000 hab.

Publicado por ilabasmati

Licenciada en Bellas Artes, FilologÍa Hispánica y lIiteratura Inglesa.

Deja un comentario