El tesoro del delfín

El Prado es una caja de sorpresas. Hay un recinto circular inaugurado en 2018, que fue acondicionado por el arquitecto Javier Cort en la séptima planta de la torre norte, donde se dispuso una vitrina curva rodeando otras.

Barco de la tortuga. Cristal de roca, cuarzo hialino, esmalte y oro. ¿Annibale Fontana?, c. 1570 (vaso), 1570-1590 (guarniciones). Tesoro del Delfín.© Museo Nacional del Prado

En ese espacio se custodia una colección de exquisitas piezas de orfebrería –algunas dispuestas en sus estuches de origen–, talladas en cristal de roca o elaboradas con piedras semipreciosas, conocida como el Tesoro del Delfín, o las Alhajas del Delfín.

El origen se remonta al siglo XVIII, cuando, tras la prematura muerte de Luis de Francia (1661-1711), conocido como el Gran Delfín, su padre Luis XIV resolve que una parte de su herencia llegue a manos de Felipe V, el primer rey de la casa de Borbón en España.

Copa abarquillada de ágata con Cupido sobre un dragón. Taller romano, Pierre Delabarre, siglo XVI (vaso, retallado en el mismo siglo), después de 1625 (guarnición). Tesoro del Delfín.© Museo Nacional del Prado

Luis había heredado del Rey Sol la pasión por el coleccionismo. No era una excepción, ya que la costumbre de atesorar objetos de arte constituía una afición común entre las grandes familias desde que el Renacimiento pusiera en boga los llamados gabinetes de maravillas, colecciones de objetos exóticos, obras de arte o piezas de orfebrería que no solo tenían un valor económico y artístico, sino que también eran señal de prestigio y poder.

Trousse de veneur, juego de utensilios para preparar la caza. Anónimo. Marfil, metal y terciopelo, 1670-1711. Tesoro del Delfín.© Museo Nacional del Prado

Luis de Francia, el Gran Delfín, había conseguido atesorar unas setecientas piezas entre jarras, platos, arquetas o bandejas, todas cuidadosamente talladas en cristal de roca o en piedras duras como las ágatas, el lapislázuli o el jade, guarnecidas en oro o plata y decoradas con gemas preciosas (rubíes, diamantes, esmeraldas) o semipreciosas (turquesas, amatistas, turmalinas, citrinos…).

Entre las joyas de la colección se encontraban objetos originales del Imperio sasánida, China o la Roma clásica, así como otros datados en la Edad Media o realizados entre los siglos XV y XVII por talleres tan prestigiosos como los de los orfebres milaneses Miseroni o Sarachi.

Tampoco faltaban piezas procedentes de otras colecciones privadas, como una arqueta regalada a Luis XIV por el cardenal Mazarino o una bandeja decorada con el águila bicéfala de los Habsburgo, que había pertenecido al emperador Carlos V.

La diversidad de su procedencia explica que las decoraciones que adornan las piezas sean tan variadas. Estas van desde pasajes del Nuevo Testamento, siempre vinculados al agua o el vino, como el episodio de las bodas de Caná, a motivos mitológicos o dibujos originales de pintores y grabadores como Jacques Androuet du Cerceau o Étienne Delaune, dos de los mejores orfebres del Renacimiento francés.

A la muerte de su heredero, conociendo el excepcional valor de la colección, Luis XIV quiso repartirla por igual entre los hijos del difunto príncipe: Luis, duque de Borgoña, Carlos, duque de Berry, y Felipe, rey de España, por lo que solo una tercera parte de la colección llegó a la corte madrileña.

Curiosamente, el legado no pareció despertar el interés de Felipe V. Los avatares bélicos que rodearon los primeros años de su reinado no le permitieron prestar excesiva atención a las piezas recibidas, y, aunque se pensó reservarles un espacio ad hoc en la Sala de las Furias del Alcázar madrileño, el proyecto no se concretó.

Así, el Tesoro del Delfín acabó, años después, en elpalacio de la Granja de San Ildefonso erigido en 1721, en la llamada Casa de las Alhajas. Una decisión que tuvo como feliz consecuencia que la colección escapara del terrible incendio que en 1734 destruyo el Alcazar.

Por el contrario, Carlos III sí supo apreciar su valor, si bien lo hizo más en virtud de su rareza mineralógica que por su condición de obras de arte. En 1776, el monarca decidió depositar la colección en el Real Gabinete de Historia Natural, construido por el arquitecto Juan de Villanueva, el mismo edificio que hoy acoge el Museo Nacional del Prado.

Allí permaneció hasta que, en 1813, las tropas napoleónicas incautaron las piezas y se las llevaron a París, aunque de forma provisional. Tras la caída de Bonaparte, fueron devueltas a la Corona española, si bien con doce vasos menos y numerosos daños en algunas de las obras más valiosas.

En 1839, Isabel II reintegró el Tesoro del Delfín a su habitáculo original del edificio de Villanueva, por entonces ya convertido en pinacoteca, consciente de que su valor artístico superaba al científico. A la sazón, era director del museo José de Madrazo, padre de la célebre dinastía de pintores, quien, poco después, fue acusado por el diario El Eco del Comercio de haberse apropiado de alguna de las piezas para engrosar su colección de arte. La denuncia nunca pudo probarse.

Todo lo contrario de lo que sucedió en 1918, cuando, tras recibirse en el museo un paquete anónimo que contenía diversos elementos decorativos procedentes de vasos del Tesoro del Delfín, se descubrió que las vitrinas que los custodiaban habían sido forzadas y, en consecuencia, había desaparecido parte de la colección.

La labor policial y una investigación llevada a cabo desde el interior del propio museo consiguieron demostrar que el calificado como el mayor robo de la historia del Prado había sido consecuencia de la actuación de un empleado de la pinacoteca, Rafael Coba, quien, al parecer, había actuado como intermediario en la venta de las piezas.

Si bien pudo recuperarse una buena parte del botín, que había sido repartido entre diversos anticuarios de la capital, el expolio hizo que aumentaran las medidas de seguridad en la pinacoteca y provocó la dimisión del entonces director, José Villegas y Cordero, que fue sustituido por el pintor José Álvarez Sotomayor.

La Guerra Civil obligó a trasladar el Tesoro del Delfín a Suiza. Al término de la contienda, la colección regresó al Prado. Tras pasar por diferentes salas, entre 1989 y 2018, las alhajas se expusieron en unas dependencias soterradas del museo, conocidas como la cámara acorazada, puesto que están protegidas por una puerta blindada.

No obstante, la humedad y la vibración producida por el paso de los trenes que cruzaban el vecino túnel de Cercanías pusieron en peligro su conservación. En 2001, fueron objeto de un detallado inventario razonado que, mediante la consulta de registros anteriores, reconstruyó lo que había sido la colección primigenia.

Tras una profunda puesta a punto, que tuvo en cuenta la delicadeza de los objetos y su decoración, la colección –formada, a día de hoy, por unas ciento cuarenta piezas– se trasladó a su ubicación actual.

https://www.museodelprado.es/aprende/enciclopedia/voz/coleccion-del-tesoro-del-delfin/923a4d86-bd5f-47e9-a48f-3e94eb2b814c

https://www.museodelprado.es/recurso/el-tesoro-del-delfin/caa4f724-55ae-4e48-b3cd-6ab258d9f877

https://www.abc.es/contentfactory/post/2020/02/24/el-tesoro-del-delfin-una-coleccion-de-muchos-quilates/

El Tesoro del Delfín, una sorprendente colección en el Museo del Prado (msn.com)

Publicado por ilabasmati

Licenciada en Bellas Artes, FilologÍa Hispánica y lIiteratura Inglesa.

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