Recorri el Tibet buscando a Chan y temiendo al yeti. Oyendo a los monjes sus
mantras en sánscrito, observando las estupas y los sherpas.
Conoci a Hadock, Tornasol y el castillo de Moulisand, tanto que la primera
vez que fui a Francia, pensaba que iban a aparecer de un momento a otro.
Cuando hice la catequesis con 7 años, tuve problemas, porque siempre estaba
castigada con la silla en la cabeza, en ocasiones en el cuarto de las ratas y
no me daban estrellas doradas como al resto, con las que adornar la corona de
María.
En una puesta en común, donde se debatía la concepción de María (no sabíamos
ni de donde venían los niños atención al nivel) se me ocurrió introducir a Tintín
en la conversación, anatema.
La monja enfadada me dijo que no existía y le pregunte la razón…
Por qué no lo veía…
Tampoco conocía a Dios, ni lo veía, ni me sonaba su cara ni entendía esas
cosas absurdas que nos aprendíamos de memoria y me daban sueño.
Mas vale que hubiera cerrado la boca.
Amenazaron con no permitirme hacer la comunión y llamaron a mis padres. Y yo
estaba conforme, no me apetecía nada esa cursilería artificial.
Llego mi madre, una vikinga alta espectacular, ojos verdes, planta atlética,
resolutiva que dirían los americanos, como una plaga de langostas.
Bien vestida y con el turbo puesto (yo pertenezco al ala semita de mi padre,
no al indoeuropeo materno).
Me llevo a una esquina a exponer los hechos. Rápidamente argumente mis
razones, que de pronto con mirada impaciente corto y me incoo, a que previo
pellizco oculto en el antebrazo, cerrara la boca y acatara instrucciones.
Eso hice, como un cordero al matadero y me dieron estrellitas doradas por
buen comportamiento y nunca más me castigaron, pero la poca fe e inocencia que tenía,
murieron allí.
Dibuje a Tintín y llene todas las paredes de mi habitación, con un grafito
que tiene plomo (y que los albañiles maldijeron), y me acompaño en los sueños
de la niñez por todo el mundo sin decepcionarme jamás.
Cuando fui mayor viaje a la India y luego a Nepal, en la avioneta al Everest
mire con cuidados las huellas en la nieve buscando a Tintín, a Chan y al Yeti.

Verdad que eres original, que graciosa tu historia. Gracias
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