Cuando tenemos poca edad, el mundo se abre con infinidad de posibilidades, soñar es gratis.
Y conforme vas viviendo, el instinto te dice que acotes, por la cuenta que te trae, porque lo pequeño, lo que creemos ínfimo, a veces es un universo que se expande y en la letra pequeña anda el dilema.
De jóvenes gastamos la punta del zapato y de mayores el tacón.
De jóvenes la energía está más baja y de mayores, la energía se eleva al cerebro.
El tiempo no importa, porque tenemos todo el del mundo creemos ufanos.
Lejos de mirar en perspectiva haciendo un balance, porque la memoria es traidora, debería pensar en la persona que me he convertido y a partir de ahí hacer cuentas.
Y no creo necesario haber aprendido ninguna lección antes, porque quizás todo tiene un propósito que se aleja de la racionalidad y se acerca más a la supervivencia como especie.
Yo me case adolescente y renuncie a cualquier promoción laboral y añadiría al ego ¿es mejor eso que haber desarrollado una carrera como profesional? Pues seguramente, pero y qué más da, porque yo también era cómplice de la fechoría.
Esas contingencias de lo que podría haber sido o no mi vida de otra manera, me resultan indiferentes, conozco a demasiada gente que se agujerea con el tema y yo lo encuentro baladí.
Porque al final somos lo que queremos ser, tardemos más o menos y culpar a las personas que nos rodearon o al entorno por no tener lo que queríamos, es una pérdida de tiempo.
Entre otras porque el destino, en medio del caos, nos hace favores.
Y el mío es haber vivido.
Y me voy a sacar a Jakob, que me come una pata.
