Me acuerdo de Manual de la vida de George Perec un sefardí, en el que los capítulos transcurren de puerta en puerta de un edificio antiguo de Paris.
El escritor se mueve como en un tablero de ajedrez siendo el caballo, de blanco a negra y al contrario.
Recuerdo que había un millonario que pasaba temporadas en ese piso céntrico y llegado los cuarenta estaba cansado del diletantismo de su existencia.
Decidió entonces tomar clases de un acuarelista, y cuando domino la técnica se fue por todo el mundo haciendo aguadas, siempre recorriendo la orilla del mar, sin rumbo fijo.
Enviaba las acuarelas a Paris y entonces un ebanista hacia un puzle con la acuarela a la que pegaba a una plancha de madera noble, pero cada vez tenía que ser diferente, no valía repetir un patrón idéntico.
Y así paso la vida, de forma nómada con su mayordomo, que cuidadoso le preparaba el té, o lo esperaba con el albornoz cuando salía del mar.
Yo llevaría un mayordomo inglés y unas cuantas amazonas de Dahomey, por si las moscas, que el mundo está revuelto.
El manuscrito de la obra Manual de la vida se expuso en el pabellón francés de la Expo de Sevilla 92, me habría encantado verlo, adoro el libro.
Cuando llegue a Bellas Artes era obligatoria su lectura, para entonces lo había digerido y metabolizado gracias a dios, porque si no seguro que lo habría odiado.




