60 a.C.
Primer contacto entre Roma y los druidas. Diviciaco, druida del pueblo de los eduos, visita Roma y entra en contacto con Cicerón y presumiblemente con Julio César.
58-51 a.C.
Guerra de las Galias. En su narración de la campaña del año 53 frente a los galos, César incluye la más larga descripción de un autor antiguo sobre los druidas.
27 a.C.-14 d.C.
Gobierno del emperador Augusto, a quien el escritor Suetonio atribuye haber prohibido a los ciudadanos romanos la religión de los druidas por su naturaleza bárbara e inhumana.
14-37
Reinado de Tiberio, sucesor de Augusto, quien firma un decreto decisivo sobre la eliminación de los druidas galos, aunque el proceso de depuración tal vez no llega a completarse.
41-54
Según Suetonio, Claudio suprime por completo la religión de los druidas galos. Roma entra en contacto con los druidas britanos.
Es el final de una casta a manos de los romanos
Tras la conquista de la Galia, Roma decide erradicar la casta de los druidas, los sacerdotes y sabios de los pueblos galos, acusándolos de practicar sacrificios humanos
El autor romano Pomponio Mela cuenta que los druidas se retiran a una gruta o a un bosque para formarse.
Julio César incluye una larga descripción de la sociedad y las costumbres de los galos en el libro VI de los Comentarios a la guerra de las Galias, la crónica que escribe de sus campañas de conquista de los pueblos galos entre los años 58 y 51 a.C. En ella, César afirma que la sociedad gala está compuesta por una mayoría de plebeyos a los que compara con siervos, por encima de los cuales existen dos clases de personas que disfrutan de cierto prestigio y estimación. Una son los caballeros, los combatientes o aristócratas. La otra la forman los druidas, los famosos sacerdotes, adivinos y sabios de los pueblos galos.
César es el autor romano que aporta una información más detallada sobre los druidas de la Galia. Los presenta ante todo como sacerdotes:
Atienden al culto divino, ofician en los sacrificios públicos y privados, interpretan los misterios de la religión.
Destaca asimismo su formación intelectual, asegurando que siguen un largo aprendizaje durante veinte años. Aunque conocen y emplean la escritura en caracteres griegos, practican un método de aprendizaje memorístico y de trasmisión oral de versos.
A partir del siglo XIX se populariza la imagen del druida galo como un anciano de luengas barbas, vestido con una túnica y un manto.
El punto esencial de la doctrina de los druidas es la transmigración del alma, pues, las almas pasan de unos a otros después de la muerte, una creencia que los impulsa a practicar la virtud y perder el miedo a la muerte. Como filósofos, teólogos y científicos, los druidas poseen un amplio saber acerca de los astros y su movimiento, de la grandeza del mundo y de la tierra, de la naturaleza de las cosas, del poder y soberanía de los dioses inmortales.
También ejercen funciones judiciales y políticas. Actúan como jueces y dictan sentencias sobre delitos civiles, sobre crímenes, herencias y linderos. Su autoridad es indiscutida: a quienes no cumplan sus veredictos les espera el repudio social. Este reconocimiento hacía que los druidas no pagaran impuestos ni estuvieran obligados a combatir ni a hacer la guerra. César destaca asimismo la organización jerárquica de los druidas. Todos están sometidos a un druida con autoridad suprema y se reunen anualmente en un lugar sagrado con cierto rango de capitalidad situado en el territorio de los carnutes, entre Chartres y Orleans.
Este amplio informe de César sobre los druidas se basa en gran parte en un texto de Posidonio, un filósofo estoico originario de Apamea, en Siria, que vive entre los años 135 y 51 a.C. Posidonio hace un viaje por la Galia en el que adquiere un conocimiento directo del mundo celta, basado también en la información que le proporcionan los griegos instalados en colonias como Marsella. Su libro, hoy perdido, sirve de fuente a autores posteriores, como Estrabón y Diodoro de Sicilia.
Todo indica que Posidonio da una semblanza de los druidas muy favorable, presentándolos al modo de un noble salvaje, el hombre anclado en las tradiciones primitivas con una bondad innata y natural. Esa visión es mantenida en buena parte por los autores romanos. También ellos veían a los druidas como sacerdotes y grandes sabios. Algunos incluso los comparan con los filósofos pitagóricos, seguramente por su creencia en la inmortalidad del alma y en su transmigración tras la muerte.
En esa imagen idílica, sin embargo, los autores romanos introducen un contrapunto, una acusación con consecuencias fatales para los druidas: la de participar en ritos sangrientos que incluyen sacrificios humanos. Esta idea, constantemente repetida por los autores antiguos, es la justificación para una política de persecución de los druidas que termina con su total desaparición.
Ya Julio César establece de manera explícita la relación de los druidas con los sacrificios humanos en un pasaje de sus Comentarios a la guerra de las Galias:
Los galos sacrifican hombres o hacen voto de sacrificarlos, para lo cual se valen del ministerio de los druidas.
Según César, los sacrificios humanos estaban regulados por leyes públicas y tenían como objetivo salvar la vida de un hombre ofrendando la de otro, con lo que se aplacaba la ira de los dioses. Normalmente, las víctimas eran delincuentes, pues estos eran más agradables a los dioses inmortales, pero en caso de necesidad no se dudaba en sacrificar a personas inocentes.
Otros autores ofrecen una descripción detallada de esta práctica. Diodoro de Sicilia y Estrabón exponen que los sacrificios los realizan los vates, una clase particular de adivinos, en presencia de los druidas.
El ritual consiste en apuñalar a la víctima por encima del diafragma y luego observar con mucha atención cómo cae y convulsiona y cómo mana la sangre. El vate escruta estos elementos y los interpreta para realizar un vaticinio. La función del druida en esos sacrificios consiste en suplicar el favor de los dioses para que sean propicios y acepten la víctima ofrecida.
Los sacrificios humanos vinculados a los druidas se convierten en un tópico entre los escritores grecorromanos. A mediados del siglo I a.C., Cicerón escribe que los galos mantienen aún «el monstruoso y bárbaro rito de inmolar seres humanos». En su poema épico Farsalia, Lucano, hablando de los sacerdotes galos, recuerda las «aras construidas para siniestros altares y todos los árboles purificados con sangre humana».
La insistencia de los autores antiguos en este aspecto de la religión de los galos suscita varios interrogantes. Uno es el de la realidad de las acusaciones. Pese a que la reiteración de estas informaciones parece darles credibilidad, la arqueología no ha podido encontrar evidencias firmes de la práctica de sacrificios humanos entre los galos, al menos en el modo en que los presentan César y otros escritores. Los sacrificios constatados más habitualmente por la arqueología son los de guerreros enemigos, vencidos o capturados en batalla.
Posidonio, según Estrabón, ve con sus propios ojos cómo los guerreros galos vuelven de la batalla con las cabezas de los enemigos colgadas de las crines o las colas de los caballos y cómo las embalsamaban con aceite de cedro. Esas mismas prácticas las atribuye Tácito a los germanos cuando evoca el paisaje de cabezas cortadas y cráneos clavados en los troncos de los árboles donde es masacrado el ejército de Varo, en la batalla del bosque de Teutoburgo, acaecida en tiempos de Augusto, en 9 d.C. Sin embargo, nada relaciona estos actos con los druidas.
Por otra parte, la repulsión que manifiestan los autores romanos ante los sacrificios de los galos puede parecer una contradicción con su propio comportamiento. Las crónicas, en efecto, recogen que los romanos también realizan en algunas ocasiones sacrificios humanos. Así, en 228 a.C., cuando Roma está amenazada por una invasión de los galos, un oráculo de los Libros Sibilinos, que se conservan en el templo de Júpiter en el Capitolio, ordena que en el céntrico Foro Boario sean enterrados vivos un galo y una gala junto con un griego y una griega.
En 216 a.C. y 114 a.C. se producen hechos parecidos. Sin embargo, esas prácticas extraordinarias no se repiten, y en el siglo I a.C. los romanos están convencidos de que los sacrificios humanos son propios de pueblos bárbaros no civilizados, como lo son a sus ojos los galos.
Es fácil ver la utilidad de una acusación de este tipo para justificar la conquista de la Galia, especialmente para legitimar la estrategia de Roma para someter a los pueblos galos, que se dirige ante todo contra el grupo social que ejerce mayor influencia sobre la población gala, los druidas. Con la excusa de los actos aberrantes que supuestamente cometen, las autoridades romanas ponen en marcha una política de represión sistemática contra los ritos de los druidas y su misma existencia como grupo social.
No parece que Julio César sea el iniciador de esta represión, pues en el momento en que redacta sus Comentarios se refiere a los druidas como una realidad vigente. Las primeras referencias a la persecución se sitúan durante el reinado del emperador Augusto (27 a.C.-14 d.C.). El escritor Suetonio, en su Vida de Claudio, dice que Augusto prohibe la religión de los druidas a los ciudadanos romanos, lo que incluye a las familias galas que han obtenido el privilegio de la ciudadanía tras la conquista.
Aquel es un primer paso en la persecución. El geógrafo Estrabón, que escribe durante el reinado de Augusto, parece que se refiere a esa misma prohibición cuando escribe que la costumbre de los galos de atar las cabezas de los enemigos a las colas de los caballos y los sacrificios humanos con fines de adivinación ya son cosa del pasado:
Los romanos les hacen terminar con esas prácticas.
La siguiente fase se da durante el gobierno de Tiberio, entre los años 14 y 37. Plinio el Viejo afirma que fue este emperador que elimina a los druidas galos y elogia a los romanos por haber suprimido ritos monstruosos en los que se consideraba muy piadoso, además de muy saludable, matar a un hombre y comérselo. Plinio acusa a los druidas de practicar la antropofagia, algo de dudosa verosimilitud.
El geógrafo hispanorromano Pomponio Mela, fallecido en torno al año 45, también celebra el fin de los druidas. Según asegura, en el momento en que escribe los galos se abstienen de sacrificios mortales, aunque en su lugar practican, a modo de simulacros, amputaciones de miembros. Suetonio, por su parte, atribuye al emperador Claudio (41-54) el mérito de haber abolido en Galia la religión de los druidas.
El resultado de la sistemática política de los romanos en su contra fue que los druidas pierden el estatuto privilegiado del que han disfrutado en sus comunidades hasta la conquista romana. Desde entonces, los sacerdotes que siguen cultivando su saber ancestral deben hacerlo en la clandestinidad. Algunos quizá tratan de rebelarse contra el dominio romano. En ese sentido se interpreta la rebelión de los eduos en el año 21, liderada por Julio Sacroviro, nombre que parece indicar su condición de sacerdote. Otros sueñan con un próximo fin del poder de Roma, como ciertos druidas de los que habla Táctico que, al enterarse del pavoroso incendio de la Urbe en el año 64, bajo el reinado de Nerón, vaticinan que se trata de un indicio de la cólera celeste y un presagio de que la soberanía del mundo va a pasar a las naciones transalpinas. Pero su vaticinio no se cumple y los druidas desaparecen mucho antes de que el Imperio romano llegue a su fin.
El único druida cuyo nombre recogen las fuentes clásicas es Diviciaco. Gracias al testimonio de Cicerón sabemos que en torno a 60 a.C., después de que su pueblo, los eduos, sea aplastado por los secuanos y los arvernos al mando de Ariovisto en la batalla de Magetobriga, Diviciaco esta en Roma para pedir ayuda al Senado. Su mediación sirve para justificar una intervención militar de Julio César, que vence a Ariovisto. Diviciaco se mantiene leal a Roma, a diferencia de su hermano Dumnorix, que acabó ejecutado. Cicerón pone a Diviciaco como ejemplo de las prácticas de adivinación entre los druidas de la Galia. Dice que es buen conocedor de la ciencia de la naturaleza y que practica el arte de la adivinación por medio de augurios y conjeturas. Cicerón compara a los druidas con los magos persas. Un siglo más tarde, Dion Crisóstomo los relaciona con los bramanes de la India.
Los arqueólogos han hallado indicios de sacrificios humanos en dos yacimientos galos. Uno de ellos es Gordion, ciudad de Asia Menor conquistada por el pueblo celta de los gálatas poco después de 270 a.C. Allí se hallan los restos de personas, quizá prisioneros de guerra, que mueren por estrangulamiento, tal vez como parte de un ritual de adivinación celta. Por otra parte, en Gondole, un oppidum galo en el centro de Francia, se descubrieron restos de ocho hombres y sus caballerías. Como los hombres no presentan indicios de muerte en combate, cabe la posibilidad de que fueran sacrificados ritualmente.
Durante la conquista romana de Britania, iniciada en el año 40, se produce un episodio en el que los druidas aparecen liderando la resistencia de los celtas contra la invasión. En el año 60, el gobernador romano Suetonio Paulino decide someter la isla de Anglesey, al norte de Gales. Tácito cuenta que al acercarse a las costas ve un ejército numeroso y bien armado, con mujeres que corren blandiendo antorchas y, a su alrededor, druidas que pronunciaban imprecaciones terribles con las manos alzadas al cielo. Tras un momento de temor, los soldados romanos se abalanzan sobre los celtas y los derrotan. A continuación, los romanos se aplican a destruir el poder de los druidas, talando los bosques consagrados a feroces supersticiones. En efecto –añade Tácito:
los druidas cuentan entre sus ritos el de honrar los altares con sangre de cautivos y el de consultar a los dioses en las entrañas humanas.
Es difícil saber a qué se refería exactamente Julio César al hablar de los ídolos de mimbre de los galos. La imagen junto a estas líneas, ilustración de un libro del siglo XIX que deriva en último término de un grabado del siglo XVII, ofrece una recreación totalmente fantasiosa, en la que se incluye incluso a un druida prendiendo fuego al ídolo. Una estructura de grandes dimensiones y hecha solo de mimbre no se sostendría cuando empezara a arder y no podría mantener atrapadas a las víctimas en su interior.
Varios autores antiguos se refieren a la costumbre de los galos de sacrificar a malhechores presos para obtener la gracia de los dioses. Esas fuentes mencionan diversos métodos de ejecución. Estrabón asegura que los condenados morían asaeteados o crucificados. Diodoro de Sicilia anota que se los encarcelaba durante cinco años antes de «empalarlos en honor a los dioses» y consagrarlos en piras. Julio César, por su parte, explicaba que los galos construían una especie de ídolos antropomorfos de mimbre en cuyo interior se encerraba a las víctimas para después prenderles fuego.
Forman con mimbres entretejidos ídolos colosales, cuyos huecos llenan de hombres vivos, y pegando fuego a los mimbres, rodeados aquellos de las llamas rinden el alma. En su estimación los sacrificios de ladrones, salteadores y otros delincuentes son los más gratos a los dioses, si bien a falta de esos no reparan en sacrificar a los inocentes». Julio César, Comentarios a la guerra de las Galias, libro VI, cap. 16.
para saber máshttps://historia.nationalgeographic.com.es/edicion-impresa/articulos/final-druidas_19950
