Sin dudarlo un instante y eso que adoro los animales y me entraría tentación de apartar un pico, para ayudarlos también.
Me han impactado la multitud de niños abandonados a su suerte muy pequeños en el Cairo. No tanto en las zonas agrícolas, que aunque no tenían pelotas y jugaban con balones de papel rústicos en bolsas, se les veía arraigo y familia e iban limpios y comidos.
He visto muchos niños con carencias de vitaminas en Yemen, con los ojos grandes, la cabeza grande y el cuerpo pequeño, me recordaban las fotos de posguerra españolas. Niños que nunca conocí, porque nací después, pero que pillaban un sarampión y quedaban sordos de la escasa alimentación que poseían.
En Yemen, vendían paquetes de orégano en la carretera, nenas muy pequeñas, yo les compraba todo el que podía, quizás un dólar por un paquete inmenso, luego me la llevaba a una pequeña tienda de ultramarinos y le decía que eligiera, y pedía un paquete de tres galletas.
Educados a no gastar desde pequeños, me partían el corazón. Otras vendían pequeños ramitos de flores. Todas menores de 10 años, expuestas al frio y a cualquier barbaridad que se le pase a cualquier desaprensivo.
También conocí infinidad de niños al límite en Nepal, muchísimos, mal alimentados, sucios, muy pequeños, huérfanos, todos sin escolarizar.
Los mandan de pastores a zonas remotas con poca comida, con un clima adverso y con infinidad de peligros.
Todos niños, que a pesar de la adversidad que Vivian, sonreían y querían jugar, criaturas llenas de gracia y privados de todo.
Me partían el corazón, y me recordaba que en el primer mundo vivimos de espalda de esta realidad tan terrible y todos los recursos que se destinen son pocos.
