Jean-François Champollion, logró dar con la clave para descifrar la escritura jeroglífica que cubría, templos y tumbas milenarios.

Champolion
Fue posible gracias a la Piedra Rosetta, una estela que contenía un decreto del faraón Ptolomeo V escrito en alfabeto jeroglífico y demótico (derivado del primero) y en una tercera forma de escritura conocida por los investigadores de la época, el griego.
En el 394 d.C., el 24 de agosto, en los muros del hermoso templo de la isla de File dedicado a Isis –cerca de la primera catarata, en el Alto Egipto– se grabó la última inscripción en lengua jeroglífica. El triunfo del cristianismo y la prohibición de los ritos paganos en todo el Imperio romano por parte de Teodosio I relegaron al olvido la milenaria escritura, y con ella a toda una civilización, que no tendría voz prácticamente durante los mil quinientos años siguientes.

Tomas Young estudioso ingles de la piedra Rosetta
Siglos después, los viajeros que recorrían el país del Nilo creían que aquellas ilegibles inscripciones grabadas en los viejos monumentos en ruinas eran pictogramas, signos que representaban ideas o conceptos, pero que de ningún modo podían reflejar los sonidos de un lenguaje hablado. Entonces, en 1799, tuvo lugar el hallazgo que lo cambiaría todo.

En la localidad de Rosetta, en el delta del Nilo, soldados franceses del ejército de Napoleón localizaron una enorme piedra con inscripciones en una de sus caras, dividida en tres registros. Se trataba de un decreto promulgado por Ptolomeo V en 196 a.C. Uno de los registros estaba escrito en un lenguaje perfectamente conocido por los historiadores, el griego. Los otros dos eran el demótico, la última fase cursiva de la escritura egipcia, derivada del hierático, y el último estaba escrito en jeroglíficos.

Jeroglíficos trazados por Champollion en su cuaderno de notas.
Foto: Cordon Press
A partir del hallazgo fueron muchos los eruditos de varias nacionalidades que empezaron a estudiar este monumento para intentar sonsacar sus secretos.

Entre todos ellos destacó el francés Jean-François Champollion. Nacido en la localidad francesa de Figeac en 1790, el joven, que desde pequeño demostró ser un auténtico genio de la lingüística, estaba decidido a esclarecer los entresijos de la misteriosa escritura egipcia (hasta entonces solo se habían logrado descifrar algunos nombres y términos del Período Tardío) y además estaba convencido de que el conocimiento del copto era la clave para lograr el desciframiento de la antigua escritura faraónica.

Así, en 1821, tras años de estudiar multitud de textos egipcios, Champollion se topó con la piedra de Rosetta. Este decreto había despertado asimismo el interés de numerosos eruditos, entre ellos el británico Thomas Young y el francés Silvestre de Sacy (que sería profesor de lenguas orientales del propio Champollion). Young (con quien Champollion cruzó una abundante correspondencia, e incluso trabó amistad, aunque al final acabarían convertidos en encarnizados rivales) avanzó bastante en el estudio del documento, e hizo descubrimientos importantes como el hecho de que los nombres propios se enmarcaban en un «cartucho».

También dedujo que el demótico derivaba del jeroglífico. Por su parte, Champollion descubrió que algunas grafías y sonidos del copto se correspondían con algunos de los signos de la piedra. Así, pudo corregir y transliterar fonéticamente un nombre real del edicto, el de Ptolomeo, lo que sería el punto de partida para avances posteriores.
Champollion descubrió que algunas grafías y sonidos del copto se correspondían con algunos de los signos de la piedra de Rosetta. Así, pudo corregir y transliterar fonéticamente un nombre real del edicto, el de Ptolomeo.

El 14 de septiembre de 1822, Champollion se hallaba trabajando en una inscripción copiada del templo de Ramsés II en Abu Simbel. El joven sabía que los egipcios habían estado grabando jeroglíficos desde la antigüedad y no pudo evitar hacerse una pregunta: ¿La egipcia siempre fue una escritura fonética o los símbolos sonoros fueron un desarrollo más tardío? Champollion tropezó entonces con un nombre real que no le resultaba familiar (sabía que se trataba del nombre de un faraón porque estaba envuelto en un «cartucho» ovalado). El erudito francés reconoció los dos últimos signos como «s-s».

Teniendo en cuenta sus estudios anteriores en miles de textos jeroglíficos, Champollion vio que el singo precedente muy probablemente era «ms». Faltaba el primer símbolo del nombre, que era un dibujo estilizado del Sol. El sabio sabía que en copto la palabra para «sol» es «re» (como el nombre del antiguo dios solar egipcio). Así, el nombre que tenía ante sus ojos podía leerse «Re-ms-s-s» (Ramsés).
Emocionado, Champollion miró el segundo cartucho, que también contenía los signos «ms» y «s». El primer glifo representaba un ibis (animal sagrado del dios egipcio de la escritura, Tot). El joven investigador pensó que si el ibis realmente significaba el nombre de Tot, e iba seguido de «ms» y «s», el nombre resultante sería «Tot-ms-s», Tutmosis, otro gran faraón egipcio.
El joven Champollion salió corriendo de su estudio para ir a ver a su hermano, con quien estaba muy unido. Entró a toda velocidad en el despacho de su hermano Jacques-Joseph en el Instituto de Francia, en París, gritando «¡Lo tengo!», y a continuación cayó desmayado a causa de la emoción y de las arduas jornadas de trabajo.
Días después,el 27 de septiembre, Champollion presentó los resultados de su investigación ante la Academia de Inscripciones de París. El joven lingüista escribiría sobre la escritura jeroglífica, cuyo desciframiento tanto debía a su esfuerzo:
Es una escritura que es a la vez pictórica, simbólica y fonética dentro del mismo texto, la misma frase, y me atrevería a decir incluso dentro de la misma palabra.
Aunque el desciframiento de los jeroglíficos egipcios no puede considerarse obra de una sola persona, puesto que en realidad debe mucho al trabajo colectivo de numerosos eruditos, Jean-François Champollion está considerado a día de hoy el padre de la lingüística egipcia.
Continuó con sus estudios sobre los jeroglíficos, e incluso pudo cumplir el sueño de su vida y viajar a Egipto. Pero su brillante carrera quedaría muy pronto truncada, ya que murió a causa de un ataque al corazón cuando solo tenía 41 años…
La Piedra de Rosetta es uno de los objetos más importantes de la historia de la egiptología, ya que fue clave para descifrar el antiguo lenguaje de los jeroglíficos. Fue descubierta en julio de 1799 durante la campaña de Egipto de Napoleón Bonaparte, quien había llevado no solo a sus tropas, sino también a un grupo de científicos y estudiosos, conocidos como la Comisión de las Ciencias y las Artes, para documentar la riqueza cultural y natural del país.
Durante la construcción de fortificaciones en un viejo fuerte otomano llamado Fort Julien, los soldados desenterraron una gran losa de basalto negro con inscripciones en tres escrituras diferentes: griego, demótico y jeroglífico. El descubrimiento se realizó cerca de la ciudad de Rosetta, hoy conocida como Rashid, por la cual recibió su nombre.
La Piedra Rosetta contiene el mismo texto en tres escrituras distintas: jeroglíficos (la lengua sagrada de los egipcios), demótico (la escritura común del pueblo) y griego (usado por los gobernantes de la dinastía ptolemaica, de origen helénico). Esta inscripción proporcionó la clave para comenzar a descifrar los jeroglíficos y la antigua lengua egipcia, traduciendo a partir del griego.
La Piedra Rosetta contiene un decreto del faraón Ptolomeo V, conocido como Decreto de Menfis, emitido en el año 196 a.C. El decreto proclama al faraón como gobernante por derecho divino y elogia sus actos, como la pacificación del país, las reformas administrativas y la provisión de bienes para los templos y el pueblo. También menciona una serie de medidas tomadas por el faraón en favor de su pueblo, como la reducción de impuestos y el perdón de deudas.
Este hecho, que en principio formaba parte de la normalidad – los faraones eran considerados encarnaciones divinas – cobra especial relevancia por el contexto histórico en el que se produjo, ya que recientemente había tenido lugar una rebelión de la población egipcia contra la dinastía. Las medidas buscaban asegurar la lealtad de sus súbditos, en especial en un momento de inestabilidad política y económica.
El decreto tenía un doble propósito: consolidar el poder del joven Ptolomeo V, quien había ascendido al trono con apenas 5 años, y reforzar la alianza con los sacerdotes egipcios, que eran una fuerza clave en el control del país. Egipto estaba en un período de conflictos internos y amenazas externas, y el decreto sirvió como un acto político para estabilizar el reino y legitimar al monarca.
La dinastía ptolemaica no era nativa de Egipto, sino que descendía de uno de los generales de Alejandro Magno, Ptolomeo I. Durante la mayoría de su gobierno, fueron percibidos como gobernantes forasteros ya que ni siquiera se molestaron en aprender la lengua egipcia: de hecho, la última gobernante ptolemaica, Cleopatra VII, destacó por ser la excepción, ya que aprendió la lengua y las costumbres de su pueblo.
El Decreto de Menfis es el testimonio de un gobernante que intenta ganarse el favor de un pueblo bajando los impuestos a la vez que reafirma su autoridad religiosa del mismo modo que lo habían hecho los faraones nativos. También menciona numerosos beneficios a los templos, el puntal del poder en el antiguo Egipto. Lo que nos habla, en definitiva, de lo precaria que llegó a ser en ocasiones la situación de los Ptolomeos.
https://historia.nationalgeographic.com.es/a/que-dice-piedra-rosetta_21188

